sábado, 27 de febrero de 2016

Hermenéutica del beso



¿Bajo qué sombra aquietaremos el remolino
de los besos arrastrados de sed,
suplicantes de tinta,
íntegros golpes del mar,
inacabados espejismos salpicantes?




Un beso. Qué palabra tan hueca. A veces pienso que el idioma se expande como una enredadera que sube a través de un muro tan extenso, que el mero hecho de suponerlo capaz de abarcar un sentido semántico final parece irrisorio. Un beso es todo eso excepto su nombre. Que en tanto nombre, lo oculta. Subyace como el muro tras la enredadera, como el cielo tras la nube, como la piel detrás del mundo.

En estos tiempos, los besos ya no se besan, se escupen. Se amarran en bocas que succionan otro beso, exactamente el otro beso, el que no es de uno. Pero en tanto beso, solo puede capturarse en la medida que le es imposible tomar y hacerse con el beso proveniente de otra boca. La boca y el beso parecieran ser el significado y el significante, condenados a una relación de relevancia, uno no es sin el otro; pero es en tanto para el otro, es decir, otra boca y otro beso. Es entonces uno, en tanto potencia, del otro en tanto acto. 

Pero al fin, ni la boca ni el beso son lo que podríamos llamar sustancia del beso. El beso latente, y no patente. El beso que besa y, en tanto besante, interpela y funda. Origen de una sensación divina, al tiempo que raya el silencio entre los labios, como la tormenta. Alimento erógeno universal que habita en el límite. Y desde allí se balancea entre un adentro y un afuera, nunca claros, tampoco sencillos. Pues, en su complejidad interpretativa, el límite es terreno de acción.  


La esencia, la definición, la sustancia, el principio, la materia, el jugo, el caldo del asunto del beso, qué otra cosa puede ser sino la misma lengua. Y en tanto sinhueso, órgano sexual por excelencia de lo común y misterioso. Así lo podemos interpretar como del griego glossa, y no por golosina, sino como un idioma ininteligible pero perceptible. Idioma que algo trasmite, común de todos los trances, como el balbuceo de los niños, o la plegaria comunicante dirigida a los dioses. Idioma que habla o balbucea en lo profundo; no en fonemas, no en gestos, sino sobre el límite, sobre el margen de otro cuerpo, de lo real. Frontera que linda con el fin, orilla que se divide ahí, donde culmina, detrás del suspiro.










Imagen: Gustav Klimt, El beso, 1907-1908
 



domingo, 14 de febrero de 2016

Del valor de los amantes







“Robar al sueño la ilusión de verte
y a la vigilia el dulce de soñarte
con temor y esperanza de perderte.

No hallar tu imagen en ninguna parte;
eso es amor, mi bien, y de esta suerte,
vivo y muero tan sólo en aguardarte.”

Salvador Novo



Cuando alguien quiere ponerle palabras al amor, trastabilla. Uno se frena ante el límite de la ventana, que como un renglón obtuso corta la palabra, como el paisaje. Balbucea en el nido de las certezas, de las regularidades cotidianas, de la matemática diaria con la que se distan las distancias. Es corrompido el hábito sinvergüenza de la totalidad del convencimiento. Es curvado, por así decir, por la gravedad del asunto.

¿Cuando alguien pide la cuenta, de qué se da cuenta? ¿Cuál es el precio que pagan los enamorados? ¿Cuál es el valor del amor?

Sorpréndase usted, quien lee. No pondremos en cuestión lo que conocemos como cosificación del amor. Pues de ello, podemos entender que es la ausencia de la ausencia que conlleva intrínsecamente el amor. No me mal interprete. Regale flores, es un buen gesto, ya que a la primavera no la han fusilado, pero lo intentan. Alberto, solía decir que la estupidez siempre insiste. Como el deseo, como el amor.

No es que digamos, que el amor se asemeja a la estupidez. Pero muchas veces los límites no son claros. Y la gente se confunde con tantas certezas que lo contradicen. Que las personas estallan, y revientan pasionalmente por los rincones, es cosa bien sabida.  

Suelen decir, que el problema no es el problema, sino la solución.

El animal hablante, muchas veces queda preso de su propio lenguaje. Uno puede argüir una contradicción lógica ante una frase tan problemática. Y es muy cierto en el orden sintáctico, en la pretendida univocidad del sentido.

Pero, las personas sienten muy distinto. Son cuerpo de su sentir, de su sentido. Aunque muchas veces repiten “sobre gustos no hay nada escrito”. La letra pesa sobre el cuerpo. A lo que quizás, la frase intentara decirnos, que sobre la semántica no hay nada escrito. Aunque no paramos de escribir por ella, es decir, por la necesidad de describir un sentir.

