sábado, 29 de octubre de 2016

Contra el delirio de los partidos políticos

Reflexiones acerca de la escenificación de la tragedia democrática.

En la política moderna como en el discurso público, la construcción como la asociación de los partidos políticos, se presenta como una suerte de elemento o herramienta idónea para prescribir la participación de los individuos en la organización comunal del habitar social y colectivo. Una suerte de garante legítimo en la constitución de los poderes efectivos que han de gobernar la polis, la civitas o el pueblo.

Los partidos son un dispositivo de control poblacional, aún más efectivo e invisible, que aquel ejercido desde las instituciones represivas y doctrinales como lo son el poder Judicial, Militar y, sin duda, también el Cultural.

En el cumulo de individuos dado en cada región, funcionan un sinfín de dispositivos de vinculación y cohesión que gravitan entre el control y la adoración, que se interrelacionan mutuamente en un despliegue dinámico de formas, en apertura y cierre, en un constante movimiento de conflicto que adopta sus expresiones por contigüidad, tradición o herencia. Estas formas se expanden o se contraen como las mareas en el mar. Fluyen o se estancan, mutando algunas y pereciendo otras. Pero siempre dispuestas en una relación natural socialmente mediada.


Son múltiples correlaciones de comportamiento, que se transforman y se transmiten mediante el efecto mimético de la conducta, el andamiaje discursivo de la posibilidad y el deber, los relatos míticos del origen y el saber y, por supuesto, por medio de los objetos de adoración colectivos, rituales vinculantes para la cohesión social. Esos objetos, abstractos en tanto valor de cambio, son los que se inscriben en la cotidiana reafirmación de ritos gregarios que pasan inadvertidos, y componen la imagen especulativa a la que se sujetan las máscaras personales de la identidad individual. 

Ritos, rituales, rutinas sin-sentido se puede decir, pero fundantes del sentido, con una clara función en tanto y cuanto son una constante repetición que marca un camino, un hacer en relación a la significación de ese mismo hacer. Un comportar en relación a lo aceptado o lo rechazado, de lo interno o lo externo, a lo perteneciente o lo extraño. En fin, a la identidad colectiva y las condiciones de convivencia que en ella se desenvuelven y prescriben, es decir, coordenadas de la moral con que se mora.


Todo este despliegue comportamental que se erige como una sábana de arena, tormentosa de suyo, constituye la normatividad interpretativa de los hechos. Es en ella donde se alojan los fundamentos vacuos de la doctrina legislativa comulgante contemporánea. Es decir, que esta gran sabana de arena no tiene más sustrato que la circunscripción de los cuerpos a un cierto número de movimientos. Este despliegue de movimientos en una dimensión clausurada, parcializada, o instituida, es una gran danza fantasmal, delirante, cual baila sobre un límite, un borde, un marco, un horizonte dinámico de tensión que se renueva de forma cotidiana como lo son el atardecer y el amanecer. Este límite no es otro que el ánimo de los congregados. Su disposición anímica, su movimiento, su motivo motivado, emotivo. 


Esta gran máscara griega es funcional a lo que podríamos llamar la escenificación del pacto social. Su telos, es decir su finalidad, no es otra que la de representar el marco de una salvación “legitima”, y por lo tanto no pagana. Se presenta como la única vía admisible a la verdadera salvación de la persona, de esa sujeción que es la máscara. Esa salvación se muestra como la “buena conciencia”, que de forma paradigmática, ella misma prescribe. Ocultando así, los hondos procesos invisibles de sometimiento, aquellos que se componen del par dominación-denominación. Esta máscara de “prudente civilización” encubre la brutal apropiación de los cuerpos que reglamenta a sus fines. Es decir, decreta y exige conformar el inagotable proceso de circulación de mercancías y valores de cambio, uso y abuso; como también de la inagotable creación y distribución de genocidios ecológicos y económicos regionales, fríamente calculados y aplicados a esos costales de sal, a esos costos de carne y sangre que se arrastran por el mundo.


Los partidos políticos son aquella famosa quinta pata que poseen los felinos. Aquélla que no apoyan en tierra, pero es fundamental para mantener un equilibrio esencial, y así poder desplegar lo básico de su movimiento, la vértebra sistemática de su economía de desplazamiento, sea ella Capitalismo, Neoliberalismo o Comunismo. 


La historia, como gran relato de alguna experiencia, nos muestra cómo aquello que llamamos humanidad se convierte en herramienta para su propia aniquilación. Se consume en el altar del sacrificio. Paga en él, su culpa, su deuda prometeica. Pacifica, apacigua a través de la crueldad.

