miércoles, 25 de abril de 2018

Desconciertos del desconsuelo


“No hay límites para la melancolía humana
Se cuenta siempre con una piedra para colocar sobre la pirámide de las lágrimas
Están seguros de padecer tanto como una mujer estrangulada
en el momento en que ella sabe que todo ha terminado y desea acabar
Están seguros de que no valdría más
ser estrangulado si uno piensa en los cuchillos de las horas que se acercan
Desde hace tiempo vivo mi último minuto
La arena que mastico es la de una agonía invisible y perpetua
Las llamas que hago recortar de tiempo en tiempo por el peluquero
son las únicas en delatar el negro infierno interior que me habita
Como cuerpos privados de sepultura
los hombres se pasean por el jardín de mi mirada
Soñadores inexplicables
o soy el único a quien golpea una mano desecada
en este desierto poblado entre estas flores áridas”
Louis Aragon




Era una noche descompuesta de tempestades. Las copas de los árboles se abatían como unas piernas frenéticas sobre el oscuro océano del cielo, esas mismas piernas que imitan las endebles costuras del ánimo urbano. Entre las luces blancas de la calle, que daban el preludio augurante de un perfume de orfanato, se abría desolado el camino angosto para los animales parlantes, esos mismos que amontonan la zozobra de los días bajo las camas con que adornan sus sexos. Más ancho se desplegaba el asfalto como una lisa capa acaramelada de brillo, como una mesa de quirófano con pequeñas máculas oscuras, esos charcos de sangre que se destilan en los bordes que cordonean las veredas, y que en ningún hogar faltan. 

Un lejano golpeteo al compás del vendaval de la distancia se venía acercando; de pronto una sombra agazapada giró en la esquina. A primera vista, una mujer de caderas carnosas, producto de una postura temerosa, intentaba desplazarse por la vereda, casi reptando. El miedo con que esta mujer se contraía, su endeble figura propia de un animal aterrado y huidizo, acrecentaba en mí un calor abominable, volcánico y visceral. Se elevaba desde lo más profundo de mi entrepierna un impulso originario y brutal, un movimiento atroz que superó todo ánimo de voluntad. 

Mi cuerpo estaba entumecido, acechante. Y la posición en que me encontraba me daba una clara y soberbia ventaja sobre mi cercana e indefensa víctima. Mientras más se aproximaba, con más fuerza mis oídos la escuchaban jadear de pavor y tosco paso. 

De pronto, todo el cuerpo agarrotado se trasladó al momento en que la presa estuvo ante mis ojos. Nublado de ambición el apetito lacerante se volcó sobre ese cuerpo espantado y paralizado de terror; su olor y entumecimiento se expandían entre mis manos, y sus ojos abiertos como grises faroles clavados en el cielo vibraban con cada golpe que las manos acertaban sobre su cuerpo ya casi desnudo y que comenzaba a desgarrarse; fría en su torso, sus pechos delicados y flácidos me hacían recordar a mi madre una noche que me pegaba con su cinturón Dolce & Gabbana y sus tetas saltaron a mi vista entre su camisón. 

Cuando comenzó a llorar con ronquidos mudos ya mi boca había devorado toda su vulva, era como besar los labios de una bestia muerta y disecada. Ya lo sabía, todo estaba listo para coronar la faena, solo bastaba acabar con ella desde lo más profundo de su cuerpo, abrirla al fuego punzante de los genitales fundidos en la armonía universal; entronizar la cópula, y verla por dentro con la punta mordaz de mi miembro. 

Ninguna palabra escuché de su voz. Su nombre quedó en un desconcierto arrojado y desconocido en la vereda barrosa para el encuentro de algún ambulante. Horas y horas mirando por la ventana esos restos de carroña me llevaron a pensar que no era suficiente alimentar la sed sin apaciguar el anhelo. Sabía que aún necesitaba más, y ningún remordimiento atravesaba mi conciencia. No tenía más opción que obedecer a mi destino, tenía que cumplir con la pena ejemplar que la comunidad demandaba; al fin y al cabo, ¿cómo sería este mundo sin culpables y desconsolados, sin aterrados y perversos?

