viernes, 30 de diciembre de 2016

NOVEDADES



“El tiempo es de penuria porque le falta el desocultamiento de la esencia del dolor, la muerte y el amor.”

M. H.



¿Qué es lo nuevo?



El advenimiento de lo nuevo, expectativa, proyección y renovación del ciclo litúrgico de la vida. La fiesta, la celebración de los damnificados en la melancólica medianoche. Final y comienzo, muerte y nacimiento. Extremos de una vida, orillas de un contorno funesto.



¿Qué es la cualidad de lo novedoso?



Si algo pretende toda novedad, es trasformar en su aparición la apariencia de toda ilusión. Reflejo y ruptura, acontecimiento que se manifiesta y reordena ante su emerger. Surgimiento que al mostrarse abre senderos, sentidos y abismos.



Entre los cultos de la globalización, que todo lo puede en su apariencia, y que todo lo desgarra a su paso, las novedades circundan la cuadratura del tiempo hecho espacio, trasformando en forma formante lo informe que se informa de apariencia.



El juego termina.



Muertos los partícipes, se da inicio al retorno. A la resurrección destinal que se destila. La matemática aporta su marca dando la huella en la nomenclatura del tiempo mecanizado. Direccionamiento del tiempo esquematizado bajo y entre la penuria de una historia que se cierra sobre sí misma.



Los cementerios son poblados por la herencia del olvido.



El juego, recomienza.



Las ciudades son pobladas por la herencia del recuerdo.



La coherencia no tiene ninguna relación con la verdad, pero ésta es la posibilidad de que todo destino se destine a ser siendo aquella. La repetición involuntaria de patrones enquistados en el comportar del ser son la clausura y el hundimiento de todo realizar cotidiano en el margen de Occidente. Ya no hay huellas sagradas que señalen lo divino.



Es el ocaso en tiempos de penuria.






Vincent Van Gogh - La noche estrellada

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El refugio de una ilusión llamada yo



“Plomo en mi boca, en mi pupila sombra,
la mente entorpecida,
y el corazón cansado,
en el fondo de un féretro gemía.
Después de haber dormido mucho tiempo
se despertó mi alma.
Me pareció que oía
alguno que a mi tumba se acercaba.”

Heinrich Heine


Enredado en un entramado de recuerdos despierto al olvido de los sueños. El reloj golpeó contra el muro de mis ojos. Ahí estaba, la misma hora, la misma alarma, la misma situación. Pero lo supe, la sensación se susurró en la duda, esto ya lo viví. No tuve el tiempo suficiente para despejar las cavilaciones del sinsentido. Vestirme, otra vez, como fiel rutina, como una memoria mortal de la costumbre cultural.


Todo el día se desenvolvió en una desértica tradición, en una manía compulsiva de repeticiones sin fin. El tiempo pasaba, minuto a minuto, pasaba y pasaba, pero nada sucedía.


En el momento –como de forma irónica siempre sucede–, cuando menos lo imaginé, cuando la distracción apartó las fantasías de lo cotidiano, desde el aburrimiento del alumbramiento algo se rompió; y una extraña sensación vino sobre mí, me asaltó desprevenido. Como una neblina que se extendía sobre la superficie de mi percepción, el mundo circundante se tornó espeso, extrañamente familiar y fantasmagórico. Una incertidumbre me alertó, no lo sabía pero algo me acusaba de saberlo, lo sentía, la situación ya la había vivido, alguna vez, una experiencia de extraordinaria condena, de prescripción temporal, de consecuencia fantasmática y barroca; era, lo sentía, la mano de lo desconocido que se posaba sobre mi mente, como castigo, como ilusoria salvación.


Y allí estaba, ante mí, como la aparición de todas las coordenadas ancestrales, como la encarnación misma de todos los deseos materializados en una figura sombría y oscura, tan antigua como joven, innombrable pero reconocible como la maravilla afluente que despierta del ocaso de una fuente imperecedera, de la que nacen todos los arroyos que recorren la tierra en busca del abrazo de la muerte con el profundo mar que las alimenta.


Surcó mis ojos durante un instante, desgarrando la cotidiana condena de los mortales. Fue el suspiro inesperado de un Déjà vu, de un Presque vu, y de un Jamais vu; sin más, sin nada, sin poder alguno, de mi propia ausencia me enamoré.





"Heinrich Heine y la musa de la poesía" (1894), de Georges Moreau de Tours (1848-1901)


jueves, 24 de noviembre de 2016

Perder el conocimiento





"Zaratustra replicó: «¿Y por eso te has asustado? - Al hombre le ocurre lo mismo que al árbol. Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, - hacia el mal.»"


Del árbol en la montaña
Así habló Zaratustra
Friedrich Wilhelm Nietzsche






En un bar hay dos personas conversando junto al bullicio agreste de la tarde. Encaminan sus movimientos ligeros entre sorbos de café, ademanes de indignación, y exagerados gestos de impresión.


Ella, que llamaremos Rosa, en honor a su tez pálida y envejecidos rasgos, comenta con profundo desprecio la criminalidad en alza que soslaya la pacifica rutina de descomposición. Se compadece de los innumerables e inalcanzables peones de la ley, que por un lado no dan abasto y, por el otro, han de deponer su vida, que de forma irreductible no tiene otro peso de función que colocarla en riesgo, esto sea, ante los azarosos avatares de la cotidiana crisis existencial. 


Rosa, tan blanca como el desprecio, comenta con su atenta interlocutora, sus más profundos miedos que -en última instancia- no tienen otro destino que la inexorable muerte. Pero ésta, la muerte, se presenta en cómodas cuotas de representación y depresión. Vaya uno a saber, la inconducente conexión entre negros, paraguayos, villeros, ladrones, arpías, perversos, faloperos, linyeras, famélicos, iconoclastas, y demás sujetos de una predicación purificadora. 


Podríamos creer a primera vista, que Rosa, es un arquetipo generacional en su irreductible singularidad subjetiva. Pero Rosa, no es rosa. ¿Hay alguien ahí?


Con soberana atención, la receptora de tan empobrecido discurso, a quien podremos suponer su compañera de lamentaciones y, de ahora en más, llamaremos Margarita, la interrumpe con un certero comentario de índole práctico.


Dice Margarita: ¡Ay, Rosa! ¡De tanta amargura en primavera, ni un tango nos salva! A Pedro, el bueno, el otro día casi lo matan, bajando del cordón, mira vos que tropezó. El pobre casi pierde la vida. ¡No recuerda nada, perdió el conocimiento!


