No soy yo, tal vez era él, pero ya no lo recuerdo.
La muerte deja marcas, huecos, abolladuras, que uno no tiene con qué disimularlas. Solo el olvido las aterra y entierra, de vez en cuando, cuando hay cuerpo, o huesos, o una mano que nombre la ausencia.
Quisieron fugarme, ausentarme, callarme, silenciarme. Pero no pudieron. Porque más allá de los golpes marginales, de esos golpes que guardan para los negros, para los villeros, para los parias, para los pobres; más allá de tantos golpes, del otro lado, estaban ustedes. Pueblo sin nombre, que arrastra en la memoria el tiempo desaparecido, de los hijos que no estuvieron, de los padres que no fueron, de tantas madres que no nacieron, y de hermanas que no volvieron. A todos ellos, a todos nosotros, nos invitaron a morir, con la tortura cotidiana y el tiro de gracia.
No lo recuerdo, tal vez era él, pero ya no soy.
La muerte deja marcas, huecos, abolladuras, que uno no tiene con qué disimularlas. Solo el olvido las aterra y entierra, de vez en cuando, cuando hay cuerpo, o huesos, o una mano que nombre la ausencia.
Quisieron fugarme, ausentarme, callarme, silenciarme. Pero no pudieron. Porque más allá de los golpes marginales, de esos golpes que guardan para los negros, para los villeros, para los parias, para los pobres; más allá de tantos golpes, del otro lado, estaban ustedes. Pueblo sin nombre, que arrastra en la memoria el tiempo desaparecido, de los hijos que no estuvieron, de los padres que no fueron, de tantas madres que no nacieron, y de hermanas que no volvieron. A todos ellos, a todos nosotros, nos invitaron a morir, con la tortura cotidiana y el tiro de gracia.
No lo recuerdo, tal vez era él, pero ya no soy.




