miércoles, 29 de marzo de 2017

Horror vacui


La noche,
espesura inquietante

manantial de neblinas,
sendero de los ciegos,
te alejas para ser nombrada,
te acercas para ser deseada
y atada a los pasos
tu presencia de ausencia
abarca a los vivos que embarca
sobre los rincones más oscuros
en el sepulcro de esta tierra.



El tren arrancó. Todos entramos por una puerta. No sabemos cuál.

Aquellas personas sostenían algunas carpetas con aire de sincretismo y seriedad. Sus guardapolvos blancos resaltaban entre las penumbras de la habitación. La primera impresión ante nosotros fue aterradora. Una marea de cables, alambres y cuerdas, cual telas de araña por el techo y las paredes ennegrecidas. Pequeñas luces acompañaban el desagradable chirrido de computadores y circuitos en un trance de acero y desequilibrio sofocante. Mi cuerpo se entumecía por el hedor de una bestia deforme que sostenía su cuerpo ante grandes máquinas industriales. Jadeante animal parecía sufrir el agónico desquicio del encierro; se retorcía como una cucaracha presa de eléctricos golpes mecánicos, desgarrada en sus íntimas fibras motrices. Entre gritos y alaridos suplicantes continuaba su ciega marcha en la condena técnica, aguardando algún colapso inminente, algún infarto liberador.

La entereza cadavérica de los guías, la frialdad de sus gestos enmohecidos y la firmeza con que impartían sus comentarios nos envolvían en una cierta confianza, en una necia tranquilidad de espectadores. El saber por ellos establecido nos dotaba de una impunidad agraviante. 

Pronto nos condujeron hacia un salón de cielo abierto, una terraza sin horizontes iluminada por lámparas de fuego. Un aire denso recorría las copas de los árboles, y el silencio siniestro se expandía abrazado en el viento como una queja. Retazos de personas se arrastraban por el suelo. Aún parecían estar vivos como testimonio de un lamento eterno, de una descomposición que nunca acabaría. Algunos sollozaban en los rincones oscuros con sus ropas desechas.

Hemos muerto animales para nacer humanos, y morir como animales.

Mis ojos de cera ardían de tormentosa locura. Y mis entrañas de polvo envenenadas de plomo eran invadidas por un mortal deseo de venganza. Ellos, consagrados a la salvación, tenían la tarea de mutilar a cada uno de aquellos moribundos rastros de carne.

El escenario era tétrico, era humano; sólo podía sentir penetrar la angustia y la crueldad lacerante de todos los delirios por la comisura de las uñas. Veía la magra muerte estrujar esos cuerpos desnudos, sudados y desgarrados.

Una fémina encorsetada en un combate perpetuo encarnaba un rostro tullido y enormes ojos negros y vacíos. Se acercó bruscamente a mí. Su aspecto perturbado me abordó de repulsión. Intentó tomarme por la manga de la camisa, y no dude ni siquiera un instante en golpear su pérfido rostro. Su cuerpo de alambre se desplomo inerte por el suelo como una marioneta desprendida de sus hilos. Toda la hostilidad contenida brotó como un torrente de piedras, como un terremoto de vehemencia, como un impulso de odio desesperante, incendiado de cólera, humillación y rencor que recorría mi sangre espesa de vida; mi respiración aturdida descendió al pulso de mis manos, y el puño cerrado como la oscuridad de los cielos se derramo sobre sus carnes en un rapto de liberadora violencia.

Unos minutos más tarde, y con la venia de los doctos, volvimos al recorrido. Ahora nos encontrábamos ante un túnel metálico y frío, un ambiente absorbido por una tiránica luminosidad tan blanca como la nieve.

Entramos en un cuarto amplio y muy tenue, un gris opaco cubría los rostros y una triste sonata transitaba el ambiente. Los doctores nos instaron a tomar asiento frente a unos pacientes que se encontraban sentados, inmóviles, petrificados.

