jueves, 4 de febrero de 2016

DEL AQUERONTE AL LETE





« ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! »

Dante Alighieri





Negros pulmones que atesoran el infierno sobre los aires que invocan nuevos castillos donde producir más desperdicio. La era industrial y la tecnocracia han reemplazado el prototipo de humanidad de una naturaleza aún desconocida, pero latente, que grita en el ahogo de todos los cementerios, que supuran al recuerdo.    


Si tendríamos el agrado de que Virgilio se presentara por nuestros días,  para caminar entre los círculos del infierno, nos sorprendería  reconocer, que lejos de haber perdido vigencia, tal camino se ha extendido a través de los siglos por la tierra. Se ha globalizado.



Si nos entretenemos en interpretar las Instituciones, per se religiosas, con sus distintos matices, las sentencias que elaboran sobre este mundo más acá, o, sobre alguno más allá, del otro lado de la muerte, de donde solo nos llega a interpelar el silencio. Un silencio de tumba, que llama.


Si nos detenemos en todo su conjunto de prorrogas y métodos para conquistar, para lograr retornar al paraíso de la completitud divina, de una “felicidad” extasiante. Veremos, que de la grata compañía de incipientes máquinas de destrucción y producción, algunas conocidas con el nombre de Estado, aunque un poco bastante ambiguo, con todas sus divergencias orgánicas y, de proliferantes relaciones incestuosas con entes privados, que vemos entretenidos en masticar los huesos con los que reciclan sus ganancias, en el gran baile derredor de una bolsa mundial. Creo, que si creíamos al capitalismo ser la representación de todos los males, estamos resbalando en una idea, en una interpretación, tan errada, como aquella que menta por una humanidad “pura” dentro de un orden moral universal. Porque claro está, que con el planeta no basta, hay que conquistar el universo, hay que institucionalizarlo.


En este mundo de sueños interrumpidos, la decadencia y la ambigua culpa, se siguen sorteando en las comunidades con un insomnio escabroso. La univocidad con que nos son presentadas las concepciones del mundo, los conceptos como “realidad”, “verdad”, “justicia”, “violencia”, “progreso” y demás, lo demás. Y cuando hablamos del concepto, hablamos del lenguaje, de la lengua, del abrumador punzón con que se inscribe el sentido, con que se lo instituye. Estos conceptos que parecieran hechos para habitar en una determinada concepción, como artificios, como imágenes, como esculturas de un veredicto que fluye en la corriente del sentido-sentir-común y, que se desplaza ahogando toda posible superación de dificultades, toda comunicación, toda historia.


Un gran filólogo como lo fue Friedrich Nietzsche, en su ensayo: “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, nos exhorta a desprender de nuestras ilusiones, la esperanza sobre una apreciación de “lo real” de forma concluyente; siendo esto, lo real de lo real, incognoscible, indecible. Con la única posibilidad - no es poca cosa-, de ser representado –lo real- en transcripciones metafóricas. Re-presentar la presencia. Una presencia, que en tanto se presenta, hace presente lo abismal que se abre. Un abismo que nos abisma. Desde donde, y para lo cual, buscamos sostenernos en la cotidiana tarea de tender puentes imaginarios, imágenes de sentido, sensaciones como andamios de palabras, donde poder habitar la seguridad, la certeza, o el convencimiento de un hogar. Es estar al cuidado del mundo.





De aquí se desprende un menudo embrollo, donde se desenmascaran las “mentiras necesarias” en las que se funda toda Institución. La trama (mŷthos), o la mentira que supone una verdad absoluta por contraste, funda la narración, el origen de lo presente, un pasado-presente, una presencia que reclama entonces a su cómplice, la capacidad del olvido. Capacidad que será el sustento, la hoja en blanco, de la cual, y por la cual, las instituciones y el lenguaje mismo, no tendrían sostén. Olvido de las diferencias. Olvido del pacto. 


