martes, 31 de octubre de 2017

Coraje y depresión, idiotismo y respuesta: la verdad necesaria para toda política

Reflexiones acerca de la escenificación de la tragedia democrática


“La misma absorción de la propia iniciativa; no hay duda: el hipnotizador ha ocupado el lugar del ideal del yo. (...) El hipnotizador es el objeto único: no se repara en ningún otro además de él. Lo que él pide y asevera es vivenciado oníricamente por el yo.”
Freud, S. (2013). “Psicología de las masas y análisis del yo”. En Obras completas: Sigmund Freud (Vol.18, p.108). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado 1921)

“¿Y el oído de nuestro pensar? ¿No oye todavía él clamor? Seguirá sin oírlo durante tanto tiempo como no comience a pensar. El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar.”

Heidegger, M. (1995). “La frase de Nietzsche «Dios ha muerto»”, (1943). En Caminos de bosque (p.198). Madrid: Alianza Editorial.

“Nubarrón tras nubarrón cubre el sol de la esperanza con promesas que no alcanzan, con realidad que no llega con manos que se refriegan y otras que nunca descansan. Nubarrón tras nubarrón que se convierte en pedrada sobre la melga sembrada de sueños y de ilusiones mientras crecen las pasiones proletarias y olvidadas. Nubarrón tras nubarrón llovedoras de cinismo reliquias de un feudalismo ramificadas en leyes, reyes que no quieren reyes pero que reinan lo mismo, catedráticas mortajas que levantan sus banderas en espera de otra espera que revalide su enjambre mientras el pueblo con hambre ni se ignora ni se entera.”

Larralde, J. “Allí donde alcé mi rabia”. En Simplemente (1973). Buenos Aires: RCA Camden.


La esperanza es un dar que funda confianza, camino necesario para toda reconciliación. Es en la promesa donde acontece el lugar destinado a la espera, a la esperanza. Este bendecido artificio del esperar, del aguardar en uno aquello otro prometido no es tan siquiera la desdicha de una ilusión pasajera como tampoco la confortable apariencia de un progreso venidero.

El decir de la promesa, de lo prometido, nos habla del futuro y su destinación. Pero en tanto dar y otorgar es un hacer y un contraer sobre las secuelas del tiempo, un horadar el marco de la palabra con el fuego prometeico en que se incendia la memoria, como en la hoguera de un sacrificio llamado primitivo.

Es en la promesa donde deviene el juego mediador y nefasto del concilio y la devoción como aparente reconciliación o pacificación. Sea bajo la figura del devoto que otorga su voto, o del deudo que se estima con ingenua confianza al conceder resarcimiento con el pago de lo adeudado, de lo debido en la conciencia de la culpa y la redención.

Todos estos movimientos devienen en un sujeto hecho objeto en su decir ya sujeto por esto, a la conformación del deber bajo un imperativo que responda, que dé cuenta, al honor o al horror de un ser-se reconocido. De un ser-se aguardado en la memoria pública como heredero de su propia propiedad de condenado. Este servidor público que se arroja con promesas hacia el futuro es un prisionero compulsivo que ata su lengua a la sangre que destila su conciencia en la habitación de su habitar mundano.

Antigua se prefigura la esperanza como ciega búsqueda de la salvación, o de alguna señal, quizás, tan solo una respuesta que signe el estar y el porvenir desde un rumor pasado y tardío, como también, incluso, oculto y perdido; más acá o más allá. La promesa ha fundando el porvenir, el necio movimiento de los esclavos y patronos del dinero, o cualquier compensación imaginaria, tributo, o demanda propia de toda desesperación. Esta función esquematizada en el progreso individual de los emprendedores es un rizoma engañoso y mortal a un nivel carnal desarrollado de forma industrial y financiera, sistematizado por una economía política como en cual gozamos actualmente; su afección es totalizante. Atraviesa toda  etnia, culto y cultura, igualando en diáfano calculo las tuercas que moran en un paraíso de acrílico y petróleo, aplanando toda comunidad y tradición, ya sintetizada en una esquizofrenia de masas, una psicosis global bajo la lluvia del milagro apocalíptico. 

