martes, 25 de abril de 2017

Pandemia



"La sociedad no es una enfermedad, sino un desastre. 
Es un milagro estúpido que consigamos vivir en ella"

E. M. Cioran



En la cordura de la luz se desborda la ceguera del infierno vestido en la carne de la locura. Allí crecen las llamas de la noche ahogando el silencio en las entrañas de los bosques, que crecen como el manto tormentoso de las piedras erosionadas de sangre. Los calabozos resucitan con el canto del dolor. Son los gritos de todas las putas ahorcadas sobre el firmamento. Y sus hijos, desechos dentro del barro nocturno, suplican por la bendición del rocío, por la marca de un nombre.


Humillante pandemia son estas lágrimas de acero que beben el mundo como tiernas llamas abrazando bosques y praderas y altos montes donde apoyan su boca de pecado y abismo. Con pequeños pasos de plomo encienden los matorrales y devoran en hogueras que atraviesan las cumbres iluminadas de sacrificio. Así nacen los salvadores del orbe. Siglo tras siglo tragando el tiempo con sus dientes de arena han dado comienzo al fin.


Pero la noche de todos los santos declina su frente sobre la sangre, y los pudre con el vértigo del fuego hasta despedazar a todas las bestias que aún trinan de esperanza en la eterna cosecha del caos. La palabra, su memoria que habita clavada en los mástiles de los ídolos, se deshace para volver a escribir la tragedia inagotable de la pasión que abre en jirones la carne, esa misma carne despedazada que se derrama sagrada y sangrante sobre las brasas de la última cena.


A comer se sientan las bestias vestidas de dicha macabra; allí erigen sus ídolos de huesos chupados hasta el despojo, para ser protegidos en sus penitentes pesadillas, donde el terror vuelve con su ejército de muertos parlantes, ácaros del alba sepultados en lo más profundo de sus ojos templados por las masacres.




Sparrows on the Berlin Wall by Paul Schutzer. 1962

martes, 18 de abril de 2017

Naufragio


"Cada ser es un himno destruido."

E. M. Cioran

La mierda flota.


Todo aquello que la ciudad oculta vuelve de la oscuridad cloacal para abrazar a sus detractores. La gente se electrocuta cruzando las calles que ya son ríos que avanzan y salpican y devoran los autos a su paso. Las ratas montan plateas en los cables de luz, y con risas lloran su hogar. Una mujer se ahoga de pánico, mientras su padre la abraza tendida como un trapo muerto. Las ciénagas se erigen vomitando coléricas rimas de bilis desde sus entrañas. Las sirenas cantan a lo lejos, pero nunca llegan. Son un amor, una salvación perdida. Los cementerios se abren de boca al cielo renovando las camas con sus sueños de raíces solitarias. El cielo fosforescente mira y escupe contra el mundo, contra sus profanos reyes de pálidos huesos, y con una mano podrida de gusanos hunde sus garras de barro frío sobre las frentes ajenas. Y se masturba. Con cada paso, con cada grito que moja la tierra se masturba. Y acaba con todo. Acaba sobre el mundo de a chaparrones, untándolo todo de vida y muerte precipitada. Y nacen muertos flotando en la tormenta como ancianos aterrados que estallan en un coro tenaz ofrecido al dios miocardio.


La fuente de los burgos se rebalsa de húmedo pánico.


Le Radeau de la Méduse, Théodore Géricault, 1819.