El vértigo de Eros - Roberto Matta

miércoles, 18 de abril de 2018

La famosa decisión


“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”


Aldous Huxley






La famosa decisión de estar muerto. Aquella mañana cuando salía hacia el trabajo, y luego de esperar un colectivo que estaba de paro y que sin remedio me estaba dejando de garpe, se me volvió a revolver entre las entrañas una idea maliciosa, tan excitante que se imponía sublime como un ladrillo en el pecho. Todo sucedía a los golpes de una ansiedad rasposa que como un cincel entraba por la boca con cada pitada, todo un deporte extremo; así se fue desenvolviendo el viaje mientras observaba a los leprosos avanzar dentro de sus autos como unos infectos sanos de mierda que se andan todo el día con la verga en la mano masturbando sus celulares.


Una idea maliciosa que -debo confesar- en primera instancia atentaba contra mi persona, pero la conclusión era absurda; acabar con esta existencia no dejaba de ser una pérdida de tiempo, no tanto una cobardía moral, sino una defraudación práctica instantánea y agobiante, una respuesta pedante.


Hacía años la relación en casa con mi señora era un atolladero de malhumor, desconciertos y una que otra plegaria servida frente al televisor. Una relación sin relación es como una almohada sin sueños, o como una casa sin puertas ni ventanas, viciada de anhelos. Es decir, que no había diferencia alguna con la costumbre de un adolescente cagón, que se encuentra con un mundo que está ahí, desecho ante sus ojos, con sus pautas etílicas; ahí donde acomodamos el culo a lo más cómodo del calzón para no sortear ninguna dificultad entre el aire que ventea por las bocas y el que se resbala por el orto.


Hay actitudes que rompen las pelotas. Esas irreversibles muestras de la bestialidad, el aliento enmohecido de cloacas desbordadas que se chorrean de las lenguas hilando basureros, y que invitan a farsantes decoraciones de interiores para imposturas de versículos y castigos domiciliarios; toda esta concatenación de irritante queja ya se había institucionalizado en mi vida como una banalidad a granel.


La idea, la idea maliciosa roía todas mis mociones al estilo full time, tiempo completo de crucifixión. Un derrame cerebral dilatado, una gotera a sangre fría que necesitaba ser purgada, desechada. Para ser absuelto era necesario un culpable, un reo que cargara con la justicia sobre su cuerpo, que le dejara marcas, agujeros, vejaciones y una memoria de ligustrina.


Seis décadas entre las manos a uno lo convierte en un frágil trasto ornamentado. Una suerte de padecimientos empolvados de insatisfechas vacaciones, hijos sin escrúpulos ni tiempo para visitas, y ceremonias dominicales que como un pesticida renuevan los pactos con la vida engordada de especulaciones.


La idea crecía como una metástasis en el cerebro, una piedra que no podía vomitar ni cagar, no pasaba por la tripa. En mis buenos años con garchar a una puta la malaria de la ansiedad menguaba como un globo que se evacúa de forma estridente. Ahora no, no tenía más remedio que el purgatorio.


Con el paso del tiempo descubrí lo mejor que da la vida, lo único e imperecedero: la muerte ineluctable.


La decisión fue cortar por lo sano. Ese día la esperé llegar al hogar, anticipé la jugada con unos mates, paliar la tensión con preguntas ordinarias y huecas, cambiar la yerba y calentar el agua. Y cuando tuve la oportunidad, esa pequeña oportunidad, sin descuido ni arrepentimiento, con la duda en el bolsillo, me acerqué por detrás como el mayor de los cobardes, y la abracé. La abracé hasta que mis brazos se quedaron exhaustos y tendidos, plegados como un papel al fuego o como un caracol calcinado en sal, coroné mi vocación en la vitrina de los fracasos. 






Ernesto Deira, "En torno al pensamiento" 1964 

martes, 17 de abril de 2018

Decálogo


"El horror de herir es todavía más fuerte
 que la angustia de perder."



