¿Qué tiempo es éste
en el que una conversación
es casi un crimen
porque incluye
tantas cosas explícitas?
Paul Celan
Muchos ruidos se aplacan en la lluvia. Era una noche de verano y el cielo se
encontraba cerrado por una tormenta. Al salir por las calles, me encontré con
nadie. Las personas se esconden. Huyen de la intemperie. El agua caía con tenue
imprecisión. Apacible, las calles ausentes de civilización, eran el escenario,
el preludio, para que los perros anduvieran rastreando sus alimentos en los
despojos; entre bolsas y montañas de residuos. Bailaban apretando sus genitales
con sus hocicos sobre la basura. Magnifica muestra de una especie adaptada a su
medio.
Sin rumbo, fume y me detuve. Recostado en el umbral de una derrumbada y
vieja casa preste oficio de vagabundo. Solo me deje estar al abandono de la
ciudad. El mundo se encontraba ciego, y la vista era una ceguera permanente.
Quise soñar.
Cerré los ojos, y solo veía calles inundadas por el asfalto, edificios sin
ventanas con puertas estrechas, postes de luz y cables recorrían el firmamento.
Me sentía en una hoja cuadriculada tratando de abrir los márgenes. Era inútil.
Una mujer se acercó con prisa; grata fue mi sorpresa al notar que no se
espantaba con mi presencia desencajada. No dude mucho al darme cuenta que no me
había visto; ni tanto percatarse de otro ser vivo; andaba con prisas.
De pronto escuche un ruido. Un hombre se despabilaba de entre los escombros.
Me miró fijamente, y con un gesto me indicó acercarme. En un pequeño refugio de
la lluvia, su mano ofreció una caja de asqueroso vino. No quise ofenderlo, y
bebí.
Al paso de unos minutos, comenzó a balbucear. Hizo unos gemidos extraños,
tocio. Comenzó diciendo que la lluvia lo hacía recordar a su madre, que era
bella y estaba muerta; pero que aún la pensaba con cariño y melancolía.
Profundos sorbos le pegaba al cartón. Era un consuelo ante la memoria.
No sé si continuaba lloviendo. No sé si llovía, pero recuerdo que su nombre
era Horacio y hacía años que recorría los oscuros barrios fabriles contando las
baldosas y cascotes. Le gustaba vivir como un ermitaño, se sentía entre
montañas impenetrables, guaridas cerradas a la vista pero huecas por
dentro.
Me contó que solía vivir por las sierras del norte, y carnear animales
ajenos. Criado en los bosques áridos, su madre había nacido en Italia. Al
comienzo de la primera guerra, huyendo en barco llego hasta Brasil, para luego
viajar al norte de Santiago. Allí creció, apacentando animales, mientras su
madre realizaba caridad entre las piernas del pueblo. Cuando nació, su padre no
lo soporto y decidió vengarse de su mujer entregándose a la castidad del alcohol
para nunca más volver. Dios lo tenga en su gloria – decía– para luego descargar
una irónica carcajada.
Mayor de cuatro hermanos, su escuela fue la tierra, siempre llena de
promesas ocultas y callos abrazantes. El juego era sobrevivir.
De niño iban al colegio de a pie, entre el barro y el silencio de los
caminos. No le gustaba la estricta enseñanza. Se pasaba las horas mirando las
caderas bordeadas por el delantal blanco que su maestra apretaba contra el
pizarrón húmedo y vencido. Su peinado le fascinaba. Un cabello ondulado hasta
los hombros le resultaban tan extraños como el contraste que producían su severa mirada y la abrupta voz
de mando, que siempre le provoco un rancio placer por el terror.
Horacio, entrado en años, tenía un indomable apetito por el asqueroso vino;
decía que lo hacía sentir vivo.
Cuando llegó a Buenos Aires su deseo era vivir de su sueño, cantautor. No
tuvo éxito, y al poco tiempo se ensimismo en la tertulia de las máquinas, de
las fábricas. Poco le alcanzaba para alquilar una pieza en las calles de la
Boca, cuando decidió vivir de la intemperie; y así recorrer la ciudad. Pero se
encontró con las próximas consecuencias del ordenamiento de las cosas. La bien
formada vecindad de la urbe le fue encerrando y acercando cada día más a la
resignación del abandono.
No es mucho lo que puedo decir sobre esta extraña persona con la que tome
una mañana de lluvia. No es nada, casi nada, poder enunciar de forma
fragmentaria lo que no cabe, ni por menos, en una fotografía. No es siquiera,
suficiente, nombrar a los muertos para que aparezcan, ni suplicar a los dioses
para que nos socorran. No es posible, todavía, imaginar una vida detrás de un
nombre, ni tanto un conjunto detrás de un número.
Abril del 86. No hay escombros, no hay vagabundo. Han vendido la propiedad,
alisado el terreno, y tapiado el sendero.
Marzo del 91. Estas líneas resguardan un gesto ante el olvido.
Hibou - Leon Spilliaert · 1918

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