Son las 3am. Él se despierta sobresaltado. Ha escuchado su nombre pronunciado con una voz nítida y penetrante ¿Quien ha a travesado su sueño como una tormenta? Observa por el ventanal. Observa como los altos pinos se baten dolorosamente con los vientos. La lluvia golpea el vidrio de una forma implacable. Jirones de aire se arrastran por la casa vacía; las maderas crujen. El frío es insoslayable.
Él, no quiere mantener los ojos abiertos. Se aprieta a las sabanas como a un remo en la deriva. Se siente aterrado por una presencia asfixiante que lo abraza lentamente; muy lentamente. Piensa que ha tenido un mal sueño, que pronto pasara. No es la primera vez que se siente tan hondamente perturbado. Se esfuerza en evocar imágenes placenteras, distraer su atención con recuerdos placidos. Piensa en su madre. También piensa en la virgen María, castamente desnuda y pura. Quiere tocarla, posar suavemente sus labios en ella y, mamar toda su pureza.
Pero él sabe, lo ha escuchado. Alguien lo está llamando, lo está buscando. Se siente rígido, conmocionado. Respira despacio, trata de no hacer ningún movimiento, esta excitado. Duro sostiene su miembro con ambas manos. Se encuentra asechado. Cualquier insignificante ruido que produzca, puede condenarlo a la muerte, al fin, a la misma nada de sí mismo.
En un rapto de valor, apoya sus ojos sobre cada fulguración centelleante, con que los rayos traspasan la oscura noche. Se abisma tratando de atrapar todas las imágenes en un solo pestañear. Siente que lo ha perdido, siente que lo ha perdido todo. Llora con un silencio punzante como la noche alucinada entre las nubes.
Una impresión lo angustia, se siente observado, poseído. Mira hacia sus sospechas, y lo ve. Su garganta se cierra con un amargo miedo que se le hunde hasta las piernas. Es su padre parado ante él como un fantasma. Sabe que es su padre, al fin lo sabe, lo mira. Se encuentra tieso, pálido, con unos ojos negros y tan profundos como las sombras que brillan contemplando, mirando, mirándolo como quien observa el tiempo perdido en fotografías húmedas, y cadavéricas.
Sólo, con el silencio entre los oídos y las sombras que se hunden en su mirada. La tormenta calla, se agota, se desvanece en las manos de la penumbra. Un grito corta el desconsuelo de la noche, y el niño retorna a sus sueños.

Saturno devorando a un hijo (1819-1823) Francisco de Goya
En el paroxismo contemporáneo el individuo se dilata en la indeterminación. Anulación convocada por la identidad colectiva que lo devora. Anulado por aquello que lo transciende y mutila en deberes cotidianos. Por aquello que lo aplaca, entre la multitud, y lo vacía, lo regenera, y eyecta como un algoritmo en el rito perpetuo del lenguaje. Este dilema ha atravesado al bípedo desde su consumación.
Obligaciones cívicas, imperativos de ordenamiento comportamental, es decir, desplazamiento, movimiento, acto, praxis, moral. Usted, récele a la bandera, récele a los ídolos, récele al destino. El que no llora no mama, y el que no roba es un gil.
Las implicaciones éticas que no se hablan, que no se dicen, quedan ocultas al observador, las que no se escriben, al oyente. Es que desde tiempos inmemoriales, la tristeza ha gozado de pena y sentencia. Por lo que se hace necesario revisar el reverso del sebo con que alimentan el imaginario colectivo, toda aquella banda de mafiosos y explotadores de las ilusiones colectivas.
El engaño, la artimaña, la ilusión con que se mofan, es muy distinta de cualquier apreciación que se puede hacer en nombre de la esperanza, de aquello que se espera. Que el pueblo es iluso, no cabe duda, pero también esta cebado, adoctrinado, comercializado a costa de su imaginación, de su deseo, y de su actuar.
La famosa utopía de controlarlo todo, atenta con el más allá del destino. Con ese tópico irreductible que avanza de frente, y abraza a las personas en acontecimientos fortuitos, inherentes al universo, que para desgracia de todos, está plagado de inconmensurabilidad.
Ante tanto temor y terror, en la conciencia se acopla la idea del estar asustado, y con ella se abre el camino de la huida. Es de suyo bien sabido, o al menos, implícitamente adquirido y llevado a cabo, que al focalizar la mirada del pensamiento sobre los hechos tristes, y por ello también tétricos, se desenvuelve ante la mente la emoción de lo repulsivo, del mal llamado “instinto de supervivencia”, del huir hacia el otro lado. El otro lado, borde, orilla, margen, posición, etc. Es por aquello mismo que Edipo se arrancó los ojos con sus propias manos, huyendo.
