« ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! »
Dante Alighieri
Negros pulmones que
atesoran el infierno sobre los aires que invocan nuevos castillos donde
producir más desperdicio. La era industrial y la tecnocracia han reemplazado el
prototipo de humanidad de una naturaleza aún desconocida, pero latente, que
grita en el ahogo de todos los cementerios, que supuran al recuerdo.
Si tendríamos el agrado de
que Virgilio se presentara por nuestros días,
para caminar entre los círculos del infierno, nos sorprendería reconocer, que lejos de haber perdido vigencia,
tal camino se ha extendido a través de los siglos por la tierra. Se ha
globalizado.
Si nos entretenemos en interpretar las Instituciones, per se religiosas, con sus distintos matices,
las sentencias que elaboran sobre este mundo más acá, o, sobre alguno más allá,
del otro lado de la muerte, de donde solo nos llega a interpelar el silencio. Un
silencio de tumba, que llama.
Si nos detenemos en todo su
conjunto de prorrogas y métodos para conquistar, para lograr retornar al
paraíso de la completitud divina, de una “felicidad” extasiante. Veremos, que de
la grata compañía de incipientes máquinas de destrucción y producción, algunas
conocidas con el nombre de Estado, aunque un poco bastante ambiguo, con todas
sus divergencias orgánicas y, de proliferantes relaciones incestuosas con entes
privados, que vemos entretenidos en masticar los huesos con los que reciclan
sus ganancias, en el gran baile derredor de una bolsa mundial. Creo, que si
creíamos al capitalismo ser la representación de todos los males, estamos
resbalando en una idea, en una interpretación, tan errada, como aquella que
menta por una humanidad “pura” dentro de un orden moral universal. Porque claro
está, que con el planeta no basta, hay que conquistar el universo, hay que
institucionalizarlo.
En este mundo de sueños
interrumpidos, la decadencia y la ambigua culpa, se siguen sorteando en las
comunidades con un insomnio escabroso. La univocidad con que nos son presentadas
las concepciones del mundo, los conceptos como “realidad”, “verdad”, “justicia”,
“violencia”, “progreso” y demás, lo demás. Y cuando hablamos del concepto,
hablamos del lenguaje, de la lengua, del abrumador punzón con que se inscribe
el sentido, con que se lo instituye. Estos conceptos que parecieran hechos para
habitar en una determinada concepción, como artificios, como imágenes, como
esculturas de un veredicto que fluye en la corriente del sentido-sentir-común y,
que se desplaza ahogando toda posible superación de dificultades, toda
comunicación, toda historia.
Un gran filólogo como lo fue
Friedrich Nietzsche, en su ensayo: “Sobre
verdad y mentira en sentido extramoral”, nos exhorta a desprender de nuestras
ilusiones, la esperanza sobre una apreciación de “lo real” de forma concluyente;
siendo esto, lo real de lo real, incognoscible, indecible. Con la única
posibilidad - no es poca cosa-, de ser representado –lo real- en
transcripciones metafóricas. Re-presentar la presencia. Una presencia, que en
tanto se presenta, hace presente lo abismal que se abre. Un abismo que nos
abisma. Desde donde, y para lo cual, buscamos sostenernos en la cotidiana tarea
de tender puentes imaginarios, imágenes de sentido, sensaciones como andamios
de palabras, donde poder habitar la seguridad, la certeza, o el convencimiento
de un hogar. Es estar al cuidado del mundo.
De aquí se desprende un menudo
embrollo, donde se desenmascaran las “mentiras necesarias” en las que se funda
toda Institución. La trama (mŷthos), o la mentira que supone una verdad
absoluta por contraste, funda la narración, el origen de lo presente, un
pasado-presente, una presencia que reclama entonces a su cómplice, la capacidad
del olvido. Capacidad que será el sustento, la hoja en blanco, de la cual, y por
la cual, las instituciones y el lenguaje mismo, no tendrían sostén. Olvido de
las diferencias. Olvido del pacto.
El mundo social conlleva
una violencia originaria como condición de su funcionamiento. Un dialecto, una
tradición, una cultura del deber y del ser, una hendidura como transcripción de
lo real, metáfora del sentido existencial que impera en el sentir. Donde cada
individuo es coparticipe inherente al cuerpo comunal, al cuerpo herido, al cuerpo
marcado. Por él es formado, hablado, originado y hasta habitado y,-por qué no- asesinado.
A las demandas de las circunstancias valorativas, se le dará sentencia,
sepulcro y nombre. Se lo identificara, se le dará identidad, para estar
resguardado del olvido. Hasta que sea enterrado, y en la parcela, retorne hacia
el olvido.
Quizás de esto se trata, del recuerdo, de la memoria. La
palabra “recordar”, la hemos heredado del latín “recordari”, compuesto por el prefijo re (de nuevo) y cordis (corazón).
Por lo tanto, el recordar, convoca a “volver a pasar por el corazón”. Ponerse
al resguardo del olvido, habitar el recuerdo resguardándolo del olvido.
La historia puede sostener
identidad, pero no se trata de la identificación. Se trata de algo que está
mucho más acá, y desde donde se brinda un sentido, es decir, desde donde se
dona y se presenta un rumbo; desde donde se imparte, se regala un algo, un sentir
en relación al sendero, al camino. Es presente, en tanto obsequio, en tanto a
otro, la generosidad que solo genera la solidaridad, el sacrificio de Antígona,
donde se funda una trascendencia del orden ético, donde se lo inscribe como
dador de origen, de un origen sagrado en relación con la muerte.
La memoria convoca al
recuerdo, de uno de los mayores acontecimientos del que aún quedan rastros. El
sacrificio con que se organizaban las milicias en la revolución española, no se
ha vuelto a conocer, y quizás, tampoco re-conocer. La lucha hombro a hombro, en
los sueños de cada rostro, por forjar otro orden, otra generación, otra trama
en la gran bisagra del siglo pasado. El gran preludio de un genocidio, de una guerra
que vistieron de paz, de una bestia que ornamentaron de futuro, de orden y
progreso. La perversidad del racismo, del poderío comulgante del fascismo, y su
gran brazo depredador de pueblos.
De Guernica solo quedo
Picasso. De Federico, alguna promesa gitana. Pero será, que entre los
humillados, se encuentra una sacralización de la vida, que irónicamente, el
mismo verdugo no ha dejado de aprovechar. Es aquí donde pareciera radicar una
ética desconocida, forjada a la sombra de las miserias, con todo el valor que
la sangre puede imprimir a los cuerpos sedientos de existencia, que aun buscan revivir
cada eslabón de una tragedia épica; como la nuestra, en este mundo sembrado de
acero y plomo, que no se detendrá por cosechar silenciosas matanzas, para rehogar
las llamas del Tártaro, mazmorra de tormento y sufrimiento; que golpeara en cualquier momento el próximo desalojo, o la
última bala que atraviese una mirada, tal vez inocente, tal vez culpable, por
haber existido en los tiempos del abandono al placer cómodo, a la telenovela
cotidiana de la serenidad del esclavo, atesorando seguridad como años
vegetativos.
Pues, seguirá tal vez
Virgilio, como agricultor y poeta, caminando por los campos de extermino que
esta gran guerra civil-económica-legal conllevan. Y nosotros, tendremos que descansar con la
tarea de desandar, poco a poco, el sentido sabor de duda, que dejan las
historias jamás contadas, en las que habita la vergüenza del pan amasado por
pueblos sin nombre, bajo el silencio acusante, de las fosas comunes.
Imagen: Pablo Picasso Guernica, 1937