El tributo, impuesto o contribución que paga el
pueblo con su constante andar económico es la base de la crueldad sistemática;
y no tan solo el sistema capitalista.
Escondido bajo un manto de libertad se oprime
cotidianamente el espíritu de los pueblos.
El Estado totémico centraliza la tribu subordinada
al amparo del hábito.
La convención del convencimiento convence y convoca;
o solo se vence (como las facturas, expiran). Quizás por ello, los mandatos
presidenciales, del gran patriarca, son revaluados, renovados, cada cierto
periodo de tiempo. Renovar las esperanzas, las ilusiones dramáticas que
conllevan la salvación. El sacrificio, como el orden sagrado, es el intensivo
forjar del sistema. Pero esto no es propio del sistema capitalista, es
anterior. Así se lo puede detectar en la tragedia griega, en su proceso
catártico, como bien analiza Aristóteles en su Poética.
El problema no son las religiones. Sino la
apropiación de un sentido univoco sobre la verdad. Sentido, donde también es
fundado el Estado. Fundando en un pacto de sangre, en un sacrificio. La guerra,
el dolor y los ritos, es el lugar en el que se articulan los funcionamientos
dentro del orden simbólico de la percepción.
Quienes han atravesado la ilusión del pacto social,
esa que se sostiene sobre el enunciado de la necesidad del Estado, de un
“protector de los individuos, como de la identidad nacional de la
colectividad”; perciben que la “paz” es un cliché. La guerra civil es perpetua,
perenne. La Civilidad como la Cultura, son ancestrales herencias forjadas en el
culto de la palabra; y eso que llamamos “humanidad” se encuentra aplastado bajo
el peso de este culto.
Este es el resultado del incesante parlar, del
incesante desasosiego en que se encuentra cualquier individuo que apoye sus
pies y su lengua sobre este planeta. El radical exilio del orden natural, del
organismo natural, es producido por la letra. Todas las civilizaciones lo han
experimentado y han buscado, creyendo encontrar, resguardo en la técnica; en un
saber prometeico con cual asaltar el olimpo. Para ello, en nuestros tiempos se
han acelerado las comunicaciones, el turismo y las aplicaciones nocivas
tecnológicas sobre cualquier territorio, para escapar, eludir, evitar, y
finalmente sustraerse de su condición profana.
El civil es un profano, desterrado de la ley divina,
y encerrado en la ley humana, no tan solo jurídica, sino y por sobre todo,
convencional habitacional. Convenciones éticas donde se habita. Las famosas
pautas de convivencia que entran en conflicto en la conocida obra trágica de
Sófocles que conocemos como Antígona.
Ahora bien, lo sagrado no entra en el lenguaje,
escapa a él; o mejor dicho, el lenguaje, a lo sumo, solo le es posible rodear
aquello sagrado; envolverlo, abrazarlo, en su incesante indigencia, en su
inacabable falta de él. No le es posible todo al lenguaje, siempre encuentra la
nada como límite. Lo real, está del otro lado de las palabras, es lo que ellas
ocultan en tanto se muestran como andamiaje del sentido. Quizás, en este punto
se puede ubicar el ritual como conjugación del silencio, el ritmo vocálico del
cantar, y la repetición de esta acción como una representación sublime, que
invoca lo sagrado. Por aquí, juega también la poesía.
El himno, composición poética con la función de
invocar a los dioses, que todos hemos cantado algún día, se repite incesante,
como un eterno murmullo, como una válvula de ignición, en el río de la
conciencia.
En el lenguaje se juegan todas las prerrogativas del
habitar. Todas las ilusiones y apariencias con las que organizamos el organismo
de nuestras percepciones. Somos simbolizados por él.
El anarquismo es el culto a la libertad. Pero no a
cualquier libertad. Su invocación es hacia una diosa ordenadora, que organiza el
organismo del pensar bajo su autoridad en tanto ley divina de posibilidad, y no
bajo un autoritarismo fosilizado, en tanto ley civil que invoca una tradición
desconocida. Ella se encuentra en el origen, es decir, es un principio
ordenador de lo dado, y así lo simboliza el anarquismo.
