“Robar
al sueño la ilusión de verte
y a la vigilia el dulce de soñarte
con temor y esperanza de perderte.
No hallar tu imagen en ninguna parte;
eso es amor, mi bien, y de esta suerte,
vivo y muero tan sólo en aguardarte.”
y a la vigilia el dulce de soñarte
con temor y esperanza de perderte.
No hallar tu imagen en ninguna parte;
eso es amor, mi bien, y de esta suerte,
vivo y muero tan sólo en aguardarte.”
Salvador Novo
Cuando alguien quiere ponerle
palabras al amor, trastabilla. Uno se frena ante el límite de la ventana, que
como un renglón obtuso corta la palabra, como el paisaje. Balbucea en el nido
de las certezas, de las regularidades cotidianas, de la matemática diaria con
la que se distan las distancias. Es corrompido el hábito sinvergüenza de la
totalidad del convencimiento. Es curvado, por así decir, por la gravedad del
asunto.
¿Cuando alguien pide la cuenta, de
qué se da cuenta? ¿Cuál es el precio que pagan los enamorados? ¿Cuál es el
valor del amor?
Sorpréndase usted, quien lee. No
pondremos en cuestión lo que conocemos como cosificación del amor. Pues de
ello, podemos entender que es la ausencia de la ausencia que conlleva
intrínsecamente el amor. No me mal interprete. Regale flores, es un buen gesto,
ya que a la primavera no la han fusilado, pero lo intentan. Alberto, solía
decir que la estupidez siempre insiste. Como el deseo, como el amor.
No es que digamos, que el amor se
asemeja a la estupidez. Pero muchas veces los límites no son claros. Y la gente
se confunde con tantas certezas que lo contradicen. Que las personas estallan,
y revientan pasionalmente por los rincones, es cosa bien sabida.
Suelen decir, que el problema no es
el problema, sino la solución.
El animal hablante, muchas veces
queda preso de su propio lenguaje. Uno puede argüir una contradicción lógica
ante una frase tan problemática. Y es muy cierto en el orden sintáctico, en la
pretendida univocidad del sentido.
Pero, las personas sienten muy
distinto. Son cuerpo de su sentir, de su sentido. Aunque muchas veces repiten
“sobre gustos no hay nada escrito”. La letra pesa sobre el cuerpo. A lo que
quizás, la frase intentara decirnos, que sobre la semántica no hay nada
escrito. Aunque no paramos de escribir por ella, es decir, por la necesidad de
describir un sentir.
Que el amor se inscribe en el orden
del sentimiento, no está puesto en duda. Pero, que el sentimiento se inscribe
en el orden de la palabra, sí. Es aquello a lo que llamamos “mentira”. Es
decir, el que miente, es el que no tiene palabra. Es el que ha perdido, por así
decir, el valor de la palabra y, con ello, toda credibilidad posible.
¿Hay credibilidad en el amor? ¿Hay
mentira en la pasión?
Si bien, amor y pasión no son lo
mismo, comparten una tensa línea de crédito y descredito. El sujeto arrojado
por sus pasiones, muchas veces ama. El sujeto interpelado por el amor, no
muchas veces se apasiona. El entusiasmo que muchas veces dura menos que la
primavera, muchas veces no soporta los embates del verano que lo incendia todo,
o del otoño melancólico que se deshoja bajo la lluvia. Suelen decir, que se ha
ido el amor, y con él, la pasión.
No obstante, intentemos no irnos por
las ramas que abundan. El entramado que intentamos llevar, es por así decir, el
que convalida, el que da crédito, credibilidad al amor. Un entramado que nos
acerque a la verdad sobre el amor, a la certeza del amor, al valor del amor. A
fin de que podamos darle un sentido, brindarle, ceder un gesto al sentir.
Hay un punto que puntea puntilloso
la primavera. El florecimiento de la naturaleza. La polinización de las ideas.
El aroma fresco golpeando al ser viviente. Un cariñoso gesto del viento que
intercede, que corta la tormenta, y produce alivio y sosiego.
Las metáforas loables del amor, como
tener mariposas en la panza, o estar poseído por la locura, hacen a un sinfín
de representaciones con las que se busca dar cuenta de algo más allá de la
razón. Algo que nos viene dado de un afuera por dentro, una mirada, una
sonrisa, una palabra, una tentación. Un algo que viene hacia nosotros y nos
quiebra. Nos interpela desde, y donde el “yo” queda desarticulado. La identidad
menoscabada, herida, separada del convencimiento de su propia propiedad. Un
vértice que supura, que arde, que clama ser completado. Un punto de fuga
inaprensible, que se escapa, huye, golpeando cada rincón donde posamos la
conciencia.
Quizás el valor del amor, se
encuentre en su mismo efecto. El amor al valor, a un valor por fuera de la
razón. Un valor inapreciable por una sola palabra. Un valor que excede la
abstracción. Un sueño que se hace presente al despertarnos de nosotros mismo, y
nos despabila de la fragilidad con que atamos los pies a la tierra. Una briza
que impacta, y nos mueve el piso, socavando la seguridad de las creencias.
Arrojándonos a la pregunta por la ausencia. Conmoción que nos extravía. Nos
vuelve extranjeros de nosotros mismos, en el abandono de las certezas.
Quizás, querido lector, por eso
mismo le escribo. Para dejarle a usted, presente en su ausencia, un poco de mi
presente ausencia. Un entramado sobre el abismo blanco del papel, un silbido
perdido en el silencio de la noche. Un perdernos para encontrarnos, frente a la
falta de siempre, a la escases de los días, en la laguna de la vida. Para
compartir la soledad imperecedera de nosotros mismos. Porque si de amar se
trata, se trata del valor que conlleva toda perdida, exactamente, la pérdida
del otro.
Imagen: Jacopo Zucchi,
Eros y Psique

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