domingo, 14 de febrero de 2016

Del valor de los amantes







“Robar al sueño la ilusión de verte
y a la vigilia el dulce de soñarte
con temor y esperanza de perderte.

No hallar tu imagen en ninguna parte;
eso es amor, mi bien, y de esta suerte,
vivo y muero tan sólo en aguardarte.”

Salvador Novo



Cuando alguien quiere ponerle palabras al amor, trastabilla. Uno se frena ante el límite de la ventana, que como un renglón obtuso corta la palabra, como el paisaje. Balbucea en el nido de las certezas, de las regularidades cotidianas, de la matemática diaria con la que se distan las distancias. Es corrompido el hábito sinvergüenza de la totalidad del convencimiento. Es curvado, por así decir, por la gravedad del asunto.

¿Cuando alguien pide la cuenta, de qué se da cuenta? ¿Cuál es el precio que pagan los enamorados? ¿Cuál es el valor del amor?

Sorpréndase usted, quien lee. No pondremos en cuestión lo que conocemos como cosificación del amor. Pues de ello, podemos entender que es la ausencia de la ausencia que conlleva intrínsecamente el amor. No me mal interprete. Regale flores, es un buen gesto, ya que a la primavera no la han fusilado, pero lo intentan. Alberto, solía decir que la estupidez siempre insiste. Como el deseo, como el amor.

No es que digamos, que el amor se asemeja a la estupidez. Pero muchas veces los límites no son claros. Y la gente se confunde con tantas certezas que lo contradicen. Que las personas estallan, y revientan pasionalmente por los rincones, es cosa bien sabida.  

Suelen decir, que el problema no es el problema, sino la solución.

El animal hablante, muchas veces queda preso de su propio lenguaje. Uno puede argüir una contradicción lógica ante una frase tan problemática. Y es muy cierto en el orden sintáctico, en la pretendida univocidad del sentido.

Pero, las personas sienten muy distinto. Son cuerpo de su sentir, de su sentido. Aunque muchas veces repiten “sobre gustos no hay nada escrito”. La letra pesa sobre el cuerpo. A lo que quizás, la frase intentara decirnos, que sobre la semántica no hay nada escrito. Aunque no paramos de escribir por ella, es decir, por la necesidad de describir un sentir.

Que el amor se inscribe en el orden del sentimiento, no está puesto en duda. Pero, que el sentimiento se inscribe en el orden de la palabra, sí. Es aquello a lo que llamamos “mentira”. Es decir, el que miente, es el que no tiene palabra. Es el que ha perdido, por así decir, el valor de la palabra y, con ello, toda credibilidad posible.

¿Hay credibilidad en el amor? ¿Hay mentira en la pasión?


Si bien, amor y pasión no son lo mismo, comparten una tensa línea de crédito y descredito. El sujeto arrojado por sus pasiones, muchas veces ama. El sujeto interpelado por el amor, no muchas veces se apasiona. El entusiasmo que muchas veces dura menos que la primavera, muchas veces no soporta los embates del verano que lo incendia todo, o del otoño melancólico que se deshoja bajo la lluvia. Suelen decir, que se ha ido el amor, y con él, la pasión.

No obstante, intentemos no irnos por las ramas que abundan. El entramado que intentamos llevar, es por así decir, el que convalida, el que da crédito, credibilidad al amor. Un entramado que nos acerque a la verdad sobre el amor, a la certeza del amor, al valor del amor. A fin de que podamos darle un sentido, brindarle, ceder  un gesto al sentir.


Hay un punto que puntea puntilloso la primavera. El florecimiento de la naturaleza. La polinización de las ideas. El aroma fresco golpeando al ser viviente. Un cariñoso gesto del viento que intercede, que corta la tormenta, y produce alivio y sosiego. 

Las metáforas loables del amor, como tener mariposas en la panza, o estar poseído por la locura, hacen a un sinfín de representaciones con las que se busca dar cuenta de algo más allá de la razón. Algo que nos viene dado de un afuera por dentro, una mirada, una sonrisa, una palabra, una tentación. Un algo que viene hacia nosotros y nos quiebra. Nos interpela desde, y donde el “yo” queda desarticulado. La identidad menoscabada, herida, separada del convencimiento de su propia propiedad. Un vértice que supura, que arde, que clama ser completado. Un punto de fuga inaprensible, que se escapa, huye, golpeando cada rincón donde posamos la conciencia.

Quizás el valor del amor, se encuentre en su mismo efecto. El amor al valor, a un valor por fuera de la razón. Un valor inapreciable por una sola palabra. Un valor que excede la abstracción. Un sueño que se hace presente al despertarnos de nosotros mismo, y nos despabila de la fragilidad con que atamos los pies a la tierra. Una briza que impacta, y nos mueve el piso, socavando la seguridad de las creencias. Arrojándonos a la pregunta por la ausencia. Conmoción que nos extravía. Nos vuelve extranjeros de nosotros mismos, en el abandono de las certezas.

Quizás, querido lector, por eso mismo le escribo. Para dejarle a usted, presente en su ausencia, un poco de mi presente ausencia. Un entramado sobre el abismo blanco del papel, un silbido perdido en el silencio de la noche. Un perdernos para encontrarnos, frente a la falta de siempre, a la escases de los días, en la laguna de la vida. Para compartir la soledad imperecedera de nosotros mismos. Porque si de amar se trata, se trata del valor que conlleva toda perdida, exactamente, la pérdida del otro.







Imagen:  Jacopo Zucchi,  Eros y Psique

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