jueves, 29 de septiembre de 2016

De los pagos pacificados



El tributo, impuesto o contribución que paga el pueblo con su constante andar económico es la base de la crueldad sistemática; y no tan solo el sistema capitalista.


Escondido bajo un manto de libertad se oprime cotidianamente el espíritu de los pueblos.


El Estado totémico centraliza la tribu subordinada al amparo del hábito.


La convención del convencimiento convence y convoca; o solo se vence (como las facturas, expiran). Quizás por ello, los mandatos presidenciales, del gran patriarca, son revaluados, renovados, cada cierto periodo de tiempo. Renovar las esperanzas, las ilusiones dramáticas que conllevan la salvación. El sacrificio, como el orden sagrado, es el intensivo forjar del sistema. Pero esto no es propio del sistema capitalista, es anterior. Así se lo puede detectar en la tragedia griega, en su proceso catártico, como bien analiza Aristóteles en su Poética.


El problema no son las religiones. Sino la apropiación de un sentido univoco sobre la verdad. Sentido, donde también es fundado el Estado. Fundando en un pacto de sangre, en un sacrificio. La guerra, el dolor y los ritos, es el lugar en el que se articulan los funcionamientos dentro del orden simbólico de la percepción.


Quienes han atravesado la ilusión del pacto social, esa que se sostiene sobre el enunciado de la necesidad del Estado, de un “protector de los individuos, como de la identidad nacional de la colectividad”; perciben que la “paz” es un cliché. La guerra civil es perpetua, perenne. La Civilidad como la Cultura, son ancestrales herencias forjadas en el culto de la palabra; y eso que llamamos “humanidad” se encuentra aplastado bajo el peso de este culto.


Este es el resultado del incesante parlar, del incesante desasosiego en que se encuentra cualquier individuo que apoye sus pies y su lengua sobre este planeta. El radical exilio del orden natural, del organismo natural, es producido por la letra. Todas las civilizaciones lo han experimentado y han buscado, creyendo encontrar, resguardo en la técnica; en un saber prometeico con cual asaltar el olimpo. Para ello, en nuestros tiempos se han acelerado las comunicaciones, el turismo y las aplicaciones nocivas tecnológicas sobre cualquier territorio, para escapar, eludir, evitar, y finalmente sustraerse de su condición profana.


El civil es un profano, desterrado de la ley divina, y encerrado en la ley humana, no tan solo jurídica, sino y por sobre todo, convencional habitacional. Convenciones éticas donde se habita. Las famosas pautas de convivencia que entran en conflicto en la conocida obra trágica de Sófocles que conocemos como Antígona.


Ahora bien, lo sagrado no entra en el lenguaje, escapa a él; o mejor dicho, el lenguaje, a lo sumo, solo le es posible rodear aquello sagrado; envolverlo, abrazarlo, en su incesante indigencia, en su inacabable falta de él. No le es posible todo al lenguaje, siempre encuentra la nada como límite. Lo real, está del otro lado de las palabras, es lo que ellas ocultan en tanto se muestran como andamiaje del sentido. Quizás, en este punto se puede ubicar el ritual como conjugación del silencio, el ritmo vocálico del cantar, y la repetición de esta acción como una representación sublime, que invoca lo sagrado. Por aquí, juega también la poesía.


El himno, composición poética con la función de invocar a los dioses, que todos hemos cantado algún día, se repite incesante, como un eterno murmullo, como una válvula de ignición, en el río de la conciencia.


En el lenguaje se juegan todas las prerrogativas del habitar. Todas las ilusiones y apariencias con las que organizamos el organismo de nuestras percepciones. Somos simbolizados por él.


El anarquismo es el culto a la libertad. Pero no a cualquier libertad. Su invocación es hacia una diosa ordenadora, que organiza el organismo del pensar bajo su autoridad en tanto ley divina de posibilidad, y no bajo un autoritarismo fosilizado, en tanto ley civil que invoca una tradición desconocida. Ella se encuentra en el origen, es decir, es un principio ordenador de lo dado, y así lo simboliza el anarquismo.


