viernes, 17 de noviembre de 2017

La erosión de lo erótico



“Hay una distancia irreductible entre sujeto y sujeto: un abismo insalvable, discontinuidad, una soledad extrema. Sólo él muere, sólo él vive, sólo él es él.”

Georges Bataille. El erotismo



La cultura de consumo, el culto de consumir(se) es una espectaculación, una radiación nociva que bajo la ilusión de la salvación y mediante el placer exacerbado y masturbador devora la vida en una condena depresiva, aislada en autolesiones frenéticas que ensordecen tanto como adolecen la habitación del habitar mundano. Se presenta como gran compensación a la trágica erosión de lo erótico. Es un reflejo de época, una oración interior que se ahoga en un fuego ensimismado, un patológico remordimiento que se mutila en la pira de su (p)oblación, la traducción de un infarto, de un sacrificio truncado. Los esclavos modernos bajo el yugo de la prohibición maníquea han entregado su existencia al turismo de emociones televisivas, a recorridos sin trayectos ni riesgos, en una simple y pueril condena de lo cotidiano, sacrificio abstracto y malogrado que se estipula y estimula en ecuaciones gananciales; donde no hay lugar para la perdida todo está perdido, no hay otro que aparezca, que atempere la aislación abismal y febril del yo delirante en absoluta idealización que solo absuelve abstracciones; es en una experiencia que no deja rastro alguno, sin marca alguna. Nada se inscribe en su imagen, en su perfil megalómano, donde tan solo queda la ilusión como refugio sedante y celante de la vida muriente. Este es un delirio de inmortalidad que se oculta en reacciones fóbicas ante la muerte, negando su topología, su fondo bajo tierra. El sujeto carente de experiencia interior adolece sin límites lo ilimitado, y aturdido deambula en busca de una salvación, la solución final, el holocausto trascendental producto de su maquinaria-maquinación especulativa. Este producto sujeto-cerrado-en-sí-mismo es un delirante crónico arrastrado en su debilidad ética que consuma en hedonismo colérico. 



En el despliegue de la ilusión de la conciencia, el sujeto moderno tardío se encuentra apresado, sujeto de derecho como transición de la esclavitud sublimada en propiedad privada. En el tener(se) abjura su ser, deniega el camino a lo otro, retirándose al interior de la caverna encefálica de su abstracción colocada en el (a)parecer del habitar exterior y efectivo que intenta dominar. Esto otro por lo cual se obstina en dominar en obscena perversión es su propio terror ante todo lo que él no concibe en su tener(se) ser.





“El eros es lo único que da vida al organismo. Eso se puede decir también de la sociedad. El narcisismo exagerado la desestabiliza.”

Byung-Chul Han





Distinta será la ocasión para aquel que pueda jugar éste abismo sin ahogarse en su voz e imagen defensiva, quien pueda anteponer su territorio y otorgar el lugar necesario para que la otredad entre en escena, para que acontezca, y así aparezca como un golpe en la tormenta, como un rayo en la noche que atraviesa la oscuridad absoluta.



Al ceder su posición adquirida y redescubrir la temporalidad desde la otredad, la cuadratura inercial del yo declina y se encuentra invitada a transgredir su propia figuración, limitación adquirida por defensa maquinal, que se redescubre en lo otro, que ya no solo lo nombra, sino que le propicia el encuentro de una experiencia erótica en el encuentro con lo totalmente distinto; experiencia desconocida y oscilante frente a su propia muerte, en su propia experiencia de lo imposible.



El Gran Masturbador de Salvador Dalí



Publicado en "Erotismo" número 9 de la revista Chubasco en primavera, año 3, noviembre 2017. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Black Mirror: ‘La ciencia de matar’ (Men Against Fire)

«Para vivir como propietario es preciso apropiarse del trabajo de otro, es preciso matar al trabajador. La propiedad es la gran matriz de nuestras miserias y de nuestros crímenes. La propiedad devoradora y antropófoga. Añagaza, violencia y usura, tal es la clase de medios empleados por el propietario para despojar al trabajador.» 


Pierre-Joseph Proudhon, carta a M. Blanqui sobre la propiedad, 1841.



En la aplicación del marco teórico desarrollado por Sigmund Freud en “Introducción del Narcisismo” y “Psicología de las masas y análisis del yo” utilizaremos el quinto episodio de la tercera temporada de la serie de televisión británica Black Mirror (creada por Charlie Brooker), traducida en habla hispana como: ‘La ciencia de matar’ (Men Against Fire).

