viernes, 30 de diciembre de 2016

NOVEDADES



“El tiempo es de penuria porque le falta el desocultamiento de la esencia del dolor, la muerte y el amor.”

M. H.



¿Qué es lo nuevo?



El advenimiento de lo nuevo, expectativa, proyección y renovación del ciclo litúrgico de la vida. La fiesta, la celebración de los damnificados en la melancólica medianoche. Final y comienzo, muerte y nacimiento. Extremos de una vida, orillas de un contorno funesto.



¿Qué es la cualidad de lo novedoso?



Si algo pretende toda novedad, es trasformar en su aparición la apariencia de toda ilusión. Reflejo y ruptura, acontecimiento que se manifiesta y reordena ante su emerger. Surgimiento que al mostrarse abre senderos, sentidos y abismos.



Entre los cultos de la globalización, que todo lo puede en su apariencia, y que todo lo desgarra a su paso, las novedades circundan la cuadratura del tiempo hecho espacio, trasformando en forma formante lo informe que se informa de apariencia.



El juego termina.



Muertos los partícipes, se da inicio al retorno. A la resurrección destinal que se destila. La matemática aporta su marca dando la huella en la nomenclatura del tiempo mecanizado. Direccionamiento del tiempo esquematizado bajo y entre la penuria de una historia que se cierra sobre sí misma.



Los cementerios son poblados por la herencia del olvido.



El juego, recomienza.



Las ciudades son pobladas por la herencia del recuerdo.



La coherencia no tiene ninguna relación con la verdad, pero ésta es la posibilidad de que todo destino se destine a ser siendo aquella. La repetición involuntaria de patrones enquistados en el comportar del ser son la clausura y el hundimiento de todo realizar cotidiano en el margen de Occidente. Ya no hay huellas sagradas que señalen lo divino.



Es el ocaso en tiempos de penuria.






Vincent Van Gogh - La noche estrellada

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El refugio de una ilusión llamada yo



“Plomo en mi boca, en mi pupila sombra,
la mente entorpecida,
y el corazón cansado,
en el fondo de un féretro gemía.
Después de haber dormido mucho tiempo
se despertó mi alma.
Me pareció que oía
alguno que a mi tumba se acercaba.”

Heinrich Heine


Enredado en un entramado de recuerdos despierto al olvido de los sueños. El reloj golpeó contra el muro de mis ojos. Ahí estaba, la misma hora, la misma alarma, la misma situación. Pero lo supe, la sensación se susurró en la duda, esto ya lo viví. No tuve el tiempo suficiente para despejar las cavilaciones del sinsentido. Vestirme, otra vez, como fiel rutina, como una memoria mortal de la costumbre cultural.


Todo el día se desenvolvió en una desértica tradición, en una manía compulsiva de repeticiones sin fin. El tiempo pasaba, minuto a minuto, pasaba y pasaba, pero nada sucedía.


En el momento –como de forma irónica siempre sucede–, cuando menos lo imaginé, cuando la distracción apartó las fantasías de lo cotidiano, desde el aburrimiento del alumbramiento algo se rompió; y una extraña sensación vino sobre mí, me asaltó desprevenido. Como una neblina que se extendía sobre la superficie de mi percepción, el mundo circundante se tornó espeso, extrañamente familiar y fantasmagórico. Una incertidumbre me alertó, no lo sabía pero algo me acusaba de saberlo, lo sentía, la situación ya la había vivido, alguna vez, una experiencia de extraordinaria condena, de prescripción temporal, de consecuencia fantasmática y barroca; era, lo sentía, la mano de lo desconocido que se posaba sobre mi mente, como castigo, como ilusoria salvación.


Y allí estaba, ante mí, como la aparición de todas las coordenadas ancestrales, como la encarnación misma de todos los deseos materializados en una figura sombría y oscura, tan antigua como joven, innombrable pero reconocible como la maravilla afluente que despierta del ocaso de una fuente imperecedera, de la que nacen todos los arroyos que recorren la tierra en busca del abrazo de la muerte con el profundo mar que las alimenta.


Surcó mis ojos durante un instante, desgarrando la cotidiana condena de los mortales. Fue el suspiro inesperado de un Déjà vu, de un Presque vu, y de un Jamais vu; sin más, sin nada, sin poder alguno, de mi propia ausencia me enamoré.





"Heinrich Heine y la musa de la poesía" (1894), de Georges Moreau de Tours (1848-1901)