El mundo social conlleva una violencia originaria como condición de su funcionamiento. Un dialecto, una tradición, una cultura del deber y del ser, una hendidura como transcripción de lo real, metáfora del sentido existencial que impera en el sentir. Donde cada individuo es coparticipe inherente al cuerpo comunal, al cuerpo herido, al cuerpo marcado. Por él es formado, hablado, originado y hasta habitado y,-por qué no- asesinado. A las demandas de las circunstancias valorativas, se le dará sentencia, sepulcro y nombre. Se lo identificara, se le dará identidad, para estar resguardado del olvido. Hasta que sea enterrado, y en la parcela, retorne hacia el olvido.




Quizás de esto se trata, del recuerdo, de la memoria. La palabra “recordar”, la hemos heredado del latín “recordari”, compuesto por el prefijo re (de nuevo) y cordis (corazón). Por lo tanto, el recordar, convoca a “volver a pasar por el corazón”. Ponerse al resguardo del olvido, habitar el recuerdo resguardándolo del olvido.


La historia puede sostener identidad, pero no se trata de la identificación. Se trata de algo que está mucho más acá, y desde donde se brinda un sentido, es decir, desde donde se dona y se presenta un rumbo; desde donde se imparte, se regala un algo, un sentir en relación al sendero, al camino. Es presente, en tanto obsequio, en tanto a otro, la generosidad que solo genera la solidaridad, el sacrificio de Antígona, donde se funda una trascendencia del orden ético, donde se lo inscribe como dador de origen, de un origen sagrado en relación con la muerte.  


La memoria convoca al recuerdo, de uno de los mayores acontecimientos del que aún quedan rastros. El sacrificio con que se organizaban las milicias en la revolución española, no se ha vuelto a conocer, y quizás, tampoco re-conocer. La lucha hombro a hombro, en los sueños de cada rostro, por forjar otro orden, otra generación, otra trama en la gran bisagra del siglo pasado. El gran preludio de un genocidio, de una guerra que vistieron de paz, de una bestia que ornamentaron de futuro, de orden y progreso. La perversidad del racismo, del poderío comulgante del fascismo, y su gran brazo depredador de pueblos. 


De Guernica solo quedo Picasso. De Federico, alguna promesa gitana. Pero será, que entre los humillados, se encuentra una sacralización de la vida, que irónicamente, el mismo verdugo no ha dejado de aprovechar. Es aquí donde pareciera radicar una ética desconocida, forjada a la sombra de las miserias, con todo el valor que la sangre puede imprimir a los cuerpos sedientos de existencia, que aun buscan revivir cada eslabón de una tragedia épica; como la nuestra, en este mundo sembrado de acero y plomo, que no se detendrá por cosechar silenciosas matanzas, para rehogar las llamas del Tártaro, mazmorra de tormento y sufrimiento; que golpeara en cualquier momento el próximo desalojo, o la última bala que atraviese una mirada, tal vez inocente, tal vez culpable, por haber existido en los tiempos del abandono al placer cómodo, a la telenovela cotidiana de la serenidad del esclavo, atesorando seguridad como años vegetativos.


Pues, seguirá tal vez Virgilio, como agricultor y poeta, caminando por los campos de extermino que esta gran guerra civil-económica-legal conllevan.  Y nosotros, tendremos que descansar con la tarea de desandar, poco a poco, el sentido sabor de duda, que dejan las historias jamás contadas, en las que habita la vergüenza del pan amasado por pueblos sin nombre, bajo el silencio acusante, de las fosas comunes.




Imagen: Pablo Picasso Guernica, 1937

domingo, 31 de enero de 2016

Luciano Arruga



No soy yo, tal vez era él, pero ya no lo recuerdo.

La muerte deja marcas, huecos, abolladuras, que uno no tiene con qué disimularlas. Solo el olvido las aterra y entierra, de vez en cuando, cuando hay cuerpo, o huesos, o una mano que nombre la ausencia.

