Soñaré con el nácar virginal de tu frente,
soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar,
soñaré con tus labios desesperadamente,
soñaré con tus besos... y jamás lo sabrás.
José Ángel Buesa
Pues sí.
Es por lo único que vale la pena estar condenado a vivir una vida. Es la cara amable de la muerte que condona. Es un suspiro intenso que recorre el cuerpo de tramo a tramo. Es la nostalgia de nacer, la fiesta de una bienvenida.
Nacer y morir. Idénticos senderos en este mundo. Pero hay un mar que todo lo abisma y oculta; como el día oculta la estrellada noche.
¿Invisible es el amor?
No.
Sin embargo, la ceguera le es inmanente.
Habita en múltiples nombres que surcan la tierra como un canto invisible.
Amor. Sobre ésta queja se ha detenido el mundo.
Quién haya visto una caricia ante el dolor o tan solo una sonrisa cómplice ante la pérdida, pues lo ha visto.
El amor es un hacer, y por ello la palabra no lo hace, aunque lo lleva entramado entre sus sílabas, perdido entre vocales.
¿Qué es el amor?
Pues que el amor no es nada. Y por eso existe, para ser pronunciado. Y así viajar de boca en boca. Así se lo convoca.
No es nada.
Es una pérdida heredada al nacer. Suspiro de fuegos y gritos. Un llanto cedido por aquella bocanada de aire que te atravesó como un eco entre las montañas de hierro y carbón de tu cuerpo.
Sólo ama quien lo ha perdido todo; quien, a pesar de teatros e ilusiones, de rumores y contiendas, admite su pérdida, y con ella so-porta su falta, su ausencia; es sólo ante lo imposible que se es capaz de amar.
Fred Herzog, Canada, 1960s/ early 1970s

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