viernes, 17 de noviembre de 2017

La erosión de lo erótico



“Hay una distancia irreductible entre sujeto y sujeto: un abismo insalvable, discontinuidad, una soledad extrema. Sólo él muere, sólo él vive, sólo él es él.”

Georges Bataille. El erotismo



La cultura de consumo, el culto de consumir(se) es una espectaculación, una radiación nociva que bajo la ilusión de la salvación y mediante el placer exacerbado y masturbador devora la vida en una condena depresiva, aislada en autolesiones frenéticas que ensordecen tanto como adolecen la habitación del habitar mundano. Se presenta como gran compensación a la trágica erosión de lo erótico. Es un reflejo de época, una oración interior que se ahoga en un fuego ensimismado, un patológico remordimiento que se mutila en la pira de su (p)oblación, la traducción de un infarto, de un sacrificio truncado. Los esclavos modernos bajo el yugo de la prohibición maníquea han entregado su existencia al turismo de emociones televisivas, a recorridos sin trayectos ni riesgos, en una simple y pueril condena de lo cotidiano, sacrificio abstracto y malogrado que se estipula y estimula en ecuaciones gananciales; donde no hay lugar para la perdida todo está perdido, no hay otro que aparezca, que atempere la aislación abismal y febril del yo delirante en absoluta idealización que solo absuelve abstracciones; es en una experiencia que no deja rastro alguno, sin marca alguna. Nada se inscribe en su imagen, en su perfil megalómano, donde tan solo queda la ilusión como refugio sedante y celante de la vida muriente. Este es un delirio de inmortalidad que se oculta en reacciones fóbicas ante la muerte, negando su topología, su fondo bajo tierra. El sujeto carente de experiencia interior adolece sin límites lo ilimitado, y aturdido deambula en busca de una salvación, la solución final, el holocausto trascendental producto de su maquinaria-maquinación especulativa. Este producto sujeto-cerrado-en-sí-mismo es un delirante crónico arrastrado en su debilidad ética que consuma en hedonismo colérico. 



En el despliegue de la ilusión de la conciencia, el sujeto moderno tardío se encuentra apresado, sujeto de derecho como transición de la esclavitud sublimada en propiedad privada. En el tener(se) abjura su ser, deniega el camino a lo otro, retirándose al interior de la caverna encefálica de su abstracción colocada en el (a)parecer del habitar exterior y efectivo que intenta dominar. Esto otro por lo cual se obstina en dominar en obscena perversión es su propio terror ante todo lo que él no concibe en su tener(se) ser.





“El eros es lo único que da vida al organismo. Eso se puede decir también de la sociedad. El narcisismo exagerado la desestabiliza.”

Byung-Chul Han





Distinta será la ocasión para aquel que pueda jugar éste abismo sin ahogarse en su voz e imagen defensiva, quien pueda anteponer su territorio y otorgar el lugar necesario para que la otredad entre en escena, para que acontezca, y así aparezca como un golpe en la tormenta, como un rayo en la noche que atraviesa la oscuridad absoluta.



Al ceder su posición adquirida y redescubrir la temporalidad desde la otredad, la cuadratura inercial del yo declina y se encuentra invitada a transgredir su propia figuración, limitación adquirida por defensa maquinal, que se redescubre en lo otro, que ya no solo lo nombra, sino que le propicia el encuentro de una experiencia erótica en el encuentro con lo totalmente distinto; experiencia desconocida y oscilante frente a su propia muerte, en su propia experiencia de lo imposible.



El Gran Masturbador de Salvador Dalí



Publicado en "Erotismo" número 9 de la revista Chubasco en primavera, año 3, noviembre 2017. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Black Mirror: ‘La ciencia de matar’ (Men Against Fire)

«Para vivir como propietario es preciso apropiarse del trabajo de otro, es preciso matar al trabajador. La propiedad es la gran matriz de nuestras miserias y de nuestros crímenes. La propiedad devoradora y antropófoga. Añagaza, violencia y usura, tal es la clase de medios empleados por el propietario para despojar al trabajador.» 


Pierre-Joseph Proudhon, carta a M. Blanqui sobre la propiedad, 1841.



En la aplicación del marco teórico desarrollado por Sigmund Freud en “Introducción del Narcisismo” y “Psicología de las masas y análisis del yo” utilizaremos el quinto episodio de la tercera temporada de la serie de televisión británica Black Mirror (creada por Charlie Brooker), traducida en habla hispana como: ‘La ciencia de matar’ (Men Against Fire).

Stripe (Malachi Kirby) y Raiman (Madeline Brewer) son dos soldados que deben proteger a los habitantes de una aldea de la invasión de unas criaturas llamadas Roaches (cucarachas) que son perseguidas de forma sistemática por el ejército. Los soldados tienen implantado un dispositivo en el cuerpo denominado “Máscara”, que permite acceder a la información detallada en cada misión, y sirven como apoyo y comunicación en las operaciones, mostrando imágenes virtuales frente a la retina de los ojos.

Lo que no saben estos miembros del ejército es que este dispositivo interfiere con sus pensamientos a un nivel más profundo, modificando lo que perciben sus sentidos. Eliminando sonidos y olores no deseados, modificando la apariencia de sus enemigos y manipulando lo que ven o sueñan. Configuraciones controladas no por sus usuarios, sino por los programadores del ejército. La cara visible de tal organización es Parn Heidekker (Francis Magee) que oficia de conductor y garante.

El capítulo se desenvuelve ante el ataque por parte de las cucarachas a un almacén en un pueblo cercano. Una vez en el lugar, los uniformados se encuentran con el pánico generalizado entre la turba del pueblo, quienes ruegan ser resguardados de los monstruos que atentaron contra su estabilidad.

Stripe, quien está en su primera misión y nunca ha tenido contacto con dichos enemigos, entabla un lazo de identificación con su compañera Raiman. Ambos incursionan en la cacería comandados por su capitán, y cual matan un par de estos deformes monstruos. Este triunfo no es sin consecuencias, ya que para Stripe, el hecho traumático se ve acompañado por un daño en su “máscara” a través de un extraño artificio desarrollado por estos subnormales; una suerte de linterna que decodifica y hackea la programación con cual funciona el dispositivo del ejército.

