jueves, 26 de enero de 2017

De politeísmos y políticos



"Dioses de piedra sorda
 tapan el abismo del horizonte. 
Abundan cavernas sin cielo,
 y la noche duerme
 en el terror de todas
 las conciencias." 



Se comenta que en las comunidades antiguas se fraguaba lo llamado "politeísmo". Sin duda esto es análogo al "polipartidismo"; a los muchos partidos que conforman la competencia por el objetivo, por el deseo del deseoso mandato y direccionamiento de los territorios anexados a la institución estatal, y su control. Politeísmo, se puede traducir por la multiplicidad de dioses. Una suerte de multiplicidad sensible, y no tan sólo ideológica. Por estos dos senderos la cuestión discurre, en principio, de forma que jamás se encuentra aislada.

Este reflejo ancestral, hoy podemos percibirlo en la multiplicidad de dioses que fascinan a la multitud. Multiplicad compartida y convenida. Como toda convención, convencimiento de formas astutamente involuntarias y arbitrarias. Límites para el control voluntario de la razón sobre sus objetos objetivados.

En este punto, es decir, eso que denota el punto, lo puntualmente circunscrito a la connotación de lo UNO; llámeselo como se lo quiera llamar, el punto es un ídolo, un término que determina lo que termina. Forma formante, firme y firmante. Puntual. Acabada.

Tan puntual como las coordenadas de navegación; teórica salvación ante el naufragio. Puntual como los horarios laborales, o la locación de direcciones y sentidos brindados por sórdidos carteles en las esquinas de barrios propicios. Coordenadas en el tiempo y el espacio. Todo un habitáculo donde fuese en primera instancia posible habitar.

En fin, mitigación mítica de descoordinados polirrubros coordinantes. Ubicuidad que mora en su moral morante.

¿Es que el morar como el mirar, propician una salvación ante la intemperie? Ante lo desconocido y extraño, ante la profunda y oscura noche es que ese ente llamado humano busca refugio. Busca donde protegerse. Escapa del terror como del silencio. Asiste a su entierro en el asilo de la certeza. Mora en razones y se percibe deudor de éstas. Iluminismo, pureza y castidad.

Podríamos creer que el politeísmo es un punto de fuga a la uniformidad. Una suerte de primera experiencia de la diferencia formante y conformante. Símil a la competencia industrial, a la competencia de valores de valores como es conocida la bolsa financiera. Menudo lugar para comulgar todas las reliquias y religiones. Armonizarlas al unísono del grito sacrificial que las rebalsa de sangre, es decir, de movimiento financiero de esperanza circundante globalizada.

Dos caras. Muy razonable y misteriosa la metodología económica disfraza su mítica máscara enmascaradora que adora. Es una noble destreza de competencia, es decir, de lucha. Guerra a muerte entre amos y siervos. Entre significantes y significados, dominadores y dominados. Estúpidos entes connotados e indecibles artificios denotados. Impresionante sello que marca su huella en impresiones y promesas.

Politeísmos y políticos nunca prestos a salvarnos, pero eso no significa que hacia ellos los sacrificios no sean donados, tributados y concedidos. Políticos y gerentes del trágico desenvolvimiento de la crueldad, de la culpa y de la deuda concebida como la vida.





Paul Klee, Dancing Under the Empire of Fear, 1938.


lunes, 16 de enero de 2017

Sonámbulo


¿Qué tiempo es éste
en el que una conversación
es casi un crimen
porque incluye
tantas cosas explícitas?


Paul Celan




Muchos ruidos se aplacan en la lluvia. Era una noche de verano y el cielo se encontraba cerrado por una tormenta. Al salir por las calles, me encontré con nadie. Las personas se esconden. Huyen de la intemperie. El agua caía con tenue imprecisión. Apacible, las calles ausentes de civilización, eran el escenario, el preludio, para que los perros anduvieran rastreando sus alimentos en los despojos; entre bolsas y montañas de residuos. Bailaban apretando sus genitales con sus hocicos sobre la basura. Magnifica muestra de una especie adaptada a su medio.