Que el amor se inscribe en el orden del sentimiento, no está puesto en duda. Pero, que el sentimiento se inscribe en el orden de la palabra, sí. Es aquello a lo que llamamos “mentira”. Es decir, el que miente, es el que no tiene palabra. Es el que ha perdido, por así decir, el valor de la palabra y, con ello, toda credibilidad posible.

¿Hay credibilidad en el amor? ¿Hay mentira en la pasión?


Si bien, amor y pasión no son lo mismo, comparten una tensa línea de crédito y descredito. El sujeto arrojado por sus pasiones, muchas veces ama. El sujeto interpelado por el amor, no muchas veces se apasiona. El entusiasmo que muchas veces dura menos que la primavera, muchas veces no soporta los embates del verano que lo incendia todo, o del otoño melancólico que se deshoja bajo la lluvia. Suelen decir, que se ha ido el amor, y con él, la pasión.

No obstante, intentemos no irnos por las ramas que abundan. El entramado que intentamos llevar, es por así decir, el que convalida, el que da crédito, credibilidad al amor. Un entramado que nos acerque a la verdad sobre el amor, a la certeza del amor, al valor del amor. A fin de que podamos darle un sentido, brindarle, ceder  un gesto al sentir.


Hay un punto que puntea puntilloso la primavera. El florecimiento de la naturaleza. La polinización de las ideas. El aroma fresco golpeando al ser viviente. Un cariñoso gesto del viento que intercede, que corta la tormenta, y produce alivio y sosiego. 

Las metáforas loables del amor, como tener mariposas en la panza, o estar poseído por la locura, hacen a un sinfín de representaciones con las que se busca dar cuenta de algo más allá de la razón. Algo que nos viene dado de un afuera por dentro, una mirada, una sonrisa, una palabra, una tentación. Un algo que viene hacia nosotros y nos quiebra. Nos interpela desde, y donde el “yo” queda desarticulado. La identidad menoscabada, herida, separada del convencimiento de su propia propiedad. Un vértice que supura, que arde, que clama ser completado. Un punto de fuga inaprensible, que se escapa, huye, golpeando cada rincón donde posamos la conciencia.

Quizás el valor del amor, se encuentre en su mismo efecto. El amor al valor, a un valor por fuera de la razón. Un valor inapreciable por una sola palabra. Un valor que excede la abstracción. Un sueño que se hace presente al despertarnos de nosotros mismo, y nos despabila de la fragilidad con que atamos los pies a la tierra. Una briza que impacta, y nos mueve el piso, socavando la seguridad de las creencias. Arrojándonos a la pregunta por la ausencia. Conmoción que nos extravía. Nos vuelve extranjeros de nosotros mismos, en el abandono de las certezas.

Quizás, querido lector, por eso mismo le escribo. Para dejarle a usted, presente en su ausencia, un poco de mi presente ausencia. Un entramado sobre el abismo blanco del papel, un silbido perdido en el silencio de la noche. Un perdernos para encontrarnos, frente a la falta de siempre, a la escases de los días, en la laguna de la vida. Para compartir la soledad imperecedera de nosotros mismos. Porque si de amar se trata, se trata del valor que conlleva toda perdida, exactamente, la pérdida del otro.







Imagen:  Jacopo Zucchi,  Eros y Psique

domingo, 7 de febrero de 2016

El Superyó de-manda:





El prohibido fruto del que disfruto.

No estoy contento, jamás podría estar contento, nunca. Jamás ha de ser una posibilidad. Y nunca tendrá que serlo.

No debes vivir así. Es indigno tu hogar. El desorden demuestra tu proyección en la vida, debes erradicar el caos, purificar cada centímetro de tu casa, volverla de principio a fin, una obra ejemplar de la cotidiana purga de tus pecados. El diezmo diario con cual saldar tu deuda, tu mancha. Y de no ser así, te perseguiré hasta los últimos rincones de tu vida, golpeando con mi gran brazo de culpa, cada instante, cada paso, en cada pequeña distracción, llegare para atormentarte.