A partir de este momento se despliegan los conflictos internos para el personaje. Si bien es patente la doble ligazón libidinal entre conductor (o el entramado jerárquico propio de éstas masas artificiales) y los demás compañeros, el acento sobresale por un lado en el conflicto de un fenómeno principal: la falta de libertad del individuo, y por el otro, en los impulsos despiadados y hostiles hacia quienes no pertenecen a ésta comunidad, ya no solo el ejército, si no los pobladores adyacentes a la estructura. Ambos coordinados por un ideal común, una idea conductora: el enemigo a exterminar. El efecto unitivo producido por el odio a una amenaza externa es el modelo de identificación por cual se configura ésta comunidad. Siguiendo los desarrollos de Freud, podemos aseverar que se sustituye la ligazón libidinal de objeto por vía regresiva mediante la introyección del objeto en el yo; objeto que mantiene las propiedades de una “persona no amada”, afirmando así la cohesión de los individuos por medio de un ideal del yo reactivo, hostil, cruel y perverso, propio de un narcisismo trófico.

Cabe destacar que Stripe se enfrenta a ésta situación al fallar su máscara. Comienza a percibir los controles represivos de la misma, y la manipulación dirigida a su comportamiento como también a entrever la sospecha de la influencia que ejerce dicho dispositivo sobre los sueños de índole erótica de todos sus compañeros. Una vez que restablece el contacto con los objetos externos del mundo, como los sonidos, aromas y colores, puede ver que sus enemigos no son figuraciones monstruosas, como tampoco emiten sonidos desgarradores, es decir, se encuentra ante personas que concuerdan con el marco valorativo de “humanos”.

Esta situación crítica llevará al enfrentamiento con su compañera al tratar de resguardar a estos enemigos que tan solo él puede ver y escuchar como dotados de condición humana. Luego de ser detenido, tendrá una conversación final con la cara visible del sistema, con el conductor Parn Heidekker. Él le explicará la perentoria necesidad del artificio de la máscara, ya sea para llevar a fin las crueles tareas y sentir satisfacción por su cumplimiento, como también para cuartar toda posible empatía con el enemigo. También lo enfrenta con la grabación de los asesinatos sin la interferencia represiva, y con su propia aceptación voluntaria a la hora de incorporarse al cuerpo del ejército, y que él no recuerda como tampoco acepta haber realizado.

Para concluir, tendrá dos opciones: aceptar la condena perpetua en prisión, o mantenerse en la masa con la conmutación de su condena, y el indulto de su sentimiento de culpa. Siendo ésta última una ganancia para su estabilidad anímica a través del olvido de todo el transito traumático, nos parece que su decisión es deducible.

Bundesarchiv Bild 183-R69919, KZ Auschwitz, Brillen

martes, 31 de octubre de 2017

Coraje y depresión, idiotismo y respuesta: la verdad necesaria para toda política

Reflexiones acerca de la escenificación de la tragedia democrática


“La misma absorción de la propia iniciativa; no hay duda: el hipnotizador ha ocupado el lugar del ideal del yo. (...) El hipnotizador es el objeto único: no se repara en ningún otro además de él. Lo que él pide y asevera es vivenciado oníricamente por el yo.”
Freud, S. (2013). “Psicología de las masas y análisis del yo”. En Obras completas: Sigmund Freud (Vol.18, p.108). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado 1921)

“¿Y el oído de nuestro pensar? ¿No oye todavía él clamor? Seguirá sin oírlo durante tanto tiempo como no comience a pensar. El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar.”

Heidegger, M. (1995). “La frase de Nietzsche «Dios ha muerto»”, (1943). En Caminos de bosque (p.198). Madrid: Alianza Editorial.

“Nubarrón tras nubarrón cubre el sol de la esperanza con promesas que no alcanzan, con realidad que no llega con manos que se refriegan y otras que nunca descansan. Nubarrón tras nubarrón que se convierte en pedrada sobre la melga sembrada de sueños y de ilusiones mientras crecen las pasiones proletarias y olvidadas. Nubarrón tras nubarrón llovedoras de cinismo reliquias de un feudalismo ramificadas en leyes, reyes que no quieren reyes pero que reinan lo mismo, catedráticas mortajas que levantan sus banderas en espera de otra espera que revalide su enjambre mientras el pueblo con hambre ni se ignora ni se entera.”

Larralde, J. “Allí donde alcé mi rabia”. En Simplemente (1973). Buenos Aires: RCA Camden.


La esperanza es un dar que funda confianza, camino necesario para toda reconciliación. Es en la promesa donde acontece el lugar destinado a la espera, a la esperanza. Este bendecido artificio del esperar, del aguardar en uno aquello otro prometido no es tan siquiera la desdicha de una ilusión pasajera como tampoco la confortable apariencia de un progreso venidero.

El decir de la promesa, de lo prometido, nos habla del futuro y su destinación. Pero en tanto dar y otorgar es un hacer y un contraer sobre las secuelas del tiempo, un horadar el marco de la palabra con el fuego prometeico en que se incendia la memoria, como en la hoguera de un sacrificio llamado primitivo.

Es en la promesa donde deviene el juego mediador y nefasto del concilio y la devoción como aparente reconciliación o pacificación. Sea bajo la figura del devoto que otorga su voto, o del deudo que se estima con ingenua confianza al conceder resarcimiento con el pago de lo adeudado, de lo debido en la conciencia de la culpa y la redención.

Todos estos movimientos devienen en un sujeto hecho objeto en su decir ya sujeto por esto, a la conformación del deber bajo un imperativo que responda, que dé cuenta, al honor o al horror de un ser-se reconocido. De un ser-se aguardado en la memoria pública como heredero de su propia propiedad de condenado. Este servidor público que se arroja con promesas hacia el futuro es un prisionero compulsivo que ata su lengua a la sangre que destila su conciencia en la habitación de su habitar mundano.

Antigua se prefigura la esperanza como ciega búsqueda de la salvación, o de alguna señal, quizás, tan solo una respuesta que signe el estar y el porvenir desde un rumor pasado y tardío, como también, incluso, oculto y perdido; más acá o más allá. La promesa ha fundando el porvenir, el necio movimiento de los esclavos y patronos del dinero, o cualquier compensación imaginaria, tributo, o demanda propia de toda desesperación. Esta función esquematizada en el progreso individual de los emprendedores es un rizoma engañoso y mortal a un nivel carnal desarrollado de forma industrial y financiera, sistematizado por una economía política como en cual gozamos actualmente; su afección es totalizante. Atraviesa toda  etnia, culto y cultura, igualando en diáfano calculo las tuercas que moran en un paraíso de acrílico y petróleo, aplanando toda comunidad y tradición, ya sintetizada en una esquizofrenia de masas, una psicosis global bajo la lluvia del milagro apocalíptico. 

