En la política moderna
como en el discurso público, la construcción como la asociación de los partidos
políticos, se presenta como una suerte de elemento o herramienta idónea para
prescribir la participación de los individuos en la organización comunal del
habitar social y colectivo. Una suerte de garante legítimo en la constitución
de los poderes efectivos que han de gobernar la polis, la civitas o el
pueblo.
Los partidos son un
dispositivo de control poblacional, aún más efectivo e invisible, que aquel
ejercido desde las instituciones represivas y doctrinales como lo son el poder
Judicial, Militar y, sin duda, también el Cultural.
En el cumulo de
individuos dado en cada región, funcionan un sinfín de dispositivos de
vinculación y cohesión que gravitan entre el control y la adoración, que se
interrelacionan mutuamente en un despliegue dinámico de formas, en apertura y
cierre, en un constante movimiento de conflicto que adopta sus expresiones por
contigüidad, tradición o herencia. Estas formas se expanden o se contraen como
las mareas en el mar. Fluyen o se estancan, mutando algunas y pereciendo otras.
Pero siempre dispuestas en una relación natural socialmente mediada.
Son múltiples
correlaciones de comportamiento, que se transforman y se transmiten mediante el
efecto mimético de la conducta, el andamiaje discursivo de la posibilidad y el
deber, los relatos míticos del origen y el saber y, por supuesto, por medio de
los objetos de adoración colectivos, rituales vinculantes para la cohesión
social. Esos objetos, abstractos en tanto valor de cambio, son los que se
inscriben en la cotidiana reafirmación de ritos gregarios que pasan
inadvertidos, y componen la imagen especulativa a la que se sujetan las
máscaras personales de la identidad individual.
Ritos, rituales, rutinas sin-sentido se puede decir, pero fundantes del sentido, con una clara función en tanto y cuanto son una constante repetición que marca un camino, un hacer en relación a la significación de ese mismo hacer. Un comportar en relación a lo aceptado o lo rechazado, de lo interno o lo externo, a lo perteneciente o lo extraño. En fin, a la identidad colectiva y las condiciones de convivencia que en ella se desenvuelven y prescriben, es decir, coordenadas de la moral con que se mora.
Todo este despliegue
comportamental que se erige como una sábana de arena, tormentosa de suyo,
constituye la normatividad interpretativa de los hechos. Es en ella donde se
alojan los fundamentos vacuos de la doctrina legislativa comulgante
contemporánea. Es decir, que esta gran sabana de arena no tiene más sustrato
que la circunscripción de los cuerpos a un cierto número de movimientos. Este
despliegue de movimientos en una dimensión clausurada, parcializada, o
instituida, es una gran danza fantasmal, delirante, cual baila sobre un límite,
un borde, un marco, un horizonte dinámico de tensión que se renueva de forma
cotidiana como lo son el atardecer y el amanecer. Este límite no es otro que el
ánimo de los congregados. Su disposición anímica, su movimiento, su motivo
motivado, emotivo.
Esta gran máscara griega
es funcional a lo que podríamos llamar la escenificación del pacto social. Su telos, es decir su finalidad, no es otra
que la de representar el marco de una salvación “legitima”, y por lo tanto no
pagana. Se presenta como la única vía admisible a la verdadera salvación de la
persona, de esa sujeción que es la máscara. Esa salvación se muestra como la
“buena conciencia”, que de forma paradigmática, ella misma prescribe. Ocultando
así, los hondos procesos invisibles de sometimiento, aquellos que se componen
del par dominación-denominación. Esta máscara de “prudente civilización”
encubre la brutal apropiación de los cuerpos que reglamenta a sus fines. Es
decir, decreta y exige conformar el inagotable proceso de circulación de
mercancías y valores de cambio, uso y abuso; como también de la inagotable
creación y distribución de genocidios ecológicos y económicos regionales,
fríamente calculados y aplicados a esos costales de sal, a esos costos de carne
y sangre que se arrastran por el mundo.
Los partidos políticos
son aquella famosa quinta pata que poseen los felinos. Aquélla que no apoyan en
tierra, pero es fundamental para mantener un equilibrio esencial, y así poder
desplegar lo básico de su movimiento, la vértebra sistemática de su economía de
desplazamiento, sea ella Capitalismo, Neoliberalismo o Comunismo.
La historia, como gran
relato de alguna experiencia, nos muestra cómo aquello que llamamos humanidad
se convierte en herramienta para su propia aniquilación. Se consume en el altar
del sacrificio. Paga en él, su culpa, su deuda prometeica. Pacifica, apacigua a
través de la crueldad.