Sin rumbo, fume y me detuve. Recostado en el umbral de una derrumbada y vieja casa preste oficio de vagabundo. Solo me deje estar al abandono de la ciudad. El mundo se encontraba ciego, y la vista era una ceguera permanente. Quise soñar.


Cerré los ojos, y solo veía calles inundadas por el asfalto, edificios sin ventanas con puertas estrechas, postes de luz y cables recorrían el firmamento. Me sentía en una hoja cuadriculada tratando de abrir los márgenes. Era inútil.


Una mujer se acercó con prisa; grata fue mi sorpresa al notar que no se espantaba con mi presencia desencajada. No dude mucho al darme cuenta que no me había visto; ni tanto percatarse de otro ser vivo; andaba con prisas.


De pronto escuche un ruido. Un hombre se despabilaba de entre los escombros. Me miró fijamente, y con un gesto me indicó acercarme. En un pequeño refugio de la lluvia, su mano ofreció una caja de asqueroso vino. No quise ofenderlo, y bebí.


Al paso de unos minutos, comenzó a balbucear. Hizo unos gemidos extraños, tocio. Comenzó diciendo que la lluvia lo hacía recordar a su madre, que era bella y estaba muerta; pero que aún la pensaba con cariño y melancolía. Profundos sorbos le pegaba al cartón. Era un consuelo ante la memoria.


No sé si continuaba lloviendo. No sé si llovía, pero recuerdo que su nombre era Horacio y hacía años que recorría los oscuros barrios fabriles contando las baldosas y cascotes. Le gustaba vivir como un ermitaño, se sentía entre montañas impenetrables, guaridas cerradas a la vista pero huecas por dentro.    


Me contó  que solía vivir por las sierras del norte, y carnear animales ajenos. Criado en los bosques áridos, su madre había nacido en Italia. Al comienzo de la primera guerra, huyendo en barco llego hasta Brasil, para luego viajar al norte de Santiago. Allí creció, apacentando animales, mientras su madre realizaba caridad entre las piernas del pueblo. Cuando nació, su padre no lo soporto y decidió vengarse de su mujer entregándose a la castidad del alcohol para nunca más volver. Dios lo tenga en su gloria – decía– para luego descargar una irónica carcajada.


Mayor de cuatro hermanos, su escuela fue la tierra, siempre llena de promesas ocultas y callos abrazantes. El juego era sobrevivir.


De niño iban al colegio de a pie, entre el barro y el silencio de los caminos. No le gustaba la estricta enseñanza. Se pasaba las horas mirando las caderas bordeadas por el delantal blanco que su maestra apretaba contra el pizarrón húmedo y vencido. Su peinado le fascinaba. Un cabello ondulado hasta los hombros le resultaban tan extraños como el contraste  que producían su severa mirada y la abrupta voz de mando, que siempre le provoco un rancio placer por el terror. 


Horacio, entrado en años, tenía un indomable apetito por el asqueroso vino; decía que lo hacía sentir vivo.


Cuando llegó a Buenos Aires su deseo era vivir de su sueño, cantautor. No tuvo éxito, y al poco tiempo se ensimismo en la tertulia de las máquinas, de las fábricas. Poco le alcanzaba para alquilar una pieza en las calles de la Boca, cuando decidió vivir de la intemperie; y así recorrer la ciudad. Pero se encontró con las próximas consecuencias del ordenamiento de las cosas. La bien formada vecindad de la urbe le fue encerrando y acercando cada día más a la resignación del abandono.