Las representaciones han castigado a este planeta desde que la primera mano pintó en su caverna la mancha de su imaginación, para luego perderse en la gran nebulosa de su abstracción.

Los partidos políticos representan mucho más que la depresión colectiva producida por la autoexplotación acelerada de los individuos en “el infierno de lo igual”. La fermentación patológica en la que se desenvuelven las Naciones conlleva a un embotamiento existencial de carácter narcisista, aplastante y disolvente, mucho más anecdótico e incisivo que el derrame nuclear sobre las tierras de la sangre fértil. 

Las representaciones, en su volverse a presentar instan una huella. Esta es perceptible como costumbre, se presta como un habitar en hábito, en culto. El camino, que estas huellas van plantando, muestra su dirección como lo seguro, lo resguardado por una anterioridad, un hogar de origen, organizado al cuidado, protegido. Un campo allanado por los pasos de un padre que guía los primeros pasos de su hijo, que muestra un saber y guarda, oculta una Ley. Vertiente que se transforma en cauce, desbordando la contingencia de lo inesperado, y que inscribe algo que podríamos llamar “causa”.


La imagen del mundo, que ya ha sido vista por aquella alteridad que antecede, prescribe. Se la ha visto como eidos, aspecto en imagen con nombre de idea, que se imprime a fuego en la retina, que enceguece al hombre en la noche del mundo. Imagen que instaura la fantasía, y se eleva como fantasma en la penumbra de los bosques.

Retomando el tema que nos compete, es decir, volviendo sobre nuestros pasos, nos podemos detener para contemplar aquella alteridad que antecede. Desde el mundo presocrático se ha buscado un principio, y mucho antes también; hablamos de la pregunta por el origen. Y es adrede mencionar el origen, y no un término técnico como puede ser el de “causa primera”; en este caso, el encauce es similar.

La función del origen, es decir, aquello que configura, aquello que forma, aquello que se nos es dado, aquello que se nos es donado, regalado, ese presente que se nos presenta, obsequio anterior a toda meritocracia, se impone y prescribe. Esta función del origen invoca, al menos, un comienzo, un surgir, un nacer; y con ello, una relación conflictiva entre el olvido, la tradición, y la identidad. Un origen que se disfraza constantemente rememorando un relato, que hay que reinventar de forma cotidiana a partir de aquello que en el presente se quiere excluir o rechazar.   


En este marco, que podemos llamar cultural, donde se inscribe el eidos, la imagen del mundo, la herencia semántica, si es que aún queda alguna; en este marco, insisto, de la herencia, de la tradición, de la contigüidad generacional tan relativa a la genealogía de los dioses, tan relativa a esa llama, a esa luz, a esa antorcha que se transmite de mano en mano, de boca en boca, palabra por palabra, fabula en fabula, donde se despliega la multiplicidad de los valores, la concatenación simbólica de los objetos de adoración, de la llamada agalma platónica, de lo sagrado, de aquello en que se sedimenta el control de la disposición anímica de los contribuyentes, de los congregados. Es aquí también donde se fabrica el artificio del rito, de la memoria colectiva, del movimiento de los cuerpos. Donde se instaura la ley, la letra que rige a estos cuerpos, que bien guía a la salvación o al cadalso. 





Orestes y Pílades discuten ante el altar (1614). Pieter Lastman




Los partidos políticos se ostentan con su tribuno orante, con su tribunal mediante, en premisas y prerrogativas arrendan comulgantes. Ellos son los adoradores del ídolo, son funcionarios del culto con cual distribuyen la esperanza y la salvación de la verdadera enseñanza que llaman democracia. Son la continuación mítica de Pandora.

Como castigo por la conquista cultural y la renuncia a los instintos, lo reprimido retorna. Vuelve invocado como la causa de todos los males, pulsión análoga a la naturaleza incesante, que es dominada y domeñada como la materia prima. Sacrificada la madre incestuosa para la conquista de la salvación, para la producción y reproducción de la mercancía, del dinero, y del valor de cambio.


Este culto de riqueza de acumulación de salvación ante la culpa, ante la condena de la deuda, se encuentra hoy en día como otrora, articulado por los sacerdotes del templo, los políticos. Ellos ostentan la ofrenda de los creyentes a quienes fagocitan delirantes de redención. 

jueves, 13 de octubre de 2016

Funámbulo



Porqué el tiempo será
un fiel sonido pronunciado. 



Como el correr de una gota sobre el escaparate de un almacén en la honda noche, cerrado por las inclemencias del peligro, me abría paso, perdido en la masificada lluvia del tiempo, en el agua ardiente del tiempo.