Cuando tomé asiento pude ver el rostro de un temido misterio. Era otra mujer, con largos cabellos de seda y una mirada sólida, tan firme como los robles que se ocultan en los bosques. Me saludó con un gesto en sus labios. Labios que se desplegaban en un movimiento sutil, tan suave y armonioso que la mismísima marea de la noche en el roció de la luna quedaba relegada a la melancólica certeza de los poetas. La tensión de la locura fue capturada en el vuelo de un suspiro. Con una delicadeza admirable ella me preguntó cómo me sentía. Mis reflejos se fueron absorbiendo lentamente por una voz de vertiente. Era un arroyo apacible que se volcaba a través de las piedras de la memoria, y que se iba enraizando en mis oídos como la huella de un manantial dentro de la espesura de un barro agotado. Al tomar ella mi mano, en un rapto de inquietud mi cuerpo se rompió. En una forma ligera mi sueño se fue despertando, y el rencor animal comenzó a aquietarse como un niño que se apresta a reposar en el regazo de su madre.


En una conmoción todo se desvaneció, y el tren descansó frente a la estación.  







En la puertas de la eternidad. El pintor holandés Vincent van Gogh, aquejado de un grave trastorno mental, pintó este cuadro en 1890.

martes, 14 de marzo de 2017

Nadie responde



Ante tus ojos de copa
se sirve el mundo,
desnudo llanto de los vientos
crece en la oscura noche
de tu boca.



No me lo cuentes. Hemos llegado tarde. Tantos teléfonos colgados al mismo tiempo. Nadie responde. Nadie.

Y él llama, llama todos los días. Ya se cansó de estar sucio, más que nada, de lamentarse por su propia desesperación, hay tantas. Hay tantos arañando como sordos su ceguera de angustia. Y uno trata de hacer algo con su condición. Esto es un oficio mortal; el amor, la sangre golpeando noche y día. El sueño no se detiene, nos creemos vivos.

La vida es un lujo muy pretendido. ¡Comé, que se te enfría! Y el vino que nunca alcanza, y la mesa que baila, y las preguntas…

¿De qué se murió? De estar vivo.

¿Y le dolió? Siempre duele.

Mi vida se sirve en una mesa, solía decir. Pero no en cualquier mesa. Lo peor de la televisión es que seguimos hablando de ella. Pero esa mesa no es cualquier mesa. En ella se sirve la vida, tan sabrosa como la muerte. Es gracioso, ambas duran lo mismo que nada. Solo un suspiro, en el que pasamos ausentes la mayor parte del tiempo.

Pero esa mesa tenía unas piernas únicas.

Estar vivo, ¡qué tarea!

Esta cuestión de mantenerse en pie. Y a uno le hacen correr por la vida. Galopar como ciegos anímicos. ¡Qué va! Si las mesas no corren. Solo bailan por la suerte de su pérfida geometría, del eje perdido.

Caigo en la cuenta de que uno no puede amar a todas las mujeres a la vez. Pero si no se las ama, se las envidia. Qué hermosa y profunda condición esa, aquella, la de dar vida. Aunque no sepamos para qué mierda sirve. Es que, eso, no sirve para nada. Y cuando uno se da cuenta de eso, quizás vive algo. Algo le sucede a uno, sin razones, sin apuros.

Estar vivo es el mejor momento. Borrachos de ausencias, vivir es morir, convertirse en un extraño, perderse en cada momento. Perderlo, porque solo así vale más que todo valor. Sólo así se asume algo más allá de todo valor, más acá en la distancia.

¿Y para qué? Para nada.

Ni siquiera para poder vivir, la nada no alcanza. Es que nada alcanza. Y las palomas vuelan, ¡qué envidia!

Siempre que me enamoro lo pierdo todo, o casi todo, siempre queda un vacío de queja. La carne cruje, el hambre llama.

Y la mesa, ¿dónde apoyarse en esta vida? Envidiar a los animales, muy cotidiano.