Este último comentario llega a mis oídos con objeciones. ¿Qué es perder la conciencia? ¿Es la compañía de una ciencia que se pierde? ¿Qué relación tienen, ciencia y conciencia, tan cercana con la muerte como aquel comentario  “casi se muere”? ¿Qué porta la conciencia de conocimiento que la cimienta como un cimiento? Perder el conocimiento es sin duda, la predicación de alguien, de un algo, que pierde algo que está en algún lugar. En este caso, se pierde lo que conoce, lo que guarda, acaso ¿lo que es?


¿Quién es ese que pierde aquello que tiene? ¿Qué es eso que pierde?


Pensé a mis adentros, que Margarita era portadora de una teoría del conocimiento. Y como tal, perder aquello que portaba la preocupaba. También es de suponer, que si uno pierde lo que es, significa que ya no es. Y eso es un profundo sinónimo que esquematiza la mortandad, es decir, dejar de ser lo que es para no ser lo que fue, y que ya no es, ni puede ser para recordar lo que fue, y, por lo tanto, ya no es ni lo que es, ni lo que fue, ni lo que era susceptible de ser recordado por un sí mismo que ya no es en sí aquello posible de ubicarse en el espacio y el tiempo.


Este ajedrez discursivo se iba adentrando en un bosque espeso.


¿El sí mismo es portador de la conciencia consciente de aquello que porta como conocimiento de sí mismo? ¿Y si acaso, no es consciente de aquello que porta como conocimiento de sí mismo y, arrastra en sí, inconsciente consciencia de sí? ¿No estaría perdido por perdido el conocimiento en tanto no consciente de portar aquello inconsciente que no es conocimiento de una conciencia de sí? ¿Pero qué es ese conocimiento no consciente que no conoce la consciencia como conocimiento de si? Llamar a eso conocimiento sería incurrir en un error, ya que no conocerlo de forma consciente significa no conocerlo y, por tanto, no ser reconocido como conocimiento. A esto mejor llamarlo no-conocimiento, y de forma irreductible, ignorancia que ignora.


Hasta aquí, podemos sintetizar lo siguiente: aquel que pierde la conciencia, está perdiendo el conocimiento que tiene de sí mismo y, que a su vez, contiene como no-conocimiento también aquello que ignora de sí mismo.


Pero ¿Quién es el sí mismo?


Acaso ¿lo contrario del sí mismo no sería el no mismo?

Pero, en tanto no mismo, ya no es lo mismo.

¿Qué es?

Sin duda, sería un otro no sí mismo, sino no mismo, es decir, un otro-no-mismo.
A todo esto, perder el conocimiento, significa ante todas las cosas, que el conocimiento que uno tiene no lo tiene de forma inherente, sino que ante todo, es susceptible de ser perdido, es decir, extraviado y, en tanto, ¿extrañado?


¿Lo extrañado que se extraña que entraña?


¿Qué es, acaso, ese extraño que extraña lo entrañado que entraña?


Tanto lo extraño como lo extranjero entrañan la misma debilidad. Se encuentran expuestos, fuera de algo, expulsados, excomulgados, exonerados, exiliados, exterminados.


Esta otredad que entraña lo extraño que al sí mismo deja dispuesto al extrañamiento es acaso el límite de todo lo seguro que asegura al sí mismo lo mismo que no es expuesto más que como rechazo forjado inherente como lo no mismo, y por tanto, distinto a lo mismo, es decir, extraño.

Aquí, lo uno parece no ser dos, pero lo dos parece ser uno. Una conjunción hasta copulativa.

¿Esta confusión que fusiona la mismidad con la otredad es una conjunción de la diferencia de lo mismo no mismo en el sí mismo?


¿La articulación conceptual de lo-mismo-no-mismo-en-el-sí-mismo es posible en la conciencia que con ciencia fundamenta el conocimiento que cimienta el cimiento de aquello que llamamos conciencia, o sí mismo, o yo, o Rosa o Margarita?


¿Hay alguien ahí? Y si ese alguien susceptible de ser algo con identidad de alguien se preguntara quién es o qué es. ¿No encontraría, acaso, en la suposición del sujeto la proposición predicativa que lo sujetara a ese “soy esto” o “aquello”?


¿La pregunta por la nada, no entraña acaso, la pregunta por la muerte?



Perder el conocimiento, es acaso, perderse en la inmaculada inconsciencia de lo que no se es y, en tanto inadmisible de toda posibilidad de predicación, es el oscuro encuentro con el ser abierto en el silencioso abismo, vacío, de todo predicar.





Café de noche en Arlés (Café de Nuit, Arles) Paul Gauguin, 1888

lunes, 21 de noviembre de 2016

Es tarde

"Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una

mano y encadenar un alma.”

Jorge Luis Borges: Aprendiendo




Es tarde. En este mundo siempre es tarde. Así, veía alejarse el colectivo hacia el horizonte nublado que despuntaba por la mañana. Las voces en la conciencia recurrían con insistencia, machacando deberes, reproches y sentencias. Alumbré mi oscuro deseo, y comencé a mear en un rincón de la esquina adornada de azulejos, en claro signo de protesta y catarsis. Necesidades sublimes que son dejadas de lado a la hora en que el tiempo apremia.




Pero ahora, ahora podía, bajo el irremediable acontecer de las circunstancias, perder el tiempo. La ansiedad comenzaba a socavar la presente espera, y a lo lejos ningún colectivo se acercaba.




 Despertar puede ser un milagro. También puede ser una condena.




Quise recordar todas aquellas fantasías envolventes de mis sueños. Pero fue inútil. El abrupto movimiento del deber ante el terror de quedarme dormido, muerto, había sedimentado a golpes cardíacos cada imagen que ahora, ahora, se diluían como un flujo salpicado de nostalgia y liberación.




Prendí un cigarrillo sin lavarme las manos; la naturaleza dominó mis reflejos. La calle sucia de rocío humanizante, de cemento frío y árido, me recordaba a un cementerio con sus cuevas arquitectónicas, pajareras ciegas de concubinatos forzosos, celdas de contención para la producción de privadas privaciones. Cables ahorcados de tensión colgaban muertos. En tanto y tanto algún viento los mecía, quedando abrazados a diezmados árboles. Alguna suerte de imperecedera tentación de trepar a ellos me detuvo en mis cavilaciones.   




