jueves, 24 de noviembre de 2016

Perder el conocimiento





"Zaratustra replicó: «¿Y por eso te has asustado? - Al hombre le ocurre lo mismo que al árbol. Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, - hacia el mal.»"


Del árbol en la montaña
Así habló Zaratustra
Friedrich Wilhelm Nietzsche






En un bar hay dos personas conversando junto al bullicio agreste de la tarde. Encaminan sus movimientos ligeros entre sorbos de café, ademanes de indignación, y exagerados gestos de impresión.


Ella, que llamaremos Rosa, en honor a su tez pálida y envejecidos rasgos, comenta con profundo desprecio la criminalidad en alza que soslaya la pacifica rutina de descomposición. Se compadece de los innumerables e inalcanzables peones de la ley, que por un lado no dan abasto y, por el otro, han de deponer su vida, que de forma irreductible no tiene otro peso de función que colocarla en riesgo, esto sea, ante los azarosos avatares de la cotidiana crisis existencial. 


Rosa, tan blanca como el desprecio, comenta con su atenta interlocutora, sus más profundos miedos que -en última instancia- no tienen otro destino que la inexorable muerte. Pero ésta, la muerte, se presenta en cómodas cuotas de representación y depresión. Vaya uno a saber, la inconducente conexión entre negros, paraguayos, villeros, ladrones, arpías, perversos, faloperos, linyeras, famélicos, iconoclastas, y demás sujetos de una predicación purificadora. 


Podríamos creer a primera vista, que Rosa, es un arquetipo generacional en su irreductible singularidad subjetiva. Pero Rosa, no es rosa. ¿Hay alguien ahí?


Con soberana atención, la receptora de tan empobrecido discurso, a quien podremos suponer su compañera de lamentaciones y, de ahora en más, llamaremos Margarita, la interrumpe con un certero comentario de índole práctico.


Dice Margarita: ¡Ay, Rosa! ¡De tanta amargura en primavera, ni un tango nos salva! A Pedro, el bueno, el otro día casi lo matan, bajando del cordón, mira vos que tropezó. El pobre casi pierde la vida. ¡No recuerda nada, perdió el conocimiento!


Este último comentario llega a mis oídos con objeciones. ¿Qué es perder la conciencia? ¿Es la compañía de una ciencia que se pierde? ¿Qué relación tienen, ciencia y conciencia, tan cercana con la muerte como aquel comentario  “casi se muere”? ¿Qué porta la conciencia de conocimiento que la cimienta como un cimiento? Perder el conocimiento es sin duda, la predicación de alguien, de un algo, que pierde algo que está en algún lugar. En este caso, se pierde lo que conoce, lo que guarda, acaso ¿lo que es?


¿Quién es ese que pierde aquello que tiene? ¿Qué es eso que pierde?


Pensé a mis adentros, que Margarita era portadora de una teoría del conocimiento. Y como tal, perder aquello que portaba la preocupaba. También es de suponer, que si uno pierde lo que es, significa que ya no es. Y eso es un profundo sinónimo que esquematiza la mortandad, es decir, dejar de ser lo que es para no ser lo que fue, y que ya no es, ni puede ser para recordar lo que fue, y, por lo tanto, ya no es ni lo que es, ni lo que fue, ni lo que era susceptible de ser recordado por un sí mismo que ya no es en sí aquello posible de ubicarse en el espacio y el tiempo.


Este ajedrez discursivo se iba adentrando en un bosque espeso.


¿El sí mismo es portador de la conciencia consciente de aquello que porta como conocimiento de sí mismo? ¿Y si acaso, no es consciente de aquello que porta como conocimiento de sí mismo y, arrastra en sí, inconsciente consciencia de sí? ¿No estaría perdido por perdido el conocimiento en tanto no consciente de portar aquello inconsciente que no es conocimiento de una conciencia de sí? ¿Pero qué es ese conocimiento no consciente que no conoce la consciencia como conocimiento de si? Llamar a eso conocimiento sería incurrir en un error, ya que no conocerlo de forma consciente significa no conocerlo y, por tanto, no ser reconocido como conocimiento. A esto mejor llamarlo no-conocimiento, y de forma irreductible, ignorancia que ignora.


Hasta aquí, podemos sintetizar lo siguiente: aquel que pierde la conciencia, está perdiendo el conocimiento que tiene de sí mismo y, que a su vez, contiene como no-conocimiento también aquello que ignora de sí mismo.


Pero ¿Quién es el sí mismo?


Acaso ¿lo contrario del sí mismo no sería el no mismo?

Pero, en tanto no mismo, ya no es lo mismo.

¿Qué es?

Sin duda, sería un otro no sí mismo, sino no mismo, es decir, un otro-no-mismo.
A todo esto, perder el conocimiento, significa ante todas las cosas, que el conocimiento que uno tiene no lo tiene de forma inherente, sino que ante todo, es susceptible de ser perdido, es decir, extraviado y, en tanto, ¿extrañado?


