“Mi misión es matar el tiempo y la de
éste matarme a su vez.
Se está bien entre asesinos.”
Se está bien entre asesinos.”
Emil Cioran
Ricardo había despertado
hacía cinco minutos. Aún no podía moverse de la cama que lo tenía agarrotado. Con
los ojos clavados en el techo relamía los pedazos del cielo raso devorados por
la humedad. El corazón lo golpeaba a patadas; era una bomba de sangre por
estallar que se abrazaba intensamente al peso muerto del cuerpo. Podía escuchar
sus latidos salpicando como tambores entre los oídos con un ritmo maquinal y
aterrador. Se había metido tanta merca por la nariz que no podía pensar en otra
cosa que en morir y acabar con el suplicio vigoroso de la taquicardia. Atinó a
girar el cuerpo. Cuando volvió a abrir los ojos estaba en el piso mugroso.
Comenzó a contar las botellas de vidrio y las latas de cerveza que decoraban la
habitación junto a colillas de cigarrillo y montañas de cenizas, bandejas de
comida ya podrida y a medio comer con moscas danzando de lujuria; se estaba
meando encima. Tenía la certeza, o mejor dicho la convicción, de lo inútil que
era tratar de meter el pito en una botella para evacuar; tan solo dejó correr
su impulso. El meo caliente se le iba adhiriendo a la ropa, y un olor sinuoso y
lejano, tan lejano como su infancia, comenzó a ponerlo melancólico entre el
atolladero en que se encontraba revolcado.
Desde su posición podía
ver la cocina en penumbras atiborrada de bolsas llenas de papel higiénico
cagado. Todo era un pegote relleno con su colección privada de recuerdos. Un
dibujo anquilosado en acuarelas que él le había regalado a su madre colgaba de
la pared a duras penas, esperando ser arrancado por piedad. Un poco más arriba
el estante con baratijas que acumulaban una década de polvo y olvido, una
costra tosca y negra lo maceraba, a la par que combinaba con el gastado color
amarillento del papel tapiz y las telas de araña que parecían cadenas
medievales; una obscenidad sensual amontonada en su inconsciente lo golpeaba. Estaba
claro el panorama: su hogar era un basurero, un dolor mostrado en crónica
abulia, una sentencia en desuso que ordenaba como una deuda a ser saldada, como
una ley a ser cumplida y que solo se podía pagar con el fin de gangrenarse. Se
estaba dejando morir.
Cuando logró dejar de
masticarse las muelas atinó a sentarse. A duras penas pudo enderezarse cuando
empezó a brotarle sangre de la nariz como si fuera una canilla escupiendo barro
con euforia. Se llevó con lentitud la mano a la cara, se tanteó la boca y la
nariz mientras atónito observaba el charco sobre su palma ya cubierta de
espesos remolinos de mocos negros y sangre estallada.
Desde que murió su madre
se concentró en vivir apático y drogado. No había motivo alguno para vivir con
la seguridad de los hábitos que impone la cultura; eso sí, necesitaba
demostrarse a sí mismo, o a su madre, que podía ser una bestia como todas las
demás, que podía cuidarse sin tanto manoseo cultural. Suspendido en el tiempo
esperaba la muerte que consolara con su brazo redentor toda su viril y afligida
vida. Estaba deseoso del momento final.
A las horas despertó.
Seguía ahí, tendido como un trapo entre la mugre. Se decepcionó y maldijo; la
tarea como verdugo aún no había terminado, y la nariz ya le empezaba a picar.
Navegaciones. Nigro Adolfo, acrílico sobre lienzo 150x120cm. 2013

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