Es tarde. En este mundo siempre es tarde. El cementerio está lleno, repleto de cemento y cuerpos ausentes, vivir es una nostalgia forzosa. ¿Hay algo más rutinario que la nostalgia? La antigüedad imperecedera, el sueño eterno perdido bajo la sombra del olvido. Y el futuro como abismo sepultado entre los huesos nos invita a fallecer.




Cuando fui nacido, un desgarramiento atravesó a mi madre. Ella murió defecada, estremecida. Nací mal parido, arrojado, eyectado. Es el relato que pusieron ante mí, en un oscuro comienzo, ya lejano.




A mi padre lo diezmaron los Sonderkommandos. Le arrancaron los ojos para que solo fuese testigo de su ceguera, para que marcara la prueba de la benevolencia del verdugo. Se suicidó, ahorcado, atado a sus recuerdos con los gritos desesperados de su memoria silenciada.




Ellos se conocieron en Ternópil, Ucrania. Huyendo de lo que llaman Holodomor, huyendo de la política del hambre, de la colectivización de la miseria, del sacro diezmo que pagan los mortales. Su destino estaba signado; tarde, pero seguro.





Es tarde. En este mundo siempre es tarde, y la historia nos cerca.





sábado, 29 de octubre de 2016

Contra el delirio de los partidos políticos

Reflexiones acerca de la escenificación de la tragedia democrática.

En la política moderna como en el discurso público, la construcción como la asociación de los partidos políticos, se presenta como una suerte de elemento o herramienta idónea para prescribir la participación de los individuos en la organización comunal del habitar social y colectivo. Una suerte de garante legítimo en la constitución de los poderes efectivos que han de gobernar la polis, la civitas o el pueblo.

Los partidos son un dispositivo de control poblacional, aún más efectivo e invisible, que aquel ejercido desde las instituciones represivas y doctrinales como lo son el poder Judicial, Militar y, sin duda, también el Cultural.

En el cumulo de individuos dado en cada región, funcionan un sinfín de dispositivos de vinculación y cohesión que gravitan entre el control y la adoración, que se interrelacionan mutuamente en un despliegue dinámico de formas, en apertura y cierre, en un constante movimiento de conflicto que adopta sus expresiones por contigüidad, tradición o herencia. Estas formas se expanden o se contraen como las mareas en el mar. Fluyen o se estancan, mutando algunas y pereciendo otras. Pero siempre dispuestas en una relación natural socialmente mediada.


Son múltiples correlaciones de comportamiento, que se transforman y se transmiten mediante el efecto mimético de la conducta, el andamiaje discursivo de la posibilidad y el deber, los relatos míticos del origen y el saber y, por supuesto, por medio de los objetos de adoración colectivos, rituales vinculantes para la cohesión social. Esos objetos, abstractos en tanto valor de cambio, son los que se inscriben en la cotidiana reafirmación de ritos gregarios que pasan inadvertidos, y componen la imagen especulativa a la que se sujetan las máscaras personales de la identidad individual. 

Ritos, rituales, rutinas sin-sentido se puede decir, pero fundantes del sentido, con una clara función en tanto y cuanto son una constante repetición que marca un camino, un hacer en relación a la significación de ese mismo hacer. Un comportar en relación a lo aceptado o lo rechazado, de lo interno o lo externo, a lo perteneciente o lo extraño. En fin, a la identidad colectiva y las condiciones de convivencia que en ella se desenvuelven y prescriben, es decir, coordenadas de la moral con que se mora.


Todo este despliegue comportamental que se erige como una sábana de arena, tormentosa de suyo, constituye la normatividad interpretativa de los hechos. Es en ella donde se alojan los fundamentos vacuos de la doctrina legislativa comulgante contemporánea. Es decir, que esta gran sabana de arena no tiene más sustrato que la circunscripción de los cuerpos a un cierto número de movimientos. Este despliegue de movimientos en una dimensión clausurada, parcializada, o instituida, es una gran danza fantasmal, delirante, cual baila sobre un límite, un borde, un marco, un horizonte dinámico de tensión que se renueva de forma cotidiana como lo son el atardecer y el amanecer. Este límite no es otro que el ánimo de los congregados. Su disposición anímica, su movimiento, su motivo motivado, emotivo. 


Esta gran máscara griega es funcional a lo que podríamos llamar la escenificación del pacto social. Su telos, es decir su finalidad, no es otra que la de representar el marco de una salvación “legitima”, y por lo tanto no pagana. Se presenta como la única vía admisible a la verdadera salvación de la persona, de esa sujeción que es la máscara. Esa salvación se muestra como la “buena conciencia”, que de forma paradigmática, ella misma prescribe. Ocultando así, los hondos procesos invisibles de sometimiento, aquellos que se componen del par dominación-denominación. Esta máscara de “prudente civilización” encubre la brutal apropiación de los cuerpos que reglamenta a sus fines. Es decir, decreta y exige conformar el inagotable proceso de circulación de mercancías y valores de cambio, uso y abuso; como también de la inagotable creación y distribución de genocidios ecológicos y económicos regionales, fríamente calculados y aplicados a esos costales de sal, a esos costos de carne y sangre que se arrastran por el mundo.


Los partidos políticos son aquella famosa quinta pata que poseen los felinos. Aquélla que no apoyan en tierra, pero es fundamental para mantener un equilibrio esencial, y así poder desplegar lo básico de su movimiento, la vértebra sistemática de su economía de desplazamiento, sea ella Capitalismo, Neoliberalismo o Comunismo. 


La historia, como gran relato de alguna experiencia, nos muestra cómo aquello que llamamos humanidad se convierte en herramienta para su propia aniquilación. Se consume en el altar del sacrificio. Paga en él, su culpa, su deuda prometeica. Pacifica, apacigua a través de la crueldad.

Las representaciones han castigado a este planeta desde que la primera mano pintó en su caverna la mancha de su imaginación, para luego perderse en la gran nebulosa de su abstracción.

Los partidos políticos representan mucho más que la depresión colectiva producida por la autoexplotación acelerada de los individuos en “el infierno de lo igual”. La fermentación patológica en la que se desenvuelven las Naciones conlleva a un embotamiento existencial de carácter narcisista, aplastante y disolvente, mucho más anecdótico e incisivo que el derrame nuclear sobre las tierras de la sangre fértil. 

