“La
misma absorción de la propia iniciativa; no hay duda: el hipnotizador ha
ocupado el lugar del ideal del yo. (...) El hipnotizador es el objeto único: no
se repara en ningún otro además de él. Lo que él pide y asevera es vivenciado
oníricamente por el yo.”
Freud, S. (2013). “Psicología
de las masas y análisis del yo”. En Obras
completas: Sigmund Freud (Vol.18, p.108). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo
original publicado 1921)
“¿Y
el oído de nuestro pensar? ¿No oye todavía él clamor? Seguirá sin oírlo durante
tanto tiempo como no comience a pensar. El pensar sólo comienza cuando hemos
experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz
adversaria del pensar.”
Heidegger, M.
(1995). “La frase de Nietzsche «Dios ha muerto»”, (1943). En Caminos de bosque (p.198). Madrid: Alianza
Editorial.
“Nubarrón
tras nubarrón cubre el sol de la esperanza con promesas que no alcanzan, con
realidad que no llega con manos que se refriegan y otras que nunca descansan. Nubarrón
tras nubarrón que se convierte en pedrada sobre la melga sembrada de sueños y
de ilusiones mientras crecen las pasiones proletarias y olvidadas. Nubarrón
tras nubarrón llovedoras de cinismo reliquias de un feudalismo ramificadas en
leyes, reyes que no quieren reyes pero que reinan lo mismo, catedráticas
mortajas que levantan sus banderas en espera de otra espera que revalide su enjambre
mientras el pueblo con hambre ni se ignora ni se entera.”
Larralde, J. “Allí
donde alcé mi rabia”. En Simplemente
(1973). Buenos Aires: RCA Camden.
La esperanza es un
dar que funda confianza, camino necesario para toda reconciliación. Es en la
promesa donde acontece el lugar destinado a la espera, a la esperanza. Este
bendecido artificio del esperar, del aguardar en uno aquello otro prometido no
es tan siquiera la desdicha de una ilusión pasajera como tampoco la confortable
apariencia de un progreso venidero.
El decir de la
promesa, de lo prometido, nos habla del futuro y su destinación. Pero en tanto
dar y otorgar es un hacer y un contraer sobre las secuelas del tiempo, un
horadar el marco de la palabra con el fuego prometeico en que se incendia la
memoria, como en la hoguera de un sacrificio llamado primitivo.
Es en la promesa
donde deviene el juego mediador y nefasto del concilio y la devoción como
aparente reconciliación o pacificación. Sea bajo la figura del devoto que
otorga su voto, o del deudo que se estima con ingenua confianza al conceder
resarcimiento con el pago de lo adeudado, de lo debido en la conciencia de la
culpa y la redención.
Todos estos
movimientos devienen en un sujeto hecho objeto en su decir ya sujeto por esto,
a la conformación del deber bajo un imperativo que responda, que dé cuenta, al
honor o al horror de un ser-se reconocido. De un ser-se aguardado en la memoria
pública como heredero de su propia propiedad de condenado. Este servidor
público que se arroja con promesas hacia el futuro es un prisionero compulsivo
que ata su lengua a la sangre que destila su conciencia en la habitación de su
habitar mundano.
Antigua se
prefigura la esperanza como ciega búsqueda de la salvación, o de alguna señal,
quizás, tan solo una respuesta que signe el estar y el porvenir desde un rumor
pasado y tardío, como también, incluso, oculto y perdido; más acá o más allá.
La promesa ha fundando el porvenir, el necio movimiento de los esclavos y patronos
del dinero, o cualquier compensación imaginaria, tributo, o demanda propia de
toda desesperación. Esta función esquematizada en el progreso individual de los
emprendedores es un rizoma engañoso y mortal a un nivel carnal desarrollado de
forma industrial y financiera, sistematizado por una economía política como en
cual gozamos actualmente; su afección es totalizante. Atraviesa toda etnia, culto y cultura, igualando en diáfano
calculo las tuercas que moran en un paraíso de acrílico y petróleo, aplanando
toda comunidad y tradición, ya sintetizada en una esquizofrenia de masas, una
psicosis global bajo la lluvia del milagro apocalíptico.
