martes, 16 de agosto de 2016

Extorsiones a la hora de limpiarse el culo


Pues, resulta que viene la madre de la nieta de una vecina de mi tía, caminado por la veda del rincón de la esquina del parque más aburrido de la ciudad autónoma de la represión representativa.



Al llegar a una esquina, se encuentra con un bombero, quien muy amable y bien vestido – bombero galán-, le solicita a dicha señora, una considerable suma de dinero como colaboración a los servicios prestados a su comunidad. La madre de la nieta de una vecina de mi tía, siempre caritativa con sus principios altruistas, no se anda con vueltas, y le entrega a dicho funcionario una suma considerable de bienestar. Y piensa en sus adentros, que ha sido una forma capitalmente honrada de “apagar sus fuegos” sexuales.



Al llegar a la segunda esquina, se tropieza con un policía de la metrolanga, quien muy firme y formal – policía de antifaz- , le solicita a dicha señora, una cuantiosa suma de dinero como colaboración de los prestigiosos servicios prestados a su prestigiosa comunidad. La madre de la nieta de una vecina de mi tía, siempre caritativa con sus principios de justicia y equidad, no se anda con inseguridades, y le entrega a dicho agente, una suma prestigiosa de bienestar. Y piensa en sus adentros, que ha sido una forma capitalmente cortes de “reprimir sus libertades” sexuales.



Al llegar a la tercer esquina, se demora con un barrendero, quien muy desprolijo y mal dormido – barrendero perfumado-, le solicita a dicha señora, una relevante suma de dinero como colaboración de los impecables servicios prestados a su comunidad. La madre de la nieta de una vecina de mi tía, siempre caritativa con sus principios de higiene y salubridad, no se anda con impurezas, y le entrega a dicho peón, una suma impecable de bienestar. Y piensa en sus adentros, que ha sido una forma capitalmente saludable de “purificar sus repugnantes” deseos sexuales.



Al llegar a la última esquina, se trastabilla con un trapito, quien muy desaseado y mal hablado – trapito mafioso y haragán-, le solicita a dicha señora, una vulgar suma de dinero como colaboración por los voluntariosos servicios prestados a la comunidad. La madre de la nieta de una vecina de mi tía, siempre caritativa con sus principios de segregación y altruismo, de higiene y salubridad, de justicia y equidad, no se anda con indignidad, y le entrega a dicho harapo, una deshonrosa suma de malestar, entre gritos y aspavientos, ella dice no dejarse extorsionar. Y piensa en sus adentros, que ha sido una forma capitalmente digna de “negar sus perversas” pulsiones anales.





Pues, resulta que viene al consultorio, la madre de la nieta de una vecina de mi tía, y me cuenta que se siente perturbada y afligida, no duerme por las noches, que la inseguridad es abismal, la asaltan candorosos calores menopáusicos –cree ella-, que no logra apagar, que trastornan sus placidos sueños. Despertando todas las noches con bastas segregaciones vaginales, que la preocupan de forma considerable. A todos estos comentarios incómodos para una conversación desatinada, le pregunto cómo ha intentado resolverlo; y ella, con un gran gesto de satisfacción, me dice: - pues, mira, no he tenido más remedio que sobar entre mis piernas un trapito de tocador.


martes, 9 de agosto de 2016

Genius loci



Gloria Ramos era una mujer de esbeltas caderas, paso ligero, y mentón pronunciado. Su figura se coronaba con castaños bucles que no soportaban la presión de la humedad. Había pasado su infancia en el norte cordobés, por lo cual su voz mantenía una sonoridad serrana. Ya en su adolescencia, y por cuestiones familiares y económicas –como la costumbre manda-, se vio obligada a emigrar hacia el gran conurbano de Buenos Aires. Esos alrededores que los porteños desconocen y, donde albergan todas sus fantasías de mundos subterráneos.