Élisée Reclus, quien nos exhortaba a que prestemos fundamental atención a la naturaleza, y de quien se conoce una de las frases más enigmáticas: “La anarquía es la más alta expresión del orden.”; menta por un principio esencial: dejar-ser. También lo dirá Martin Heidegger en relación a la superación de la metafísica: “Dejar ser –al ente el ente que es- significa aceptar lo abierto y su apertura, en la cual entra todo ente, el cual la lleva en cierto modo consigo”.


Lo abierto es la verdad que se manifiesta, lo desoculto que el lenguaje oculta. Así fue concebida en los orígenes griegos de occidente.  Esta verdad pertenece al ser, es decir, a lo real, lo sagrado que se intenta abordar incesantemente e infructuosamente con el lenguaje. Newton lo encerró en el lenguaje matemático, en la matematización del mundo, culto que impera; pero, de todos modos no dice nada, no señala nada sobre lo real, sobre la pregunta ¿Qué es eso que es?


La verdad, lo civil, lo sagrado, la libertad están entramadas de forma simbólica dentro del culto contemporáneo en que habitamos. En su mayoría están significadas de forma dogmática, univocas coordenadas de encuentro para el vulgo que las divulga. Mimesis por antonomasia de un pensamiento adoctrinado, es decir, lejos de alguna libertad que se manifieste, que se desoculte por fuera del culto que la oculta.


El tributo que se distribuye dentro de la herencia latina del término tiene un trasfondo, que es el pago de la deuda, de la culpa. Este pago tiene un fin, la pacificación. El apaciguar un conflicto latente e inherente a nuestra condición mortal, que es estar abandonados en la intemperie del mundo, la angustia existencial representada en el pensamiento como un vacío, como un abismo que abisma, y al que se le demanda sentido; pues a este, también se lo renueva. Esta paz, está fundada en la crueldad, y solo se hace efectiva a través del sacrificio siempre simbólico, al dios de la economía, al dios del Estado, al dios del consumo, o cualquier dios que impere en la marquesina del mundo.   


Lo cruel, la carne cruda, quizás nos invoque a tiempos inmemoriales pero latentes. A una de las condiciones primeras de la sobrevivencia: la cacería. La presa a devorar, el trofeo de guerra, la recompensa, las primeras vestimentas hechas de la piel del despojo, y exhibidas como valor honorifico y de supremacía, la constitución de la elite. El comienzo de los mitos heroicos.


Todo esto que ha devenido moda, habito, culto de consumo, es un hacer en relación a la perversión, que sigue y seguirá sostenida por el incesante andar de eso que llamamos existencia. En estas coordenadas se licuan los preceptos éticos que subyacen a la conciencia, en su hábito para habitar, representarse y sentir. La crueldad y la perversión son el pasaje a la fundación del morar y moralizar. Fundan la justicia, las pautas de convivencia que circunscribe la contención del cazar, del desear, del devorar y ultimar la presa, el objeto de deseo, consumarlo. La metáfora del padre tiene esta función simbólica, limitar la pulsión, y en tanto limite, dar forma, contorno a la figura del sujeto. Calma y apacigua. Resguarda al sujeto de la intemperie del mundo, del murmullo incesante de la conciencia. Esta función regente y guía, fundante de la ética es frente a la ausencia, frente a la falta, y se realiza en ella, se simboliza en ella y por ella.



Hoy en día, en la dirección del mundo y en el ánimo de sus habitantes, esta falta irreductible esta cancelada. El neoliberalismo lo puede todo, lo consuma todo, lo devora todo, y en tanto no deja nada, imperan las técnicas del desenfreno como dioses que hacen de la carne el habitar de la crueldad, y del hambre, la imagen natural del espanto. Aquí, en la herencia del mundo, se juega cualquier posible salvación.




El Prestidigitador - El Bosco

lunes, 26 de septiembre de 2016

De la fuerza vital






“Y abiertamente consagre mi corazón a la tierra grave y doliente, y con
frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente
hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligue a ella
con un lazo mortal.”



Hölderlin: La muerte de Empédocles





En la infructuosa odisea cotidiana a la que sobreviene la imaginación circundante de los oradores de la especie humana, se ha intentado e intenta abarcar la forma, o formas necesarias, para des-contracturar aquellos nudos que arrastran y embotan a todo individuo, paulatinamente en el sendero angustioso y vació -de sentido-, al que se ven conducidos hacia el final de su expresión vital, allí donde arriba el temor agotador de un destino pactado por su naturaleza, la muerte.