La promesa es la gran deuda de los pueblos, en ella se condensa la piedra de la angustia y el fundamento de toda comunidad, es el espíritu que sujeta el vínculo que se llama social. La carne en descomposición que llamamos sujeto, al prometer-se, se trasciende tanto como se trasmuta, su presente inmediato se convertirse en su presenciar tempo futuro que adviene comprometido; se promete destino al dar-se, otorgar-se, asignar-se y atribuir-se como obsequio a otro, se ensencializa como pacto en su factura fáctica; esta entrega de sí se percibe comúnmente como amar, sin otro límite más que la muerte fáctica de la corporalidad, “hasta que la muerte nos separe” reza la sentencia. El sujeto entregado a la muerte por amor, como por temor, es el eje de toda guerra, sacrificio y oficio. Es el secreto que guarda toda confesión en el reflejo mismo del testimonio, su desmedida violencia que grita por encausarse en los márgenes del relato, como la creciente de un río que se desborda de la paupérrima metáfora depresiva que lo contiene.

Tanto para la confianza como para la esperanza el sujeto se enfrenta al punto ciego de su decisión, sea conceder o rehusar, afirmar-se o negarse-se en la promesa, ésta decisión siempre en crisis obtura su paso sobre el paisaje en que se arroja al vértigo de su destinación. Tanto el coraje como la depresión van a ser efectos causales de su decisión, de su semblante constelación en el habitar mutuo, en el aguardar consideración o tan solo desprecio.

El sujeto deprimido vuelto sobre sí se encuentra mortificado, cavando su propia tumba relame las heridas con que enseña y se empeña el resentimiento de su abandono, de su inadecuado estigma que lo apropia y concede como un ente más en el mundo carente de sentido, en el mundo consumible; al encontrarse imposibilitado de reconciliación y absolución se solidifica en la abnegación del otro, en su desaparición y destrucción, se afirma y afianza en la renuncia del otro, es en su negación como producto del rencor donde sacrifica al otro, infatuándose él mismo en él mismo, metástasis del sí mismo, sin mayor goce que el delirio abstracto en que se arrenda a la comunidad del rencor, en que vive muerto orando inmortalidad e indeterminación; encerrado en su hogar carece de toda experiencia de la intemperie.

Prometido a sí mismo como producto decora su mundo en el desfile calculable de los valores, sometido en una maquinación teleológica sin fin en que se responde como progreso, y en cual oculta su descomposición bajo predicamentos en el par dominación-denominación con que se-crea y cree dominar la totalidad de los entes del mundo.

La verdad necesaria para toda política se desenvuelve en estos márgenes, arrendando los semblantes que se encuentran prometidos y arrojados en la búsqueda de una respuesta a la pregunta que no se han resuelto a preguntar, y por tanto, tampoco se encuentran dignos de poder escuchar.  

Esta condena sin fianza ni confianza, sin reconciliación ni pacificación, es la figura absoluta de la falta de absolución, es la política económica como truncada salvación que fagocita a las tuercas carnales en su infarto y devastación, en un narcisismo trófico de autolesión como viejo rito de antropofagia.

Distinta será la ocasión para aquel que pueda jugar éste abismo sin ahogarse en su voz e imagen defensiva, quien tenga el coraje para anteponer su territorio y otorgar el lugar necesario para que la otredad entre en escena, para que acontezca, y así aparezca como un golpe en la tormenta, como un rayo en la noche que atraviesa la oscuridad absoluta.

Al ceder su posición adquirida y redescubrir la temporalidad desde la otredad, la cuadratura inercial del sujeto, del yo=yo declina y se encuentra invitada a transgredir su propia figuración, limitación adquirida por esta defensa maquinal del autoprometer-se, que se redescubre ahora en lo otro, que ya no solo lo nombra, sino que le propicia el encuentro de una experiencia erótica en el encuentro con lo totalmente distinto, lo radicalmente distinto; experiencia desconocida y oscilante frente a su propia muerte, en su propia experiencia de lo imposible. Pero esta experiencia es ante todo con la pregunta que abre el deseo, y cual compromete la corporalidad del actuar, que se entrega en tanto pregunta y que aguarda en tanto se dispone para el otro, para escuchar la respuesta que retorna en la voz del ser.


El idiotismo que se extiende y distiende como idioma que se rehúsa a eso que llaman sentido común, que se comunica como nuevo despliegue idiomático, aparece con admirable frecuencia entre los enamorados que se encuentran urgidos por recrear el orden simbólico con que atan sus cuerpos al mundo y en cual deciden destinarse. Tal vez la promesa no encuentre respuesta, quizás esta ponencia no responda a la esencia de la verdad de la política, pero así y todo, su pretensión se arriesga, a la pregunta como promesa en la búsqueda, en la escucha, de la aparición de alguna respuesta.

Átropos, Las Parcas o El Destino, Francisco de Goya, 1819-1823.

miércoles, 5 de julio de 2017

Un acto fallido

“Lleno de bufones solemnes está el mercado- ¡y el pueblo
 se gloría de sus grandes hombres!
 Estos son para él
 los señores del momento.”

Zaratustra



El mundo es una parábola. Si la humanidad hecha máquina ha forjado esta bestia con nombre y domicilio, fue por una imperiosa nostalgia velada de arrogancia y despotismo. Su condena es una cosecha atroz de servidumbre y humildad. Resuena el espanto en las noches como un agudo mecanismo de rumores que se acercan rondando el cansancio de la bestia agotada, demandada de obligaciones, demandada por una mampostería de dioses eléctricos e inteligentes, un progreso hidráulico que controla su ya antigua y macerada decepción, su implacable futilidad cotidiana.



Nada satisface a este predador que todo lo agota y destruye de pretensiones armónicas y divinas, desechando la tensión que desborda la materia. Este es su mayor suplicio: la salvación. Desde su más primitiva infancia se pone en movimiento para devorarse a sí mismo, para educarse y educar a sus congéneres en la tarea infranqueable de la esclavitud y la adoración. A través de innumerables generaciones fue creciendo el parásito llamado humano hasta convertirse en un colosal y estúpido arquetipo de solemnidad. Tan adulto, tan diestro para manipular la muerte, que es incapaz de posar sus ojos sobre el suelo que intenta tapar y del que afloran sus remordimientos y culpas. Así, los pinta y decora con un manto de cemento. Vive arrastrándose como un rastro de mierda fermentado de lágrimas. Como un profesional se instruye para ornamentar sus palacios rebosantes de lustrados huesos. Su morada es un cementerio oculto a los ojos del cuerpo. Cuerpo que intenta desnudar, pero que tan solo es un nudo roto entre sus manos, una promesa irreparable.



