“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”
Aldous Huxley
La famosa decisión de
estar muerto. Aquella mañana cuando salía hacia el trabajo, y luego de esperar un
colectivo que estaba de paro y que sin remedio me estaba dejando de garpe, se
me volvió a revolver entre las entrañas una idea maliciosa, tan excitante que
se imponía sublime como un ladrillo en el pecho. Todo sucedía a los golpes de
una ansiedad rasposa que como un cincel entraba por la boca con cada pitada,
todo un deporte extremo; así se fue desenvolviendo el viaje mientras observaba
a los leprosos avanzar dentro de sus autos como unos infectos sanos de mierda
que se andan todo el día con la verga en la mano masturbando sus celulares.
Una idea maliciosa que -debo
confesar- en primera instancia atentaba contra mi persona, pero la conclusión
era absurda; acabar con esta existencia no dejaba de ser una pérdida de tiempo,
no tanto una cobardía moral, sino una defraudación práctica instantánea y
agobiante, una respuesta pedante.
Hacía años la relación en
casa con mi señora era un atolladero de malhumor, desconciertos y una que
otra plegaria servida frente al televisor. Una relación sin relación es como
una almohada sin sueños, o como una casa sin puertas ni ventanas, viciada de
anhelos. Es decir, que no había diferencia alguna con la costumbre de un adolescente
cagón, que se encuentra con un mundo que está ahí, desecho ante sus ojos, con
sus pautas etílicas; ahí donde acomodamos el culo a lo más cómodo del calzón
para no sortear ninguna dificultad entre el aire que ventea por las bocas y el
que se resbala por el orto.
Hay actitudes que rompen
las pelotas. Esas irreversibles muestras de la bestialidad, el aliento
enmohecido de cloacas desbordadas que se chorrean de las lenguas hilando
basureros, y que invitan a farsantes decoraciones de interiores para imposturas
de versículos y castigos domiciliarios; toda esta concatenación de irritante
queja ya se había institucionalizado en mi vida como una banalidad a granel.
La idea, la idea
maliciosa roía todas mis mociones al estilo full time, tiempo completo de
crucifixión. Un derrame cerebral dilatado, una gotera a sangre fría que
necesitaba ser purgada, desechada. Para ser absuelto era necesario un culpable,
un reo que cargara con la justicia sobre su cuerpo, que le dejara marcas,
agujeros, vejaciones y una memoria de ligustrina.
Seis décadas entre las
manos a uno lo convierte en un frágil trasto ornamentado. Una suerte de
padecimientos empolvados de insatisfechas vacaciones, hijos sin escrúpulos ni
tiempo para visitas, y ceremonias dominicales que como un pesticida renuevan
los pactos con la vida engordada de especulaciones.
La idea crecía como una
metástasis en el cerebro, una piedra que no podía vomitar ni cagar, no pasaba
por la tripa. En mis buenos años con garchar a una puta la malaria de la ansiedad
menguaba como un globo que se evacúa de forma estridente. Ahora no, no tenía
más remedio que el purgatorio.
Con el paso del tiempo descubrí lo mejor que da la vida, lo único e imperecedero: la muerte
ineluctable.
La decisión fue cortar
por lo sano. Ese día la esperé llegar al hogar, anticipé la jugada con unos
mates, paliar la tensión con preguntas ordinarias y huecas, cambiar la yerba y
calentar el agua. Y cuando tuve la oportunidad, esa pequeña oportunidad, sin
descuido ni arrepentimiento, con la duda en el bolsillo, me acerqué por detrás
como el mayor de los cobardes, y la abracé. La abracé hasta que mis brazos se
quedaron exhaustos y tendidos, plegados como un papel al fuego o como un
caracol calcinado en sal, coroné mi vocación en la vitrina de los fracasos.
Ernesto Deira, "En torno al pensamiento" 1964

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