Las representaciones
han castigado a este planeta desde que la primera mano pintó en su caverna la
mancha de su imaginación, para luego perderse en la gran nebulosa de su
abstracción.
Los partidos políticos
representan mucho más que la depresión colectiva producida por la autoexplotación
acelerada de los individuos en “el infierno de lo igual”. La fermentación
patológica en la que se desenvuelven las Naciones conlleva a un embotamiento
existencial de carácter narcisista, aplastante y disolvente, mucho más
anecdótico e incisivo que el derrame nuclear sobre las tierras de la sangre
fértil.
Las representaciones, en
su volverse a presentar instan una huella. Esta es perceptible como costumbre, se
presta como un habitar en hábito, en culto. El camino, que estas huellas van
plantando, muestra su dirección como lo seguro, lo resguardado por una
anterioridad, un hogar de origen, organizado al cuidado, protegido. Un campo
allanado por los pasos de un padre que guía los primeros pasos de su hijo, que
muestra un saber y guarda, oculta una Ley. Vertiente que se transforma en cauce,
desbordando la contingencia de lo inesperado, y que inscribe algo que podríamos
llamar “causa”.
La imagen del mundo,
que ya ha sido vista por aquella alteridad que antecede, prescribe. Se la ha
visto como eidos, aspecto en imagen
con nombre de idea, que se imprime a fuego en la retina, que enceguece al
hombre en la noche del mundo. Imagen que instaura la fantasía, y se eleva como
fantasma en la penumbra de los bosques.
Retomando el tema que
nos compete, es decir, volviendo sobre nuestros pasos, nos podemos detener para
contemplar aquella alteridad que antecede. Desde el mundo presocrático se ha
buscado un principio, y mucho antes también; hablamos de la pregunta por el
origen. Y es adrede mencionar el origen, y no un término técnico como puede ser
el de “causa primera”; en este caso, el encauce es similar.
La función del origen,
es decir, aquello que configura, aquello que forma, aquello que se nos es dado,
aquello que se nos es donado, regalado, ese presente que se nos presenta,
obsequio anterior a toda meritocracia, se impone y prescribe. Esta función del origen
invoca, al menos, un comienzo, un surgir, un nacer; y con ello, una relación
conflictiva entre el olvido, la tradición, y la identidad. Un origen que se
disfraza constantemente rememorando un relato, que hay que reinventar de forma
cotidiana a partir de aquello que en el presente se quiere excluir o rechazar.
En este marco, que
podemos llamar cultural, donde se inscribe el eidos, la imagen del mundo, la herencia semántica, si es que aún
queda alguna; en este marco, insisto, de la herencia, de la tradición, de la
contigüidad generacional tan relativa a la genealogía de los dioses, tan
relativa a esa llama, a esa luz, a esa antorcha que se transmite de mano en
mano, de boca en boca, palabra por palabra, fabula en fabula, donde se
despliega la multiplicidad de los valores, la concatenación simbólica de los
objetos de adoración, de la llamada agalma
platónica, de lo sagrado, de aquello en que se sedimenta el control de la
disposición anímica de los contribuyentes, de los congregados. Es aquí también
donde se fabrica el artificio del rito, de la memoria colectiva, del movimiento
de los cuerpos. Donde se instaura la ley, la letra que rige a estos cuerpos,
que bien guía a la salvación o al cadalso.
Orestes y Pílades discuten ante el altar (1614). Pieter Lastman
Los partidos políticos
se ostentan con su tribuno orante, con su tribunal mediante, en premisas y
prerrogativas arrendan comulgantes. Ellos son los adoradores del ídolo, son funcionarios
del culto con cual distribuyen la esperanza y la salvación de la verdadera
enseñanza que llaman democracia. Son la continuación mítica de Pandora.
Como castigo por la
conquista cultural y la renuncia a los instintos, lo reprimido retorna. Vuelve
invocado como la causa de todos los males, pulsión análoga a la naturaleza
incesante, que es dominada y domeñada como la materia prima. Sacrificada la madre incestuosa para la conquista de la salvación, para la producción y
reproducción de la mercancía, del dinero, y del valor de cambio.
Este culto de riqueza
de acumulación de salvación ante la culpa, ante la condena de la deuda, se
encuentra hoy en día como otrora, articulado por los sacerdotes del templo, los
políticos. Ellos ostentan la ofrenda de los creyentes a quienes fagocitan delirantes
de redención.

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