Su mayor gozo lo contempla bebiendo sangre en el cáliz de los sueños. Donando su pretendido mérito ha disfrazado su obediente resentimiento, su obsesiva y cínica idea de justicia, su bucólico y retorcido ademán de comunicación. No descansa ni descansará esta bestia por más que haya ultrajado de cabo a rabo a todas las mujeres, hasta desmembrar a los últimos hombres, o tan siquiera devorar los desfigurados vástagos que seduce en su camino.



Nada tiene la modernidad que envidiar a sus antepasados. Ha sabido arduamente superar su inagotable virtud de castigo. Ha perfeccionado sus herramientas como indiscutibles técnicas del ocio científico, como la gracia de la prosa con que se lapida en un goce ordinario, minúsculo e insistente.




Algún día todo esto que nuestros ojos leen estará en el paraíso del olvido abrazado por el incesante movimiento del hambre con que las lombrices ornamentan el mundo. Hasta entonces la máquina seguirá escribiendo a gritos la marcha con que invoca, suplicante de perdón, su quinta esencia, su tierna y deliciosa deuda.





Eugène Delacroix - Le Massacre de Scio (1823)

martes, 30 de mayo de 2017

Anatomía de la decepción



"Tú marchas sobre muertos, Belleza, de los que te burlas;
de tus joyas el Horror no es lo menos encantador,
y la Muerte, entre tus más caros dijes,
sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente."


Himno a la belleza de
 Charles Baudelaire



Permitime en el abrazo ciego del mundo, en la locura bebedora de cuerpos, añadir por desesperación un gramo de justicia.


En el alma herida de tuercas arrastrar el suspiro que me astilla el pecho caja, cargado de viento, hundido de tempestad. Si el futuro ha quedado olvidado, eterno y enamorado de la muerte se relame el pasado, y con una pila de huesos se rasca la mente coleccionando humanidad.


Si el sorete mañero se agarra firme a la rueda del tiempo y saluda con su cara descompuesta la huella del suelo que lo besa con los dientes llenos de mierda.


Si todo ha de quedar olvidado, abandonaré mi decepción matutina con letras de hambre, y mordiendo el sello perpetuo, difunto abono del porvenir, esconderé bajo la piel del tiempo mi silencio, que crecerá bebido de espanto, contemplando, en el último segundo, cómo esta mañana se ahorcó la muerte de pura ansiedad.




Antonin Artaud, Dubuffet 1947

jueves, 4 de mayo de 2017

Patria



"En ti observé lo que tienen de enigmático los tiranos, cuya razón se basa en su persona, no en su pensamiento. Al menos, así me lo parecía" 

Franz Kafka



El pibe de la foto no soy yo. Tampoco es él. No hay memoria, no hay lugar en su recuerdo. Desapareció en un momento fulgente, cuando se desprenden las fotocélulas abrasivas de una primitiva cámara, y donde ya nada queda. Sólo un resto, una retorcida imagen sobre el papel. Una herida de la luz. Y ahí está, tomado de las manos de su padre muerto, detenido en el tiempo que devoró su cuerpo.



Un día como hoy su padre cumpliría años, pero él no recuerda cuantos. La última vez que lo vería, su padre ya estaría marcado por las sobras del delirio. Esas mismas que caracterizan a todas las personas que ya han pasado medio siglo sobre esta tierra, y que las generaciones venideras van enterrando lentamente, como muertos arrojados sobre los desechos, y que solo esperan ser enterrados por el conjunto del polvo y de los insectos; que solo esperan ser ocultados por el rastro del tiempo.



Veo sus ojos en la fotografía. Son oscuros, pero una leve sombra se desprende del color ocre que dan los años, mira hacia algún lugar como queriendo hacer señas, como si aún tuviese algo que decir a través del tiempo. Quizás, pidiendo auxilio. Es una mirada esquiva, que se irá encegueciendo lentamente con la época, y que ya en la imagen se muestra velada, como arrastrando una pena de silencios heredados.



Hoy fui al cementerio para hablar con él. Como todos los años, lo encontré bajo tierra. Ahí estaba, callado, inmutable, me lo imaginé retorcido bajo esa sucia placa de bronce. Necesitaba hablar con él, frente a frente, de hijo a padre, como hombres. Y no dude en intentarlo.



Luego de varias horas llegué hasta el cajón. A través del barro espeso y el aroma furibundo mis manos temblaron al hacer palanca sobre la tapa del cajón. Era el momento de exhumar el recuerdo más allá de una fotografía. Y lo vi. Era todo un esbozo de convulsionados gusanos, un banquete de penuria e indigencia. Mi pecho se adentró bajo el envión de un sorbo vomitivo y expectoró toda su memoria sobre los restos del pasado. Jadeando de telúrico gozo lo contemplé con efervescente desdicha, con arrogante desdén. Mis ojos se posaron sobre sus restos, y lo vi. Pero él, estático, petrificado, ya no pudo observarme con su oscura mirada; tan solo unos huecos putrefactos habitaban esas concavidades, antaño esquivas, y ahora deshechas.



En esta fotografía, en esta imagen, ahora tan solo el pibe miraba y era mirado, y solo, solo él, en esa fotografía estaba.


Ben Shahn

martes, 25 de abril de 2017

Pandemia



"La sociedad no es una enfermedad, sino un desastre. 
Es un milagro estúpido que consigamos vivir en ella"

E. M. Cioran



En la cordura de la luz se desborda la ceguera del infierno vestido en la carne de la locura. Allí crecen las llamas de la noche ahogando el silencio en las entrañas de los bosques, que crecen como el manto tormentoso de las piedras erosionadas de sangre. Los calabozos resucitan con el canto del dolor. Son los gritos de todas las putas ahorcadas sobre el firmamento. Y sus hijos, desechos dentro del barro nocturno, suplican por la bendición del rocío, por la marca de un nombre.