Yo no salgo de mi casa. Cuando todo comenzó a desmoronarse comencé a reflexionar sobre la desconformidad que adviene a la insatisfacción crónica. Mi señora andaba de guardia en el hospital, con baja libido me comentó por teléfono, para luego enviarme un mensaje de texto y decirme que estaba embarazada. No tuvo mejor idea que arrojar el comentario como quien no quiere la cosa, esa misma cosa dando vueltas por sus entrañas, creciendo y demandando ilusiones, de aquí para allá hasta encontrar la forma de salir. No pocos problemas conjuraba a nuestro rendimiento sexual y a la salud cotidiana con que habíamos montado las humildes pautas concernientes a la convivencia mecánica.


Hacía meses que los espacios en la casa comenzaban a reducirse lentamente, como un perro muerto bajo el sol, consumido paulatinamente con la ayuda de moscas y roedores, hasta que lo arrojan al filo de las vías, o al patio del vecino, del otro lado de la medianera. Este y otros paisajes más se presentaban desde la ventana del departamento.


El primer conflicto sucedió cuando cortaron el gas en todo el edificio. Una eventual pérdida señalada por un barómetro certificado bajo el método científico, daba la señal de alerta. Todos estábamos prácticamente en pánico bajo la alusión de reventar en el aire, o de ser detonados por algún imprudente al estilo AMIA, o quizás morir ahogados al dormir en sueños en el mejor de los casos. La prudencia de los técnicos determinó cambiar los hábitos, el agua caliente era un recuerdo que se iba alejando como el mejor paradigma de una clase media devaluada y que ya comenzaba, infecta, a olerse ella misma.


Este pequeño incidente con tamañas consecuencias se agregaba con sigilo a los años de humedad acumulada en las paredes. El color del papel tapiz indescifrable y las manchas de infinitos ecosistemas crecían al galope, al tiempo que nos obligaba a reducir cada vez más los espacios de esparcimiento. La cama en el centro de la pieza y la ropa que se acumulaba en pilas a su alrededor despertaban el deseo de un sacrificio, de incinerarlas al mejor estilo Auschwitz. El panorama en el comedor era menos alentador, los libros que durante tanto tiempo iluminaron nuestros ratos de ocio se prometieron en un suicidio colectivo, y desbancaron con ellos la repisa que tanto tiempo los cobijó; sin olvidar que a su paso bien supieron llevarse un buen pedazo de la pared.


La casa, el hogar, o este montón de porquerías amontonadas comenzaban a quedarnos muy chico como para además tener un animal gritando y chupeteando todo el rato. Era una mala idea. Todo este puto lugar era una mala idea. Pero no podía salir de esta idea, de este lugar; allá afuera tampoco había solución alguna a mis problemas.


Durante algunos instantes recordé la trama del trauma de Prometeo, castigado a tener el hígado roído eternamente por un cuervo bajo la excusa de hurtar la llama de la sabiduría del olimpo y entregársela a los estúpidos mortales. Y de pronto me sentí identificado con él, con esa suerte de héroe que contraía la catástrofe de un mundo lleno de progresos que se apagaban como la cabeza chamuscada de un fósforo.


Todo resultaba inútil y artificioso, y mis manos se encogían cada vez más; tenía que omitir el destino antes de pretender designarlo, controlarlo o manipularlo. ¿Cómo nombrar a una criatura si ni siquiera podía escapar del disgusto crónico? Empezaría por una certeza, por un decálogo redentor. El primer paso, ese sí, era salir de esta casa lo antes posible, tachar de un manotazo todo el tapón de cera que me paralizaba, y mire hacia la ventana como la promesa de una emancipación única, de una acción, la única, que no podía fallar.




Ernesto Deira, Sin título, 1961, óleo sobre tela, 130x196 cm.

viernes, 17 de noviembre de 2017

La erosión de lo erótico



“Hay una distancia irreductible entre sujeto y sujeto: un abismo insalvable, discontinuidad, una soledad extrema. Sólo él muere, sólo él vive, sólo él es él.”