Las representaciones, en su volverse a presentar instan una huella. Esta es perceptible como costumbre, se presta como un habitar en hábito, en culto. El camino, que estas huellas van plantando, muestra su dirección como lo seguro, lo resguardado por una anterioridad, un hogar de origen, organizado al cuidado, protegido. Un campo allanado por los pasos de un padre que guía los primeros pasos de su hijo, que muestra un saber y guarda, oculta una Ley. Vertiente que se transforma en cauce, desbordando la contingencia de lo inesperado, y que inscribe algo que podríamos llamar “causa”.


La imagen del mundo, que ya ha sido vista por aquella alteridad que antecede, prescribe. Se la ha visto como eidos, aspecto en imagen con nombre de idea, que se imprime a fuego en la retina, que enceguece al hombre en la noche del mundo. Imagen que instaura la fantasía, y se eleva como fantasma en la penumbra de los bosques.

Retomando el tema que nos compete, es decir, volviendo sobre nuestros pasos, nos podemos detener para contemplar aquella alteridad que antecede. Desde el mundo presocrático se ha buscado un principio, y mucho antes también; hablamos de la pregunta por el origen. Y es adrede mencionar el origen, y no un término técnico como puede ser el de “causa primera”; en este caso, el encauce es similar.

La función del origen, es decir, aquello que configura, aquello que forma, aquello que se nos es dado, aquello que se nos es donado, regalado, ese presente que se nos presenta, obsequio anterior a toda meritocracia, se impone y prescribe. Esta función del origen invoca, al menos, un comienzo, un surgir, un nacer; y con ello, una relación conflictiva entre el olvido, la tradición, y la identidad. Un origen que se disfraza constantemente rememorando un relato, que hay que reinventar de forma cotidiana a partir de aquello que en el presente se quiere excluir o rechazar.   


En este marco, que podemos llamar cultural, donde se inscribe el eidos, la imagen del mundo, la herencia semántica, si es que aún queda alguna; en este marco, insisto, de la herencia, de la tradición, de la contigüidad generacional tan relativa a la genealogía de los dioses, tan relativa a esa llama, a esa luz, a esa antorcha que se transmite de mano en mano, de boca en boca, palabra por palabra, fabula en fabula, donde se despliega la multiplicidad de los valores, la concatenación simbólica de los objetos de adoración, de la llamada agalma platónica, de lo sagrado, de aquello en que se sedimenta el control de la disposición anímica de los contribuyentes, de los congregados. Es aquí también donde se fabrica el artificio del rito, de la memoria colectiva, del movimiento de los cuerpos. Donde se instaura la ley, la letra que rige a estos cuerpos, que bien guía a la salvación o al cadalso. 





Orestes y Pílades discuten ante el altar (1614). Pieter Lastman




Los partidos políticos se ostentan con su tribuno orante, con su tribunal mediante, en premisas y prerrogativas arrendan comulgantes. Ellos son los adoradores del ídolo, son funcionarios del culto con cual distribuyen la esperanza y la salvación de la verdadera enseñanza que llaman democracia. Son la continuación mítica de Pandora.

Como castigo por la conquista cultural y la renuncia a los instintos, lo reprimido retorna. Vuelve invocado como la causa de todos los males, pulsión análoga a la naturaleza incesante, que es dominada y domeñada como la materia prima. Sacrificada la madre incestuosa para la conquista de la salvación, para la producción y reproducción de la mercancía, del dinero, y del valor de cambio.


Este culto de riqueza de acumulación de salvación ante la culpa, ante la condena de la deuda, se encuentra hoy en día como otrora, articulado por los sacerdotes del templo, los políticos. Ellos ostentan la ofrenda de los creyentes a quienes fagocitan delirantes de redención. 

jueves, 13 de octubre de 2016

Funámbulo



Porqué el tiempo será
un fiel sonido pronunciado. 



Como el correr de una gota sobre el escaparate de un almacén en la honda noche, cerrado por las inclemencias del peligro, me abría paso, perdido en la masificada lluvia del tiempo, en el agua ardiente del tiempo.



Al subir, el colectivo ya se encontraba repleto. Sentándose en el oportuno asiento del fondo, mi cuerpo comenzó a rodear una áspera certeza entre sus cavilaciones. Una abrumadora desolación recorría su ánimo. ¿Cómo llamar a tan inesperada certeza? Ya no sentía oportunidad alguna en sus movimientos, sus pensamientos estaban llegando al final del recorrido, al borde del camino.


Reconocía las fatigas durmientes despertar lentamente,  con un amargo sabor a desesperación. Era la soledad, que todo lo abarca. Y tras ella, la angustia con sus profundas lagunas vestidas de silencio.  



El sentimiento de estar exiliado en su propio cuerpo, recluido sobre sus movimientos y, atrapado en el monologo de su conciencia, lo atormentaba. Su conciencia, su propiedad, su pena moderno tardía que como un cuchillo de rumor se iba afilando en la comisura de sus músculos, sobre cada hendidura de sus manos.



Este pensamiento tenía un olor familiar, y no por eso menos conocido.  Un desenlace cotidiano para un final común. Un límite del sentido proyectivo. La soledad comenzaba a romper los cascarones del horizonte, de la costumbre, de la mansedumbre.



– ¿Luego qué? –Murmuro.


–Luego nada –se respondió.


Lo real, ese límite contundente, silencioso, angustioso y sombrío; problemático y concluyente, recubierto de un enredo nostálgico, un desamparo, un dolor.



Para sobrevivir a lo insoslayable, se prestó a la especulación. La intriga por el mirar, el punto de fuga cubico, y determinante de las figuras tridimensionales. Su propia mirada ciega de luces, movimientos y perímetros aturdidos. La visión, la videncia y su inocencia. Todo le parecía absurdo, pero no por eso, dejaba de aparecer ante sus ojos. No le hacía falta más que fijar la vista, para observar afectar toda su panorámica mirada por una teoría geométrica.



Recordó una vieja conversación con un amigo, ya muerto. Cómo discurrían por las causas ajenas a lo cotidiano; cómo sopesaban penas y dudas, ante el comité de claridad ideológica. Esa gran metáfora autorizante. Viejos tiempos.



Vuelto sobre sí mismo, y con la memoria plagada de muertos como un cementerio, propuso fin a sus cavilaciones. Se acercó a la puerta para descender.