¿Cómo vivir sin sufrir, sin perder en cada instante, el mismo instante? Uno vive extrañado, extrañando, entrañado.

¡Cuánta gente de mierda, cuánta gente bella! Cada persona en su única tragedia. Y al que estaciona mal en este mundo, le rayan el coche. Esto recién comienza.

Árboles, no se preocupan. Altos en sus copas están abrazados al viento.

Mantener las manos manchadas de tinta, esa es la meta. Mantenerse vivo, ese es el chiste.

Yo no me puedo enamorar de cada mujer que pasa ante mí, no hay autorización para tanto, está prohibido. Hay que elegir, y esta soledad es única; como la tristeza, es un discurso que extraña.

Y las palomas llegan volando, y así se van.

Por algo dicen: panza llena corazón contento. Y la mesa está servida.

Vivir sin apuros, porque la vida nos vive, o la muerte, o el amor.

Y la gente mira, busca, descubre, inventa y habita. Luces que se prenden de día. ¡Qué irónico! Y los árboles siguen ahí, de pie.

El sabor siempre único, quizás de ahí nace la memoria, siempre única en sus fallas.

Perder la noción del tiempo, perderlo todo. Escribir, aunque nos cueste el tiempo, o la misma vida. Estar montado en el sendero perdido, el amor.

La gente me molesta, me tengo que ir.

Estoy sobre mis huesos, y entre ellos he de morir. Esto es hasta donde vos quieras.

¿Dónde se van a meter tantos mails? Dejá, no contestes. Disculpe, ¿me sabe decir la hora?
¿Qué sabor tiene el tiempo, el tempo, el temple en el templo del mundo?

La pregunta siempre es una pregunta ante la muerte, ante el otro.

¿Y si las moscas hablaran?

Harían lo mismo que nosotros, ruido.

Solo yo, es decir, nadie, puede leer esto. Y no es una ilusión imperativa, tan solo una experiencia empírica.

Nadie responde.

S. V. Ivanov. On the road. Death or a migrant. (1889)

lunes, 13 de marzo de 2017

amare amma


Soñaré con el nácar virginal de tu frente,
soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar,

soñaré con tus labios desesperadamente,

soñaré con tus besos... y jamás lo sabrás.

José Ángel Buesa




He amado tantas veces como he soñado. Tantos ojos negros me han matado, un gesto, alguna mirada al pasar. Momentos en que uno se siente impresionado. Me preguntás si existe el amor.

Pues sí.

Es por lo único que vale la pena estar condenado a vivir una vida. Es la cara amable de la muerte que condona. Es un suspiro intenso que recorre el cuerpo de tramo a tramo. Es la nostalgia de nacer, la fiesta de una bienvenida.

Nacer y morir. Idénticos senderos en este mundo. Pero hay un mar que todo lo abisma y oculta; como el día oculta la estrellada noche.

¿Invisible es el amor?

No.

Sin embargo, la ceguera le es inmanente.

Habita en múltiples nombres que surcan la tierra como un canto invisible.

Amor. Sobre ésta queja se ha detenido el mundo.

Quién haya visto una caricia ante el dolor o tan solo una sonrisa cómplice ante la pérdida, pues lo ha visto.

El amor es un hacer, y por ello la palabra no lo hace, aunque lo lleva entramado entre sus sílabas, perdido entre vocales.

¿Qué es el amor?

Pues que el amor no es nada. Y por eso existe, para ser pronunciado. Y así viajar de boca en boca. Así se lo convoca.

No es nada.

Es una pérdida heredada al nacer. Suspiro de fuegos y gritos. Un llanto cedido por aquella bocanada de aire que te atravesó como un eco entre las montañas de hierro y carbón de tu cuerpo.


Sólo ama quien lo ha perdido todo; quien, a pesar de teatros e ilusiones, de rumores y contiendas, admite su pérdida, y con ella so-porta su falta, su ausencia; es sólo ante lo imposible que se es capaz de amar.






Fred Herzog, Canada, 1960s/ early 1970s