jueves, 13 de octubre de 2016

Funámbulo



Porqué el tiempo será
un fiel sonido pronunciado. 



Como el correr de una gota sobre el escaparate de un almacén en la honda noche, cerrado por las inclemencias del peligro, me abría paso, perdido en la masificada lluvia del tiempo, en el agua ardiente del tiempo.



Al subir, el colectivo ya se encontraba repleto. Sentándose en el oportuno asiento del fondo, mi cuerpo comenzó a rodear una áspera certeza entre sus cavilaciones. Una abrumadora desolación recorría su ánimo. ¿Cómo llamar a tan inesperada certeza? Ya no sentía oportunidad alguna en sus movimientos, sus pensamientos estaban llegando al final del recorrido, al borde del camino.


Reconocía las fatigas durmientes despertar lentamente,  con un amargo sabor a desesperación. Era la soledad, que todo lo abarca. Y tras ella, la angustia con sus profundas lagunas vestidas de silencio.  



El sentimiento de estar exiliado en su propio cuerpo, recluido sobre sus movimientos y, atrapado en el monologo de su conciencia, lo atormentaba. Su conciencia, su propiedad, su pena moderno tardía que como un cuchillo de rumor se iba afilando en la comisura de sus músculos, sobre cada hendidura de sus manos.



Este pensamiento tenía un olor familiar, y no por eso menos conocido.  Un desenlace cotidiano para un final común. Un límite del sentido proyectivo. La soledad comenzaba a romper los cascarones del horizonte, de la costumbre, de la mansedumbre.



– ¿Luego qué? –Murmuro.


–Luego nada –se respondió.


Lo real, ese límite contundente, silencioso, angustioso y sombrío; problemático y concluyente, recubierto de un enredo nostálgico, un desamparo, un dolor.



Para sobrevivir a lo insoslayable, se prestó a la especulación. La intriga por el mirar, el punto de fuga cubico, y determinante de las figuras tridimensionales. Su propia mirada ciega de luces, movimientos y perímetros aturdidos. La visión, la videncia y su inocencia. Todo le parecía absurdo, pero no por eso, dejaba de aparecer ante sus ojos. No le hacía falta más que fijar la vista, para observar afectar toda su panorámica mirada por una teoría geométrica.



Recordó una vieja conversación con un amigo, ya muerto. Cómo discurrían por las causas ajenas a lo cotidiano; cómo sopesaban penas y dudas, ante el comité de claridad ideológica. Esa gran metáfora autorizante. Viejos tiempos.



Vuelto sobre sí mismo, y con la memoria plagada de muertos como un cementerio, propuso fin a sus cavilaciones. Se acercó a la puerta para descender.




Nuevamente en el territorio hostil de las calles del conurbado, procedió a encender un cigarrillo. Algún tipo de ansiolítico que amortiguara sus movimientos. La lluvia se presentó, y él comenzó a caminar. 






Seiltänzer [Tightrope Walker] by Paul Klee

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