Desde el teatro simbólico de las distintas religiones, rituales a los que se ve sometido la totalidad de los “componentes” que integran este planeta, se erige una nueva deidad nombrada por el anticientificismo como la tecnociencia. Tanto en la investigación como en el desarrollo y aplicación, en la no tan novedosa historia que derrama a su paso en ocasiones que van desde Hiroshima, pasando por Chernobyl o una fuga de pesticidas en Bhopal, India; llegando hasta proyectos de riego que terminan en sequía como en el mar de Aral en Asia Central. Podríamos creer que nos encontramos siempre frente a la misma propuesta Ética. La salvación de nuestros hermanos/as a costa de un daño colateral poco asimilable en serie de cifras. Los muertos sólo se reducen a cantidades enterradas por algún otro, que a fin de cuentas, no marcan una desgracia llamada “déficit” en el sistema económico.


Pues, bien o mal, la rueda sigue su curso, la carne se pudre tanto arriba como bajo tierra, posible abono en el mejor de los casos. No solo los cuerpos, también la Ética que los desplaza se renuevan cada día; allí está, impreso en el comportamiento cotidiano de los individuo-socio-mundo. Será el sentido-contenido de las acciones, donde se podría creer encontrar, la construcción de la identidad con respecto al ordenamiento de los símbolos, y la formación de la sujeción de los individuos, con el otro y el hábitat.


Éste ordenamiento ordenado, que disimula al ordenador que lo ordena. Pues, es arriesgado negar la identificación que el sistema hace de nosotros, en nosotros para nosotros. El lugar donde nos ubica antes de nacer y, la orden sistemática que busca e impera, en base a la fe de la razón –dónde más-, ser obedecida, establecida e introducida desde un aparente “por fuera”. Pero, fuertemente radicado dentro, fundado en la extimidad.



Estamos, como producto de la sociedad que se desenvuelve dentro de este sistema supercapitalista neoliberal, formados a su imagen y semejanza, traducidos y hablados por él. Toda una hegemonía cultural que puede parecer mixta, pero bien está adaptada a su fin, devorarlo todo, globalizarlo todo, homogenizarlo todo. Simular el ocio y el turismo por los territorios “pacificados” es la condena paradisiaca. El resguardo donde alojar la eclosión del goce.






¡Oh, dolor!, ¡oh, dolor! El tiempo se devora la vida

y el oscuro enemigo que nos roe el corazón
al beberse nuestra sangre crece y se fortalece.



Baudelaire: El enemigo.





Donde las palabras no llegan, donde no hay un dialogo como diría Derrida: “la palabra por la cual emprendemos la reconciliación, por la cual ofrecemos la reconciliación, tendiendo la mano antes que el otro”.

¿Con quién es la reconciliación? ¿Con quién la enemistad? ¿Dónde subyace la salvación a esta culpa tan económicamente civilizada? Determinados, formados, anclados, piezas en el engranaje de la gran máquina; y como tales, intercambiables y reemplazables, inhumanos pero aún humanos, marchando en la iluminaria ilusión de la condonación de una deuda insoportable y originaria.




Volviendo hacia la expresión vital, la vis, vocablo latino que proviene de la raíz indoeuropea wei- ‘fuerza vital’ y que da origen al adjetivo violentus, violencia; cabe preguntar: ¿Qué se hará con ésta fuerza vital que se observa derramar por la máquina-humana, que busca, reclama, y exige ser brindada por un sentido?






Premonición de la Guerra Civil. Salvador Dalí Domènech, 1936

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Consumación


“Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales.”

Antonin Artaud


Se dice de los que consumen paco, ser unos desamparados, alienados y enfermos.


Es estar condenados socialmente.


Los oligopolios, es decir la concentración de mercancías por un número reducido de vendedores, de comerciantes, de proxenetas de artículos de consumo y, de donde se deriva por yuxtaposición una concentración de beneficios económicos, como también un control de acceso a dichos productos. Es en la más primitiva teoría económica imaginaria de oferta y demanda, una suerte de condición por hábito, de donde se intenta interpretar, o al menos, dar carácter explicativo, a los rodeos de consumo. Hay algo que no cierra en dicha fantasía.