Georges Bataille. El erotismo



La cultura de consumo, el culto de consumir(se) es una espectaculación, una radiación nociva que bajo la ilusión de la salvación y mediante el placer exacerbado y masturbador devora la vida en una condena depresiva, aislada en autolesiones frenéticas que ensordecen tanto como adolecen la habitación del habitar mundano. Se presenta como gran compensación a la trágica erosión de lo erótico. Es un reflejo de época, una oración interior que se ahoga en un fuego ensimismado, un patológico remordimiento que se mutila en la pira de su (p)oblación, la traducción de un infarto, de un sacrificio truncado. Los esclavos modernos bajo el yugo de la prohibición maníquea han entregado su existencia al turismo de emociones televisivas, a recorridos sin trayectos ni riesgos, en una simple y pueril condena de lo cotidiano, sacrificio abstracto y malogrado que se estipula y estimula en ecuaciones gananciales; donde no hay lugar para la perdida todo está perdido, no hay otro que aparezca, que atempere la aislación abismal y febril del yo delirante en absoluta idealización que solo absuelve abstracciones; es en una experiencia que no deja rastro alguno, sin marca alguna. Nada se inscribe en su imagen, en su perfil megalómano, donde tan solo queda la ilusión como refugio sedante y celante de la vida muriente. Este es un delirio de inmortalidad que se oculta en reacciones fóbicas ante la muerte, negando su topología, su fondo bajo tierra. El sujeto carente de experiencia interior adolece sin límites lo ilimitado, y aturdido deambula en busca de una salvación, la solución final, el holocausto trascendental producto de su maquinaria-maquinación especulativa. Este producto sujeto-cerrado-en-sí-mismo es un delirante crónico arrastrado en su debilidad ética que consuma en hedonismo colérico. 



En el despliegue de la ilusión de la conciencia, el sujeto moderno tardío se encuentra apresado, sujeto de derecho como transición de la esclavitud sublimada en propiedad privada. En el tener(se) abjura su ser, deniega el camino a lo otro, retirándose al interior de la caverna encefálica de su abstracción colocada en el (a)parecer del habitar exterior y efectivo que intenta dominar. Esto otro por lo cual se obstina en dominar en obscena perversión es su propio terror ante todo lo que él no concibe en su tener(se) ser.





“El eros es lo único que da vida al organismo. Eso se puede decir también de la sociedad. El narcisismo exagerado la desestabiliza.”

Byung-Chul Han





Distinta será la ocasión para aquel que pueda jugar éste abismo sin ahogarse en su voz e imagen defensiva, quien pueda anteponer su territorio y otorgar el lugar necesario para que la otredad entre en escena, para que acontezca, y así aparezca como un golpe en la tormenta, como un rayo en la noche que atraviesa la oscuridad absoluta.



Al ceder su posición adquirida y redescubrir la temporalidad desde la otredad, la cuadratura inercial del yo declina y se encuentra invitada a transgredir su propia figuración, limitación adquirida por defensa maquinal, que se redescubre en lo otro, que ya no solo lo nombra, sino que le propicia el encuentro de una experiencia erótica en el encuentro con lo totalmente distinto; experiencia desconocida y oscilante frente a su propia muerte, en su propia experiencia de lo imposible.



El Gran Masturbador de Salvador Dalí



Publicado en "Erotismo" número 9 de la revista Chubasco en primavera, año 3, noviembre 2017. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Black Mirror: ‘La ciencia de matar’ (Men Against Fire)

«Para vivir como propietario es preciso apropiarse del trabajo de otro, es preciso matar al trabajador. La propiedad es la gran matriz de nuestras miserias y de nuestros crímenes. La propiedad devoradora y antropófoga. Añagaza, violencia y usura, tal es la clase de medios empleados por el propietario para despojar al trabajador.» 


Pierre-Joseph Proudhon, carta a M. Blanqui sobre la propiedad, 1841.



En la aplicación del marco teórico desarrollado por Sigmund Freud en “Introducción del Narcisismo” y “Psicología de las masas y análisis del yo” utilizaremos el quinto episodio de la tercera temporada de la serie de televisión británica Black Mirror (creada por Charlie Brooker), traducida en habla hispana como: ‘La ciencia de matar’ (Men Against Fire).

