viernes, 22 de julio de 2016

Temporal

Son las 3am. Él se despierta sobresaltado. Ha escuchado su nombre pronunciado con una voz nítida y penetrante ¿Quien ha a travesado su sueño como una tormenta? Observa por el ventanal. Observa como los altos pinos se baten dolorosamente con los vientos. La lluvia golpea el vidrio de una forma implacable. Jirones de aire se arrastran por la casa vacía; las maderas crujen. El frío es insoslayable.


Él, no quiere mantener los ojos abiertos. Se aprieta a las sabanas como a un remo en la deriva. Se siente aterrado por una presencia asfixiante que lo abraza lentamente; muy lentamente. Piensa que ha tenido un mal sueño, que pronto pasara. No es la primera vez que se siente tan hondamente perturbado. Se esfuerza en evocar imágenes placenteras, distraer su atención con recuerdos placidos. Piensa en su madre. También piensa en la virgen María, castamente desnuda y pura. Quiere tocarla, posar suavemente sus labios en ella y, mamar toda su pureza.


Pero él sabe, lo ha escuchado. Alguien lo está llamando, lo está buscando. Se siente rígido, conmocionado. Respira despacio, trata de no hacer ningún movimiento, esta excitado. Duro sostiene su miembro con ambas manos. Se encuentra asechado. Cualquier insignificante ruido que produzca, puede condenarlo a la muerte, al fin, a la misma nada de sí mismo.


En un rapto de valor, apoya sus ojos sobre cada fulguración centelleante, con que los rayos traspasan la oscura noche. Se abisma tratando de atrapar todas las imágenes en un solo pestañear. Siente que lo ha perdido, siente que lo ha perdido todo. Llora con un silencio punzante como la noche alucinada entre las nubes.


Una impresión lo angustia, se siente observado, poseído. Mira hacia sus sospechas, y lo ve. Su garganta se cierra con un amargo miedo que se le hunde hasta las piernas. Es su padre parado ante él como un fantasma. Sabe que es su padre, al fin lo sabe, lo mira. Se encuentra tieso, pálido, con unos ojos negros y tan profundos como las sombras que brillan contemplando, mirando, mirándolo como quien observa el tiempo perdido en fotografías húmedas, y cadavéricas.


Sólo, con el silencio entre los oídos y las sombras que se hunden en su mirada. La tormenta calla, se agota, se desvanece en las manos de la penumbra. Un grito corta el desconsuelo de la noche, y el niño retorna a sus sueños.





Saturno devorando a un hijo (1819-1823) Francisco de Goya

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