“Para mí todo empezó así,
por ese rostro evidente,
extenuado, esas ojeras
que se anticipaban al
tiempo, a los hechos.”
Marguerite Duras (El Amante)
Rimbombante, M se acerco a la heladera para hacerse con una cerveza poco helada. Solo quería despedirse del año con algo fresco entre las manos. Anduvo pensando hasta llegar a la ventana, donde se apoyo y observo a las personas del edificio de enfrente, que aún cenaban y reían. Pero que no podía escuchar.
Buscó encontrar algún refugio en su memoria que apaciguara la ansiedad. Detestaba la melancolía que le producía enfrentarse a la añoranza de lo perdido. Recordó en un furtivo reflejo una anécdota de su infancia, y chisto una mueca, una risa.
Era la década del `30, y el golpe de estado se había dado con gran entusiasmo en la sociedad argentina, el progreso institucional arribaba a la ciudad portuaria que comenzaba a ser reconocida por los líderes mundiales. Su padre, destacado militar en la orquesta del Teniente General José Félix Uriburu, gozaba de un gran rédito económico. M, en aquel entonces sostenía una precaria infancia que comenzaba a alcanzar la pubertad, acompañada de trastornos urinarios, padecía las objeciones de su condición.
Un día, junto a su madre, fueron a presenciar la ceremonia de inauguración de alguna caballería que no recuerda. Ese día, por las dramáticas fechas de enero, conoció a una niña que le deslumbro ante su mirada. Aquella muchachita de cabellos negros y pálidas piernas bordeadas por una pollera ancha y fina, cruzo ante sus ojos con un perfume de carmín, como el de los jardines de su tía abuela.
Se sentía hundirse por una gravedad inercial que impulsaba sus movimientos de forma horizontal a recorrer el aroma que iba recuperando de a bocanadas por el aire. Como el viento se acerco a ella, y clavo sus ojos en los de ella; vacilantes, entraron las miradas en una magnética colisión.
Ante la ceguera de los castrenses que dormitaban en su proselitismo uniforme, las miradas se convirtieron en labios que se rozaron de pánico y vergüenza.
M, vio alejarse a la niña no tan niña, y no pudo mover un musculo a efecto de su ahondamiento.
La vio acercarse al palco en que se encontraban sus padres y perderse entre las personas que formaban una masa, que se escurría en pequeñas ondulaciones de verde acuarela. Cerró los ojos, y exhalo un profundo suspiro.
De pronto, un ruido intenso colmo de dolor y estruendo la concavidad de sus oídos.
Al volver sobre si, un sonido intenso y llano, fino como el viento, iba abrazando los gritos que se acompañaban de corridas y llantos de terror. En estado de conmoción, trato de levantarse del suelo, y observo la gran marea de humo que se alzaba al cielo despejado, como una ofrenda a los vientos.
Sus ojos se nublaron de calor, y un llanto arremetió por dentro de su corazón, al ver, que el palco donde se encontraban sus padres ardía con llamas de acero azul y rojizos envolvimientos de frenesí.
Cuando se quiso dar cuenta, se encontraba apoyada en el vientre de la ventana sosteniendo una calurosa bebida. Ella, poseída por la calurosa estación, se adentro y hundió su mirada ante la calle, hasta besarla.
Buscó encontrar algún refugio en su memoria que apaciguara la ansiedad. Detestaba la melancolía que le producía enfrentarse a la añoranza de lo perdido. Recordó en un furtivo reflejo una anécdota de su infancia, y chisto una mueca, una risa.
Era la década del `30, y el golpe de estado se había dado con gran entusiasmo en la sociedad argentina, el progreso institucional arribaba a la ciudad portuaria que comenzaba a ser reconocida por los líderes mundiales. Su padre, destacado militar en la orquesta del Teniente General José Félix Uriburu, gozaba de un gran rédito económico. M, en aquel entonces sostenía una precaria infancia que comenzaba a alcanzar la pubertad, acompañada de trastornos urinarios, padecía las objeciones de su condición.
Un día, junto a su madre, fueron a presenciar la ceremonia de inauguración de alguna caballería que no recuerda. Ese día, por las dramáticas fechas de enero, conoció a una niña que le deslumbro ante su mirada. Aquella muchachita de cabellos negros y pálidas piernas bordeadas por una pollera ancha y fina, cruzo ante sus ojos con un perfume de carmín, como el de los jardines de su tía abuela.
Se sentía hundirse por una gravedad inercial que impulsaba sus movimientos de forma horizontal a recorrer el aroma que iba recuperando de a bocanadas por el aire. Como el viento se acerco a ella, y clavo sus ojos en los de ella; vacilantes, entraron las miradas en una magnética colisión.
Ante la ceguera de los castrenses que dormitaban en su proselitismo uniforme, las miradas se convirtieron en labios que se rozaron de pánico y vergüenza.
M, vio alejarse a la niña no tan niña, y no pudo mover un musculo a efecto de su ahondamiento.
La vio acercarse al palco en que se encontraban sus padres y perderse entre las personas que formaban una masa, que se escurría en pequeñas ondulaciones de verde acuarela. Cerró los ojos, y exhalo un profundo suspiro.
De pronto, un ruido intenso colmo de dolor y estruendo la concavidad de sus oídos.
Al volver sobre si, un sonido intenso y llano, fino como el viento, iba abrazando los gritos que se acompañaban de corridas y llantos de terror. En estado de conmoción, trato de levantarse del suelo, y observo la gran marea de humo que se alzaba al cielo despejado, como una ofrenda a los vientos.
Sus ojos se nublaron de calor, y un llanto arremetió por dentro de su corazón, al ver, que el palco donde se encontraban sus padres ardía con llamas de acero azul y rojizos envolvimientos de frenesí.
Cuando se quiso dar cuenta, se encontraba apoyada en el vientre de la ventana sosteniendo una calurosa bebida. Ella, poseída por la calurosa estación, se adentro y hundió su mirada ante la calle, hasta besarla.
Walter Martin, Two women hose down a crucifix, Undated.

No hay comentarios:
Publicar un comentario