Stripe (Malachi Kirby) y Raiman (Madeline Brewer) son dos soldados que deben proteger a los habitantes de una aldea de la invasión de unas criaturas llamadas Roaches (cucarachas) que son perseguidas de forma sistemática por el ejército. Los soldados tienen implantado un dispositivo en el cuerpo denominado “Máscara”, que permite acceder a la información detallada en cada misión, y sirven como apoyo y comunicación en las operaciones, mostrando imágenes virtuales frente a la retina de los ojos.

Lo que no saben estos miembros del ejército es que este dispositivo interfiere con sus pensamientos a un nivel más profundo, modificando lo que perciben sus sentidos. Eliminando sonidos y olores no deseados, modificando la apariencia de sus enemigos y manipulando lo que ven o sueñan. Configuraciones controladas no por sus usuarios, sino por los programadores del ejército. La cara visible de tal organización es Parn Heidekker (Francis Magee) que oficia de conductor y garante.

El capítulo se desenvuelve ante el ataque por parte de las cucarachas a un almacén en un pueblo cercano. Una vez en el lugar, los uniformados se encuentran con el pánico generalizado entre la turba del pueblo, quienes ruegan ser resguardados de los monstruos que atentaron contra su estabilidad.

Stripe, quien está en su primera misión y nunca ha tenido contacto con dichos enemigos, entabla un lazo de identificación con su compañera Raiman. Ambos incursionan en la cacería comandados por su capitán, y cual matan un par de estos deformes monstruos. Este triunfo no es sin consecuencias, ya que para Stripe, el hecho traumático se ve acompañado por un daño en su “máscara” a través de un extraño artificio desarrollado por estos subnormales; una suerte de linterna que decodifica y hackea la programación con cual funciona el dispositivo del ejército.

A partir de este momento se despliegan los conflictos internos para el personaje. Si bien es patente la doble ligazón libidinal entre conductor (o el entramado jerárquico propio de éstas masas artificiales) y los demás compañeros, el acento sobresale por un lado en el conflicto de un fenómeno principal: la falta de libertad del individuo, y por el otro, en los impulsos despiadados y hostiles hacia quienes no pertenecen a ésta comunidad, ya no solo el ejército, si no los pobladores adyacentes a la estructura. Ambos coordinados por un ideal común, una idea conductora: el enemigo a exterminar. El efecto unitivo producido por el odio a una amenaza externa es el modelo de identificación por cual se configura ésta comunidad. Siguiendo los desarrollos de Freud, podemos aseverar que se sustituye la ligazón libidinal de objeto por vía regresiva mediante la introyección del objeto en el yo; objeto que mantiene las propiedades de una “persona no amada”, afirmando así la cohesión de los individuos por medio de un ideal del yo reactivo, hostil, cruel y perverso, propio de un narcisismo trófico.

Cabe destacar que Stripe se enfrenta a ésta situación al fallar su máscara. Comienza a percibir los controles represivos de la misma, y la manipulación dirigida a su comportamiento como también a entrever la sospecha de la influencia que ejerce dicho dispositivo sobre los sueños de índole erótica de todos sus compañeros. Una vez que restablece el contacto con los objetos externos del mundo, como los sonidos, aromas y colores, puede ver que sus enemigos no son figuraciones monstruosas, como tampoco emiten sonidos desgarradores, es decir, se encuentra ante personas que concuerdan con el marco valorativo de “humanos”.

Esta situación crítica llevará al enfrentamiento con su compañera al tratar de resguardar a estos enemigos que tan solo él puede ver y escuchar como dotados de condición humana. Luego de ser detenido, tendrá una conversación final con la cara visible del sistema, con el conductor Parn Heidekker. Él le explicará la perentoria necesidad del artificio de la máscara, ya sea para llevar a fin las crueles tareas y sentir satisfacción por su cumplimiento, como también para cuartar toda posible empatía con el enemigo. También lo enfrenta con la grabación de los asesinatos sin la interferencia represiva, y con su propia aceptación voluntaria a la hora de incorporarse al cuerpo del ejército, y que él no recuerda como tampoco acepta haber realizado.