Élisée Reclus, quien nos exhortaba a que prestemos
fundamental atención a la naturaleza, y de quien se conoce una de las frases más
enigmáticas: “La anarquía es la más alta expresión del orden.”; menta por un
principio esencial: dejar-ser. También lo dirá Martin Heidegger en relación a
la superación de la metafísica: “Dejar ser –al ente el ente que es- significa
aceptar lo abierto y su apertura, en la cual entra todo ente, el cual la lleva
en cierto modo consigo”.
Lo abierto es la verdad que se manifiesta, lo
desoculto que el lenguaje oculta. Así fue concebida en los orígenes griegos de
occidente. Esta verdad pertenece al ser,
es decir, a lo real, lo sagrado que se intenta abordar incesantemente e
infructuosamente con el lenguaje. Newton lo encerró en el lenguaje matemático,
en la matematización del mundo, culto que impera; pero, de todos modos no dice
nada, no señala nada sobre lo real, sobre la pregunta ¿Qué es eso que es?
La verdad, lo civil, lo sagrado, la libertad están
entramadas de forma simbólica dentro del culto contemporáneo en que habitamos.
En su mayoría están significadas de forma dogmática, univocas coordenadas de
encuentro para el vulgo que las divulga. Mimesis por antonomasia de un
pensamiento adoctrinado, es decir, lejos de alguna libertad que se manifieste,
que se desoculte por fuera del culto que la oculta.
El tributo que se distribuye dentro de la herencia
latina del término tiene un trasfondo, que es el pago de la deuda, de la culpa.
Este pago tiene un fin, la pacificación. El apaciguar un conflicto latente e
inherente a nuestra condición mortal, que es estar abandonados en la intemperie
del mundo, la angustia existencial representada en el pensamiento como un vacío,
como un abismo que abisma, y al que se le demanda sentido; pues a este, también
se lo renueva. Esta paz, está fundada en la crueldad, y solo se hace efectiva a
través del sacrificio siempre simbólico, al dios de la economía, al dios del
Estado, al dios del consumo, o cualquier dios que impere en la marquesina del mundo.
Lo cruel, la carne cruda, quizás nos invoque a
tiempos inmemoriales pero latentes. A una de las condiciones primeras de la
sobrevivencia: la cacería. La presa a devorar, el trofeo de guerra, la
recompensa, las primeras vestimentas hechas de la piel del despojo, y exhibidas
como valor honorifico y de supremacía, la constitución de la elite. El comienzo
de los mitos heroicos.
Todo esto que ha devenido moda, habito, culto de
consumo, es un hacer en relación a la perversión, que sigue y seguirá sostenida
por el incesante andar de eso que llamamos existencia. En estas coordenadas se
licuan los preceptos éticos que subyacen a la conciencia, en su hábito para
habitar, representarse y sentir. La crueldad y la perversión son el pasaje a la
fundación del morar y moralizar. Fundan la justicia, las pautas de convivencia
que circunscribe la contención del cazar, del desear, del devorar y ultimar la
presa, el objeto de deseo, consumarlo. La metáfora del padre tiene esta función
simbólica, limitar la pulsión, y en tanto limite, dar forma, contorno a la
figura del sujeto. Calma y apacigua. Resguarda al sujeto de la intemperie del
mundo, del murmullo incesante de la conciencia. Esta función regente y guía,
fundante de la ética es frente a la ausencia, frente a la falta, y se realiza
en ella, se simboliza en ella y por ella.
Hoy en día, en la dirección del mundo y en el ánimo
de sus habitantes, esta falta irreductible esta cancelada. El neoliberalismo lo
puede todo, lo consuma todo, lo devora todo, y en tanto no deja nada, imperan
las técnicas del desenfreno como dioses que hacen de la carne el habitar de la
crueldad, y del hambre, la imagen natural del espanto. Aquí, en la herencia del
mundo, se juega cualquier posible salvación.
El Prestidigitador - El Bosco