La oligofrenia, tipificación de segregación que busca señalar una deficiencia o discapacidad intelectual dentro del comercio de valores de reconocimiento. Ahí mismo donde se señala al ser “normal”, y se lo certifica adaptado a las coordenadas de consumo impuestos para un “bien estar” en relación al habitar en comunidad. Si no cumple con los requisitos eugenésicos se lo condena en nombre de la protección social, en resguardo de la colectividad. Cárceles y laboratorios, institucionalización de la justicia social. Discurso de propiedad, certificación de humanidad.



Es la cultura el recinto por excelencia, el templo del temple, el campo de batalla para los estigmatizados. Un cementerio plagado de fantasmas que recorren parcelas e invocan a los dioses una salvación, a lo sumo, circunstancial.



El onanismo, la mercadotecnia, el arte culinario, internet, periódicos, la televisión por cable, la chismetologia, las repeticiones de todo aquello que puede entrar en el orden del consumo, en la satisfacción de pasiones, o en su constante creación y excitación, donde el ser trata de hacerse resguardar de su fragilidad, de su endeble condición, de su inconmensurable mortandad. Arcaicos rituales de salvación, dramatización de un dolor antiguo.



Los chamanes contemporáneos, empresarios del fármaco, legisladores de la salud que han globalizado la prescripción médica del “buen vivir” al que todos debemos comulgar a fin de recibir la gracia que dona la suprasensible sabiduría.



Sócrates murió a los 70 años, condenado por la asamblea de Atenas. Fueron 280 votos a favor de condenarlo contra 220 en contra. El instrumento utilizado fue la cicuta.



Hoy por hoy, la cultura de consumo al que está condenado a ser habitado el ser, por así decirlo, habituado, y como también, maldito y segregado si no lo está; se vislumbra como una condición sine qua non, para reunir al ganado en contra de un enemigo imaginario amparado en argumentaciones santificadas por la santa “razón”. Paradigmas del siglo XXI. Costumbres arcaicas dirigidas al control social.





"La muerte de Sócrates" Pintura de 1787 realizada por Jacques Louis David

jueves, 1 de septiembre de 2016

Corrales

Ramón Corrales, peón de puerto, albañil de oficio. Su cuerpo fue encontrado el miércoles en el Riachuelo, flotando, como un bote herido, como un rejunte de mugre mareado por la corriente. Vino a este mundo atado en tierras que se llaman del interior, cuarenta y tres años antes de su último nado. Le decían viento árido, por su voz seca y parca, con una piel de arena.    


La viuda mece los ojos, desorientada, balbucea en su memoria las últimas palabras que le dirigió aquel día.


No logro comprender lo que dice; es un llanto silencioso.


El tranvía descarriló. Un error humano imprevisible. El hecho es tan irónico y contradictorio que golpea la razón cuando intenta enfrentarse a los dolores que le ofrece la muerte, a tal punto que se envuelve en dramáticos espasmos para solventar su queja. Se desparrama en un sentir mudo y vacío; quiere encontrar un sentido, nombrar culpables.  


Ayer, en la madrugada, me despertó una llamada. Atendí excitado por la conmoción. Colgaron. Nadie del otro lado se atrevió a pronunciar palabra alguna. No pude recuperar el sueño, me mortificaba la idea de no saber qué significaba tal intromisión en mi descanso. No tardé mucho en darme cuenta. Era una despedida silenciosa, una caricia. 


Fuimos felices hasta que él murió. Contentábamos los pequeños momentos reconociendo nuestros cuerpos desnudos, desbordados de pasión entre las sábanas; en el baño bajo el agua, sobre los muebles de madera, fuimos recorriendo todas las habitaciones de la casa como peces ciegos, nadando frenéticos, desorbitados, penetrados. 


No hubo ninguna carta, ningún adiós.


Hoy, a las dos de la tarde, exhuman sus restos.


No hay quien pague la deuda en el eterno descanso de la tierra. Serán llevados a una fosa común, a una trinchera sagrada, para compartir junto a una pila de huesos amontonados y anónimos la necia huella del olvido.


Aún la extraño, triste.


Ella no pudo dejar atrás el cruel recuerdo de su pequeño hijo. En él se colgó.


Santiago era su nombre.



Aún hoy veo en mi memoria su imagen; aterrado, aferrado con desesperación a las piernas de su padre. 




Benito Quinquela Martín (1890 - 1977)