Para concluir, tendrá dos opciones: aceptar la condena perpetua en prisión, o mantenerse en la masa con la conmutación de su condena, y el indulto de su sentimiento de culpa. Siendo ésta última una ganancia para su estabilidad anímica a través del olvido de todo el transito traumático, nos parece que su decisión es deducible.

Bundesarchiv Bild 183-R69919, KZ Auschwitz, Brillen

martes, 31 de octubre de 2017

Coraje y depresión, idiotismo y respuesta: la verdad necesaria para toda política

Reflexiones acerca de la escenificación de la tragedia democrática


“La misma absorción de la propia iniciativa; no hay duda: el hipnotizador ha ocupado el lugar del ideal del yo. (...) El hipnotizador es el objeto único: no se repara en ningún otro además de él. Lo que él pide y asevera es vivenciado oníricamente por el yo.”
Freud, S. (2013). “Psicología de las masas y análisis del yo”. En Obras completas: Sigmund Freud (Vol.18, p.108). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado 1921)

“¿Y el oído de nuestro pensar? ¿No oye todavía él clamor? Seguirá sin oírlo durante tanto tiempo como no comience a pensar. El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar.”

Heidegger, M. (1995). “La frase de Nietzsche «Dios ha muerto»”, (1943). En Caminos de bosque (p.198). Madrid: Alianza Editorial.

“Nubarrón tras nubarrón cubre el sol de la esperanza con promesas que no alcanzan, con realidad que no llega con manos que se refriegan y otras que nunca descansan. Nubarrón tras nubarrón que se convierte en pedrada sobre la melga sembrada de sueños y de ilusiones mientras crecen las pasiones proletarias y olvidadas. Nubarrón tras nubarrón llovedoras de cinismo reliquias de un feudalismo ramificadas en leyes, reyes que no quieren reyes pero que reinan lo mismo, catedráticas mortajas que levantan sus banderas en espera de otra espera que revalide su enjambre mientras el pueblo con hambre ni se ignora ni se entera.”

Larralde, J. “Allí donde alcé mi rabia”. En Simplemente (1973). Buenos Aires: RCA Camden.


La esperanza es un dar que funda confianza, camino necesario para toda reconciliación. Es en la promesa donde acontece el lugar destinado a la espera, a la esperanza. Este bendecido artificio del esperar, del aguardar en uno aquello otro prometido no es tan siquiera la desdicha de una ilusión pasajera como tampoco la confortable apariencia de un progreso venidero.

El decir de la promesa, de lo prometido, nos habla del futuro y su destinación. Pero en tanto dar y otorgar es un hacer y un contraer sobre las secuelas del tiempo, un horadar el marco de la palabra con el fuego prometeico en que se incendia la memoria, como en la hoguera de un sacrificio llamado primitivo.

Es en la promesa donde deviene el juego mediador y nefasto del concilio y la devoción como aparente reconciliación o pacificación. Sea bajo la figura del devoto que otorga su voto, o del deudo que se estima con ingenua confianza al conceder resarcimiento con el pago de lo adeudado, de lo debido en la conciencia de la culpa y la redención.

Todos estos movimientos devienen en un sujeto hecho objeto en su decir ya sujeto por esto, a la conformación del deber bajo un imperativo que responda, que dé cuenta, al honor o al horror de un ser-se reconocido. De un ser-se aguardado en la memoria pública como heredero de su propia propiedad de condenado. Este servidor público que se arroja con promesas hacia el futuro es un prisionero compulsivo que ata su lengua a la sangre que destila su conciencia en la habitación de su habitar mundano.

Antigua se prefigura la esperanza como ciega búsqueda de la salvación, o de alguna señal, quizás, tan solo una respuesta que signe el estar y el porvenir desde un rumor pasado y tardío, como también, incluso, oculto y perdido; más acá o más allá. La promesa ha fundando el porvenir, el necio movimiento de los esclavos y patronos del dinero, o cualquier compensación imaginaria, tributo, o demanda propia de toda desesperación. Esta función esquematizada en el progreso individual de los emprendedores es un rizoma engañoso y mortal a un nivel carnal desarrollado de forma industrial y financiera, sistematizado por una economía política como en cual gozamos actualmente; su afección es totalizante. Atraviesa toda  etnia, culto y cultura, igualando en diáfano calculo las tuercas que moran en un paraíso de acrílico y petróleo, aplanando toda comunidad y tradición, ya sintetizada en una esquizofrenia de masas, una psicosis global bajo la lluvia del milagro apocalíptico. 