La promesa es la
gran deuda de los pueblos, en ella se condensa la piedra de la angustia y el
fundamento de toda comunidad, es el espíritu que sujeta el vínculo que se llama
social. La carne en descomposición que llamamos sujeto, al prometer-se, se trasciende
tanto como se trasmuta, su presente inmediato se convertirse en su presenciar tempo
futuro que adviene comprometido; se promete destino al dar-se, otorgar-se,
asignar-se y atribuir-se como obsequio a otro, se ensencializa como pacto en su
factura fáctica; esta entrega de sí se percibe comúnmente como amar, sin otro límite
más que la muerte fáctica de la corporalidad, “hasta que la muerte nos separe”
reza la sentencia. El sujeto entregado a la muerte por amor, como por temor, es
el eje de toda guerra, sacrificio y oficio. Es el secreto que guarda toda confesión
en el reflejo mismo del testimonio, su desmedida violencia que grita por
encausarse en los márgenes del relato, como la creciente de un río que se
desborda de la paupérrima metáfora depresiva que lo contiene.
Tanto para la
confianza como para la esperanza el sujeto se enfrenta al punto ciego de su
decisión, sea conceder o rehusar, afirmar-se o negarse-se en la promesa, ésta
decisión siempre en crisis obtura su paso sobre el paisaje en que se arroja al
vértigo de su destinación. Tanto el coraje como la depresión van a ser efectos
causales de su decisión, de su semblante constelación en el habitar mutuo, en
el aguardar consideración o tan solo desprecio.
El sujeto
deprimido vuelto sobre sí se encuentra mortificado, cavando su propia tumba
relame las heridas con que enseña y se empeña el resentimiento de su abandono,
de su inadecuado estigma que lo apropia y concede como un ente más en el mundo
carente de sentido, en el mundo consumible; al encontrarse imposibilitado de
reconciliación y absolución se solidifica en la abnegación del otro, en su
desaparición y destrucción, se afirma y afianza en la renuncia del otro, es en
su negación como producto del rencor donde sacrifica al otro, infatuándose él
mismo en él mismo, metástasis del sí mismo, sin mayor goce que el delirio
abstracto en que se arrenda a la comunidad del rencor, en que vive muerto
orando inmortalidad e indeterminación; encerrado en su hogar carece de toda
experiencia de la intemperie.
Prometido a sí
mismo como producto decora su mundo en el desfile calculable de los valores,
sometido en una maquinación teleológica sin fin en que se responde como
progreso, y en cual oculta su descomposición bajo predicamentos en el par
dominación-denominación con que se-crea y cree dominar la totalidad de los entes
del mundo.
La verdad
necesaria para toda política se desenvuelve en estos márgenes, arrendando los
semblantes que se encuentran prometidos y arrojados en la búsqueda de una
respuesta a la pregunta que no se han resuelto a preguntar, y por tanto, tampoco
se encuentran dignos de poder escuchar.
Esta condena sin
fianza ni confianza, sin reconciliación ni pacificación, es la figura absoluta
de la falta de absolución, es la política económica como truncada salvación que
fagocita a las tuercas carnales en su infarto y devastación, en un narcisismo
trófico de autolesión como viejo rito de antropofagia.
Distinta será la
ocasión para aquel que pueda jugar éste abismo sin ahogarse en su voz e imagen
defensiva, quien tenga el coraje para anteponer su territorio y otorgar el
lugar necesario para que la otredad entre en escena, para que acontezca, y así
aparezca como un golpe en la tormenta, como un rayo en la noche que atraviesa
la oscuridad absoluta.
Al ceder su
posición adquirida y redescubrir la temporalidad desde la otredad, la
cuadratura inercial del sujeto, del yo=yo
declina y se encuentra invitada a transgredir su propia figuración, limitación
adquirida por esta defensa maquinal del autoprometer-se, que se redescubre
ahora en lo otro, que ya no solo lo nombra, sino que le propicia el encuentro
de una experiencia erótica en el encuentro con lo totalmente distinto, lo
radicalmente distinto; experiencia desconocida y oscilante frente a su propia
muerte, en su propia experiencia de lo imposible. Pero esta experiencia es ante
todo con la pregunta que abre el deseo, y cual compromete la corporalidad del
actuar, que se entrega en tanto pregunta y que aguarda en tanto se dispone para
el otro, para escuchar la respuesta que retorna en la voz del ser.
El idiotismo que
se extiende y distiende como idioma que se rehúsa a eso que llaman sentido
común, que se comunica como nuevo despliegue idiomático, aparece con admirable
frecuencia entre los enamorados que se encuentran urgidos por recrear el orden
simbólico con que atan sus cuerpos al mundo y en cual deciden destinarse. Tal
vez la promesa no encuentre respuesta, quizás esta ponencia no responda a la
esencia de la verdad de la política, pero así y todo, su pretensión se
arriesga, a la pregunta como promesa en la búsqueda, en la escucha, de la
aparición de alguna respuesta.

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