No debes vivir así. Morirás lentamente si no te alimentas como debes. Como rige la gran ley del tiempo lineal, desayuna con los ingredientes indicados para tu edad, no fumes, no pierdas los segundos matutinos contemplando las nubes. Almuerza los deberes que te impone la necesidad, trabaja arduo y duro, te liberara. No descanses para merendar, no puedes ser haragán, tienes que hacer con tu vida la utilidad, todo tiempo a un fin próximo, acción constante de la putrefacción. No te atrevas al pecado de la distracción, firme como la piedra, tus convicciones bajo tu nombre, serán la firma que arrastraras como Sísifo, hasta el umbral. Cena en tiempo y lugar apropiados, como una máquina, no te dejes doblegar por el gasto innecesario de tus energías; son la perdida, que no se puede capitalizar, y siempre, habrá que negar.

No debes vivir así. No te atrevas a cuestionar el ordenamiento que te ha dado identidad. Más allá de ti, o de nosotros, no encontraras más que el ancho frio de las inseguridades del abismo, que algunos locos, llaman libertad. Responde fiel a las tablas de la ley, sin ellas, perderás la personalidad, y no serás mas tú, sino otro. Un extraño sin patria ni ley, un enemigo, un extranjero. Y en estos tiempos de crisis, no hay generosidad posible, no hay hospitalidad con el adversario.

No debes vivir así. Anclar tus rodillas debes, al suelo puro de la tierra de acero con la que dominaras a las bestias y a los demonios que habitan la naturaleza. Se leal a mi gran representación, al Estado que te protegerá noche y día, de los bandidos desertores del mandato divino, del orden acaecido desde tiempos inmemoriales. 

Nuestra moral es el gran hierro que hiere al mundo para ver nacer el progreso por los siglos de los siglos. A él, concédele sin dudar, tu sangre, tu alma, y todo tu deber. Solo así, gozaras hasta la última gota prohibida del paraíso maternal.


Imagen: Salvator Rosa Witches at their Incantations,1646

jueves, 4 de febrero de 2016

DEL AQUERONTE AL LETE





« ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! »

Dante Alighieri





Negros pulmones que atesoran el infierno sobre los aires que invocan nuevos castillos donde producir más desperdicio. La era industrial y la tecnocracia han reemplazado el prototipo de humanidad de una naturaleza aún desconocida, pero latente, que grita en el ahogo de todos los cementerios, que supuran al recuerdo.    


Si tendríamos el agrado de que Virgilio se presentara por nuestros días,  para caminar entre los círculos del infierno, nos sorprendería  reconocer, que lejos de haber perdido vigencia, tal camino se ha extendido a través de los siglos por la tierra. Se ha globalizado.



Si nos entretenemos en interpretar las Instituciones, per se religiosas, con sus distintos matices, las sentencias que elaboran sobre este mundo más acá, o, sobre alguno más allá, del otro lado de la muerte, de donde solo nos llega a interpelar el silencio. Un silencio de tumba, que llama.


Si nos detenemos en todo su conjunto de prorrogas y métodos para conquistar, para lograr retornar al paraíso de la completitud divina, de una “felicidad” extasiante. Veremos, que de la grata compañía de incipientes máquinas de destrucción y producción, algunas conocidas con el nombre de Estado, aunque un poco bastante ambiguo, con todas sus divergencias orgánicas y, de proliferantes relaciones incestuosas con entes privados, que vemos entretenidos en masticar los huesos con los que reciclan sus ganancias, en el gran baile derredor de una bolsa mundial. Creo, que si creíamos al capitalismo ser la representación de todos los males, estamos resbalando en una idea, en una interpretación, tan errada, como aquella que menta por una humanidad “pura” dentro de un orden moral universal. Porque claro está, que con el planeta no basta, hay que conquistar el universo, hay que institucionalizarlo.


En este mundo de sueños interrumpidos, la decadencia y la ambigua culpa, se siguen sorteando en las comunidades con un insomnio escabroso. La univocidad con que nos son presentadas las concepciones del mundo, los conceptos como “realidad”, “verdad”, “justicia”, “violencia”, “progreso” y demás, lo demás. Y cuando hablamos del concepto, hablamos del lenguaje, de la lengua, del abrumador punzón con que se inscribe el sentido, con que se lo instituye. Estos conceptos que parecieran hechos para habitar en una determinada concepción, como artificios, como imágenes, como esculturas de un veredicto que fluye en la corriente del sentido-sentir-común y, que se desplaza ahogando toda posible superación de dificultades, toda comunicación, toda historia.


