martes, 30 de mayo de 2017

Anatomía de la decepción



"Tú marchas sobre muertos, Belleza, de los que te burlas;
de tus joyas el Horror no es lo menos encantador,
y la Muerte, entre tus más caros dijes,
sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente."


Himno a la belleza de
 Charles Baudelaire



Permitime en el abrazo ciego del mundo, en la locura bebedora de cuerpos, añadir por desesperación un gramo de justicia.


En el alma herida de tuercas arrastrar el suspiro que me astilla el pecho caja, cargado de viento, hundido de tempestad. Si el futuro ha quedado olvidado, eterno y enamorado de la muerte se relame el pasado, y con una pila de huesos se rasca la mente coleccionando humanidad.


Si el sorete mañero se agarra firme a la rueda del tiempo y saluda con su cara descompuesta la huella del suelo que lo besa con los dientes llenos de mierda.


Si todo ha de quedar olvidado, abandonaré mi decepción matutina con letras de hambre, y mordiendo el sello perpetuo, difunto abono del porvenir, esconderé bajo la piel del tiempo mi silencio, que crecerá bebido de espanto, contemplando, en el último segundo, cómo esta mañana se ahorcó la muerte de pura ansiedad.




Antonin Artaud, Dubuffet 1947

jueves, 4 de mayo de 2017

Patria



"En ti observé lo que tienen de enigmático los tiranos, cuya razón se basa en su persona, no en su pensamiento. Al menos, así me lo parecía" 

Franz Kafka



El pibe de la foto no soy yo. Tampoco es él. No hay memoria, no hay lugar en su recuerdo. Desapareció en un momento fulgente, cuando se desprenden las fotocélulas abrasivas de una primitiva cámara, y donde ya nada queda. Sólo un resto, una retorcida imagen sobre el papel. Una herida de la luz. Y ahí está, tomado de las manos de su padre muerto, detenido en el tiempo que devoró su cuerpo.



Un día como hoy su padre cumpliría años, pero él no recuerda cuantos. La última vez que lo vería, su padre ya estaría marcado por las sobras del delirio. Esas mismas que caracterizan a todas las personas que ya han pasado medio siglo sobre esta tierra, y que las generaciones venideras van enterrando lentamente, como muertos arrojados sobre los desechos, y que solo esperan ser enterrados por el conjunto del polvo y de los insectos; que solo esperan ser ocultados por el rastro del tiempo.



Veo sus ojos en la fotografía. Son oscuros, pero una leve sombra se desprende del color ocre que dan los años, mira hacia algún lugar como queriendo hacer señas, como si aún tuviese algo que decir a través del tiempo. Quizás, pidiendo auxilio. Es una mirada esquiva, que se irá encegueciendo lentamente con la época, y que ya en la imagen se muestra velada, como arrastrando una pena de silencios heredados.



Hoy fui al cementerio para hablar con él. Como todos los años, lo encontré bajo tierra. Ahí estaba, callado, inmutable, me lo imaginé retorcido bajo esa sucia placa de bronce. Necesitaba hablar con él, frente a frente, de hijo a padre, como hombres. Y no dude en intentarlo.



Luego de varias horas llegué hasta el cajón. A través del barro espeso y el aroma furibundo mis manos temblaron al hacer palanca sobre la tapa del cajón. Era el momento de exhumar el recuerdo más allá de una fotografía. Y lo vi. Era todo un esbozo de convulsionados gusanos, un banquete de penuria e indigencia. Mi pecho se adentró bajo el envión de un sorbo vomitivo y expectoró toda su memoria sobre los restos del pasado. Jadeando de telúrico gozo lo contemplé con efervescente desdicha, con arrogante desdén. Mis ojos se posaron sobre sus restos, y lo vi. Pero él, estático, petrificado, ya no pudo observarme con su oscura mirada; tan solo unos huecos putrefactos habitaban esas concavidades, antaño esquivas, y ahora deshechas.



En esta fotografía, en esta imagen, ahora tan solo el pibe miraba y era mirado, y solo, solo él, en esa fotografía estaba.


Ben Shahn