"Zaratustra replicó: «¿Y por eso te has asustado? - Al hombre le ocurre lo mismo que al árbol. Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, - hacia el mal.»"
Del árbol en la montaña
Así habló Zaratustra
Friedrich Wilhelm Nietzsche
Así habló Zaratustra
Friedrich Wilhelm Nietzsche
En un bar hay dos personas conversando junto al
bullicio agreste de la tarde. Encaminan sus movimientos ligeros entre sorbos de
café, ademanes de indignación, y exagerados gestos de impresión.
Ella, que llamaremos Rosa, en honor a su tez pálida y
envejecidos rasgos, comenta con profundo desprecio la criminalidad en alza que
soslaya la pacifica rutina de descomposición. Se compadece de los innumerables
e inalcanzables peones de la ley, que por un lado no dan abasto y, por el otro,
han de deponer su vida, que de forma irreductible no tiene otro peso de función
que colocarla en riesgo, esto sea, ante los azarosos avatares de la cotidiana
crisis existencial.
Rosa, tan blanca como el desprecio, comenta con su
atenta interlocutora, sus más profundos miedos que -en última instancia- no
tienen otro destino que la inexorable muerte. Pero ésta, la muerte, se presenta
en cómodas cuotas de representación y depresión. Vaya uno a saber, la
inconducente conexión entre negros, paraguayos, villeros, ladrones, arpías,
perversos, faloperos, linyeras, famélicos, iconoclastas, y demás sujetos de una
predicación purificadora.
Podríamos creer a primera vista, que Rosa, es un
arquetipo generacional en su irreductible singularidad subjetiva. Pero Rosa, no
es rosa. ¿Hay alguien ahí?
Con soberana atención, la receptora de tan empobrecido
discurso, a quien podremos suponer su compañera de lamentaciones y, de ahora en
más, llamaremos Margarita, la interrumpe con un certero comentario de índole
práctico.
Dice Margarita: ¡Ay, Rosa! ¡De tanta amargura en
primavera, ni un tango nos salva! A Pedro, el bueno, el otro día casi lo matan,
bajando del cordón, mira vos que tropezó. El pobre casi pierde la vida. ¡No
recuerda nada, perdió el conocimiento!
Este último comentario llega a mis oídos con
objeciones. ¿Qué es perder la conciencia? ¿Es la compañía de una ciencia que se
pierde? ¿Qué relación tienen, ciencia y conciencia, tan cercana con la muerte
como aquel comentario “casi se muere”?
¿Qué porta la conciencia de conocimiento que la cimienta como un cimiento?
Perder el conocimiento es sin duda, la predicación de alguien, de un algo, que
pierde algo que está en algún lugar. En este caso, se pierde lo que conoce, lo
que guarda, acaso ¿lo que es?
¿Quién es ese que pierde aquello que tiene? ¿Qué es eso
que pierde?
Pensé a mis adentros, que Margarita era portadora de
una teoría del conocimiento. Y como tal, perder aquello que portaba la
preocupaba. También es de suponer, que si uno pierde lo que es, significa que
ya no es. Y eso es un profundo sinónimo que esquematiza la mortandad, es decir,
dejar de ser lo que es para no ser lo que fue, y que ya no es, ni puede ser
para recordar lo que fue, y, por lo tanto, ya no es ni lo que es, ni lo que
fue, ni lo que era susceptible de ser recordado por un sí mismo que ya no es en
sí aquello posible de ubicarse en el espacio y el tiempo.
Este ajedrez discursivo se iba adentrando en un bosque
espeso.
¿El sí mismo es portador de la conciencia consciente de
aquello que porta como conocimiento de sí mismo? ¿Y si acaso, no es consciente
de aquello que porta como conocimiento de sí mismo y, arrastra en sí,
inconsciente consciencia de sí? ¿No estaría perdido por perdido el conocimiento
en tanto no consciente de portar aquello inconsciente que no es conocimiento de
una conciencia de sí? ¿Pero qué es ese conocimiento no consciente que no conoce
la consciencia como conocimiento de si? Llamar a eso conocimiento sería
incurrir en un error, ya que no conocerlo de forma consciente significa no
conocerlo y, por tanto, no ser reconocido como conocimiento. A esto mejor
llamarlo no-conocimiento, y de forma irreductible, ignorancia que ignora.
Hasta aquí, podemos sintetizar lo siguiente: aquel que
pierde la conciencia, está perdiendo el conocimiento que tiene de sí mismo y,
que a su vez, contiene como no-conocimiento también aquello que ignora de sí
mismo.
Pero ¿Quién es
el sí mismo?
Acaso ¿lo contrario del sí mismo no sería el no mismo?
Pero, en tanto no mismo, ya no es lo mismo.
¿Qué es?
Sin duda, sería un otro no sí mismo, sino no mismo,
es decir, un otro-no-mismo.
A todo esto, perder el conocimiento, significa ante
todas las cosas, que el conocimiento que uno tiene no lo tiene de forma
inherente, sino que ante todo, es susceptible de ser perdido, es decir,
extraviado y, en tanto, ¿extrañado?
¿Lo extrañado que se extraña que entraña?
¿Qué es, acaso, ese extraño que extraña lo entrañado
que entraña?
Tanto lo extraño como lo extranjero entrañan la misma
debilidad. Se encuentran expuestos, fuera de algo, expulsados, excomulgados,
exonerados, exiliados, exterminados.
Esta otredad que entraña lo extraño que al sí mismo
deja dispuesto al extrañamiento es acaso el límite de todo lo seguro que
asegura al sí mismo lo mismo que no es expuesto más que como rechazo forjado
inherente como lo no mismo, y por tanto, distinto a lo mismo, es decir,
extraño.
Aquí, lo uno parece no ser dos, pero lo dos parece ser
uno. Una conjunción hasta copulativa.
¿Esta confusión que fusiona la mismidad con la otredad
es una conjunción de la diferencia de lo mismo no mismo en el sí mismo?
¿La articulación conceptual de
lo-mismo-no-mismo-en-el-sí-mismo es posible en la conciencia que con ciencia
fundamenta el conocimiento que cimienta el cimiento de aquello que llamamos
conciencia, o sí mismo, o yo, o Rosa o Margarita?
¿Hay alguien ahí? Y si ese alguien susceptible de ser
algo con identidad de alguien se preguntara quién es o qué es. ¿No
encontraría, acaso, en la suposición del sujeto la proposición predicativa que
lo sujetara a ese “soy esto” o “aquello”?
¿La pregunta por la nada, no entraña acaso, la
pregunta por la muerte?
Perder el conocimiento, es acaso, perderse en la
inmaculada inconsciencia de lo que no se es y, en tanto inadmisible de toda
posibilidad de predicación, es el oscuro encuentro con el ser abierto en el
silencioso abismo, vacío, de todo predicar.
Café de noche en Arlés (Café de Nuit, Arles) Paul Gauguin, 1888

