Tan bárbara la seguridad como el delito
La puerta se encontraba cerrada. El umbral oscurecido. Recostado a espaldas del ventanal, la luz se alejaba. El ruido se eternizaba con un eco agudo y difuso. La puerta ya estaba cerrada. Me encontré estupefacto, abatido, desecho. No lo comprendí en ese momento. La discusión sobre unos estúpidos vecinos concluía en una sentencia: “No quiero volverte a ver en mi vida”. Decidí remontar mis fantasías de juventud, y reposar el cuerpo hasta que renovara ánimos.
Al día siguiente la puerta se encontraba cerrada. Aun me sentía aturdido por una nostalgia aquietante. Observe a mí alrededor la habitación. Los objetos estaban ahí, sórdidos. La ausencia de motivación alguna me envolvía como un placebo aletargante. Dosificaba la penumbra de mis pensamientos, el silencio se adueñaba de todo. Tan solo conseguí cerrar los ojos.
Volví en sí, en mí, en esto. Sin noción del tiempo transcurrido y, viendo que todo seguía en su lugar, presto a seguir inamovible, comencé a escuchar un rumor creciente y paulatino. El rumor comenzó a señalarme hasta convertirse en una voz ronca que decía:
–Tú estúpido, despabílate idiota. ¿Qué haces arrojado ahí, esperando que esa gran y oscura puerta se abra? ¿Acaso crees que alguien volverá? Te vas pudriendo en la ilusión.
Pasmado con los ojos cerrados inmovilice todos mis movimientos, me encontraba solo en la habitación. La noche era una niebla gris empalidecida por las luces de la calle. ¿Y si por fortuna era dios quien me increpaba? ¿Belcebú, quizás?
-Ya quisieras que fuera tan digno como Belcebú o tan solo una virgen ante ti. Pero deja los ensueños para otro momento. Soy peor que un delirio católico de sotana o un promulgador del evangelio. Aquí vengo y me presento ante ti, estúpido y sordo vivíparo. Soy el que entona todas tus pesadillas, ni más ni menos, el acorde final.
Le Petit Prisonnier - Francisco de Goya

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