lunes, 21 de noviembre de 2016

Es tarde

"Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una

mano y encadenar un alma.”

Jorge Luis Borges: Aprendiendo




Es tarde. En este mundo siempre es tarde. Así, veía alejarse el colectivo hacia el horizonte nublado que despuntaba por la mañana. Las voces en la conciencia recurrían con insistencia, machacando deberes, reproches y sentencias. Alumbré mi oscuro deseo, y comencé a mear en un rincón de la esquina adornada de azulejos, en claro signo de protesta y catarsis. Necesidades sublimes que son dejadas de lado a la hora en que el tiempo apremia.




Pero ahora, ahora podía, bajo el irremediable acontecer de las circunstancias, perder el tiempo. La ansiedad comenzaba a socavar la presente espera, y a lo lejos ningún colectivo se acercaba.




 Despertar puede ser un milagro. También puede ser una condena.




Quise recordar todas aquellas fantasías envolventes de mis sueños. Pero fue inútil. El abrupto movimiento del deber ante el terror de quedarme dormido, muerto, había sedimentado a golpes cardíacos cada imagen que ahora, ahora, se diluían como un flujo salpicado de nostalgia y liberación.




Prendí un cigarrillo sin lavarme las manos; la naturaleza dominó mis reflejos. La calle sucia de rocío humanizante, de cemento frío y árido, me recordaba a un cementerio con sus cuevas arquitectónicas, pajareras ciegas de concubinatos forzosos, celdas de contención para la producción de privadas privaciones. Cables ahorcados de tensión colgaban muertos. En tanto y tanto algún viento los mecía, quedando abrazados a diezmados árboles. Alguna suerte de imperecedera tentación de trepar a ellos me detuvo en mis cavilaciones.   




Es tarde. En este mundo siempre es tarde. El cementerio está lleno, repleto de cemento y cuerpos ausentes, vivir es una nostalgia forzosa. ¿Hay algo más rutinario que la nostalgia? La antigüedad imperecedera, el sueño eterno perdido bajo la sombra del olvido. Y el futuro como abismo sepultado entre los huesos nos invita a fallecer.




Cuando fui nacido, un desgarramiento atravesó a mi madre. Ella murió defecada, estremecida. Nací mal parido, arrojado, eyectado. Es el relato que pusieron ante mí, en un oscuro comienzo, ya lejano.




A mi padre lo diezmaron los Sonderkommandos. Le arrancaron los ojos para que solo fuese testigo de su ceguera, para que marcara la prueba de la benevolencia del verdugo. Se suicidó, ahorcado, atado a sus recuerdos con los gritos desesperados de su memoria silenciada.




Ellos se conocieron en Ternópil, Ucrania. Huyendo de lo que llaman Holodomor, huyendo de la política del hambre, de la colectivización de la miseria, del sacro diezmo que pagan los mortales. Su destino estaba signado; tarde, pero seguro.





Es tarde. En este mundo siempre es tarde, y la historia nos cerca.





No hay comentarios:

Publicar un comentario