Humillante pandemia son estas lágrimas de acero que beben el mundo como tiernas llamas abrazando bosques y praderas y altos montes donde apoyan su boca de pecado y abismo. Con pequeños pasos de plomo encienden los matorrales y devoran en hogueras que atraviesan las cumbres iluminadas de sacrificio. Así nacen los salvadores del orbe. Siglo tras siglo tragando el tiempo con sus dientes de arena han dado comienzo al fin.


Pero la noche de todos los santos declina su frente sobre la sangre, y los pudre con el vértigo del fuego hasta despedazar a todas las bestias que aún trinan de esperanza en la eterna cosecha del caos. La palabra, su memoria que habita clavada en los mástiles de los ídolos, se deshace para volver a escribir la tragedia inagotable de la pasión que abre en jirones la carne, esa misma carne despedazada que se derrama sagrada y sangrante sobre las brasas de la última cena.


A comer se sientan las bestias vestidas de dicha macabra; allí erigen sus ídolos de huesos chupados hasta el despojo, para ser protegidos en sus penitentes pesadillas, donde el terror vuelve con su ejército de muertos parlantes, ácaros del alba sepultados en lo más profundo de sus ojos templados por las masacres.




Sparrows on the Berlin Wall by Paul Schutzer. 1962

martes, 18 de abril de 2017

Naufragio


"Cada ser es un himno destruido."

E. M. Cioran

La mierda flota.


Todo aquello que la ciudad oculta vuelve de la oscuridad cloacal para abrazar a sus detractores. La gente se electrocuta cruzando las calles que ya son ríos que avanzan y salpican y devoran los autos a su paso. Las ratas montan plateas en los cables de luz, y con risas lloran su hogar. Una mujer se ahoga de pánico, mientras su padre la abraza tendida como un trapo muerto. Las ciénagas se erigen vomitando coléricas rimas de bilis desde sus entrañas. Las sirenas cantan a lo lejos, pero nunca llegan. Son un amor, una salvación perdida. Los cementerios se abren de boca al cielo renovando las camas con sus sueños de raíces solitarias. El cielo fosforescente mira y escupe contra el mundo, contra sus profanos reyes de pálidos huesos, y con una mano podrida de gusanos hunde sus garras de barro frío sobre las frentes ajenas. Y se masturba. Con cada paso, con cada grito que moja la tierra se masturba. Y acaba con todo. Acaba sobre el mundo de a chaparrones, untándolo todo de vida y muerte precipitada. Y nacen muertos flotando en la tormenta como ancianos aterrados que estallan en un coro tenaz ofrecido al dios miocardio.


La fuente de los burgos se rebalsa de húmedo pánico.


Le Radeau de la Méduse, Théodore Géricault, 1819.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Horror vacui


La noche,
espesura inquietante

manantial de neblinas,
sendero de los ciegos,
te alejas para ser nombrada,
te acercas para ser deseada
y atada a los pasos
tu presencia de ausencia
abarca a los vivos que embarca
sobre los rincones más oscuros
en el sepulcro de esta tierra.



El tren arrancó. Todos entramos por una puerta. No sabemos cuál.

Aquellas personas sostenían algunas carpetas con aire de sincretismo y seriedad. Sus guardapolvos blancos resaltaban entre las penumbras de la habitación. La primera impresión ante nosotros fue aterradora. Una marea de cables, alambres y cuerdas, cual telas de araña por el techo y las paredes ennegrecidas. Pequeñas luces acompañaban el desagradable chirrido de computadores y circuitos en un trance de acero y desequilibrio sofocante. Mi cuerpo se entumecía por el hedor de una bestia deforme que sostenía su cuerpo ante grandes máquinas industriales. Jadeante animal parecía sufrir el agónico desquicio del encierro; se retorcía como una cucaracha presa de eléctricos golpes mecánicos, desgarrada en sus íntimas fibras motrices. Entre gritos y alaridos suplicantes continuaba su ciega marcha en la condena técnica, aguardando algún colapso inminente, algún infarto liberador.

La entereza cadavérica de los guías, la frialdad de sus gestos enmohecidos y la firmeza con que impartían sus comentarios nos envolvían en una cierta confianza, en una necia tranquilidad de espectadores. El saber por ellos establecido nos dotaba de una impunidad agraviante. 

Pronto nos condujeron hacia un salón de cielo abierto, una terraza sin horizontes iluminada por lámparas de fuego. Un aire denso recorría las copas de los árboles, y el silencio siniestro se expandía abrazado en el viento como una queja. Retazos de personas se arrastraban por el suelo. Aún parecían estar vivos como testimonio de un lamento eterno, de una descomposición que nunca acabaría. Algunos sollozaban en los rincones oscuros con sus ropas desechas.

Hemos muerto animales para nacer humanos, y morir como animales.

Mis ojos de cera ardían de tormentosa locura. Y mis entrañas de polvo envenenadas de plomo eran invadidas por un mortal deseo de venganza. Ellos, consagrados a la salvación, tenían la tarea de mutilar a cada uno de aquellos moribundos rastros de carne.

El escenario era tétrico, era humano; sólo podía sentir penetrar la angustia y la crueldad lacerante de todos los delirios por la comisura de las uñas. Veía la magra muerte estrujar esos cuerpos desnudos, sudados y desgarrados.

Una fémina encorsetada en un combate perpetuo encarnaba un rostro tullido y enormes ojos negros y vacíos. Se acercó bruscamente a mí. Su aspecto perturbado me abordó de repulsión. Intentó tomarme por la manga de la camisa, y no dude ni siquiera un instante en golpear su pérfido rostro. Su cuerpo de alambre se desplomo inerte por el suelo como una marioneta desprendida de sus hilos. Toda la hostilidad contenida brotó como un torrente de piedras, como un terremoto de vehemencia, como un impulso de odio desesperante, incendiado de cólera, humillación y rencor que recorría mi sangre espesa de vida; mi respiración aturdida descendió al pulso de mis manos, y el puño cerrado como la oscuridad de los cielos se derramo sobre sus carnes en un rapto de liberadora violencia.

Unos minutos más tarde, y con la venia de los doctos, volvimos al recorrido. Ahora nos encontrábamos ante un túnel metálico y frío, un ambiente absorbido por una tiránica luminosidad tan blanca como la nieve.

Entramos en un cuarto amplio y muy tenue, un gris opaco cubría los rostros y una triste sonata transitaba el ambiente. Los doctores nos instaron a tomar asiento frente a unos pacientes que se encontraban sentados, inmóviles, petrificados.