La contracara, lo no visto, lo oculto a la mirada especulativa. El punto ciego donde surge el nervio ocular, la panacea de las ilusiones, el punto de fuga situado en el infinito, al borde del abismo.
Es allí donde se esconde el sol con la mano. Es allí donde la ceguera se vuelve metáfora, donde se muestra como imagen totalizante, completitud de la dependencia visual; y con ella, del resguardo ante lo desconocido, ante el misterio de lo invisible y silencioso, ante y entre las sombras en que se habita. El abandono terrorífico que se impregna en la piel desde la infancia ante la noche balbuceante que se abre, como una boca, devorada de alucinación.
Es aquí también donde la colectividad recrea los ritos de asociación y resguardo. Donde se protege ante lo desconocido, instituyendo en su alucinación las defensas, el fármaco estabilizador de la imaginación, del comportamiento y la acción. Fármaco que llevado al exceso provoca su revés. Reverso que se manifiesta como un comportamiento compulsivo de adoración de prácticas de purificación, segregación, y exterminio de cualquier Otro, marcado y tipificado como agente extraño; aquello que provoca la extrañeza del sentido. Donde el sujeto se encuentra con lo que no se encuentra sujeto a la norma, a la normalidad. Es decir, todo lo que cabe dentro del horizonte de lo anormal, y molesta. Está de más aclarar que estas prácticas son llamadas como Nacionalismo, Patriotismo, Fascismo, etc., etc.
Aquí no se trata de negar la construcción de la identidad colectiva, sino más bien, vislumbrar los hilos de interdependencia que generan los procesos de formación que arrastran al infante a convertirse en un objeto llamado ser humano perversamente explotable.
La negación de la negación, la negación de aquello que niega la optimización de todos los procesos, de todas las conclusiones y de todos los conceptos absolutos es, no tan solo imposible, sino un curso más que necesario; pero, a su vez, en la institucionalización de la pureza idealizante, se agrede no tan solo la serie, sino con ello, la posibilidad de cualquier dinámica social de superación de dichos conflictos. Es el enfrentamiento constante con las limitaciones existenciales que enfrentan al individuo con su propia imagen especulativa, como también con su entramado identitario, y por lo tanto, donde se sucede la impregnación de los valores de asociación ética y colectiva. Esto, es la tensión social subyacente a todo habitar gregario.
En tanto la tristeza, asimilable a un cierto número de experiencias como la ruptura, la perdida, el abandono, la soledad, la muerte. No encuentra otro reducto de manifestación que la alergia manifiesta a cualquier asunción conflictiva. De seguro que termina siendo alojada, y más tarde que temprano, se derrama en una que otra erupción, irritación, inflamación, calentura.
El remedio a esta siempre inestable condición estructural psíquica, ha sido desde siempre, la catarsis. El despojo expulsivo de la acumulación pasional que albergan los individuos. Es por ello que tanto en la victoria como en la derrota se festeja, se conlleva la ritualidad, se manifiesta, con una u otra excusa, el desamparo acolito que se enfrenta ante todo final. Instancia de renovación, de conclusión y renacimiento de las disposiciones anímicas del grupo societario y sus individuos componentes.
Hoy en día, los fines de semana conllevan esa oportunidad catártica ritualista. El consumo también es un desprendimiento de ese goce omniabarcador. La acumulación de bienes, como también la violencia direccionada a enemigos imaginarios, o grupos tipificados como marginados o prestos a ser excluidos, también conllevan, en ella, el entramado identitario de la pertenencia, que nunca lograra reducir su inestabilidad constitutiva, y sentenciara hasta el fin de la historia, cualquier relato superador.
Es así, que la utilidad de la alegría como también de la tristeza, van trazando en el imaginario las condiciones de posibilidad de los individuos. Palabras como revolución o independencia, carecen de valor ético, ya que no señalan más que una tradición semántica perdida. Una tradición ética que ha quedado desplazada desde la institucionalización de los valores de mercado. Como cuando de chico en el barrio escuchábamos decir: “los códigos se han perdido”.

The Netherlandish Proverbs (1559) por el pintor flamenco Pieter Brueghel el Viejo.