Al subir, el colectivo ya se encontraba repleto. Sentándose en el oportuno asiento del fondo, mi cuerpo comenzó a rodear una áspera certeza entre sus cavilaciones. Una abrumadora desolación recorría su ánimo. ¿Cómo llamar a tan inesperada certeza? Ya no sentía oportunidad alguna en sus movimientos, sus pensamientos estaban llegando al final del recorrido, al borde del camino.


Reconocía las fatigas durmientes despertar lentamente,  con un amargo sabor a desesperación. Era la soledad, que todo lo abarca. Y tras ella, la angustia con sus profundas lagunas vestidas de silencio.  



El sentimiento de estar exiliado en su propio cuerpo, recluido sobre sus movimientos y, atrapado en el monologo de su conciencia, lo atormentaba. Su conciencia, su propiedad, su pena moderno tardía que como un cuchillo de rumor se iba afilando en la comisura de sus músculos, sobre cada hendidura de sus manos.



Este pensamiento tenía un olor familiar, y no por eso menos conocido.  Un desenlace cotidiano para un final común. Un límite del sentido proyectivo. La soledad comenzaba a romper los cascarones del horizonte, de la costumbre, de la mansedumbre.



– ¿Luego qué? –Murmuro.


–Luego nada –se respondió.


Lo real, ese límite contundente, silencioso, angustioso y sombrío; problemático y concluyente, recubierto de un enredo nostálgico, un desamparo, un dolor.



Para sobrevivir a lo insoslayable, se prestó a la especulación. La intriga por el mirar, el punto de fuga cubico, y determinante de las figuras tridimensionales. Su propia mirada ciega de luces, movimientos y perímetros aturdidos. La visión, la videncia y su inocencia. Todo le parecía absurdo, pero no por eso, dejaba de aparecer ante sus ojos. No le hacía falta más que fijar la vista, para observar afectar toda su panorámica mirada por una teoría geométrica.



Recordó una vieja conversación con un amigo, ya muerto. Cómo discurrían por las causas ajenas a lo cotidiano; cómo sopesaban penas y dudas, ante el comité de claridad ideológica. Esa gran metáfora autorizante. Viejos tiempos.



Vuelto sobre sí mismo, y con la memoria plagada de muertos como un cementerio, propuso fin a sus cavilaciones. Se acercó a la puerta para descender.




Nuevamente en el territorio hostil de las calles del conurbado, procedió a encender un cigarrillo. Algún tipo de ansiolítico que amortiguara sus movimientos. La lluvia se presentó, y él comenzó a caminar. 






Seiltänzer [Tightrope Walker] by Paul Klee

martes, 4 de octubre de 2016

Le Petit Prisonnier

Tan bárbara la seguridad como el delito



La puerta se encontraba cerrada. El umbral oscurecido. Recostado a espaldas del ventanal, la luz se alejaba. El ruido se eternizaba con un eco agudo y difuso. La puerta ya estaba cerrada. Me encontré estupefacto, abatido, desecho. No lo comprendí en ese momento. La discusión sobre unos estúpidos vecinos concluía en una sentencia: “No quiero volverte a ver en mi vida”. Decidí remontar mis fantasías de juventud, y reposar el cuerpo hasta que renovara ánimos.



Al día siguiente la puerta se encontraba cerrada. Aun me sentía aturdido por una nostalgia aquietante. Observe a mí alrededor la habitación. Los objetos estaban ahí, sórdidos. La ausencia de motivación alguna me envolvía como un placebo aletargante. Dosificaba la penumbra de mis pensamientos, el silencio se adueñaba de todo. Tan solo conseguí cerrar los ojos.



Volví en sí, en mí, en esto. Sin noción del tiempo transcurrido y, viendo que todo seguía en su lugar, presto a seguir inamovible, comencé a escuchar un rumor creciente y paulatino. El rumor comenzó a señalarme hasta convertirse en una voz ronca que decía:



–Tú estúpido, despabílate idiota. ¿Qué haces arrojado ahí, esperando que esa gran y oscura puerta se abra? ¿Acaso crees que alguien volverá? Te vas pudriendo en la ilusión.



Pasmado con los ojos cerrados inmovilice todos mis movimientos, me encontraba solo en la habitación. La noche era una niebla gris empalidecida por las luces de la calle. ¿Y si por fortuna era dios quien me increpaba? ¿Belcebú, quizás?



-Ya quisieras que fuera tan digno como Belcebú o tan solo una virgen ante ti. Pero deja los ensueños para otro momento. Soy peor que un delirio católico de sotana o un promulgador del evangelio. Aquí vengo y me presento ante ti, estúpido y sordo vivíparo. Soy el que entona todas tus pesadillas, ni más ni menos, el acorde final.






Le Petit Prisonnier - Francisco de Goya