martes, 22 de mayo de 2018

La lágrima




El llanto en la noche se volvía tan profundo, constante y acústico, que la familia comenzó a desesperarse. Sabrina había dado a luz una hermosa muñeca de apenas dos kilos; delgada y rosada crecía como la amplia tensión de una cuerda tendida sobre su mástil. Tensión que se nombraba sobre cada traste, clavija y rasgueo de sus prístinas cuerdas vocales.



Hacía meses que los amantes vivían en la casa de ella, o, mejor dicho, en la casa de sus padres, claro. Una casa modesta con varias habitaciones se convirtió en un orfanato de la maniquea locura de llantos, discusiones, desesperaciones y una suave pero oscura sábana de insatisfacciones crónicas; en una palabra, todo un cúmulo de obstinaciones vivientes pero poco vivificantes. Lucila, la madre de Sabrina, era una persona necia e increpante, no tenía verbo que de su paladar no se volcara como sádico desprecio hacia la masa que la circundaba. Era una madraza dadora de apremios.



Ella, Sabrina, cuando la conocí, apareció como una mujer de erguido coraje, personalidad frontal y muchas veces altanera, una mina con huevos, como se suele decir. De tierras pampeanas traía un soplo grave y seguro que recordaba los mejores tiempos de su padre, un hombre ya convertido en un ente fantasmal que solo rondaba la casa con ojeras que le cubrían los pómulos coloreados por el frío.



Entretanto, Alberto, incipiente albañil de pocas pulgas y dotado de un cutis imberbe, recorría la esfera de los días entre la cal y la ginebra exorcizando las exigencias del patrón, de Lucila, de Sabrina, y de aquella pelota de furia que algunos llaman rencor.



Alberto nació dentro de un falcon modelo ´73 donde vivía la familia, apilada entre los asientos. Su labor era el pelaje de cables, eran inversores del aluminio y el estaño. Así se pulían la yema de los dedos y los días. De chico aprendió el oficio de la pala y el mulaje bajo imperativos sórdidos. Existía sin mucha mala sangre, como un alma resignada a la prosecución de las horas, yendo y viniendo, bajando y subiendo, cargando y cagando, masticando y fumando, era una máquina eficiente para lustrar el barro de la gracia ajena.

Cuando se conocieron, Sabrían y Alberto se chucearon con ironías, como dos infantes que temen lo desconocido y se disimulan con agresiones y miramientos; todo un acercamiento de precaria indiferencia y servida curiosidad. Fue en el último bailongo del barrio, en el club deportivo que luego sería una suerte de call center, o algo así, donde la gente llama y espera para ser atendida.



Alberto se acercó a una joven provinciana llena de hormonas e ilusiones con una madre que regenteaba la escena, y a la cual tuvo que pedirle permiso como se hacía en los viejos tiempos. Él tomó las caderas de ella con su brazo derecho y se perdieron en medio de las parejas.



El tiempo había pasado, ya no había espacio para danzas románticas ni mucho menos manos furtivas que se acercaran al culo oblicuo de una mujer que los médicos tipificaban con angustia postparto. Una suerte de indiferencia trascendental que la convertía en un espectro inapetente, indolente y ausente ante las desérticas exigencias cotidianas. Una suerte de eclipse o caída en un menudeo pútrido frente al mundo.



Aquella noche el llanto insobornable de su hija la mantuvo en vela. Afuera, la tormenta se mantenía con templanza y constancia, la lluvia amenazaba el descanso de la familia. Sabrina intentaba con su teta erguida chorreante de leche ahogar la angustia de su hija, ese pedazo de carne con acústica impronta que no respondía a sus sueños. Cuando el trozo de estofa salido de su vientre procuró silencio y sosiego para sus entrañas y deseos, se fue al baño para cagar decentemente y desplegar sin apuros el cuerpo sobre la taza. Antes, procuró una colmada mamadera como artificio y tapón para cualquier azaroso desdén del crío impertinente.



Entró al baño arrastrando su figura desencajada. Sentó sus carnes sobre el inodoro y tapó su cara con las palmas de unas manos áridas para tender, luego, un hondo suspiro desde su penumbra. Desorientada, atisbó sus ojos sobre el cilindro que abrazaba el papel higiénico. Una incomodidad supersticiosa la invadió. Sabía sin saber que aquella orientación en que caía el papel, por detrás de su visión, no vaticinaba una buena fortuna. Lo miró fijamente, al tiempo que dudaba de su próximo movimiento. Percibía la exigencia de tomar una decisión, oír la voz de su interior que le demandaba invertir el desenvolvimiento de aquel papel, o mantenerlo, escéptica, en su posición. Sabía que ella no lo había dispuesto así, que algún desprevenido de la métrica universal había osado contrariar los designios cósmicos, divinos, y que tal acción desencadenaría un insufrible desarrollo de malversaciones contingentes y cotidianas. Tenía en sus manos la oportunidad. Era el momento justo de descargar la inexorable lógica del destino a su favor, invertir la condena propuesta por otro bajo una imprudencia atroz. Desoír tal oportunidad podría entenderse como ejemplar movimiento de la razón práctica, ajena a míticas y aturdidas vibraciones. El bien y el mal se encontraban entumecidos por el origen del que partió tal motivación. Sus cavilaciones acordaron, tras una obsesiva disputa, darle fin a la querella con una resolución superadora: dar vuelta la orientación del papel y cagarse por igual tanto de la superstición como de la razón práctica que la estorbaba.



