jueves, 21 de enero de 2016

Aromas discretos




LA MUERTE NO ES LA NADA

La Muerte no es la Nada, sino que nada es.
El Nacer no es la Vida, sino que nada es.
Equivócase, por terrenal, el Corazón si te llora
pues en nuestra mente estás, y estuviste antes de sernos visto
En nuestra mente todo lo que eres, está
pues nunca estuviste sino en nuestra mente
y nuestra mente es la única que jamás existió.
Amarte, pues, debemos, pues que vives
y no Dolerte, pues no cabe perderte.

Macedonio Fernández


En el exilio virtual, muchas veces autoinfligido como novedoso artilugio del masoquismo, nos empapamos de muchas pelotudeces. Mientras que los macrivillanos siguen haciendo de las suyas. Y en esta ciudad, como toda ciudad, se gotean las costumbres. Nada raro, arto evidente para no videntes. Ya que al parecer, todos diagnostican la verdad, vamos a colaborar con la pelotudez. Para ello, nos valemos de aquella impronta que dice: “todos compartimos en alguna medida el sentido común”. Gajes de la identificación, la mimesis y, eso que llaman identidad como equivalencia de subjetividad. Un engranaje que se arrastra sobre el mal entendido.

Del proverbio que dice: “No tropieces dos veces con la misma piedra”, o aquel de Albert Einstein: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”; podemos sacar algunas conjeturas. La metáfora de las piedras, se acuña muy bien al uso de las palabras, al desplazamiento explicativo, descriptivo, argumentativo, o cualquier canto rodado que se desprenda de los labios. En pocas palabras, el discurso cotidiano, siempre afluente como reincidente, constante “blablablá”, tan constante que pasa inadvertido, se desenvuelve como un gran manto conceptual sostenido en el orden imaginativo, gran soporte de abstracción. Y no olvidar, lo más importante, en el ordenamiento lógico secuencial, el significante será el origen. La huella audible, el sonido que atraviesa la percepción e instaura el margen que aloja significación.

Pero al fin ¿Qué venimos escuchando? El soporte musical, el andamiaje tonal, el tempo, el ritmo, y todas las yerbas que acompañan la faena cotidiana, que inscriben la costumbre, el hábito, el habitar la tierra, el cemento, o la cueva con abertura al pulmón sofocado, acaso ¿Qué inscriben? ¿Cuáles son las piedras con las que tropezamos?

El chisme de barrio ya no dice nada. En otros tiempos el silencio se cobraba la vida, o la tortura. Hoy, el silencio solo es un atributo de las radios en desuso. El gran desprendimiento rocoso periodístico “informativo” avasallante que nos enfrenta a más de una piedra. Ya no son ríos de tinta, sino muros condensados de baba que cimentan la gran guerra del sentido. El gran capitalino que vierta la próxima piedra no estará libre de pecado, pero sí, de impuestos.

El sentido que se impone. El hombre-máquina programado discursivamente, sometido por su gran facultad, el lenguaje. Lo que comparte cotidianamente con el otro, cual requisito imprescindible, es estar ornamentado por las mismas premisas, no obstante, ser sometido.

Para no extenderse uno en el pelotudeo ya que se vuelve insoportable, mejor redundar en la segunda premisa.

Quizás, contemplar más de una vez, el giro perverso de los relojes, el tic tac que martilla el silencio de las noches. Contemplar, quizás, el eterno retorno, como gran repetición compulsiva, evidente y subyacente al comportamiento, al ordenamiento, al fatigado andar y andar de la calesita, rugiendo oxidada por atrapar ese deseo que es la sortija. Dicen, que para algunas cosas, como atrapar la sortija, hay que tener buen olfato, se necesita sagacidad. Si uno se remite a la etimología de la palabra presagio, del latín praesagium, compuesta por prae (delante) y sagire (tener olfato), entendemos que para no tropezar con la misma piedra, o no hacer siempre lo mismo y, poder alcanzar la sortija, se necesita algo más que el imperio de la imagen.


 Se necesita de la sagacidad del olfato para prevenirnos de lo que hay por delante. Quizás sean las miles de toneladas diarias de desperdicio, el resto humano, el desecho-humano, el menudo vuelto de la revolución industrial que se colecciona en los rincones, o quizás, sólo la imaginación. Pero, sin duda, algo huele muy mal.




 El triunfo de la Muerte es una de las obras más conocidas del pintor flamenco Pieter Brueghel el Viejo. Un óleo sobre tabla de 117 cm de alto x 162 cm de ancho, pintado hacia el año 1562. Escuela flamenca del siglo XVI.

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