“Y abiertamente consagre mi corazón a la tierra grave y doliente, y con
frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente
hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligue a ella
con un lazo mortal.”
Hölderlin: La muerte de Empédocles
En la infructuosa odisea cotidiana a la que sobreviene la imaginación circundante de los oradores de la especie humana, se ha intentado e intenta abarcar la forma, o formas necesarias, para des-contracturar aquellos nudos que arrastran y embotan a todo individuo, paulatinamente en el sendero angustioso y vació -de sentido-, al que se ven conducidos hacia el final de su expresión vital, allí donde arriba el temor agotador de un destino pactado por su naturaleza, la muerte.
Desde el teatro simbólico de las distintas religiones, rituales a los que se ve sometido la totalidad de los “componentes” que integran este planeta, se erige una nueva deidad nombrada por el anticientificismo como la tecnociencia. Tanto en la investigación como en el desarrollo y aplicación, en la no tan novedosa historia que derrama a su paso en ocasiones que van desde Hiroshima, pasando por Chernobyl o una fuga de pesticidas en Bhopal, India; llegando hasta proyectos de riego que terminan en sequía como en el mar de Aral en Asia Central. Podríamos creer que nos encontramos siempre frente a la misma propuesta Ética. La salvación de nuestros hermanos/as a costa de un daño colateral poco asimilable en serie de cifras. Los muertos sólo se reducen a cantidades enterradas por algún otro, que a fin de cuentas, no marcan una desgracia llamada “déficit” en el sistema económico.
Pues, bien o mal, la rueda sigue su curso, la carne se pudre tanto arriba como bajo tierra, posible abono en el mejor de los casos. No solo los cuerpos, también la Ética que los desplaza se renuevan cada día; allí está, impreso en el comportamiento cotidiano de los individuo-socio-mundo. Será el sentido-contenido de las acciones, donde se podría creer encontrar, la construcción de la identidad con respecto al ordenamiento de los símbolos, y la formación de la sujeción de los individuos, con el otro y el hábitat.
Éste ordenamiento ordenado, que disimula al ordenador que lo ordena. Pues, es arriesgado negar la identificación que el sistema hace de nosotros, en nosotros para nosotros. El lugar donde nos ubica antes de nacer y, la orden sistemática que busca e impera, en base a la fe de la razón –dónde más-, ser obedecida, establecida e introducida desde un aparente “por fuera”. Pero, fuertemente radicado dentro, fundado en la extimidad.
Estamos, como producto de la sociedad que se desenvuelve dentro de este sistema supercapitalista neoliberal, formados a su imagen y semejanza, traducidos y hablados por él. Toda una hegemonía cultural que puede parecer mixta, pero bien está adaptada a su fin, devorarlo todo, globalizarlo todo, homogenizarlo todo. Simular el ocio y el turismo por los territorios “pacificados” es la condena paradisiaca. El resguardo donde alojar la eclosión del goce.
¡Oh, dolor!, ¡oh, dolor! El tiempo se devora la vida
y el oscuro enemigo que nos roe el corazón
al beberse nuestra sangre crece y se fortalece.
Baudelaire: El enemigo.
Donde las palabras no llegan, donde no hay un dialogo como diría Derrida: “la palabra por la cual emprendemos la reconciliación, por la cual ofrecemos la reconciliación, tendiendo la mano antes que el otro”.
¿Con quién es la reconciliación? ¿Con quién la enemistad? ¿Dónde subyace la salvación a esta culpa tan económicamente civilizada? Determinados, formados, anclados, piezas en el engranaje de la gran máquina; y como tales, intercambiables y reemplazables, inhumanos pero aún humanos, marchando en la iluminaria ilusión de la condonación de una deuda insoportable y originaria.
Volviendo hacia la expresión vital, la vis, vocablo latino que proviene de la raíz indoeuropea wei- ‘fuerza vital’ y que da origen al adjetivo violentus, violencia; cabe preguntar: ¿Qué se hará con ésta fuerza vital que se observa derramar por la máquina-humana, que busca, reclama, y exige ser brindada por un sentido?
Premonición de la Guerra Civil. Salvador Dalí Domènech, 1936

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