miércoles, 7 de diciembre de 2016

El refugio de una ilusión llamada yo



“Plomo en mi boca, en mi pupila sombra,
la mente entorpecida,
y el corazón cansado,
en el fondo de un féretro gemía.
Después de haber dormido mucho tiempo
se despertó mi alma.
Me pareció que oía
alguno que a mi tumba se acercaba.”

Heinrich Heine


Enredado en un entramado de recuerdos despierto al olvido de los sueños. El reloj golpeó contra el muro de mis ojos. Ahí estaba, la misma hora, la misma alarma, la misma situación. Pero lo supe, la sensación se susurró en la duda, esto ya lo viví. No tuve el tiempo suficiente para despejar las cavilaciones del sinsentido. Vestirme, otra vez, como fiel rutina, como una memoria mortal de la costumbre cultural.


Todo el día se desenvolvió en una desértica tradición, en una manía compulsiva de repeticiones sin fin. El tiempo pasaba, minuto a minuto, pasaba y pasaba, pero nada sucedía.


En el momento –como de forma irónica siempre sucede–, cuando menos lo imaginé, cuando la distracción apartó las fantasías de lo cotidiano, desde el aburrimiento del alumbramiento algo se rompió; y una extraña sensación vino sobre mí, me asaltó desprevenido. Como una neblina que se extendía sobre la superficie de mi percepción, el mundo circundante se tornó espeso, extrañamente familiar y fantasmagórico. Una incertidumbre me alertó, no lo sabía pero algo me acusaba de saberlo, lo sentía, la situación ya la había vivido, alguna vez, una experiencia de extraordinaria condena, de prescripción temporal, de consecuencia fantasmática y barroca; era, lo sentía, la mano de lo desconocido que se posaba sobre mi mente, como castigo, como ilusoria salvación.


Y allí estaba, ante mí, como la aparición de todas las coordenadas ancestrales, como la encarnación misma de todos los deseos materializados en una figura sombría y oscura, tan antigua como joven, innombrable pero reconocible como la maravilla afluente que despierta del ocaso de una fuente imperecedera, de la que nacen todos los arroyos que recorren la tierra en busca del abrazo de la muerte con el profundo mar que las alimenta.


Surcó mis ojos durante un instante, desgarrando la cotidiana condena de los mortales. Fue el suspiro inesperado de un Déjà vu, de un Presque vu, y de un Jamais vu; sin más, sin nada, sin poder alguno, de mi propia ausencia me enamoré.





"Heinrich Heine y la musa de la poesía" (1894), de Georges Moreau de Tours (1848-1901)


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