La promesa es la gran deuda de los pueblos, en ella se condensa la piedra de la angustia y el fundamento de toda comunidad, es el espíritu que sujeta el vínculo que se llama social. La carne en descomposición que llamamos sujeto, al prometer-se, se trasciende tanto como se trasmuta, su presente inmediato se convertirse en su presenciar tempo futuro que adviene comprometido; se promete destino al dar-se, otorgar-se, asignar-se y atribuir-se como obsequio a otro, se ensencializa como pacto en su factura fáctica; esta entrega de sí se percibe comúnmente como amar, sin otro límite más que la muerte fáctica de la corporalidad, “hasta que la muerte nos separe” reza la sentencia. El sujeto entregado a la muerte por amor, como por temor, es el eje de toda guerra, sacrificio y oficio. Es el secreto que guarda toda confesión en el reflejo mismo del testimonio, su desmedida violencia que grita por encausarse en los márgenes del relato, como la creciente de un río que se desborda de la paupérrima metáfora depresiva que lo contiene.

Tanto para la confianza como para la esperanza el sujeto se enfrenta al punto ciego de su decisión, sea conceder o rehusar, afirmar-se o negarse-se en la promesa, ésta decisión siempre en crisis obtura su paso sobre el paisaje en que se arroja al vértigo de su destinación. Tanto el coraje como la depresión van a ser efectos causales de su decisión, de su semblante constelación en el habitar mutuo, en el aguardar consideración o tan solo desprecio.

El sujeto deprimido vuelto sobre sí se encuentra mortificado, cavando su propia tumba relame las heridas con que enseña y se empeña el resentimiento de su abandono, de su inadecuado estigma que lo apropia y concede como un ente más en el mundo carente de sentido, en el mundo consumible; al encontrarse imposibilitado de reconciliación y absolución se solidifica en la abnegación del otro, en su desaparición y destrucción, se afirma y afianza en la renuncia del otro, es en su negación como producto del rencor donde sacrifica al otro, infatuándose él mismo en él mismo, metástasis del sí mismo, sin mayor goce que el delirio abstracto en que se arrenda a la comunidad del rencor, en que vive muerto orando inmortalidad e indeterminación; encerrado en su hogar carece de toda experiencia de la intemperie.

Prometido a sí mismo como producto decora su mundo en el desfile calculable de los valores, sometido en una maquinación teleológica sin fin en que se responde como progreso, y en cual oculta su descomposición bajo predicamentos en el par dominación-denominación con que se-crea y cree dominar la totalidad de los entes del mundo.

La verdad necesaria para toda política se desenvuelve en estos márgenes, arrendando los semblantes que se encuentran prometidos y arrojados en la búsqueda de una respuesta a la pregunta que no se han resuelto a preguntar, y por tanto, tampoco se encuentran dignos de poder escuchar.  

Esta condena sin fianza ni confianza, sin reconciliación ni pacificación, es la figura absoluta de la falta de absolución, es la política económica como truncada salvación que fagocita a las tuercas carnales en su infarto y devastación, en un narcisismo trófico de autolesión como viejo rito de antropofagia.

Distinta será la ocasión para aquel que pueda jugar éste abismo sin ahogarse en su voz e imagen defensiva, quien tenga el coraje para anteponer su territorio y otorgar el lugar necesario para que la otredad entre en escena, para que acontezca, y así aparezca como un golpe en la tormenta, como un rayo en la noche que atraviesa la oscuridad absoluta.

Al ceder su posición adquirida y redescubrir la temporalidad desde la otredad, la cuadratura inercial del sujeto, del yo=yo declina y se encuentra invitada a transgredir su propia figuración, limitación adquirida por esta defensa maquinal del autoprometer-se, que se redescubre ahora en lo otro, que ya no solo lo nombra, sino que le propicia el encuentro de una experiencia erótica en el encuentro con lo totalmente distinto, lo radicalmente distinto; experiencia desconocida y oscilante frente a su propia muerte, en su propia experiencia de lo imposible. Pero esta experiencia es ante todo con la pregunta que abre el deseo, y cual compromete la corporalidad del actuar, que se entrega en tanto pregunta y que aguarda en tanto se dispone para el otro, para escuchar la respuesta que retorna en la voz del ser.


El idiotismo que se extiende y distiende como idioma que se rehúsa a eso que llaman sentido común, que se comunica como nuevo despliegue idiomático, aparece con admirable frecuencia entre los enamorados que se encuentran urgidos por recrear el orden simbólico con que atan sus cuerpos al mundo y en cual deciden destinarse. Tal vez la promesa no encuentre respuesta, quizás esta ponencia no responda a la esencia de la verdad de la política, pero así y todo, su pretensión se arriesga, a la pregunta como promesa en la búsqueda, en la escucha, de la aparición de alguna respuesta.

Átropos, Las Parcas o El Destino, Francisco de Goya, 1819-1823.