La promesa es la gran deuda de los pueblos, en ella se condensa la piedra de la angustia y el fundamento de toda comunidad, es el espíritu que sujeta el vínculo que se llama social. La carne en descomposición que llamamos sujeto, al prometer-se, se trasciende tanto como se trasmuta, su presente inmediato se convertirse en su presenciar tempo futuro que adviene comprometido; se promete destino al dar-se, otorgar-se, asignar-se y atribuir-se como obsequio a otro, se ensencializa como pacto en su factura fáctica; esta entrega de sí se percibe comúnmente como amar, sin otro límite más que la muerte fáctica de la corporalidad, “hasta que la muerte nos separe” reza la sentencia. El sujeto entregado a la muerte por amor, como por temor, es el eje de toda guerra, sacrificio y oficio. Es el secreto que guarda toda confesión en el reflejo mismo del testimonio, su desmedida violencia que grita por encausarse en los márgenes del relato, como la creciente de un río que se desborda de la paupérrima metáfora depresiva que lo contiene.

Tanto para la confianza como para la esperanza el sujeto se enfrenta al punto ciego de su decisión, sea conceder o rehusar, afirmar-se o negarse-se en la promesa, ésta decisión siempre en crisis obtura su paso sobre el paisaje en que se arroja al vértigo de su destinación. Tanto el coraje como la depresión van a ser efectos causales de su decisión, de su semblante constelación en el habitar mutuo, en el aguardar consideración o tan solo desprecio.

El sujeto deprimido vuelto sobre sí se encuentra mortificado, cavando su propia tumba relame las heridas con que enseña y se empeña el resentimiento de su abandono, de su inadecuado estigma que lo apropia y concede como un ente más en el mundo carente de sentido, en el mundo consumible; al encontrarse imposibilitado de reconciliación y absolución se solidifica en la abnegación del otro, en su desaparición y destrucción, se afirma y afianza en la renuncia del otro, es en su negación como producto del rencor donde sacrifica al otro, infatuándose él mismo en él mismo, metástasis del sí mismo, sin mayor goce que el delirio abstracto en que se arrenda a la comunidad del rencor, en que vive muerto orando inmortalidad e indeterminación; encerrado en su hogar carece de toda experiencia de la intemperie.

Prometido a sí mismo como producto decora su mundo en el desfile calculable de los valores, sometido en una maquinación teleológica sin fin en que se responde como progreso, y en cual oculta su descomposición bajo predicamentos en el par dominación-denominación con que se-crea y cree dominar la totalidad de los entes del mundo.

La verdad necesaria para toda política se desenvuelve en estos márgenes, arrendando los semblantes que se encuentran prometidos y arrojados en la búsqueda de una respuesta a la pregunta que no se han resuelto a preguntar, y por tanto, tampoco se encuentran dignos de poder escuchar.  

Esta condena sin fianza ni confianza, sin reconciliación ni pacificación, es la figura absoluta de la falta de absolución, es la política económica como truncada salvación que fagocita a las tuercas carnales en su infarto y devastación, en un narcisismo trófico de autolesión como viejo rito de antropofagia.

Distinta será la ocasión para aquel que pueda jugar éste abismo sin ahogarse en su voz e imagen defensiva, quien tenga el coraje para anteponer su territorio y otorgar el lugar necesario para que la otredad entre en escena, para que acontezca, y así aparezca como un golpe en la tormenta, como un rayo en la noche que atraviesa la oscuridad absoluta.