Nuevamente en el territorio hostil de las calles del conurbado, procedió a encender un cigarrillo. Algún tipo de ansiolítico que amortiguara sus movimientos. La lluvia se presentó, y él comenzó a caminar. 






Seiltänzer [Tightrope Walker] by Paul Klee

martes, 4 de octubre de 2016

Le Petit Prisonnier

Tan bárbara la seguridad como el delito



La puerta se encontraba cerrada. El umbral oscurecido. Recostado a espaldas del ventanal, la luz se alejaba. El ruido se eternizaba con un eco agudo y difuso. La puerta ya estaba cerrada. Me encontré estupefacto, abatido, desecho. No lo comprendí en ese momento. La discusión sobre unos estúpidos vecinos concluía en una sentencia: “No quiero volverte a ver en mi vida”. Decidí remontar mis fantasías de juventud, y reposar el cuerpo hasta que renovara ánimos.



Al día siguiente la puerta se encontraba cerrada. Aun me sentía aturdido por una nostalgia aquietante. Observe a mí alrededor la habitación. Los objetos estaban ahí, sórdidos. La ausencia de motivación alguna me envolvía como un placebo aletargante. Dosificaba la penumbra de mis pensamientos, el silencio se adueñaba de todo. Tan solo conseguí cerrar los ojos.



Volví en sí, en mí, en esto. Sin noción del tiempo transcurrido y, viendo que todo seguía en su lugar, presto a seguir inamovible, comencé a escuchar un rumor creciente y paulatino. El rumor comenzó a señalarme hasta convertirse en una voz ronca que decía:



–Tú estúpido, despabílate idiota. ¿Qué haces arrojado ahí, esperando que esa gran y oscura puerta se abra? ¿Acaso crees que alguien volverá? Te vas pudriendo en la ilusión.



Pasmado con los ojos cerrados inmovilice todos mis movimientos, me encontraba solo en la habitación. La noche era una niebla gris empalidecida por las luces de la calle. ¿Y si por fortuna era dios quien me increpaba? ¿Belcebú, quizás?



-Ya quisieras que fuera tan digno como Belcebú o tan solo una virgen ante ti. Pero deja los ensueños para otro momento. Soy peor que un delirio católico de sotana o un promulgador del evangelio. Aquí vengo y me presento ante ti, estúpido y sordo vivíparo. Soy el que entona todas tus pesadillas, ni más ni menos, el acorde final.






Le Petit Prisonnier - Francisco de Goya



jueves, 29 de septiembre de 2016

De los pagos pacificados



El tributo, impuesto o contribución que paga el pueblo con su constante andar económico es la base de la crueldad sistemática; y no tan solo el sistema capitalista.


Escondido bajo un manto de libertad se oprime cotidianamente el espíritu de los pueblos.


El Estado totémico centraliza la tribu subordinada al amparo del hábito.


La convención del convencimiento convence y convoca; o solo se vence (como las facturas, expiran). Quizás por ello, los mandatos presidenciales, del gran patriarca, son revaluados, renovados, cada cierto periodo de tiempo. Renovar las esperanzas, las ilusiones dramáticas que conllevan la salvación. El sacrificio, como el orden sagrado, es el intensivo forjar del sistema. Pero esto no es propio del sistema capitalista, es anterior. Así se lo puede detectar en la tragedia griega, en su proceso catártico, como bien analiza Aristóteles en su Poética.


El problema no son las religiones. Sino la apropiación de un sentido univoco sobre la verdad. Sentido, donde también es fundado el Estado. Fundando en un pacto de sangre, en un sacrificio. La guerra, el dolor y los ritos, es el lugar en el que se articulan los funcionamientos dentro del orden simbólico de la percepción.


Quienes han atravesado la ilusión del pacto social, esa que se sostiene sobre el enunciado de la necesidad del Estado, de un “protector de los individuos, como de la identidad nacional de la colectividad”; perciben que la “paz” es un cliché. La guerra civil es perpetua, perenne. La Civilidad como la Cultura, son ancestrales herencias forjadas en el culto de la palabra; y eso que llamamos “humanidad” se encuentra aplastado bajo el peso de este culto.


Este es el resultado del incesante parlar, del incesante desasosiego en que se encuentra cualquier individuo que apoye sus pies y su lengua sobre este planeta. El radical exilio del orden natural, del organismo natural, es producido por la letra. Todas las civilizaciones lo han experimentado y han buscado, creyendo encontrar, resguardo en la técnica; en un saber prometeico con cual asaltar el olimpo. Para ello, en nuestros tiempos se han acelerado las comunicaciones, el turismo y las aplicaciones nocivas tecnológicas sobre cualquier territorio, para escapar, eludir, evitar, y finalmente sustraerse de su condición profana.


El civil es un profano, desterrado de la ley divina, y encerrado en la ley humana, no tan solo jurídica, sino y por sobre todo, convencional habitacional. Convenciones éticas donde se habita. Las famosas pautas de convivencia que entran en conflicto en la conocida obra trágica de Sófocles que conocemos como Antígona.


Ahora bien, lo sagrado no entra en el lenguaje, escapa a él; o mejor dicho, el lenguaje, a lo sumo, solo le es posible rodear aquello sagrado; envolverlo, abrazarlo, en su incesante indigencia, en su inacabable falta de él. No le es posible todo al lenguaje, siempre encuentra la nada como límite. Lo real, está del otro lado de las palabras, es lo que ellas ocultan en tanto se muestran como andamiaje del sentido. Quizás, en este punto se puede ubicar el ritual como conjugación del silencio, el ritmo vocálico del cantar, y la repetición de esta acción como una representación sublime, que invoca lo sagrado. Por aquí, juega también la poesía.


El himno, composición poética con la función de invocar a los dioses, que todos hemos cantado algún día, se repite incesante, como un eterno murmullo, como una válvula de ignición, en el río de la conciencia.


En el lenguaje se juegan todas las prerrogativas del habitar. Todas las ilusiones y apariencias con las que organizamos el organismo de nuestras percepciones. Somos simbolizados por él.


El anarquismo es el culto a la libertad. Pero no a cualquier libertad. Su invocación es hacia una diosa ordenadora, que organiza el organismo del pensar bajo su autoridad en tanto ley divina de posibilidad, y no bajo un autoritarismo fosilizado, en tanto ley civil que invoca una tradición desconocida. Ella se encuentra en el origen, es decir, es un principio ordenador de lo dado, y así lo simboliza el anarquismo.