Cuando tomé asiento pude ver el rostro de un temido misterio. Era otra mujer, con largos cabellos de seda y una mirada sólida, tan firme como los robles que se ocultan en los bosques. Me saludó con un gesto en sus labios. Labios que se desplegaban en un movimiento sutil, tan suave y armonioso que la mismísima marea de la noche en el roció de la luna quedaba relegada a la melancólica certeza de los poetas. La tensión de la locura fue capturada en el vuelo de un suspiro. Con una delicadeza admirable ella me preguntó cómo me sentía. Mis reflejos se fueron absorbiendo lentamente por una voz de vertiente. Era un arroyo apacible que se volcaba a través de las piedras de la memoria, y que se iba enraizando en mis oídos como la huella de un manantial dentro de la espesura de un barro agotado. Al tomar ella mi mano, en un rapto de inquietud mi cuerpo se rompió. En una forma ligera mi sueño se fue despertando, y el rencor animal comenzó a aquietarse como un niño que se apresta a reposar en el regazo de su madre.


En una conmoción todo se desvaneció, y el tren descansó frente a la estación.  







En la puertas de la eternidad. El pintor holandés Vincent van Gogh, aquejado de un grave trastorno mental, pintó este cuadro en 1890.

martes, 14 de marzo de 2017

Nadie responde



Ante tus ojos de copa
se sirve el mundo,
desnudo llanto de los vientos
crece en la oscura noche
de tu boca.



No me lo cuentes. Hemos llegado tarde. Tantos teléfonos colgados al mismo tiempo. Nadie responde. Nadie.

Y él llama, llama todos los días. Ya se cansó de estar sucio, más que nada, de lamentarse por su propia desesperación, hay tantas. Hay tantos arañando como sordos su ceguera de angustia. Y uno trata de hacer algo con su condición. Esto es un oficio mortal; el amor, la sangre golpeando noche y día. El sueño no se detiene, nos creemos vivos.

La vida es un lujo muy pretendido. ¡Comé, que se te enfría! Y el vino que nunca alcanza, y la mesa que baila, y las preguntas…

¿De qué se murió? De estar vivo.

¿Y le dolió? Siempre duele.

Mi vida se sirve en una mesa, solía decir. Pero no en cualquier mesa. Lo peor de la televisión es que seguimos hablando de ella. Pero esa mesa no es cualquier mesa. En ella se sirve la vida, tan sabrosa como la muerte. Es gracioso, ambas duran lo mismo que nada. Solo un suspiro, en el que pasamos ausentes la mayor parte del tiempo.

Pero esa mesa tenía unas piernas únicas.

Estar vivo, ¡qué tarea!

Esta cuestión de mantenerse en pie. Y a uno le hacen correr por la vida. Galopar como ciegos anímicos. ¡Qué va! Si las mesas no corren. Solo bailan por la suerte de su pérfida geometría, del eje perdido.

Caigo en la cuenta de que uno no puede amar a todas las mujeres a la vez. Pero si no se las ama, se las envidia. Qué hermosa y profunda condición esa, aquella, la de dar vida. Aunque no sepamos para qué mierda sirve. Es que, eso, no sirve para nada. Y cuando uno se da cuenta de eso, quizás vive algo. Algo le sucede a uno, sin razones, sin apuros.

Estar vivo es el mejor momento. Borrachos de ausencias, vivir es morir, convertirse en un extraño, perderse en cada momento. Perderlo, porque solo así vale más que todo valor. Sólo así se asume algo más allá de todo valor, más acá en la distancia.

¿Y para qué? Para nada.

Ni siquiera para poder vivir, la nada no alcanza. Es que nada alcanza. Y las palomas vuelan, ¡qué envidia!

Siempre que me enamoro lo pierdo todo, o casi todo, siempre queda un vacío de queja. La carne cruje, el hambre llama.

Y la mesa, ¿dónde apoyarse en esta vida? Envidiar a los animales, muy cotidiano.

¿Cómo vivir sin sufrir, sin perder en cada instante, el mismo instante? Uno vive extrañado, extrañando, entrañado.

¡Cuánta gente de mierda, cuánta gente bella! Cada persona en su única tragedia. Y al que estaciona mal en este mundo, le rayan el coche. Esto recién comienza.

Árboles, no se preocupan. Altos en sus copas están abrazados al viento.

Mantener las manos manchadas de tinta, esa es la meta. Mantenerse vivo, ese es el chiste.

Yo no me puedo enamorar de cada mujer que pasa ante mí, no hay autorización para tanto, está prohibido. Hay que elegir, y esta soledad es única; como la tristeza, es un discurso que extraña.

Y las palomas llegan volando, y así se van.

Por algo dicen: panza llena corazón contento. Y la mesa está servida.

Vivir sin apuros, porque la vida nos vive, o la muerte, o el amor.

Y la gente mira, busca, descubre, inventa y habita. Luces que se prenden de día. ¡Qué irónico! Y los árboles siguen ahí, de pie.

El sabor siempre único, quizás de ahí nace la memoria, siempre única en sus fallas.

Perder la noción del tiempo, perderlo todo. Escribir, aunque nos cueste el tiempo, o la misma vida. Estar montado en el sendero perdido, el amor.

La gente me molesta, me tengo que ir.

Estoy sobre mis huesos, y entre ellos he de morir. Esto es hasta donde vos quieras.

¿Dónde se van a meter tantos mails? Dejá, no contestes. Disculpe, ¿me sabe decir la hora?
¿Qué sabor tiene el tiempo, el tempo, el temple en el templo del mundo?

La pregunta siempre es una pregunta ante la muerte, ante el otro.

¿Y si las moscas hablaran?

Harían lo mismo que nosotros, ruido.

Solo yo, es decir, nadie, puede leer esto. Y no es una ilusión imperativa, tan solo una experiencia empírica.

Nadie responde.

S. V. Ivanov. On the road. Death or a migrant. (1889)

lunes, 13 de marzo de 2017

amare amma


Soñaré con el nácar virginal de tu frente,
soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar,

soñaré con tus labios desesperadamente,

soñaré con tus besos... y jamás lo sabrás.

José Ángel Buesa




He amado tantas veces como he soñado. Tantos ojos negros me han matado, un gesto, alguna mirada al pasar. Momentos en que uno se siente impresionado. Me preguntás si existe el amor.

Pues sí.

Es por lo único que vale la pena estar condenado a vivir una vida. Es la cara amable de la muerte que condona. Es un suspiro intenso que recorre el cuerpo de tramo a tramo. Es la nostalgia de nacer, la fiesta de una bienvenida.