Stripe (Malachi Kirby) y Raiman (Madeline Brewer) son dos soldados que deben proteger a los habitantes de una aldea de la invasión de unas criaturas llamadas Roaches (cucarachas) que son perseguidas de forma sistemática por el ejército. Los soldados tienen implantado un dispositivo en el cuerpo denominado “Máscara”, que permite acceder a la información detallada en cada misión, y sirven como apoyo y comunicación en las operaciones, mostrando imágenes virtuales frente a la retina de los ojos.

Lo que no saben estos miembros del ejército es que este dispositivo interfiere con sus pensamientos a un nivel más profundo, modificando lo que perciben sus sentidos. Eliminando sonidos y olores no deseados, modificando la apariencia de sus enemigos y manipulando lo que ven o sueñan. Configuraciones controladas no por sus usuarios, sino por los programadores del ejército. La cara visible de tal organización es Parn Heidekker (Francis Magee) que oficia de conductor y garante.

El capítulo se desenvuelve ante el ataque por parte de las cucarachas a un almacén en un pueblo cercano. Una vez en el lugar, los uniformados se encuentran con el pánico generalizado entre la turba del pueblo, quienes ruegan ser resguardados de los monstruos que atentaron contra su estabilidad.

Stripe, quien está en su primera misión y nunca ha tenido contacto con dichos enemigos, entabla un lazo de identificación con su compañera Raiman. Ambos incursionan en la cacería comandados por su capitán, y cual matan un par de estos deformes monstruos. Este triunfo no es sin consecuencias, ya que para Stripe, el hecho traumático se ve acompañado por un daño en su “máscara” a través de un extraño artificio desarrollado por estos subnormales; una suerte de linterna que decodifica y hackea la programación con cual funciona el dispositivo del ejército.

A partir de este momento se despliegan los conflictos internos para el personaje. Si bien es patente la doble ligazón libidinal entre conductor (o el entramado jerárquico propio de éstas masas artificiales) y los demás compañeros, el acento sobresale por un lado en el conflicto de un fenómeno principal: la falta de libertad del individuo, y por el otro, en los impulsos despiadados y hostiles hacia quienes no pertenecen a ésta comunidad, ya no solo el ejército, si no los pobladores adyacentes a la estructura. Ambos coordinados por un ideal común, una idea conductora: el enemigo a exterminar. El efecto unitivo producido por el odio a una amenaza externa es el modelo de identificación por cual se configura ésta comunidad. Siguiendo los desarrollos de Freud, podemos aseverar que se sustituye la ligazón libidinal de objeto por vía regresiva mediante la introyección del objeto en el yo; objeto que mantiene las propiedades de una “persona no amada”, afirmando así la cohesión de los individuos por medio de un ideal del yo reactivo, hostil, cruel y perverso, propio de un narcisismo trófico.

Cabe destacar que Stripe se enfrenta a ésta situación al fallar su máscara. Comienza a percibir los controles represivos de la misma, y la manipulación dirigida a su comportamiento como también a entrever la sospecha de la influencia que ejerce dicho dispositivo sobre los sueños de índole erótica de todos sus compañeros. Una vez que restablece el contacto con los objetos externos del mundo, como los sonidos, aromas y colores, puede ver que sus enemigos no son figuraciones monstruosas, como tampoco emiten sonidos desgarradores, es decir, se encuentra ante personas que concuerdan con el marco valorativo de “humanos”.

Esta situación crítica llevará al enfrentamiento con su compañera al tratar de resguardar a estos enemigos que tan solo él puede ver y escuchar como dotados de condición humana. Luego de ser detenido, tendrá una conversación final con la cara visible del sistema, con el conductor Parn Heidekker. Él le explicará la perentoria necesidad del artificio de la máscara, ya sea para llevar a fin las crueles tareas y sentir satisfacción por su cumplimiento, como también para cuartar toda posible empatía con el enemigo. También lo enfrenta con la grabación de los asesinatos sin la interferencia represiva, y con su propia aceptación voluntaria a la hora de incorporarse al cuerpo del ejército, y que él no recuerda como tampoco acepta haber realizado.

Para concluir, tendrá dos opciones: aceptar la condena perpetua en prisión, o mantenerse en la masa con la conmutación de su condena, y el indulto de su sentimiento de culpa. Siendo ésta última una ganancia para su estabilidad anímica a través del olvido de todo el transito traumático, nos parece que su decisión es deducible.

Bundesarchiv Bild 183-R69919, KZ Auschwitz, Brillen