Mostrando entradas con la etiqueta Benito Quinquela Martín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Benito Quinquela Martín. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de septiembre de 2016

Corrales

Ramón Corrales, peón de puerto, albañil de oficio. Su cuerpo fue encontrado el miércoles en el Riachuelo, flotando, como un bote herido, como un rejunte de mugre mareado por la corriente. Vino a este mundo atado en tierras que se llaman del interior, cuarenta y tres años antes de su último nado. Le decían viento árido, por su voz seca y parca, con una piel de arena.    


La viuda mece los ojos, desorientada, balbucea en su memoria las últimas palabras que le dirigió aquel día.


No logro comprender lo que dice; es un llanto silencioso.


El tranvía descarriló. Un error humano imprevisible. El hecho es tan irónico y contradictorio que golpea la razón cuando intenta enfrentarse a los dolores que le ofrece la muerte, a tal punto que se envuelve en dramáticos espasmos para solventar su queja. Se desparrama en un sentir mudo y vacío; quiere encontrar un sentido, nombrar culpables.  


Ayer, en la madrugada, me despertó una llamada. Atendí excitado por la conmoción. Colgaron. Nadie del otro lado se atrevió a pronunciar palabra alguna. No pude recuperar el sueño, me mortificaba la idea de no saber qué significaba tal intromisión en mi descanso. No tardé mucho en darme cuenta. Era una despedida silenciosa, una caricia. 


Fuimos felices hasta que él murió. Contentábamos los pequeños momentos reconociendo nuestros cuerpos desnudos, desbordados de pasión entre las sábanas; en el baño bajo el agua, sobre los muebles de madera, fuimos recorriendo todas las habitaciones de la casa como peces ciegos, nadando frenéticos, desorbitados, penetrados. 


No hubo ninguna carta, ningún adiós.


Hoy, a las dos de la tarde, exhuman sus restos.


No hay quien pague la deuda en el eterno descanso de la tierra. Serán llevados a una fosa común, a una trinchera sagrada, para compartir junto a una pila de huesos amontonados y anónimos la necia huella del olvido.


Aún la extraño, triste.


Ella no pudo dejar atrás el cruel recuerdo de su pequeño hijo. En él se colgó.


Santiago era su nombre.



Aún hoy veo en mi memoria su imagen; aterrado, aferrado con desesperación a las piernas de su padre. 




Benito Quinquela Martín (1890 - 1977)