Quisieron fugarme, ausentarme, callarme, silenciarme. Pero no pudieron. Porque más allá de los golpes marginales, de esos golpes que guardan para los negros, para los villeros, para los parias, para los pobres; más allá de tantos golpes, del otro lado, estaban ustedes. Pueblo sin nombre, que arrastra en la memoria el tiempo desaparecido, de los hijos que no estuvieron, de los padres que no fueron, de tantas madres que no nacieron, y de hermanas que no volvieron. A todos ellos, a todos nosotros, nos invitaron a morir, con la tortura cotidiana y el tiro de gracia.

No lo recuerdo, tal vez era él, pero ya no soy.



sábado, 30 de enero de 2016

No recuerdo



No recuerdo la última vez que vi a mi padre. Quizás, vestía un overol, aquel que usaba para labrar su pequeña huerta. Siempre se acercaba a contra luz, tapando la resolana con su mano derecha. Un gesto curioso cruzaba por su cara, como el de aquellos niños que éramos, tratando de encontrar la primer estrella asomada por la ventana del ocaso. Quizás, era un gesto de terror, tratando de soportar el esfuerzo inevitable que conlleva la miopía. 



No recuerdo la última vez que vi a mi padre. Quizás, estas palabras que escribo, como si conversara contigo, sean el último intento por inmortalizar la sospecha de que el olvido me ha vencido. De que tu voz se ha perdido por los rincones de la noche, como una tenue sombra que va muriendo devorada con el porvenir.



No recuerdo la última vez que vi a mi padre. Quizás, el eco que traspiran mis manos, tratando de escapar a la sentencia del olvido, nombrando en voz baja, tu mirada de firmes ojos encendida como llamas húmedas de nostalgia, con tu silencio de tumba, tu silencio tormento guardado en el entierro del que fue tu padre, y también mi abuelo.



No recuerdo la última vez que vi a mi padre. Quizás, porque bajo tierra se hunden las miserias de los encuentros perdidos, de los rostros vencidos, de la pena crecida como en el bosque el espeso verdor del tiempo, para taparlo todo y no dejarnos nada.



No recuerdo la última vez que te vi. Pero hoy, luego de enterrar lo que la vida dejó de vos, me fue inevitable sentarme con mi hija, bajo el rayo de la luna, como solíamos hacer juntos, cuando aún teníamos oportunidad y la vida nos tendía una mano, para ver en la noche la grandeza del misterio encendido en millares de estrellas.



No recuerdo la última vez que te vi. Pero quizás, ya no nos haga falta. Porque de esta historia he quedado yo solo de testigo, aunque aún intente contarte como sigue... 








 La caduta di Icaro (1606-1607), óleo sobre cobre de 40 x 52 cm, de Carlo Saraceni. Museo Nazionale di Capodimonte, Nápoles, sala 22.

martes, 26 de enero de 2016

¿La tarea del poeta?

"Porque tú crees que el tiempo cura
 y que las paredes tapan,
 y no es verdad".

Federico García Lorca


¿Cuál es el acceso a lo real? ¿Qué lugar ocupa lo “natural” en la sociedad tecnocrática? ¿Es simple materia prima como eslabón sustancial de la producción de la maquina supercapitalista? ¿Después de la muerte de Dios, el vacío dicho, solo será la ocupación técnica en nombre de la divina globalización?

La actividad poética no puede ser otra, que embestir lo real de mundo, la physis de nombre, arrancar en brotes el sentido connatural y, diseminarlo por toda la palabra. La representación de la presentación indecible del más acá, con el artilugio, con el artefacto del más allá, metafísico por excelencia: el sentido. 


Nos dice Martín Heidegger: “La lengua misma es poesía en el sentido esencial… La lengua trae por primera vez al ente como un ente a lo abierto. Ahí donde el lenguaje está ausente no hay ninguna apertura (Offenheit) del ente. En el instante en que la lengua nombra el ente por vez primera, tal nombrar hace aparecer al ente por primera vez. Este nombrar designa al ente para su ser desde éste”.