Un gran filólogo como lo fue Friedrich Nietzsche, en su ensayo: “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, nos exhorta a desprender de nuestras ilusiones, la esperanza sobre una apreciación de “lo real” de forma concluyente; siendo esto, lo real de lo real, incognoscible, indecible. Con la única posibilidad - no es poca cosa-, de ser representado –lo real- en transcripciones metafóricas. Re-presentar la presencia. Una presencia, que en tanto se presenta, hace presente lo abismal que se abre. Un abismo que nos abisma. Desde donde, y para lo cual, buscamos sostenernos en la cotidiana tarea de tender puentes imaginarios, imágenes de sentido, sensaciones como andamios de palabras, donde poder habitar la seguridad, la certeza, o el convencimiento de un hogar. Es estar al cuidado del mundo.





De aquí se desprende un menudo embrollo, donde se desenmascaran las “mentiras necesarias” en las que se funda toda Institución. La trama (mŷthos), o la mentira que supone una verdad absoluta por contraste, funda la narración, el origen de lo presente, un pasado-presente, una presencia que reclama entonces a su cómplice, la capacidad del olvido. Capacidad que será el sustento, la hoja en blanco, de la cual, y por la cual, las instituciones y el lenguaje mismo, no tendrían sostén. Olvido de las diferencias. Olvido del pacto. 


El mundo social conlleva una violencia originaria como condición de su funcionamiento. Un dialecto, una tradición, una cultura del deber y del ser, una hendidura como transcripción de lo real, metáfora del sentido existencial que impera en el sentir. Donde cada individuo es coparticipe inherente al cuerpo comunal, al cuerpo herido, al cuerpo marcado. Por él es formado, hablado, originado y hasta habitado y,-por qué no- asesinado. A las demandas de las circunstancias valorativas, se le dará sentencia, sepulcro y nombre. Se lo identificara, se le dará identidad, para estar resguardado del olvido. Hasta que sea enterrado, y en la parcela, retorne hacia el olvido.




Quizás de esto se trata, del recuerdo, de la memoria. La palabra “recordar”, la hemos heredado del latín “recordari”, compuesto por el prefijo re (de nuevo) y cordis (corazón). Por lo tanto, el recordar, convoca a “volver a pasar por el corazón”. Ponerse al resguardo del olvido, habitar el recuerdo resguardándolo del olvido.


La historia puede sostener identidad, pero no se trata de la identificación. Se trata de algo que está mucho más acá, y desde donde se brinda un sentido, es decir, desde donde se dona y se presenta un rumbo; desde donde se imparte, se regala un algo, un sentir en relación al sendero, al camino. Es presente, en tanto obsequio, en tanto a otro, la generosidad que solo genera la solidaridad, el sacrificio de Antígona, donde se funda una trascendencia del orden ético, donde se lo inscribe como dador de origen, de un origen sagrado en relación con la muerte.  


La memoria convoca al recuerdo, de uno de los mayores acontecimientos del que aún quedan rastros. El sacrificio con que se organizaban las milicias en la revolución española, no se ha vuelto a conocer, y quizás, tampoco re-conocer. La lucha hombro a hombro, en los sueños de cada rostro, por forjar otro orden, otra generación, otra trama en la gran bisagra del siglo pasado. El gran preludio de un genocidio, de una guerra que vistieron de paz, de una bestia que ornamentaron de futuro, de orden y progreso. La perversidad del racismo, del poderío comulgante del fascismo, y su gran brazo depredador de pueblos. 


De Guernica solo quedo Picasso. De Federico, alguna promesa gitana. Pero será, que entre los humillados, se encuentra una sacralización de la vida, que irónicamente, el mismo verdugo no ha dejado de aprovechar. Es aquí donde pareciera radicar una ética desconocida, forjada a la sombra de las miserias, con todo el valor que la sangre puede imprimir a los cuerpos sedientos de existencia, que aun buscan revivir cada eslabón de una tragedia épica; como la nuestra, en este mundo sembrado de acero y plomo, que no se detendrá por cosechar silenciosas matanzas, para rehogar las llamas del Tártaro, mazmorra de tormento y sufrimiento; que golpeara en cualquier momento el próximo desalojo, o la última bala que atraviese una mirada, tal vez inocente, tal vez culpable, por haber existido en los tiempos del abandono al placer cómodo, a la telenovela cotidiana de la serenidad del esclavo, atesorando seguridad como años vegetativos.


Pues, seguirá tal vez Virgilio, como agricultor y poeta, caminando por los campos de extermino que esta gran guerra civil-económica-legal conllevan.  Y nosotros, tendremos que descansar con la tarea de desandar, poco a poco, el sentido sabor de duda, que dejan las historias jamás contadas, en las que habita la vergüenza del pan amasado por pueblos sin nombre, bajo el silencio acusante, de las fosas comunes.




Imagen: Pablo Picasso Guernica, 1937