¿Lo extrañado que se extraña que entraña?


¿Qué es, acaso, ese extraño que extraña lo entrañado que entraña?


Tanto lo extraño como lo extranjero entrañan la misma debilidad. Se encuentran expuestos, fuera de algo, expulsados, excomulgados, exonerados, exiliados, exterminados.


Esta otredad que entraña lo extraño que al sí mismo deja dispuesto al extrañamiento es acaso el límite de todo lo seguro que asegura al sí mismo lo mismo que no es expuesto más que como rechazo forjado inherente como lo no mismo, y por tanto, distinto a lo mismo, es decir, extraño.

Aquí, lo uno parece no ser dos, pero lo dos parece ser uno. Una conjunción hasta copulativa.

¿Esta confusión que fusiona la mismidad con la otredad es una conjunción de la diferencia de lo mismo no mismo en el sí mismo?


¿La articulación conceptual de lo-mismo-no-mismo-en-el-sí-mismo es posible en la conciencia que con ciencia fundamenta el conocimiento que cimienta el cimiento de aquello que llamamos conciencia, o sí mismo, o yo, o Rosa o Margarita?


¿Hay alguien ahí? Y si ese alguien susceptible de ser algo con identidad de alguien se preguntara quién es o qué es. ¿No encontraría, acaso, en la suposición del sujeto la proposición predicativa que lo sujetara a ese “soy esto” o “aquello”?


¿La pregunta por la nada, no entraña acaso, la pregunta por la muerte?



Perder el conocimiento, es acaso, perderse en la inmaculada inconsciencia de lo que no se es y, en tanto inadmisible de toda posibilidad de predicación, es el oscuro encuentro con el ser abierto en el silencioso abismo, vacío, de todo predicar.





Café de noche en Arlés (Café de Nuit, Arles) Paul Gauguin, 1888

lunes, 21 de noviembre de 2016

Es tarde

"Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una

mano y encadenar un alma.”

Jorge Luis Borges: Aprendiendo




Es tarde. En este mundo siempre es tarde. Así, veía alejarse el colectivo hacia el horizonte nublado que despuntaba por la mañana. Las voces en la conciencia recurrían con insistencia, machacando deberes, reproches y sentencias. Alumbré mi oscuro deseo, y comencé a mear en un rincón de la esquina adornada de azulejos, en claro signo de protesta y catarsis. Necesidades sublimes que son dejadas de lado a la hora en que el tiempo apremia.




Pero ahora, ahora podía, bajo el irremediable acontecer de las circunstancias, perder el tiempo. La ansiedad comenzaba a socavar la presente espera, y a lo lejos ningún colectivo se acercaba.




 Despertar puede ser un milagro. También puede ser una condena.




Quise recordar todas aquellas fantasías envolventes de mis sueños. Pero fue inútil. El abrupto movimiento del deber ante el terror de quedarme dormido, muerto, había sedimentado a golpes cardíacos cada imagen que ahora, ahora, se diluían como un flujo salpicado de nostalgia y liberación.




Prendí un cigarrillo sin lavarme las manos; la naturaleza dominó mis reflejos. La calle sucia de rocío humanizante, de cemento frío y árido, me recordaba a un cementerio con sus cuevas arquitectónicas, pajareras ciegas de concubinatos forzosos, celdas de contención para la producción de privadas privaciones. Cables ahorcados de tensión colgaban muertos. En tanto y tanto algún viento los mecía, quedando abrazados a diezmados árboles. Alguna suerte de imperecedera tentación de trepar a ellos me detuvo en mis cavilaciones.   




Es tarde. En este mundo siempre es tarde. El cementerio está lleno, repleto de cemento y cuerpos ausentes, vivir es una nostalgia forzosa. ¿Hay algo más rutinario que la nostalgia? La antigüedad imperecedera, el sueño eterno perdido bajo la sombra del olvido. Y el futuro como abismo sepultado entre los huesos nos invita a fallecer.




Cuando fui nacido, un desgarramiento atravesó a mi madre. Ella murió defecada, estremecida. Nací mal parido, arrojado, eyectado. Es el relato que pusieron ante mí, en un oscuro comienzo, ya lejano.




A mi padre lo diezmaron los Sonderkommandos. Le arrancaron los ojos para que solo fuese testigo de su ceguera, para que marcara la prueba de la benevolencia del verdugo. Se suicidó, ahorcado, atado a sus recuerdos con los gritos desesperados de su memoria silenciada.




Ellos se conocieron en Ternópil, Ucrania. Huyendo de lo que llaman Holodomor, huyendo de la política del hambre, de la colectivización de la miseria, del sacro diezmo que pagan los mortales. Su destino estaba signado; tarde, pero seguro.





Es tarde. En este mundo siempre es tarde, y la historia nos cerca.