"La tolerancia es la virtud del débil."
Donatien Alphonse François, Marqués de Sade
La hostilidad es un vicio
contingente que labra y ladra. Cuando le empecé a pegar, el pudor no tardó en
desaparecer. Hasta que no se quedó quieto y callado, el eco del suplicio me
pareció inadvertido. La excitación decrecía rasposa, yo respiraba agitado, casi
lacónico. Un ritmo enfermo próximo a la taquicardia me obligó a tomar asiento.
Miré por la ventana el caer lento y colorido del atardecer. Nadie pasaba caminando
en la calle desértica; pero yo sabía que detrás de sus ventanas estaban ellos, con
los oídos enterrados en silencio y los ojos atiborrados de ponzoña para
percibir el próximo movimiento, regodeados en la usura de su imaginación. El
voyerismo del vecindario no podía con su insaciable sed de conjeturas.
Cuando murió Carmen,
después de una larga y áspera espera, con su paciencia resentida y el alma
trocada a causa de medicamentos vencidos y delirios crónicos, me resigné a
favor del recuerdo. Años y años pasé consolando a una persona deprimida por
nunca haber deseado tener hijos; y sin embargo, haber parido una decena solo
para saldar pormenores económicos, mortíferos pormenores, esos rasgos del
desgarrado detalle de ser una tajada de carne sin puchero, una huella del
embotado e inconsolable puesto que se debe cumplir, sin miramientos, en
silencio o gimiendo como vaca, como una puta vaca de tiempo completo, un hueco
para vergas cansadas o una boca destiladora de mamaderas.
Ahí va Carmencita, la
fulana, decían las viejas chotas del barrio. Claro, si tenían la cajeta
encerada como el mármol. Lo único que sabían hacer era limpiar la casa veinte
veces al día para no sentir el flujo momificado entre las piernas. Ni el
delantal les entraba por el culo; y así andaban sus maridos como becerros al
palo buscando loma por donde pastar; rengos y huraños con el bicho sucio.
Cuando Carmen estrenó su enfermedad, es decir, en el instante que tomó noticia de la misma, el médico le dijo que era urgente ir al quirófano. Era portadora de un útero putrefacto, mórbido, que se blandía desvencijado entre el resto de órganos. Yo imaginaba que de tanta verga y resentimiento se le había hecho un charquito de excremento, algo se había pinchado. Y parece que tan equivocado no estaba, le había crecido algo así como una pelota de tenis que colonizaba la carne y reptaba como un hongo jugoso, o, mejor dicho, como una sierra que avanzaba a paso de caracol y le mellaba la matriz. El doctor decía que ya le habían devorado más de la mitad del útero; pobre Carmen, era una puta sin suerte.
La agarraron los flacos
de blanco medió dormida y la metieron en el quirófano. La vaciaron y
rasquetearon toda por dentro un buen rato. Cuando salió estaba hecha una
estúpida, toda pálida y con la mirada perdida; la muy forra no podía parar de
llorar. Era increíble, al poco tiempo se recuperó y volvió sin tapujos a
laburar, le era indispensable. La demanda bajó un poco, Carmencita se estaba volviendo
un trapo cachuzo, y a los clientes no les venía muy bien cogerse a un animal
con una veintena de puntos cruzando su abdomen; se desconcentraban los
pelotudos.
Ella había leído a Darwin
en su juventud, le gustaba decir que para sobrevivir había que adaptarse; yo
creo que era su mejor excusa para ser puta y consolarse al mismo precio. Pero
el tiempo le fue pasando factura, y parece que se adaptó muy bien, porque al
otro año ya tenía un quiste en el ovario derecho; esta vez era una canica. Yo
no paraba de preguntarme por dónde había entrado. Con el tiempo la adaptación
se aceleró a pasos de gigante, pensé; al año siguiente ya le habían operado las
dos mamas y el ovario que tenía de reserva.
Qué fácil es abrir un cuerpo
humano, meter una que otra mano y sacar un par de cosas. Ella estaba contenta
porque no le cobraban los tratamientos, me decía que gracias al hospital
público se podía mantener con vida. En ese momento comprendí algo importante
para la vida, una gran lección, y es que Carmen había sido tan pública como el
hospital, y su función era esencial, no tan solo para mantenerse con vida, sino
para mantener a los demás con vida, a todo este vecindario, por ejemplo. Pobre
Carmen, murió pensando que iba a estar feliz del otro lado, pero no se dio
cuenta de que siempre, siempre, la estuvieron enterrando, y que al fin y al
cabo hasta los bichos la usaron de alcancía.
Hoy, cuando volví a casa,
me la agarré con el perro, que tanto se querían con Carmencita. No lo pude
evitar y se la metí hasta el fondo; es que la extraño tanto a mamá.
La obra “Los niños muertos” de Oswaldo Guayasamin (1919-1999)

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