Élisée Reclus, quien nos exhortaba a que prestemos fundamental atención a la naturaleza, y de quien se conoce una de las frases más enigmáticas: “La anarquía es la más alta expresión del orden.”; menta por un principio esencial: dejar-ser. También lo dirá Martin Heidegger en relación a la superación de la metafísica: “Dejar ser –al ente el ente que es- significa aceptar lo abierto y su apertura, en la cual entra todo ente, el cual la lleva en cierto modo consigo”.


Lo abierto es la verdad que se manifiesta, lo desoculto que el lenguaje oculta. Así fue concebida en los orígenes griegos de occidente.  Esta verdad pertenece al ser, es decir, a lo real, lo sagrado que se intenta abordar incesantemente e infructuosamente con el lenguaje. Newton lo encerró en el lenguaje matemático, en la matematización del mundo, culto que impera; pero, de todos modos no dice nada, no señala nada sobre lo real, sobre la pregunta ¿Qué es eso que es?


La verdad, lo civil, lo sagrado, la libertad están entramadas de forma simbólica dentro del culto contemporáneo en que habitamos. En su mayoría están significadas de forma dogmática, univocas coordenadas de encuentro para el vulgo que las divulga. Mimesis por antonomasia de un pensamiento adoctrinado, es decir, lejos de alguna libertad que se manifieste, que se desoculte por fuera del culto que la oculta.


El tributo que se distribuye dentro de la herencia latina del término tiene un trasfondo, que es el pago de la deuda, de la culpa. Este pago tiene un fin, la pacificación. El apaciguar un conflicto latente e inherente a nuestra condición mortal, que es estar abandonados en la intemperie del mundo, la angustia existencial representada en el pensamiento como un vacío, como un abismo que abisma, y al que se le demanda sentido; pues a este, también se lo renueva. Esta paz, está fundada en la crueldad, y solo se hace efectiva a través del sacrificio siempre simbólico, al dios de la economía, al dios del Estado, al dios del consumo, o cualquier dios que impere en la marquesina del mundo.   


Lo cruel, la carne cruda, quizás nos invoque a tiempos inmemoriales pero latentes. A una de las condiciones primeras de la sobrevivencia: la cacería. La presa a devorar, el trofeo de guerra, la recompensa, las primeras vestimentas hechas de la piel del despojo, y exhibidas como valor honorifico y de supremacía, la constitución de la elite. El comienzo de los mitos heroicos.


Todo esto que ha devenido moda, habito, culto de consumo, es un hacer en relación a la perversión, que sigue y seguirá sostenida por el incesante andar de eso que llamamos existencia. En estas coordenadas se licuan los preceptos éticos que subyacen a la conciencia, en su hábito para habitar, representarse y sentir. La crueldad y la perversión son el pasaje a la fundación del morar y moralizar. Fundan la justicia, las pautas de convivencia que circunscribe la contención del cazar, del desear, del devorar y ultimar la presa, el objeto de deseo, consumarlo. La metáfora del padre tiene esta función simbólica, limitar la pulsión, y en tanto limite, dar forma, contorno a la figura del sujeto. Calma y apacigua. Resguarda al sujeto de la intemperie del mundo, del murmullo incesante de la conciencia. Esta función regente y guía, fundante de la ética es frente a la ausencia, frente a la falta, y se realiza en ella, se simboliza en ella y por ella.



Hoy en día, en la dirección del mundo y en el ánimo de sus habitantes, esta falta irreductible esta cancelada. El neoliberalismo lo puede todo, lo consuma todo, lo devora todo, y en tanto no deja nada, imperan las técnicas del desenfreno como dioses que hacen de la carne el habitar de la crueldad, y del hambre, la imagen natural del espanto. Aquí, en la herencia del mundo, se juega cualquier posible salvación.




El Prestidigitador - El Bosco

lunes, 26 de septiembre de 2016

De la fuerza vital






“Y abiertamente consagre mi corazón a la tierra grave y doliente, y con
frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente
hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligue a ella
con un lazo mortal.”



Hölderlin: La muerte de Empédocles





En la infructuosa odisea cotidiana a la que sobreviene la imaginación circundante de los oradores de la especie humana, se ha intentado e intenta abarcar la forma, o formas necesarias, para des-contracturar aquellos nudos que arrastran y embotan a todo individuo, paulatinamente en el sendero angustioso y vació -de sentido-, al que se ven conducidos hacia el final de su expresión vital, allí donde arriba el temor agotador de un destino pactado por su naturaleza, la muerte.



Desde el teatro simbólico de las distintas religiones, rituales a los que se ve sometido la totalidad de los “componentes” que integran este planeta, se erige una nueva deidad nombrada por el anticientificismo como la tecnociencia. Tanto en la investigación como en el desarrollo y aplicación, en la no tan novedosa historia que derrama a su paso en ocasiones que van desde Hiroshima, pasando por Chernobyl o una fuga de pesticidas en Bhopal, India; llegando hasta proyectos de riego que terminan en sequía como en el mar de Aral en Asia Central. Podríamos creer que nos encontramos siempre frente a la misma propuesta Ética. La salvación de nuestros hermanos/as a costa de un daño colateral poco asimilable en serie de cifras. Los muertos sólo se reducen a cantidades enterradas por algún otro, que a fin de cuentas, no marcan una desgracia llamada “déficit” en el sistema económico.


Pues, bien o mal, la rueda sigue su curso, la carne se pudre tanto arriba como bajo tierra, posible abono en el mejor de los casos. No solo los cuerpos, también la Ética que los desplaza se renuevan cada día; allí está, impreso en el comportamiento cotidiano de los individuo-socio-mundo. Será el sentido-contenido de las acciones, donde se podría creer encontrar, la construcción de la identidad con respecto al ordenamiento de los símbolos, y la formación de la sujeción de los individuos, con el otro y el hábitat.


Éste ordenamiento ordenado, que disimula al ordenador que lo ordena. Pues, es arriesgado negar la identificación que el sistema hace de nosotros, en nosotros para nosotros. El lugar donde nos ubica antes de nacer y, la orden sistemática que busca e impera, en base a la fe de la razón –dónde más-, ser obedecida, establecida e introducida desde un aparente “por fuera”. Pero, fuertemente radicado dentro, fundado en la extimidad.



