martes, 15 de mayo de 2018

La ley


“Mi misión es matar el tiempo y la de éste matarme a su vez.
 Se está bien entre asesinos.”
Emil Cioran

Ricardo había despertado hacía cinco minutos. Aún no podía moverse de la cama que lo tenía agarrotado. Con los ojos clavados en el techo relamía los pedazos del cielo raso devorados por la humedad. El corazón lo golpeaba a patadas; era una bomba de sangre por estallar que se abrazaba intensamente al peso muerto del cuerpo. Podía escuchar sus latidos salpicando como tambores entre los oídos con un ritmo maquinal y aterrador. Se había metido tanta merca por la nariz que no podía pensar en otra cosa que en morir y acabar con el suplicio vigoroso de la taquicardia. Atinó a girar el cuerpo. Cuando volvió a abrir los ojos estaba en el piso mugroso. Comenzó a contar las botellas de vidrio y las latas de cerveza que decoraban la habitación junto a colillas de cigarrillo y montañas de cenizas, bandejas de comida ya podrida y a medio comer con moscas danzando de lujuria; se estaba meando encima. Tenía la certeza, o mejor dicho la convicción, de lo inútil que era tratar de meter el pito en una botella para evacuar; tan solo dejó correr su impulso. El meo caliente se le iba adhiriendo a la ropa, y un olor sinuoso y lejano, tan lejano como su infancia, comenzó a ponerlo melancólico entre el atolladero en que se encontraba revolcado.


Desde su posición podía ver la cocina en penumbras atiborrada de bolsas llenas de papel higiénico cagado. Todo era un pegote relleno con su colección privada de recuerdos. Un dibujo anquilosado en acuarelas que él le había regalado a su madre colgaba de la pared a duras penas, esperando ser arrancado por piedad. Un poco más arriba el estante con baratijas que acumulaban una década de polvo y olvido, una costra tosca y negra lo maceraba, a la par que combinaba con el gastado color amarillento del papel tapiz y las telas de araña que parecían cadenas medievales; una obscenidad sensual amontonada en su inconsciente lo golpeaba. Estaba claro el panorama: su hogar era un basurero, un dolor mostrado en crónica abulia, una sentencia en desuso que ordenaba como una deuda a ser saldada, como una ley a ser cumplida y que solo se podía pagar con el fin de gangrenarse. Se estaba dejando morir.


Cuando logró dejar de masticarse las muelas atinó a sentarse. A duras penas pudo enderezarse cuando empezó a brotarle sangre de la nariz como si fuera una canilla escupiendo barro con euforia. Se llevó con lentitud la mano a la cara, se tanteó la boca y la nariz mientras atónito observaba el charco sobre su palma ya cubierta de espesos remolinos de mocos negros y sangre estallada.


Desde que murió su madre se concentró en vivir apático y drogado. No había motivo alguno para vivir con la seguridad de los hábitos que impone la cultura; eso sí, necesitaba demostrarse a sí mismo, o a su madre, que podía ser una bestia como todas las demás, que podía cuidarse sin tanto manoseo cultural. Suspendido en el tiempo esperaba la muerte que consolara con su brazo redentor toda su viril y afligida vida. Estaba deseoso del momento final.


A las horas despertó. Seguía ahí, tendido como un trapo entre la mugre. Se decepcionó y maldijo; la tarea como verdugo aún no había terminado, y la nariz ya le empezaba a picar.




Navegaciones. Nigro Adolfo, acrílico sobre lienzo 150x120cm. 2013

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