Satisfecha por su proeza y resolución, intentó levantarse con las piernas un tanto entumecidas. Habían comenzado a ponerse violeta las extremidades. La falta de retorno sanguíneo le propició una suerte de reflexión temporal. El tiempo se le había ido entre las piernas y el papel, no sabía cuánto tiempo era, pero había lo suficiente para olvidarse del atiborrado cúmulo de complicaciones que la arrastraban de sol a sol. Una conmoción comenzó a suscitarle el pecho, se agitó con impaciencia. Necesitaba tomar el control.

Se levantó de un salto sin mediar papel por la raya de su lánguido y sucio culo, y corrió hacia la cuna en que reposaba su destino.



Se acercó con disimulo, y sin ruido contuvo la respiración hasta ver al vástago tendido con la mamadera en el pico. Durante varios segundos se relajó; luego, todos sus músculos descargaron de un golpe la tensión; su mirada se apoyó sobre la niña, esperando ver algún movimiento en su torso.



Se desplomó sobre sus rodillas y una lágrima trazó la penumbra de la noche como un rayo en el vientre del silencio.







Llega un tifón / Joseph Mallord William Turner


martes, 15 de mayo de 2018

La ley


“Mi misión es matar el tiempo y la de éste matarme a su vez.
 Se está bien entre asesinos.”
Emil Cioran

Ricardo había despertado hacía cinco minutos. Aún no podía moverse de la cama que lo tenía agarrotado. Con los ojos clavados en el techo relamía los pedazos del cielo raso devorados por la humedad. El corazón lo golpeaba a patadas; era una bomba de sangre por estallar que se abrazaba intensamente al peso muerto del cuerpo. Podía escuchar sus latidos salpicando como tambores entre los oídos con un ritmo maquinal y aterrador. Se había metido tanta merca por la nariz que no podía pensar en otra cosa que en morir y acabar con el suplicio vigoroso de la taquicardia. Atinó a girar el cuerpo. Cuando volvió a abrir los ojos estaba en el piso mugroso. Comenzó a contar las botellas de vidrio y las latas de cerveza que decoraban la habitación junto a colillas de cigarrillo y montañas de cenizas, bandejas de comida ya podrida y a medio comer con moscas danzando de lujuria; se estaba meando encima. Tenía la certeza, o mejor dicho la convicción, de lo inútil que era tratar de meter el pito en una botella para evacuar; tan solo dejó correr su impulso. El meo caliente se le iba adhiriendo a la ropa, y un olor sinuoso y lejano, tan lejano como su infancia, comenzó a ponerlo melancólico entre el atolladero en que se encontraba revolcado.


Desde su posición podía ver la cocina en penumbras atiborrada de bolsas llenas de papel higiénico cagado. Todo era un pegote relleno con su colección privada de recuerdos. Un dibujo anquilosado en acuarelas que él le había regalado a su madre colgaba de la pared a duras penas, esperando ser arrancado por piedad. Un poco más arriba el estante con baratijas que acumulaban una década de polvo y olvido, una costra tosca y negra lo maceraba, a la par que combinaba con el gastado color amarillento del papel tapiz y las telas de araña que parecían cadenas medievales; una obscenidad sensual amontonada en su inconsciente lo golpeaba. Estaba claro el panorama: su hogar era un basurero, un dolor mostrado en crónica abulia, una sentencia en desuso que ordenaba como una deuda a ser saldada, como una ley a ser cumplida y que solo se podía pagar con el fin de gangrenarse. Se estaba dejando morir.


Cuando logró dejar de masticarse las muelas atinó a sentarse. A duras penas pudo enderezarse cuando empezó a brotarle sangre de la nariz como si fuera una canilla escupiendo barro con euforia. Se llevó con lentitud la mano a la cara, se tanteó la boca y la nariz mientras atónito observaba el charco sobre su palma ya cubierta de espesos remolinos de mocos negros y sangre estallada.


Desde que murió su madre se concentró en vivir apático y drogado. No había motivo alguno para vivir con la seguridad de los hábitos que impone la cultura; eso sí, necesitaba demostrarse a sí mismo, o a su madre, que podía ser una bestia como todas las demás, que podía cuidarse sin tanto manoseo cultural. Suspendido en el tiempo esperaba la muerte que consolara con su brazo redentor toda su viril y afligida vida. Estaba deseoso del momento final.


A las horas despertó. Seguía ahí, tendido como un trapo entre la mugre. Se decepcionó y maldijo; la tarea como verdugo aún no había terminado, y la nariz ya le empezaba a picar.




Navegaciones. Nigro Adolfo, acrílico sobre lienzo 150x120cm. 2013