El abismo, hoy campo yermo de concentración, donde el humano se convoca para dar-se muerte sistemáticamente. Donación, que de la deuda fundante, brinda castigo. Ayer, en algún tiempo, era poblado, quería ser habitado como fértil campo. Mañana, será campo de batalla donde enterrar a los hijos que aún no han nacido, pero que vendrán para habitar el sentido-desierto-sin-sombra, lógicamente acuartelado.

La errática humanidad, no recuerda el aroma de la tierra, que hace mucho tiempo dio con su abandono, y hoy se pregunta convocante, por alguna salvación. No hay prohibición ni prescripción primera. Solo, de la POÉTICA hacia la ÉTICA, danza lo mundano.




jueves, 21 de enero de 2016

La guerra civil





Nadie conoce la guerra civil. Nos hemos tenido que valer de libros históricos, de pequeños retazos de imágenes sombrías, cuerpos mutilados, y de alguna suerte de dolor mimético. Hemos tenido que hacer pequeños bocetos audibles de los gritos del escarmiento. Pequeños recortes, tullidos, del dolor que acompaña una guerra civil. Pero nadie la conoce. Aunque parezca extraño que nadie la conozca, todos la viven. La llevan en la sangre, donde el tiempo se hunde en la carne hasta los huesos. Donde los días son contados, rendidos, arrastrados, como el precio que paga la vida por ser guerra, común o civil, o tan solo una categoría más, para rendir culto a la palabra.


No la conocen, pero lamen su ansiosa máscara de realidad. Firman con su huella el arado del tiempo, la desidia de horarios de oficina, de la paga mensual, quincenal, semanal, o al menos, de aquélla que aprieta los pies al suelo, y que algunos llaman hambre.


No la conocen, pero la miran a cada instante, cuando el dolor puja la sombra del horror. Cuando la lágrima corta el paisaje y se hunde en el desierto cotidiano, de rutinas salvajes, intempestivas, inoportunas, que irrumpen el sentido ordinario, común, desolador de los principios que nos informan, que notifican, que nos revelan algún sentido con el cual conformar un estado de paz, civil, humano, lo suficientemente humano para no llamarlo guerra civil, y tan solo atemperar la duda, como el eufemismo de una ciencia, o de alguna economía que señale el valor de la palabra, o del tiempo, o del trabajo, o de la puta vida.


Nadie conoce la guerra civil, porque su lenguaje no es enseñado en los colegios. Nadie lo anuncia en los diarios. No hacen gala por ella, ni programas tendenciosos con escotes torcidos, o prosaicas ideas de progreso. Es como aquella persona que no se anuncia, que nadie invitó, y que tampoco recuerdan cómo se llama, o cuándo se fue. Es como el último rincón de la casa, donde van a parar las sombras enredadas del polvo, donde se guardan las amargas preguntas que solo arañas tejen.



Al fin, como el desprecio horroroso, como el terror palpitante, la guerra civil calla. Se mueve en silencio, su casa está hecha como un cementerio de edificios y calles. Viaja por el tendido eléctrico, por los cordones dormidos, por las noches ciegas. Toma la mano de todas las billeteras, de todas las caricias, de todas las palabras. Y las calla, las enmudece, las aprieta en nudos marineros que asfixian lentamente. Igual que la muerte, viaja sentada y nunca avisa donde irá a descender.






 Apoteosis de la guerra de Vasily Vereshchagin. Óleo sobre lienzo, 1871. Galería Estatal Tretyakov, Moscú.

Aromas discretos




LA MUERTE NO ES LA NADA

La Muerte no es la Nada, sino que nada es.
El Nacer no es la Vida, sino que nada es.
Equivócase, por terrenal, el Corazón si te llora
pues en nuestra mente estás, y estuviste antes de sernos visto
En nuestra mente todo lo que eres, está
pues nunca estuviste sino en nuestra mente
y nuestra mente es la única que jamás existió.
Amarte, pues, debemos, pues que vives
y no Dolerte, pues no cabe perderte.