No es mucho lo que puedo decir sobre esta extraña persona con la que tome una mañana de lluvia. No es nada, casi nada, poder enunciar de forma fragmentaria lo que no cabe, ni por menos, en una fotografía. No es siquiera, suficiente, nombrar a los muertos para que aparezcan, ni suplicar a los dioses para que nos socorran. No es posible, todavía, imaginar una vida detrás de un nombre, ni tanto un conjunto detrás de un número.


Abril del 86. No hay escombros, no hay vagabundo. Han vendido la propiedad, alisado el terreno, y tapiado el sendero.    



Marzo del 91. Estas líneas resguardan un gesto ante el olvido.




Hibou - Leon Spilliaert · 1918


martes, 3 de enero de 2017

La falopa


“Para mí todo empezó así,
por ese rostro evidente,
extenuado, esas ojeras
que se anticipaban al
tiempo, a los hechos.”

Marguerite Duras (El Amante)


Rimbombante, M se acerco a la heladera para hacerse con una cerveza poco helada. Solo quería despedirse del año con algo fresco entre las manos. Anduvo pensando hasta llegar a la ventana, donde se apoyo y observo a las personas del edificio de enfrente, que aún cenaban y reían. Pero que no podía escuchar. 
 

Buscó encontrar algún refugio en su memoria que apaciguara la ansiedad. Detestaba la melancolía que le producía enfrentarse a la añoranza de lo perdido. Recordó en un furtivo reflejo una anécdota de su infancia, y chisto una mueca, una risa.


Era la década del `30, y el golpe de estado se había dado con gran entusiasmo en la sociedad argentina, el progreso institucional arribaba a la ciudad portuaria que comenzaba a ser reconocida por los líderes mundiales. Su padre, destacado militar en la orquesta del Teniente General José Félix Uriburu, gozaba de un gran rédito económico. M, en aquel entonces sostenía una precaria infancia que comenzaba a alcanzar la pubertad, acompañada de trastornos urinarios, padecía las objeciones de su condición.


Un día, junto a su madre, fueron a presenciar la ceremonia de inauguración de alguna caballería que no recuerda. Ese día, por las dramáticas fechas de enero, conoció a una niña que le deslumbro ante su mirada. Aquella muchachita de cabellos negros y pálidas piernas bordeadas por una pollera ancha y fina, cruzo ante sus ojos con un perfume de carmín, como el de los jardines de su tía abuela. 


Se sentía hundirse por una gravedad inercial que impulsaba sus movimientos de forma horizontal a recorrer el aroma que iba recuperando de a bocanadas por el aire. Como el viento se acerco a ella, y clavo sus ojos en los de ella; vacilantes, entraron las miradas en una magnética colisión. 


Ante la ceguera de los castrenses que dormitaban en su proselitismo uniforme, las miradas se convirtieron en labios que se rozaron de pánico y vergüenza.


M, vio alejarse a la niña no tan niña, y no pudo mover un musculo a efecto de su ahondamiento. 


La vio acercarse al palco en que se encontraban sus padres y perderse entre las personas que formaban una masa, que se escurría en pequeñas ondulaciones de verde acuarela. Cerró los ojos, y exhalo un profundo suspiro.


De pronto, un ruido intenso colmo de dolor y estruendo la concavidad de sus oídos. 


Al volver sobre si, un sonido intenso y llano, fino como el viento, iba abrazando los gritos que se acompañaban de corridas y llantos de terror. En estado de conmoción, trato de levantarse del suelo, y observo la gran marea de humo que se alzaba al cielo despejado, como una ofrenda a los vientos. 


Sus ojos se nublaron de calor, y un llanto arremetió por dentro de su corazón, al ver, que el palco donde se encontraban sus padres ardía con llamas de acero azul y rojizos envolvimientos de frenesí. 


Cuando se quiso dar cuenta, se encontraba apoyada en el vientre de la ventana sosteniendo una calurosa bebida. Ella, poseída por la calurosa estación, se adentro y hundió su mirada ante la calle, hasta besarla.




Walter Martin, Two women hose down a crucifix, Undated.