Como suele suceder, vivía a más de 20 kilómetros de su trabajo, por el antiguo barrio de Flores. A lo que se fue habituando lentamente a una vida dinámica, una telenovela de trasportes públicos y de costumbres nómades contemporáneas.




Tuve el agrado de conocerla cuando cursaba el crepúsculo de mi adolescencia. Una sensación que aun revolotea entre mis piernas. Ella fue, como se dice en el barrio, la furcia con la que fui iniciado en el rito de la hombría. Ancestral ceremonia de incitación, de autorización y fundación de la transición de los niños a la adultez, cuando están prestos a ser guerreros, o al menos, como se suele creer, cuando se admite que están preparados para ser cazadores de su presa, su botín, su trofeo. Bestias desnudas que asesinan el pudor en el rozamiento frenético de sus genitales hasta la eclosión de la iluminación, de la obra acabada, del desamparo absoluto de eyección de sí.

 

Nunca la volví a ver.



En el correr de los días, ansioso recorrí todos los prostíbulos del viejo barrio de Flores, articulando mi pena con mi abrumador deseo. Aun hoy, décadas han pasado, sigo prendado del aroma de su cuerpo, de la ruborosa sensación con la que ella mojo mi piel.




Las distintas mujeres con las que me he casado, he irónicamente divorciado, nunca pudieron comprender mi anhelante deseo platónico, mi derrotero mundano en busca de aquel objeto divino, glorioso, que me engendro como un hombre despojado de su infancia, y con ella, de su divina complacencia maternal.




El satírico cazador que emergió en esas sabanas una triste noche de otoño, entre las garras de su presa, nunca se percató hasta este momento, que había surgido despedazado, engullido, aniquilado y devorado por su botín, capturado por quien lo iniciaría como un despojo, por ella, Gloria Ramos de Flores.




Sátiro y Ninfa

La imagen nos ofrece uno de los mosaicos que decoraban la Casa del Fauno, en Pompeya. Se trata de un mosaico de temática erótica que nos muestra un coito entre un sátiro y una ninfa. La obra está fechada en la segunda mitad del S. II d.C. y forma parte de la colección del "Gabinete Secreto" del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. El Gabinete Secreto o "Gabinetto Segreto", en italiano, reune todas las representaciones eróticas rescatadas de Pompeya que veneraban la sexualidad.


miércoles, 3 de agosto de 2016

El último beso



El último beso del cigarrillo me calo hondo hasta los huesos. El paladar se me achico de un estirón. La boca se convirtió en un desierto impronunciable, a la par que una marea crecía desde la garganta. Apreté los puños vacíos, y adelante un paso falto de seguridad. Me estreche contra el muro, buscando sostener en último instante la postura. Mire al frente. Me estaba volviendo ciego, golpeado por cachetadas oscuras. Me sentí agitado por todos los miedos. Me fui deslizando gradualmente hasta el suelo, sostenido por la duda.

Los mundos seguían corriendo frente a mis ojos. Las personas iban de aquí para allá, trotando entre las baldosas, bailando una sinfonía desesperante. De pronto todo se ilumino en mi mente. La distancia entre las personas, las paredes marmoladas de los edificios, el correr desenfrenado de los autos, y los famélicos ruidos se pronunciaban tan separados, fríos y débiles. Que mi mente, solo podía contemplarlos en una cámara lenta y veloz, palpitante de asombro. No tuve duda. Mis sentidos se estaban despidiendo de mí, y yo, con ellos.