Nacer y morir. Idénticos senderos en este mundo. Pero hay un mar que todo lo abisma y oculta; como el día oculta la estrellada noche.

¿Invisible es el amor?

No.

Sin embargo, la ceguera le es inmanente.

Habita en múltiples nombres que surcan la tierra como un canto invisible.

Amor. Sobre ésta queja se ha detenido el mundo.

Quién haya visto una caricia ante el dolor o tan solo una sonrisa cómplice ante la pérdida, pues lo ha visto.

El amor es un hacer, y por ello la palabra no lo hace, aunque lo lleva entramado entre sus sílabas, perdido entre vocales.

¿Qué es el amor?

Pues que el amor no es nada. Y por eso existe, para ser pronunciado. Y así viajar de boca en boca. Así se lo convoca.

No es nada.

Es una pérdida heredada al nacer. Suspiro de fuegos y gritos. Un llanto cedido por aquella bocanada de aire que te atravesó como un eco entre las montañas de hierro y carbón de tu cuerpo.


Sólo ama quien lo ha perdido todo; quien, a pesar de teatros e ilusiones, de rumores y contiendas, admite su pérdida, y con ella so-porta su falta, su ausencia; es sólo ante lo imposible que se es capaz de amar.






Fred Herzog, Canada, 1960s/ early 1970s

jueves, 26 de enero de 2017

De politeísmos y políticos



"Dioses de piedra sorda
 tapan el abismo del horizonte. 
Abundan cavernas sin cielo,
 y la noche duerme
 en el terror de todas
 las conciencias." 



Se comenta que en las comunidades antiguas se fraguaba lo llamado "politeísmo". Sin duda esto es análogo al "polipartidismo"; a los muchos partidos que conforman la competencia por el objetivo, por el deseo del deseoso mandato y direccionamiento de los territorios anexados a la institución estatal, y su control. Politeísmo, se puede traducir por la multiplicidad de dioses. Una suerte de multiplicidad sensible, y no tan sólo ideológica. Por estos dos senderos la cuestión discurre, en principio, de forma que jamás se encuentra aislada.

Este reflejo ancestral, hoy podemos percibirlo en la multiplicidad de dioses que fascinan a la multitud. Multiplicad compartida y convenida. Como toda convención, convencimiento de formas astutamente involuntarias y arbitrarias. Límites para el control voluntario de la razón sobre sus objetos objetivados.

En este punto, es decir, eso que denota el punto, lo puntualmente circunscrito a la connotación de lo UNO; llámeselo como se lo quiera llamar, el punto es un ídolo, un término que determina lo que termina. Forma formante, firme y firmante. Puntual. Acabada.

Tan puntual como las coordenadas de navegación; teórica salvación ante el naufragio. Puntual como los horarios laborales, o la locación de direcciones y sentidos brindados por sórdidos carteles en las esquinas de barrios propicios. Coordenadas en el tiempo y el espacio. Todo un habitáculo donde fuese en primera instancia posible habitar.

En fin, mitigación mítica de descoordinados polirrubros coordinantes. Ubicuidad que mora en su moral morante.

¿Es que el morar como el mirar, propician una salvación ante la intemperie? Ante lo desconocido y extraño, ante la profunda y oscura noche es que ese ente llamado humano busca refugio. Busca donde protegerse. Escapa del terror como del silencio. Asiste a su entierro en el asilo de la certeza. Mora en razones y se percibe deudor de éstas. Iluminismo, pureza y castidad.

Podríamos creer que el politeísmo es un punto de fuga a la uniformidad. Una suerte de primera experiencia de la diferencia formante y conformante. Símil a la competencia industrial, a la competencia de valores de valores como es conocida la bolsa financiera. Menudo lugar para comulgar todas las reliquias y religiones. Armonizarlas al unísono del grito sacrificial que las rebalsa de sangre, es decir, de movimiento financiero de esperanza circundante globalizada.

Dos caras. Muy razonable y misteriosa la metodología económica disfraza su mítica máscara enmascaradora que adora. Es una noble destreza de competencia, es decir, de lucha. Guerra a muerte entre amos y siervos. Entre significantes y significados, dominadores y dominados. Estúpidos entes connotados e indecibles artificios denotados. Impresionante sello que marca su huella en impresiones y promesas.

Politeísmos y políticos nunca prestos a salvarnos, pero eso no significa que hacia ellos los sacrificios no sean donados, tributados y concedidos. Políticos y gerentes del trágico desenvolvimiento de la crueldad, de la culpa y de la deuda concebida como la vida.





Paul Klee, Dancing Under the Empire of Fear, 1938.


lunes, 16 de enero de 2017

Sonámbulo


¿Qué tiempo es éste
en el que una conversación
es casi un crimen
porque incluye
tantas cosas explícitas?


Paul Celan




Muchos ruidos se aplacan en la lluvia. Era una noche de verano y el cielo se encontraba cerrado por una tormenta. Al salir por las calles, me encontré con nadie. Las personas se esconden. Huyen de la intemperie. El agua caía con tenue imprecisión. Apacible, las calles ausentes de civilización, eran el escenario, el preludio, para que los perros anduvieran rastreando sus alimentos en los despojos; entre bolsas y montañas de residuos. Bailaban apretando sus genitales con sus hocicos sobre la basura. Magnifica muestra de una especie adaptada a su medio.


Sin rumbo, fume y me detuve. Recostado en el umbral de una derrumbada y vieja casa preste oficio de vagabundo. Solo me deje estar al abandono de la ciudad. El mundo se encontraba ciego, y la vista era una ceguera permanente. Quise soñar.


Cerré los ojos, y solo veía calles inundadas por el asfalto, edificios sin ventanas con puertas estrechas, postes de luz y cables recorrían el firmamento. Me sentía en una hoja cuadriculada tratando de abrir los márgenes. Era inútil.


Una mujer se acercó con prisa; grata fue mi sorpresa al notar que no se espantaba con mi presencia desencajada. No dude mucho al darme cuenta que no me había visto; ni tanto percatarse de otro ser vivo; andaba con prisas.


De pronto escuche un ruido. Un hombre se despabilaba de entre los escombros. Me miró fijamente, y con un gesto me indicó acercarme. En un pequeño refugio de la lluvia, su mano ofreció una caja de asqueroso vino. No quise ofenderlo, y bebí.


