martes, 17 de abril de 2018

Decálogo


"El horror de herir es todavía más fuerte
 que la angustia de perder."



Yo no salgo de mi casa. Cuando todo comenzó a desmoronarse comencé a reflexionar sobre la desconformidad que adviene a la insatisfacción crónica. Mi señora andaba de guardia en el hospital, con baja libido me comentó por teléfono, para luego enviarme un mensaje de texto y decirme que estaba embarazada. No tuvo mejor idea que arrojar el comentario como quien no quiere la cosa, esa misma cosa dando vueltas por sus entrañas, creciendo y demandando ilusiones, de aquí para allá hasta encontrar la forma de salir. No pocos problemas conjuraba a nuestro rendimiento sexual y a la salud cotidiana con que habíamos montado las humildes pautas concernientes a la convivencia mecánica.


Hacía meses que los espacios en la casa comenzaban a reducirse lentamente, como un perro muerto bajo el sol, consumido paulatinamente con la ayuda de moscas y roedores, hasta que lo arrojan al filo de las vías, o al patio del vecino, del otro lado de la medianera. Este y otros paisajes más se presentaban desde la ventana del departamento.


El primer conflicto sucedió cuando cortaron el gas en todo el edificio. Una eventual pérdida señalada por un barómetro certificado bajo el método científico, daba la señal de alerta. Todos estábamos prácticamente en pánico bajo la alusión de reventar en el aire, o de ser detonados por algún imprudente al estilo AMIA, o quizás morir ahogados al dormir en sueños en el mejor de los casos. La prudencia de los técnicos determinó cambiar los hábitos, el agua caliente era un recuerdo que se iba alejando como el mejor paradigma de una clase media devaluada y que ya comenzaba, infecta, a olerse ella misma.


Este pequeño incidente con tamañas consecuencias se agregaba con sigilo a los años de humedad acumulada en las paredes. El color del papel tapiz indescifrable y las manchas de infinitos ecosistemas crecían al galope, al tiempo que nos obligaba a reducir cada vez más los espacios de esparcimiento. La cama en el centro de la pieza y la ropa que se acumulaba en pilas a su alrededor despertaban el deseo de un sacrificio, de incinerarlas al mejor estilo Auschwitz. El panorama en el comedor era menos alentador, los libros que durante tanto tiempo iluminaron nuestros ratos de ocio se prometieron en un suicidio colectivo, y desbancaron con ellos la repisa que tanto tiempo los cobijó; sin olvidar que a su paso bien supieron llevarse un buen pedazo de la pared.


La casa, el hogar, o este montón de porquerías amontonadas comenzaban a quedarnos muy chico como para además tener un animal gritando y chupeteando todo el rato. Era una mala idea. Todo este puto lugar era una mala idea. Pero no podía salir de esta idea, de este lugar; allá afuera tampoco había solución alguna a mis problemas.


Durante algunos instantes recordé la trama del trauma de Prometeo, castigado a tener el hígado roído eternamente por un cuervo bajo la excusa de hurtar la llama de la sabiduría del olimpo y entregársela a los estúpidos mortales. Y de pronto me sentí identificado con él, con esa suerte de héroe que contraía la catástrofe de un mundo lleno de progresos que se apagaban como la cabeza chamuscada de un fósforo.


Todo resultaba inútil y artificioso, y mis manos se encogían cada vez más; tenía que omitir el destino antes de pretender designarlo, controlarlo o manipularlo. ¿Cómo nombrar a una criatura si ni siquiera podía escapar del disgusto crónico? Empezaría por una certeza, por un decálogo redentor. El primer paso, ese sí, era salir de esta casa lo antes posible, tachar de un manotazo todo el tapón de cera que me paralizaba, y mire hacia la ventana como la promesa de una emancipación única, de una acción, la única, que no podía fallar.




Ernesto Deira, Sin título, 1961, óleo sobre tela, 130x196 cm.

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