Toda la existencia se me presento en un suspiro. Los recuerdos gratificantes, los abrazos perdidos y olvidados, mi primer amor. Las viejas calles de tierra, los golpes calurosos de la infancia. Todo, en una bocanada eléctrica me derribó al suelo. Caí de costado con los ojos abiertos como palanganas. Las lágrimas escapaban presurosas, con una parsimonia mística. El recuerdo de mis hijos me rodeo de tristeza aguda, aunque tenía la certeza de haberlos preparado para este momento. Pero de pronto, lo vi. Eran las últimas representaciones de todo mi dolor. Mi padre muerto, me sonreía con una expresión hermosa de la infancia lejana. Se erguía en toda su alegría, y con su brazo derecho, estirado hacia mí, me dijo las últimas palabras: ¡Levanta pequeño! Esto recién comienza…


Misivas en fragmentos I

En un rincón oscuro de un sótano derruido hay una caja, y en ella, esta carta. Escrita por quien asumo, pudo haber sido mi abuelo. A ella la acompañan una gran cantidad de papeles dispersos, rotos y húmedos, ilegibles. La carta que transcribo aquí, como pequeña pieza de una historia perdida, que no ha llegado hasta mi por tradición, sino, más que por una consecuencia azarosa de la misma curiosidad generacional. Al parecer, todo indica que se encuentra incompleta.


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Los dientes de mi alma danzan en la furia de los sueños.
Lo indecible se adentra en el aljibe del mundo,
espeso de palabras, brota.



Soy todo esto que he perdido. Aquí, ya no se sostiene ningún hombre. Solo un cumulo de andrajos retorcidos de un neblinoso nombre carente de biografía alguna. En el ocaso de mis días, la desdicha me viste tardía. He sentido andar sobre mis carnes las pasiones altivas de aquella, que fue en su momento imagen de todos mis deseos. Solo a ella puedo recordar, cuando la memoria, a esta edad, ya trunca de engaños acompaña mis pasos, que poco a poco me acercan al umbral; que pronto he de atravesar. La he amado con la gravedad danzante del universo. La he amado tan hondamente, que con solo nombrarla, la turbación de mi ánimo se propaga por todos mis huesos. Hoy, tan lejos de su aroma, tan lejos de las décadas de mi juventud, aun me condena el oprobio rencor de mi silencio.



Me alcanzó con tan pocas e insulsas fabulas miopes, con tan ilusas reseñas de útiles ensueños, para dejarme atrás, para abandonar lo más propio de mi sentir. He cargo por tantos años, hijo mío, con este dolor, con esta redención esperanzadora en busca de la salvación que calmaría, algún día, en algún momento, toda esta espera tortuosa; que hasta me he permitido mutilar, poco a poco, con un huraño malestar a toda nuestra hermosa familia.



Contigo me disculpo, por mi tardía decisión. A ti te dejo esta carta, esta despedida. Y estas profundas palabras que arden por huir de este mundo. Huyo, para encontrarme con esta ausencia que he llenado de piedras; y con la que he sucumbido bajo el peso ahogante del silencio profético. Pues te pido, hijo mío, no sostengas rencor ni culpa alguna, solo recuerda esto poco que te puedo dar. No desprecies jamás, hijo, la oportunidad de ser testigo de tu propio sentir, en declarar tu titánico deseo frente a quien sea la divina personificación entre ropas mortales; por más que fuese innecesario, equívoco, o tan solo inútil, el respeto ante tu propio sentir será el único camino que eleve tu alma a las ánforas de la ambrosía divina, aquellas que conquistan la inmensidad de la inmortalidad, que algunos llamamos amor, y que tan pocos humanos han degustado.



Luego, estate listo para perderlo todo; y aprende más temprano que tarde, que cada quien no es, más que aquello que da, otorga y concede. Que no sean tus ojos solo prueba de alguna verdad ilusoria con cual conformar este insípido mundo devastado por el progreso. Reserva en ti, siempre, un lugar tranquilo y sereno, por donde contemplar la dicha silenciosa que aguarda y resguarda, oculta y subyacente de todo aspecto, de todo nombre, que se proclame real. 


A ti confió mi memoria, y con ella, tú historia.


Hasta nunca hijo mío.


 Tuyo siempre, como el primer día.


Tu padre.

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Edvard Munch - Anguish (1895)