Macedonio Fernández


En el exilio virtual, muchas veces autoinfligido como novedoso artilugio del masoquismo, nos empapamos de muchas pelotudeces. Mientras que los macrivillanos siguen haciendo de las suyas. Y en esta ciudad, como toda ciudad, se gotean las costumbres. Nada raro, arto evidente para no videntes. Ya que al parecer, todos diagnostican la verdad, vamos a colaborar con la pelotudez. Para ello, nos valemos de aquella impronta que dice: “todos compartimos en alguna medida el sentido común”. Gajes de la identificación, la mimesis y, eso que llaman identidad como equivalencia de subjetividad. Un engranaje que se arrastra sobre el mal entendido.

Del proverbio que dice: “No tropieces dos veces con la misma piedra”, o aquel de Albert Einstein: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”; podemos sacar algunas conjeturas. La metáfora de las piedras, se acuña muy bien al uso de las palabras, al desplazamiento explicativo, descriptivo, argumentativo, o cualquier canto rodado que se desprenda de los labios. En pocas palabras, el discurso cotidiano, siempre afluente como reincidente, constante “blablablá”, tan constante que pasa inadvertido, se desenvuelve como un gran manto conceptual sostenido en el orden imaginativo, gran soporte de abstracción. Y no olvidar, lo más importante, en el ordenamiento lógico secuencial, el significante será el origen. La huella audible, el sonido que atraviesa la percepción e instaura el margen que aloja significación.

Pero al fin ¿Qué venimos escuchando? El soporte musical, el andamiaje tonal, el tempo, el ritmo, y todas las yerbas que acompañan la faena cotidiana, que inscriben la costumbre, el hábito, el habitar la tierra, el cemento, o la cueva con abertura al pulmón sofocado, acaso ¿Qué inscriben? ¿Cuáles son las piedras con las que tropezamos?

El chisme de barrio ya no dice nada. En otros tiempos el silencio se cobraba la vida, o la tortura. Hoy, el silencio solo es un atributo de las radios en desuso. El gran desprendimiento rocoso periodístico “informativo” avasallante que nos enfrenta a más de una piedra. Ya no son ríos de tinta, sino muros condensados de baba que cimentan la gran guerra del sentido. El gran capitalino que vierta la próxima piedra no estará libre de pecado, pero sí, de impuestos.

El sentido que se impone. El hombre-máquina programado discursivamente, sometido por su gran facultad, el lenguaje. Lo que comparte cotidianamente con el otro, cual requisito imprescindible, es estar ornamentado por las mismas premisas, no obstante, ser sometido.

Para no extenderse uno en el pelotudeo ya que se vuelve insoportable, mejor redundar en la segunda premisa.

Quizás, contemplar más de una vez, el giro perverso de los relojes, el tic tac que martilla el silencio de las noches. Contemplar, quizás, el eterno retorno, como gran repetición compulsiva, evidente y subyacente al comportamiento, al ordenamiento, al fatigado andar y andar de la calesita, rugiendo oxidada por atrapar ese deseo que es la sortija. Dicen, que para algunas cosas, como atrapar la sortija, hay que tener buen olfato, se necesita sagacidad. Si uno se remite a la etimología de la palabra presagio, del latín praesagium, compuesta por prae (delante) y sagire (tener olfato), entendemos que para no tropezar con la misma piedra, o no hacer siempre lo mismo y, poder alcanzar la sortija, se necesita algo más que el imperio de la imagen.


 Se necesita de la sagacidad del olfato para prevenirnos de lo que hay por delante. Quizás sean las miles de toneladas diarias de desperdicio, el resto humano, el desecho-humano, el menudo vuelto de la revolución industrial que se colecciona en los rincones, o quizás, sólo la imaginación. Pero, sin duda, algo huele muy mal.




 El triunfo de la Muerte es una de las obras más conocidas del pintor flamenco Pieter Brueghel el Viejo. Un óleo sobre tabla de 117 cm de alto x 162 cm de ancho, pintado hacia el año 1562. Escuela flamenca del siglo XVI.