Estamos, como producto de la sociedad que se desenvuelve dentro de este sistema supercapitalista neoliberal, formados a su imagen y semejanza, traducidos y hablados por él. Toda una hegemonía cultural que puede parecer mixta, pero bien está adaptada a su fin, devorarlo todo, globalizarlo todo, homogenizarlo todo. Simular el ocio y el turismo por los territorios “pacificados” es la condena paradisiaca. El resguardo donde alojar la eclosión del goce.






¡Oh, dolor!, ¡oh, dolor! El tiempo se devora la vida

y el oscuro enemigo que nos roe el corazón
al beberse nuestra sangre crece y se fortalece.



Baudelaire: El enemigo.





Donde las palabras no llegan, donde no hay un dialogo como diría Derrida: “la palabra por la cual emprendemos la reconciliación, por la cual ofrecemos la reconciliación, tendiendo la mano antes que el otro”.

¿Con quién es la reconciliación? ¿Con quién la enemistad? ¿Dónde subyace la salvación a esta culpa tan económicamente civilizada? Determinados, formados, anclados, piezas en el engranaje de la gran máquina; y como tales, intercambiables y reemplazables, inhumanos pero aún humanos, marchando en la iluminaria ilusión de la condonación de una deuda insoportable y originaria.




Volviendo hacia la expresión vital, la vis, vocablo latino que proviene de la raíz indoeuropea wei- ‘fuerza vital’ y que da origen al adjetivo violentus, violencia; cabe preguntar: ¿Qué se hará con ésta fuerza vital que se observa derramar por la máquina-humana, que busca, reclama, y exige ser brindada por un sentido?






Premonición de la Guerra Civil. Salvador Dalí Domènech, 1936

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Consumación


“Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales.”

Antonin Artaud


Se dice de los que consumen paco, ser unos desamparados, alienados y enfermos.


Es estar condenados socialmente.


Los oligopolios, es decir la concentración de mercancías por un número reducido de vendedores, de comerciantes, de proxenetas de artículos de consumo y, de donde se deriva por yuxtaposición una concentración de beneficios económicos, como también un control de acceso a dichos productos. Es en la más primitiva teoría económica imaginaria de oferta y demanda, una suerte de condición por hábito, de donde se intenta interpretar, o al menos, dar carácter explicativo, a los rodeos de consumo. Hay algo que no cierra en dicha fantasía.



La oligofrenia, tipificación de segregación que busca señalar una deficiencia o discapacidad intelectual dentro del comercio de valores de reconocimiento. Ahí mismo donde se señala al ser “normal”, y se lo certifica adaptado a las coordenadas de consumo impuestos para un “bien estar” en relación al habitar en comunidad. Si no cumple con los requisitos eugenésicos se lo condena en nombre de la protección social, en resguardo de la colectividad. Cárceles y laboratorios, institucionalización de la justicia social. Discurso de propiedad, certificación de humanidad.



Es la cultura el recinto por excelencia, el templo del temple, el campo de batalla para los estigmatizados. Un cementerio plagado de fantasmas que recorren parcelas e invocan a los dioses una salvación, a lo sumo, circunstancial.



El onanismo, la mercadotecnia, el arte culinario, internet, periódicos, la televisión por cable, la chismetologia, las repeticiones de todo aquello que puede entrar en el orden del consumo, en la satisfacción de pasiones, o en su constante creación y excitación, donde el ser trata de hacerse resguardar de su fragilidad, de su endeble condición, de su inconmensurable mortandad. Arcaicos rituales de salvación, dramatización de un dolor antiguo.



Los chamanes contemporáneos, empresarios del fármaco, legisladores de la salud que han globalizado la prescripción médica del “buen vivir” al que todos debemos comulgar a fin de recibir la gracia que dona la suprasensible sabiduría.



Sócrates murió a los 70 años, condenado por la asamblea de Atenas. Fueron 280 votos a favor de condenarlo contra 220 en contra. El instrumento utilizado fue la cicuta.



Hoy por hoy, la cultura de consumo al que está condenado a ser habitado el ser, por así decirlo, habituado, y como también, maldito y segregado si no lo está; se vislumbra como una condición sine qua non, para reunir al ganado en contra de un enemigo imaginario amparado en argumentaciones santificadas por la santa “razón”. Paradigmas del siglo XXI. Costumbres arcaicas dirigidas al control social.





"La muerte de Sócrates" Pintura de 1787 realizada por Jacques Louis David

jueves, 1 de septiembre de 2016

Corrales

Ramón Corrales, peón de puerto, albañil de oficio. Su cuerpo fue encontrado el miércoles en el Riachuelo, flotando, como un bote herido, como un rejunte de mugre mareado por la corriente. Vino a este mundo atado en tierras que se llaman del interior, cuarenta y tres años antes de su último nado. Le decían viento árido, por su voz seca y parca, con una piel de arena.    


La viuda mece los ojos, desorientada, balbucea en su memoria las últimas palabras que le dirigió aquel día.


No logro comprender lo que dice; es un llanto silencioso.


El tranvía descarriló. Un error humano imprevisible. El hecho es tan irónico y contradictorio que golpea la razón cuando intenta enfrentarse a los dolores que le ofrece la muerte, a tal punto que se envuelve en dramáticos espasmos para solventar su queja. Se desparrama en un sentir mudo y vacío; quiere encontrar un sentido, nombrar culpables.  


Ayer, en la madrugada, me despertó una llamada. Atendí excitado por la conmoción. Colgaron. Nadie del otro lado se atrevió a pronunciar palabra alguna. No pude recuperar el sueño, me mortificaba la idea de no saber qué significaba tal intromisión en mi descanso. No tardé mucho en darme cuenta. Era una despedida silenciosa, una caricia. 


Fuimos felices hasta que él murió. Contentábamos los pequeños momentos reconociendo nuestros cuerpos desnudos, desbordados de pasión entre las sábanas; en el baño bajo el agua, sobre los muebles de madera, fuimos recorriendo todas las habitaciones de la casa como peces ciegos, nadando frenéticos, desorbitados, penetrados. 


No hubo ninguna carta, ningún adiós.


Hoy, a las dos de la tarde, exhuman sus restos.


No hay quien pague la deuda en el eterno descanso de la tierra. Serán llevados a una fosa común, a una trinchera sagrada, para compartir junto a una pila de huesos amontonados y anónimos la necia huella del olvido.


Aún la extraño, triste.