Al ceder su posición adquirida y redescubrir la temporalidad desde la otredad, la cuadratura inercial del sujeto, del yo=yo declina y se encuentra invitada a transgredir su propia figuración, limitación adquirida por esta defensa maquinal del autoprometer-se, que se redescubre ahora en lo otro, que ya no solo lo nombra, sino que le propicia el encuentro de una experiencia erótica en el encuentro con lo totalmente distinto, lo radicalmente distinto; experiencia desconocida y oscilante frente a su propia muerte, en su propia experiencia de lo imposible. Pero esta experiencia es ante todo con la pregunta que abre el deseo, y cual compromete la corporalidad del actuar, que se entrega en tanto pregunta y que aguarda en tanto se dispone para el otro, para escuchar la respuesta que retorna en la voz del ser.


El idiotismo que se extiende y distiende como idioma que se rehúsa a eso que llaman sentido común, que se comunica como nuevo despliegue idiomático, aparece con admirable frecuencia entre los enamorados que se encuentran urgidos por recrear el orden simbólico con que atan sus cuerpos al mundo y en cual deciden destinarse. Tal vez la promesa no encuentre respuesta, quizás esta ponencia no responda a la esencia de la verdad de la política, pero así y todo, su pretensión se arriesga, a la pregunta como promesa en la búsqueda, en la escucha, de la aparición de alguna respuesta.

Átropos, Las Parcas o El Destino, Francisco de Goya, 1819-1823.

miércoles, 5 de julio de 2017

Un acto fallido

“Lleno de bufones solemnes está el mercado- ¡y el pueblo
 se gloría de sus grandes hombres!
 Estos son para él
 los señores del momento.”

Zaratustra



El mundo es una parábola. Si la humanidad hecha máquina ha forjado esta bestia con nombre y domicilio, fue por una imperiosa nostalgia velada de arrogancia y despotismo. Su condena es una cosecha atroz de servidumbre y humildad. Resuena el espanto en las noches como un agudo mecanismo de rumores que se acercan rondando el cansancio de la bestia agotada, demandada de obligaciones, demandada por una mampostería de dioses eléctricos e inteligentes, un progreso hidráulico que controla su ya antigua y macerada decepción, su implacable futilidad cotidiana.



Nada satisface a este predador que todo lo agota y destruye de pretensiones armónicas y divinas, desechando la tensión que desborda la materia. Este es su mayor suplicio: la salvación. Desde su más primitiva infancia se pone en movimiento para devorarse a sí mismo, para educarse y educar a sus congéneres en la tarea infranqueable de la esclavitud y la adoración. A través de innumerables generaciones fue creciendo el parásito llamado humano hasta convertirse en un colosal y estúpido arquetipo de solemnidad. Tan adulto, tan diestro para manipular la muerte, que es incapaz de posar sus ojos sobre el suelo que intenta tapar y del que afloran sus remordimientos y culpas. Así, los pinta y decora con un manto de cemento. Vive arrastrándose como un rastro de mierda fermentado de lágrimas. Como un profesional se instruye para ornamentar sus palacios rebosantes de lustrados huesos. Su morada es un cementerio oculto a los ojos del cuerpo. Cuerpo que intenta desnudar, pero que tan solo es un nudo roto entre sus manos, una promesa irreparable.



Su mayor gozo lo contempla bebiendo sangre en el cáliz de los sueños. Donando su pretendido mérito ha disfrazado su obediente resentimiento, su obsesiva y cínica idea de justicia, su bucólico y retorcido ademán de comunicación. No descansa ni descansará esta bestia por más que haya ultrajado de cabo a rabo a todas las mujeres, hasta desmembrar a los últimos hombres, o tan siquiera devorar los desfigurados vástagos que seduce en su camino.



Nada tiene la modernidad que envidiar a sus antepasados. Ha sabido arduamente superar su inagotable virtud de castigo. Ha perfeccionado sus herramientas como indiscutibles técnicas del ocio científico, como la gracia de la prosa con que se lapida en un goce ordinario, minúsculo e insistente.




Algún día todo esto que nuestros ojos leen estará en el paraíso del olvido abrazado por el incesante movimiento del hambre con que las lombrices ornamentan el mundo. Hasta entonces la máquina seguirá escribiendo a gritos la marcha con que invoca, suplicante de perdón, su quinta esencia, su tierna y deliciosa deuda.





Eugène Delacroix - Le Massacre de Scio (1823)