lunes, 16 de enero de 2017

Sonámbulo


¿Qué tiempo es éste
en el que una conversación
es casi un crimen
porque incluye
tantas cosas explícitas?


Paul Celan




Muchos ruidos se aplacan en la lluvia. Era una noche de verano y el cielo se encontraba cerrado por una tormenta. Al salir por las calles, me encontré con nadie. Las personas se esconden. Huyen de la intemperie. El agua caía con tenue imprecisión. Apacible, las calles ausentes de civilización, eran el escenario, el preludio, para que los perros anduvieran rastreando sus alimentos en los despojos; entre bolsas y montañas de residuos. Bailaban apretando sus genitales con sus hocicos sobre la basura. Magnifica muestra de una especie adaptada a su medio.


Sin rumbo, fume y me detuve. Recostado en el umbral de una derrumbada y vieja casa preste oficio de vagabundo. Solo me deje estar al abandono de la ciudad. El mundo se encontraba ciego, y la vista era una ceguera permanente. Quise soñar.


Cerré los ojos, y solo veía calles inundadas por el asfalto, edificios sin ventanas con puertas estrechas, postes de luz y cables recorrían el firmamento. Me sentía en una hoja cuadriculada tratando de abrir los márgenes. Era inútil.


Una mujer se acercó con prisa; grata fue mi sorpresa al notar que no se espantaba con mi presencia desencajada. No dude mucho al darme cuenta que no me había visto; ni tanto percatarse de otro ser vivo; andaba con prisas.


De pronto escuche un ruido. Un hombre se despabilaba de entre los escombros. Me miró fijamente, y con un gesto me indicó acercarme. En un pequeño refugio de la lluvia, su mano ofreció una caja de asqueroso vino. No quise ofenderlo, y bebí.


Al paso de unos minutos, comenzó a balbucear. Hizo unos gemidos extraños, tocio. Comenzó diciendo que la lluvia lo hacía recordar a su madre, que era bella y estaba muerta; pero que aún la pensaba con cariño y melancolía. Profundos sorbos le pegaba al cartón. Era un consuelo ante la memoria.


No sé si continuaba lloviendo. No sé si llovía, pero recuerdo que su nombre era Horacio y hacía años que recorría los oscuros barrios fabriles contando las baldosas y cascotes. Le gustaba vivir como un ermitaño, se sentía entre montañas impenetrables, guaridas cerradas a la vista pero huecas por dentro.    


Me contó  que solía vivir por las sierras del norte, y carnear animales ajenos. Criado en los bosques áridos, su madre había nacido en Italia. Al comienzo de la primera guerra, huyendo en barco llego hasta Brasil, para luego viajar al norte de Santiago. Allí creció, apacentando animales, mientras su madre realizaba caridad entre las piernas del pueblo. Cuando nació, su padre no lo soporto y decidió vengarse de su mujer entregándose a la castidad del alcohol para nunca más volver. Dios lo tenga en su gloria – decía– para luego descargar una irónica carcajada.


Mayor de cuatro hermanos, su escuela fue la tierra, siempre llena de promesas ocultas y callos abrazantes. El juego era sobrevivir.


De niño iban al colegio de a pie, entre el barro y el silencio de los caminos. No le gustaba la estricta enseñanza. Se pasaba las horas mirando las caderas bordeadas por el delantal blanco que su maestra apretaba contra el pizarrón húmedo y vencido. Su peinado le fascinaba. Un cabello ondulado hasta los hombros le resultaban tan extraños como el contraste  que producían su severa mirada y la abrupta voz de mando, que siempre le provoco un rancio placer por el terror. 


Horacio, entrado en años, tenía un indomable apetito por el asqueroso vino; decía que lo hacía sentir vivo.


Cuando llegó a Buenos Aires su deseo era vivir de su sueño, cantautor. No tuvo éxito, y al poco tiempo se ensimismo en la tertulia de las máquinas, de las fábricas. Poco le alcanzaba para alquilar una pieza en las calles de la Boca, cuando decidió vivir de la intemperie; y así recorrer la ciudad. Pero se encontró con las próximas consecuencias del ordenamiento de las cosas. La bien formada vecindad de la urbe le fue encerrando y acercando cada día más a la resignación del abandono.


No es mucho lo que puedo decir sobre esta extraña persona con la que tome una mañana de lluvia. No es nada, casi nada, poder enunciar de forma fragmentaria lo que no cabe, ni por menos, en una fotografía. No es siquiera, suficiente, nombrar a los muertos para que aparezcan, ni suplicar a los dioses para que nos socorran. No es posible, todavía, imaginar una vida detrás de un nombre, ni tanto un conjunto detrás de un número.


Abril del 86. No hay escombros, no hay vagabundo. Han vendido la propiedad, alisado el terreno, y tapiado el sendero.    



Marzo del 91. Estas líneas resguardan un gesto ante el olvido.




Hibou - Leon Spilliaert · 1918


No hay comentarios:

Publicar un comentario