"Dioses de piedra sorda
tapan el abismo del horizonte.
Abundan cavernas sin cielo,
y la noche duerme
en el terror de todas
las conciencias."
Se comenta que en las comunidades antiguas se fraguaba lo llamado "politeísmo". Sin duda esto es análogo al "polipartidismo"; a los muchos partidos que conforman la competencia por el objetivo, por el deseo del deseoso mandato y direccionamiento de los territorios anexados a la institución estatal, y su control. Politeísmo, se puede traducir por la multiplicidad de dioses. Una suerte de multiplicidad sensible, y no tan sólo ideológica. Por estos dos senderos la cuestión discurre, en principio, de forma que jamás se encuentra aislada.
Este reflejo ancestral, hoy podemos percibirlo en la multiplicidad de dioses que fascinan a la multitud. Multiplicad compartida y convenida. Como toda convención, convencimiento de formas astutamente involuntarias y arbitrarias. Límites para el control voluntario de la razón sobre sus objetos objetivados.
En este punto, es decir, eso que denota el punto, lo puntualmente circunscrito a la connotación de lo UNO; llámeselo como se lo quiera llamar, el punto es un ídolo, un término que determina lo que termina. Forma formante, firme y firmante. Puntual. Acabada.
Tan puntual como las coordenadas de navegación; teórica salvación ante el naufragio. Puntual como los horarios laborales, o la locación de direcciones y sentidos brindados por sórdidos carteles en las esquinas de barrios propicios. Coordenadas en el tiempo y el espacio. Todo un habitáculo donde fuese en primera instancia posible habitar.
En fin, mitigación mítica de descoordinados polirrubros coordinantes. Ubicuidad que mora en su moral morante.
¿Es que el morar como el mirar, propician una salvación ante la intemperie? Ante lo desconocido y extraño, ante la profunda y oscura noche es que ese ente llamado humano busca refugio. Busca donde protegerse. Escapa del terror como del silencio. Asiste a su entierro en el asilo de la certeza. Mora en razones y se percibe deudor de éstas. Iluminismo, pureza y castidad.
Podríamos creer que el politeísmo es un punto de fuga a la uniformidad. Una suerte de primera experiencia de la diferencia formante y conformante. Símil a la competencia industrial, a la competencia de valores de valores como es conocida la bolsa financiera. Menudo lugar para comulgar todas las reliquias y religiones. Armonizarlas al unísono del grito sacrificial que las rebalsa de sangre, es decir, de movimiento financiero de esperanza circundante globalizada.
Dos caras. Muy razonable y misteriosa la metodología económica disfraza su mítica máscara enmascaradora que adora. Es una noble destreza de competencia, es decir, de lucha. Guerra a muerte entre amos y siervos. Entre significantes y significados, dominadores y dominados. Estúpidos entes connotados e indecibles artificios denotados. Impresionante sello que marca su huella en impresiones y promesas.
Politeísmos y políticos nunca prestos a salvarnos, pero eso no significa que hacia ellos los sacrificios no sean donados, tributados y concedidos. Políticos y gerentes del trágico desenvolvimiento de la crueldad, de la culpa y de la deuda concebida como la vida.
Paul Klee, Dancing Under the Empire of Fear, 1938.