Al paso de unos minutos, comenzó a balbucear. Hizo unos gemidos extraños, tocio. Comenzó diciendo que la lluvia lo hacía recordar a su madre, que era bella y estaba muerta; pero que aún la pensaba con cariño y melancolía. Profundos sorbos le pegaba al cartón. Era un consuelo ante la memoria.


No sé si continuaba lloviendo. No sé si llovía, pero recuerdo que su nombre era Horacio y hacía años que recorría los oscuros barrios fabriles contando las baldosas y cascotes. Le gustaba vivir como un ermitaño, se sentía entre montañas impenetrables, guaridas cerradas a la vista pero huecas por dentro.    


Me contó  que solía vivir por las sierras del norte, y carnear animales ajenos. Criado en los bosques áridos, su madre había nacido en Italia. Al comienzo de la primera guerra, huyendo en barco llego hasta Brasil, para luego viajar al norte de Santiago. Allí creció, apacentando animales, mientras su madre realizaba caridad entre las piernas del pueblo. Cuando nació, su padre no lo soporto y decidió vengarse de su mujer entregándose a la castidad del alcohol para nunca más volver. Dios lo tenga en su gloria – decía– para luego descargar una irónica carcajada.


Mayor de cuatro hermanos, su escuela fue la tierra, siempre llena de promesas ocultas y callos abrazantes. El juego era sobrevivir.


De niño iban al colegio de a pie, entre el barro y el silencio de los caminos. No le gustaba la estricta enseñanza. Se pasaba las horas mirando las caderas bordeadas por el delantal blanco que su maestra apretaba contra el pizarrón húmedo y vencido. Su peinado le fascinaba. Un cabello ondulado hasta los hombros le resultaban tan extraños como el contraste  que producían su severa mirada y la abrupta voz de mando, que siempre le provoco un rancio placer por el terror. 


Horacio, entrado en años, tenía un indomable apetito por el asqueroso vino; decía que lo hacía sentir vivo.


Cuando llegó a Buenos Aires su deseo era vivir de su sueño, cantautor. No tuvo éxito, y al poco tiempo se ensimismo en la tertulia de las máquinas, de las fábricas. Poco le alcanzaba para alquilar una pieza en las calles de la Boca, cuando decidió vivir de la intemperie; y así recorrer la ciudad. Pero se encontró con las próximas consecuencias del ordenamiento de las cosas. La bien formada vecindad de la urbe le fue encerrando y acercando cada día más a la resignación del abandono.


No es mucho lo que puedo decir sobre esta extraña persona con la que tome una mañana de lluvia. No es nada, casi nada, poder enunciar de forma fragmentaria lo que no cabe, ni por menos, en una fotografía. No es siquiera, suficiente, nombrar a los muertos para que aparezcan, ni suplicar a los dioses para que nos socorran. No es posible, todavía, imaginar una vida detrás de un nombre, ni tanto un conjunto detrás de un número.


Abril del 86. No hay escombros, no hay vagabundo. Han vendido la propiedad, alisado el terreno, y tapiado el sendero.    



Marzo del 91. Estas líneas resguardan un gesto ante el olvido.




Hibou - Leon Spilliaert · 1918


martes, 3 de enero de 2017

La falopa


“Para mí todo empezó así,
por ese rostro evidente,
extenuado, esas ojeras
que se anticipaban al
tiempo, a los hechos.”

Marguerite Duras (El Amante)


Rimbombante, M se acerco a la heladera para hacerse con una cerveza poco helada. Solo quería despedirse del año con algo fresco entre las manos. Anduvo pensando hasta llegar a la ventana, donde se apoyo y observo a las personas del edificio de enfrente, que aún cenaban y reían. Pero que no podía escuchar. 
 

Buscó encontrar algún refugio en su memoria que apaciguara la ansiedad. Detestaba la melancolía que le producía enfrentarse a la añoranza de lo perdido. Recordó en un furtivo reflejo una anécdota de su infancia, y chisto una mueca, una risa.


Era la década del `30, y el golpe de estado se había dado con gran entusiasmo en la sociedad argentina, el progreso institucional arribaba a la ciudad portuaria que comenzaba a ser reconocida por los líderes mundiales. Su padre, destacado militar en la orquesta del Teniente General José Félix Uriburu, gozaba de un gran rédito económico. M, en aquel entonces sostenía una precaria infancia que comenzaba a alcanzar la pubertad, acompañada de trastornos urinarios, padecía las objeciones de su condición.


Un día, junto a su madre, fueron a presenciar la ceremonia de inauguración de alguna caballería que no recuerda. Ese día, por las dramáticas fechas de enero, conoció a una niña que le deslumbro ante su mirada. Aquella muchachita de cabellos negros y pálidas piernas bordeadas por una pollera ancha y fina, cruzo ante sus ojos con un perfume de carmín, como el de los jardines de su tía abuela. 


Se sentía hundirse por una gravedad inercial que impulsaba sus movimientos de forma horizontal a recorrer el aroma que iba recuperando de a bocanadas por el aire. Como el viento se acerco a ella, y clavo sus ojos en los de ella; vacilantes, entraron las miradas en una magnética colisión. 


Ante la ceguera de los castrenses que dormitaban en su proselitismo uniforme, las miradas se convirtieron en labios que se rozaron de pánico y vergüenza.


M, vio alejarse a la niña no tan niña, y no pudo mover un musculo a efecto de su ahondamiento. 


La vio acercarse al palco en que se encontraban sus padres y perderse entre las personas que formaban una masa, que se escurría en pequeñas ondulaciones de verde acuarela. Cerró los ojos, y exhalo un profundo suspiro.


De pronto, un ruido intenso colmo de dolor y estruendo la concavidad de sus oídos. 


Al volver sobre si, un sonido intenso y llano, fino como el viento, iba abrazando los gritos que se acompañaban de corridas y llantos de terror. En estado de conmoción, trato de levantarse del suelo, y observo la gran marea de humo que se alzaba al cielo despejado, como una ofrenda a los vientos. 


Sus ojos se nublaron de calor, y un llanto arremetió por dentro de su corazón, al ver, que el palco donde se encontraban sus padres ardía con llamas de acero azul y rojizos envolvimientos de frenesí. 


Cuando se quiso dar cuenta, se encontraba apoyada en el vientre de la ventana sosteniendo una calurosa bebida. Ella, poseída por la calurosa estación, se adentro y hundió su mirada ante la calle, hasta besarla.




Walter Martin, Two women hose down a crucifix, Undated.