Ella no pudo dejar atrás el cruel recuerdo de su pequeño hijo. En él se colgó.


Santiago era su nombre.



Aún hoy veo en mi memoria su imagen; aterrado, aferrado con desesperación a las piernas de su padre. 




Benito Quinquela Martín (1890 - 1977)

martes, 16 de agosto de 2016

Extorsiones a la hora de limpiarse el culo


Pues, resulta que viene la madre de la nieta de una vecina de mi tía, caminado por la veda del rincón de la esquina del parque más aburrido de la ciudad autónoma de la represión representativa.



Al llegar a una esquina, se encuentra con un bombero, quien muy amable y bien vestido – bombero galán-, le solicita a dicha señora, una considerable suma de dinero como colaboración a los servicios prestados a su comunidad. La madre de la nieta de una vecina de mi tía, siempre caritativa con sus principios altruistas, no se anda con vueltas, y le entrega a dicho funcionario una suma considerable de bienestar. Y piensa en sus adentros, que ha sido una forma capitalmente honrada de “apagar sus fuegos” sexuales.



Al llegar a la segunda esquina, se tropieza con un policía de la metrolanga, quien muy firme y formal – policía de antifaz- , le solicita a dicha señora, una cuantiosa suma de dinero como colaboración de los prestigiosos servicios prestados a su prestigiosa comunidad. La madre de la nieta de una vecina de mi tía, siempre caritativa con sus principios de justicia y equidad, no se anda con inseguridades, y le entrega a dicho agente, una suma prestigiosa de bienestar. Y piensa en sus adentros, que ha sido una forma capitalmente cortes de “reprimir sus libertades” sexuales.



Al llegar a la tercer esquina, se demora con un barrendero, quien muy desprolijo y mal dormido – barrendero perfumado-, le solicita a dicha señora, una relevante suma de dinero como colaboración de los impecables servicios prestados a su comunidad. La madre de la nieta de una vecina de mi tía, siempre caritativa con sus principios de higiene y salubridad, no se anda con impurezas, y le entrega a dicho peón, una suma impecable de bienestar. Y piensa en sus adentros, que ha sido una forma capitalmente saludable de “purificar sus repugnantes” deseos sexuales.



Al llegar a la última esquina, se trastabilla con un trapito, quien muy desaseado y mal hablado – trapito mafioso y haragán-, le solicita a dicha señora, una vulgar suma de dinero como colaboración por los voluntariosos servicios prestados a la comunidad. La madre de la nieta de una vecina de mi tía, siempre caritativa con sus principios de segregación y altruismo, de higiene y salubridad, de justicia y equidad, no se anda con indignidad, y le entrega a dicho harapo, una deshonrosa suma de malestar, entre gritos y aspavientos, ella dice no dejarse extorsionar. Y piensa en sus adentros, que ha sido una forma capitalmente digna de “negar sus perversas” pulsiones anales.





Pues, resulta que viene al consultorio, la madre de la nieta de una vecina de mi tía, y me cuenta que se siente perturbada y afligida, no duerme por las noches, que la inseguridad es abismal, la asaltan candorosos calores menopáusicos –cree ella-, que no logra apagar, que trastornan sus placidos sueños. Despertando todas las noches con bastas segregaciones vaginales, que la preocupan de forma considerable. A todos estos comentarios incómodos para una conversación desatinada, le pregunto cómo ha intentado resolverlo; y ella, con un gran gesto de satisfacción, me dice: - pues, mira, no he tenido más remedio que sobar entre mis piernas un trapito de tocador.


martes, 9 de agosto de 2016

Genius loci



Gloria Ramos era una mujer de esbeltas caderas, paso ligero, y mentón pronunciado. Su figura se coronaba con castaños bucles que no soportaban la presión de la humedad. Había pasado su infancia en el norte cordobés, por lo cual su voz mantenía una sonoridad serrana. Ya en su adolescencia, y por cuestiones familiares y económicas –como la costumbre manda-, se vio obligada a emigrar hacia el gran conurbano de Buenos Aires. Esos alrededores que los porteños desconocen y, donde albergan todas sus fantasías de mundos subterráneos.




Como suele suceder, vivía a más de 20 kilómetros de su trabajo, por el antiguo barrio de Flores. A lo que se fue habituando lentamente a una vida dinámica, una telenovela de trasportes públicos y de costumbres nómades contemporáneas.




Tuve el agrado de conocerla cuando cursaba el crepúsculo de mi adolescencia. Una sensación que aun revolotea entre mis piernas. Ella fue, como se dice en el barrio, la furcia con la que fui iniciado en el rito de la hombría. Ancestral ceremonia de incitación, de autorización y fundación de la transición de los niños a la adultez, cuando están prestos a ser guerreros, o al menos, como se suele creer, cuando se admite que están preparados para ser cazadores de su presa, su botín, su trofeo. Bestias desnudas que asesinan el pudor en el rozamiento frenético de sus genitales hasta la eclosión de la iluminación, de la obra acabada, del desamparo absoluto de eyección de sí.

 

Nunca la volví a ver.



En el correr de los días, ansioso recorrí todos los prostíbulos del viejo barrio de Flores, articulando mi pena con mi abrumador deseo. Aun hoy, décadas han pasado, sigo prendado del aroma de su cuerpo, de la ruborosa sensación con la que ella mojo mi piel.




Las distintas mujeres con las que me he casado, he irónicamente divorciado, nunca pudieron comprender mi anhelante deseo platónico, mi derrotero mundano en busca de aquel objeto divino, glorioso, que me engendro como un hombre despojado de su infancia, y con ella, de su divina complacencia maternal.




El satírico cazador que emergió en esas sabanas una triste noche de otoño, entre las garras de su presa, nunca se percató hasta este momento, que había surgido despedazado, engullido, aniquilado y devorado por su botín, capturado por quien lo iniciaría como un despojo, por ella, Gloria Ramos de Flores.




Sátiro y Ninfa

La imagen nos ofrece uno de los mosaicos que decoraban la Casa del Fauno, en Pompeya. Se trata de un mosaico de temática erótica que nos muestra un coito entre un sátiro y una ninfa. La obra está fechada en la segunda mitad del S. II d.C. y forma parte de la colección del "Gabinete Secreto" del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. El Gabinete Secreto o "Gabinetto Segreto", en italiano, reune todas las representaciones eróticas rescatadas de Pompeya que veneraban la sexualidad.