“No
hay límites para la melancolía humana
Se cuenta siempre con una piedra para colocar sobre la pirámide de las lágrimas
Están seguros de padecer tanto como una mujer estrangulada
en el momento en que ella sabe que todo ha terminado y desea acabar
Están seguros de que no valdría más
ser estrangulado si uno piensa en los cuchillos de las horas que se acercan
Desde hace tiempo vivo mi último minuto
La arena que mastico es la de una agonía invisible y perpetua
Las llamas que hago recortar de tiempo en tiempo por el peluquero
son las únicas en delatar el negro infierno interior que me habita
Como cuerpos privados de sepultura
los hombres se pasean por el jardín de mi mirada
Soñadores inexplicables
o soy el único a quien golpea una mano desecada
en este desierto poblado entre estas flores áridas”
Se cuenta siempre con una piedra para colocar sobre la pirámide de las lágrimas
Están seguros de padecer tanto como una mujer estrangulada
en el momento en que ella sabe que todo ha terminado y desea acabar
Están seguros de que no valdría más
ser estrangulado si uno piensa en los cuchillos de las horas que se acercan
Desde hace tiempo vivo mi último minuto
La arena que mastico es la de una agonía invisible y perpetua
Las llamas que hago recortar de tiempo en tiempo por el peluquero
son las únicas en delatar el negro infierno interior que me habita
Como cuerpos privados de sepultura
los hombres se pasean por el jardín de mi mirada
Soñadores inexplicables
o soy el único a quien golpea una mano desecada
en este desierto poblado entre estas flores áridas”
Louis
Aragon
Era una noche descompuesta de tempestades. Las copas de los árboles se abatían como unas piernas frenéticas sobre el oscuro océano del cielo, esas mismas piernas que imitan las endebles costuras del ánimo urbano. Entre las luces blancas de la calle, que daban el preludio augurante de un perfume de orfanato, se abría desolado el camino angosto para los animales parlantes, esos mismos que amontonan la zozobra de los días bajo las camas con que adornan sus sexos. Más ancho se desplegaba el asfalto como una lisa capa acaramelada de brillo, como una mesa de quirófano con pequeñas máculas oscuras, esos charcos de sangre que se destilan en los bordes que cordonean las veredas, y que en ningún hogar faltan.
Un lejano golpeteo al compás del vendaval de la distancia se venía acercando; de pronto una sombra agazapada giró en la esquina. A primera vista, una mujer de caderas carnosas, producto de una postura temerosa, intentaba desplazarse por la vereda, casi reptando. El miedo con que esta mujer se contraía, su endeble figura propia de un animal aterrado y huidizo, acrecentaba en mí un calor abominable, volcánico y visceral. Se elevaba desde lo más profundo de mi entrepierna un impulso originario y brutal, un movimiento atroz que superó todo ánimo de voluntad.
Mi cuerpo estaba entumecido, acechante. Y la posición en que me encontraba me daba una clara y soberbia ventaja sobre mi cercana e indefensa víctima. Mientras más se aproximaba, con más fuerza mis oídos la escuchaban jadear de pavor y tosco paso.
De pronto, todo el cuerpo agarrotado se trasladó al momento en que la presa estuvo ante mis ojos. Nublado de ambición el apetito lacerante se volcó sobre ese cuerpo espantado y paralizado de terror; su olor y entumecimiento se expandían entre mis manos, y sus ojos abiertos como grises faroles clavados en el cielo vibraban con cada golpe que las manos acertaban sobre su cuerpo ya casi desnudo y que comenzaba a desgarrarse; fría en su torso, sus pechos delicados y flácidos me hacían recordar a mi madre una noche que me pegaba con su cinturón Dolce & Gabbana y sus tetas saltaron a mi vista entre su camisón.
Cuando comenzó a llorar con ronquidos mudos ya mi boca había devorado toda su vulva, era como besar los labios de una bestia muerta y disecada. Ya lo sabía, todo estaba listo para coronar la faena, solo bastaba acabar con ella desde lo más profundo de su cuerpo, abrirla al fuego punzante de los genitales fundidos en la armonía universal; entronizar la cópula, y verla por dentro con la punta mordaz de mi miembro.
Ninguna palabra escuché de su voz. Su nombre quedó en un desconcierto arrojado y desconocido en la vereda barrosa para el encuentro de algún ambulante. Horas y horas mirando por la ventana esos restos de carroña me llevaron a pensar que no era suficiente alimentar la sed sin apaciguar el anhelo. Sabía que aún necesitaba más, y ningún remordimiento atravesaba mi conciencia. No tenía más opción que obedecer a mi destino, tenía que cumplir con la pena ejemplar que la comunidad demandaba; al fin y al cabo, ¿cómo sería este mundo sin culpables y desconsolados, sin aterrados y perversos?
El vértigo de Eros - Roberto Matta






