La noche,
espesura inquietante
manantial de neblinas,
sendero de los ciegos,
te alejas para ser nombrada,
te acercas para ser deseada
y atada a los pasos
tu presencia de ausencia
abarca a los vivos que embarca
sobre los rincones más oscuros
en el sepulcro de esta tierra.
El tren arrancó. Todos
entramos por una puerta. No sabemos cuál.
Aquellas personas
sostenían algunas carpetas con aire de sincretismo y seriedad. Sus guardapolvos
blancos resaltaban entre las penumbras de la habitación. La primera impresión
ante nosotros fue aterradora. Una marea de cables, alambres y cuerdas, cual
telas de araña por el techo y las paredes ennegrecidas. Pequeñas luces
acompañaban el desagradable chirrido de computadores y circuitos en un trance
de acero y desequilibrio sofocante. Mi cuerpo se entumecía por el hedor de una
bestia deforme que sostenía su cuerpo ante grandes máquinas industriales.
Jadeante animal parecía sufrir el agónico desquicio del encierro; se retorcía como
una cucaracha presa de eléctricos golpes mecánicos, desgarrada en sus íntimas fibras
motrices. Entre gritos y alaridos suplicantes continuaba su ciega marcha en la
condena técnica, aguardando algún colapso inminente, algún infarto liberador.
La entereza cadavérica de
los guías, la frialdad de sus gestos enmohecidos y la firmeza con que impartían
sus comentarios nos envolvían en una cierta confianza, en una necia tranquilidad
de espectadores. El saber por ellos establecido nos dotaba de una impunidad
agraviante.
Pronto nos condujeron
hacia un salón de cielo abierto, una terraza sin horizontes iluminada por
lámparas de fuego. Un aire denso recorría las copas de los árboles, y el
silencio siniestro se expandía abrazado en el viento como una queja. Retazos de
personas se arrastraban por el suelo. Aún parecían estar vivos como testimonio
de un lamento eterno, de una descomposición que nunca acabaría. Algunos
sollozaban en los rincones oscuros con sus ropas desechas.
Hemos muerto animales
para nacer humanos, y morir como animales.
Mis ojos de cera ardían
de tormentosa locura. Y mis entrañas de polvo envenenadas de plomo eran
invadidas por un mortal deseo de venganza. Ellos, consagrados a la salvación, tenían
la tarea de mutilar a cada uno de aquellos moribundos rastros de carne.
El escenario era
tétrico, era humano; sólo podía sentir penetrar la angustia y la crueldad lacerante
de todos los delirios por la comisura de las uñas. Veía la magra muerte estrujar
esos cuerpos desnudos, sudados y desgarrados.
Una fémina encorsetada
en un combate perpetuo encarnaba un rostro tullido y enormes ojos negros y
vacíos. Se acercó bruscamente a mí. Su aspecto perturbado me abordó de
repulsión. Intentó tomarme por la manga de la camisa, y no dude ni siquiera un instante
en golpear su pérfido rostro. Su cuerpo de alambre se desplomo inerte por el
suelo como una marioneta desprendida de sus hilos. Toda la hostilidad contenida
brotó como un torrente de piedras, como un terremoto de vehemencia, como un impulso
de odio desesperante, incendiado de cólera, humillación y rencor que recorría
mi sangre espesa de vida; mi respiración aturdida descendió al pulso de mis
manos, y el puño cerrado como la oscuridad de los cielos se derramo sobre sus carnes
en un rapto de liberadora violencia.
Unos minutos más tarde,
y con la venia de los doctos, volvimos al recorrido. Ahora nos encontrábamos
ante un túnel metálico y frío, un ambiente absorbido por una tiránica
luminosidad tan blanca como la nieve.
Entramos en un cuarto amplio
y muy tenue, un gris opaco cubría los rostros y una triste sonata transitaba el
ambiente. Los doctores nos instaron a tomar asiento frente a unos pacientes que
se encontraban sentados, inmóviles, petrificados.
Cuando tomé asiento
pude ver el rostro de un temido misterio. Era otra mujer, con largos cabellos de
seda y una mirada sólida, tan firme como los robles que se ocultan en los
bosques. Me saludó con un gesto en sus labios. Labios que se desplegaban en un
movimiento sutil, tan suave y armonioso que la mismísima marea de la noche en
el roció de la luna quedaba relegada a la melancólica certeza de los poetas. La
tensión de la locura fue capturada en el vuelo de un suspiro. Con una
delicadeza admirable ella me preguntó cómo me sentía. Mis reflejos se fueron
absorbiendo lentamente por una voz de vertiente. Era un arroyo apacible que se volcaba
a través de las piedras de la memoria, y que se iba enraizando en mis oídos
como la huella de un manantial dentro de la espesura de un barro agotado. Al
tomar ella mi mano, en un rapto de inquietud mi cuerpo se rompió. En una forma
ligera mi sueño se fue despertando, y el rencor animal comenzó a aquietarse
como un niño que se apresta a reposar en el regazo de su madre.
En una conmoción todo
se desvaneció, y el tren descansó frente a la estación.
En la puertas de la
eternidad. El pintor holandés Vincent van Gogh, aquejado de un grave trastorno
mental, pintó este cuadro en 1890.


