"El horror de herir es todavía más fuerte
que la angustia de perder."
Yo no salgo de mi casa.
Cuando todo comenzó a desmoronarse comencé a reflexionar sobre la
desconformidad que adviene a la insatisfacción crónica. Mi señora andaba de
guardia en el hospital, con baja libido me comentó por teléfono, para luego
enviarme un mensaje de texto y decirme que estaba embarazada. No tuvo mejor
idea que arrojar el comentario como quien no quiere la cosa, esa misma cosa
dando vueltas por sus entrañas, creciendo y demandando ilusiones, de aquí para
allá hasta encontrar la forma de salir. No pocos problemas conjuraba a nuestro
rendimiento sexual y a la salud cotidiana con que habíamos montado las humildes
pautas concernientes a la convivencia mecánica.
Hacía meses que los
espacios en la casa comenzaban a reducirse lentamente, como un perro muerto
bajo el sol, consumido paulatinamente con la ayuda de moscas y roedores, hasta
que lo arrojan al filo de las vías, o al patio del vecino, del otro lado de la
medianera. Este y otros paisajes más se presentaban desde la ventana del
departamento.
El primer conflicto sucedió
cuando cortaron el gas en todo el edificio. Una eventual pérdida señalada por
un barómetro certificado bajo el método científico, daba la señal de alerta. Todos
estábamos prácticamente en pánico bajo la alusión de reventar en el aire, o de ser
detonados por algún imprudente al estilo AMIA, o quizás morir ahogados al
dormir en sueños en el mejor de los casos. La prudencia de los técnicos
determinó cambiar los hábitos, el agua caliente era un recuerdo que se iba
alejando como el mejor paradigma de una clase media devaluada y que ya
comenzaba, infecta, a olerse ella misma.
Este pequeño incidente
con tamañas consecuencias se agregaba con sigilo a los años de humedad
acumulada en las paredes. El color del papel tapiz indescifrable y las manchas
de infinitos ecosistemas crecían al galope, al tiempo que nos obligaba a
reducir cada vez más los espacios de esparcimiento. La cama en el centro de la
pieza y la ropa que se acumulaba en pilas a su alrededor despertaban el deseo
de un sacrificio, de incinerarlas al mejor estilo Auschwitz. El panorama en el
comedor era menos alentador, los libros que durante tanto tiempo iluminaron
nuestros ratos de ocio se prometieron en un suicidio colectivo, y desbancaron
con ellos la repisa que tanto tiempo los cobijó; sin olvidar que a su paso bien
supieron llevarse un buen pedazo de la pared.
La casa, el hogar, o este
montón de porquerías amontonadas comenzaban a quedarnos muy chico como para además
tener un animal gritando y chupeteando todo el rato. Era una mala idea. Todo
este puto lugar era una mala idea. Pero no podía salir de esta idea, de este
lugar; allá afuera tampoco había solución alguna a mis problemas.
Durante algunos instantes
recordé la trama del trauma de Prometeo, castigado a tener el hígado roído
eternamente por un cuervo bajo la excusa de hurtar la llama de la sabiduría del
olimpo y entregársela a los estúpidos mortales. Y de pronto me sentí
identificado con él, con esa suerte de héroe que contraía la catástrofe de un
mundo lleno de progresos que se apagaban como la cabeza chamuscada de un fósforo.
Todo resultaba inútil y
artificioso, y mis manos se encogían cada vez más; tenía que omitir el destino
antes de pretender designarlo, controlarlo o manipularlo. ¿Cómo nombrar a una
criatura si ni siquiera podía escapar del disgusto crónico? Empezaría por una
certeza, por un decálogo redentor. El primer paso, ese sí, era salir de esta
casa lo antes posible, tachar de un manotazo todo el tapón de cera que me
paralizaba, y mire hacia la ventana como la promesa de una emancipación única,
de una acción, la única, que no podía fallar.
Ernesto Deira, Sin título, 1961, óleo sobre tela, 130x196 cm.

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