viernes, 30 de diciembre de 2016

NOVEDADES



“El tiempo es de penuria porque le falta el desocultamiento de la esencia del dolor, la muerte y el amor.”

M. H.



¿Qué es lo nuevo?



El advenimiento de lo nuevo, expectativa, proyección y renovación del ciclo litúrgico de la vida. La fiesta, la celebración de los damnificados en la melancólica medianoche. Final y comienzo, muerte y nacimiento. Extremos de una vida, orillas de un contorno funesto.



¿Qué es la cualidad de lo novedoso?



Si algo pretende toda novedad, es trasformar en su aparición la apariencia de toda ilusión. Reflejo y ruptura, acontecimiento que se manifiesta y reordena ante su emerger. Surgimiento que al mostrarse abre senderos, sentidos y abismos.



Entre los cultos de la globalización, que todo lo puede en su apariencia, y que todo lo desgarra a su paso, las novedades circundan la cuadratura del tiempo hecho espacio, trasformando en forma formante lo informe que se informa de apariencia.



El juego termina.



Muertos los partícipes, se da inicio al retorno. A la resurrección destinal que se destila. La matemática aporta su marca dando la huella en la nomenclatura del tiempo mecanizado. Direccionamiento del tiempo esquematizado bajo y entre la penuria de una historia que se cierra sobre sí misma.



Los cementerios son poblados por la herencia del olvido.



El juego, recomienza.



Las ciudades son pobladas por la herencia del recuerdo.



La coherencia no tiene ninguna relación con la verdad, pero ésta es la posibilidad de que todo destino se destine a ser siendo aquella. La repetición involuntaria de patrones enquistados en el comportar del ser son la clausura y el hundimiento de todo realizar cotidiano en el margen de Occidente. Ya no hay huellas sagradas que señalen lo divino.



Es el ocaso en tiempos de penuria.






Vincent Van Gogh - La noche estrellada

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El refugio de una ilusión llamada yo



“Plomo en mi boca, en mi pupila sombra,
la mente entorpecida,
y el corazón cansado,
en el fondo de un féretro gemía.
Después de haber dormido mucho tiempo
se despertó mi alma.
Me pareció que oía
alguno que a mi tumba se acercaba.”

Heinrich Heine


Enredado en un entramado de recuerdos despierto al olvido de los sueños. El reloj golpeó contra el muro de mis ojos. Ahí estaba, la misma hora, la misma alarma, la misma situación. Pero lo supe, la sensación se susurró en la duda, esto ya lo viví. No tuve el tiempo suficiente para despejar las cavilaciones del sinsentido. Vestirme, otra vez, como fiel rutina, como una memoria mortal de la costumbre cultural.


Todo el día se desenvolvió en una desértica tradición, en una manía compulsiva de repeticiones sin fin. El tiempo pasaba, minuto a minuto, pasaba y pasaba, pero nada sucedía.


En el momento –como de forma irónica siempre sucede–, cuando menos lo imaginé, cuando la distracción apartó las fantasías de lo cotidiano, desde el aburrimiento del alumbramiento algo se rompió; y una extraña sensación vino sobre mí, me asaltó desprevenido. Como una neblina que se extendía sobre la superficie de mi percepción, el mundo circundante se tornó espeso, extrañamente familiar y fantasmagórico. Una incertidumbre me alertó, no lo sabía pero algo me acusaba de saberlo, lo sentía, la situación ya la había vivido, alguna vez, una experiencia de extraordinaria condena, de prescripción temporal, de consecuencia fantasmática y barroca; era, lo sentía, la mano de lo desconocido que se posaba sobre mi mente, como castigo, como ilusoria salvación.


Y allí estaba, ante mí, como la aparición de todas las coordenadas ancestrales, como la encarnación misma de todos los deseos materializados en una figura sombría y oscura, tan antigua como joven, innombrable pero reconocible como la maravilla afluente que despierta del ocaso de una fuente imperecedera, de la que nacen todos los arroyos que recorren la tierra en busca del abrazo de la muerte con el profundo mar que las alimenta.


Surcó mis ojos durante un instante, desgarrando la cotidiana condena de los mortales. Fue el suspiro inesperado de un Déjà vu, de un Presque vu, y de un Jamais vu; sin más, sin nada, sin poder alguno, de mi propia ausencia me enamoré.





"Heinrich Heine y la musa de la poesía" (1894), de Georges Moreau de Tours (1848-1901)


jueves, 24 de noviembre de 2016

Perder el conocimiento





"Zaratustra replicó: «¿Y por eso te has asustado? - Al hombre le ocurre lo mismo que al árbol. Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, - hacia el mal.»"


Del árbol en la montaña
Así habló Zaratustra
Friedrich Wilhelm Nietzsche






En un bar hay dos personas conversando junto al bullicio agreste de la tarde. Encaminan sus movimientos ligeros entre sorbos de café, ademanes de indignación, y exagerados gestos de impresión.


Ella, que llamaremos Rosa, en honor a su tez pálida y envejecidos rasgos, comenta con profundo desprecio la criminalidad en alza que soslaya la pacifica rutina de descomposición. Se compadece de los innumerables e inalcanzables peones de la ley, que por un lado no dan abasto y, por el otro, han de deponer su vida, que de forma irreductible no tiene otro peso de función que colocarla en riesgo, esto sea, ante los azarosos avatares de la cotidiana crisis existencial. 


Rosa, tan blanca como el desprecio, comenta con su atenta interlocutora, sus más profundos miedos que -en última instancia- no tienen otro destino que la inexorable muerte. Pero ésta, la muerte, se presenta en cómodas cuotas de representación y depresión. Vaya uno a saber, la inconducente conexión entre negros, paraguayos, villeros, ladrones, arpías, perversos, faloperos, linyeras, famélicos, iconoclastas, y demás sujetos de una predicación purificadora. 


Podríamos creer a primera vista, que Rosa, es un arquetipo generacional en su irreductible singularidad subjetiva. Pero Rosa, no es rosa. ¿Hay alguien ahí?


Con soberana atención, la receptora de tan empobrecido discurso, a quien podremos suponer su compañera de lamentaciones y, de ahora en más, llamaremos Margarita, la interrumpe con un certero comentario de índole práctico.


Dice Margarita: ¡Ay, Rosa! ¡De tanta amargura en primavera, ni un tango nos salva! A Pedro, el bueno, el otro día casi lo matan, bajando del cordón, mira vos que tropezó. El pobre casi pierde la vida. ¡No recuerda nada, perdió el conocimiento!


Este último comentario llega a mis oídos con objeciones. ¿Qué es perder la conciencia? ¿Es la compañía de una ciencia que se pierde? ¿Qué relación tienen, ciencia y conciencia, tan cercana con la muerte como aquel comentario  “casi se muere”? ¿Qué porta la conciencia de conocimiento que la cimienta como un cimiento? Perder el conocimiento es sin duda, la predicación de alguien, de un algo, que pierde algo que está en algún lugar. En este caso, se pierde lo que conoce, lo que guarda, acaso ¿lo que es?


¿Quién es ese que pierde aquello que tiene? ¿Qué es eso que pierde?


Pensé a mis adentros, que Margarita era portadora de una teoría del conocimiento. Y como tal, perder aquello que portaba la preocupaba. También es de suponer, que si uno pierde lo que es, significa que ya no es. Y eso es un profundo sinónimo que esquematiza la mortandad, es decir, dejar de ser lo que es para no ser lo que fue, y que ya no es, ni puede ser para recordar lo que fue, y, por lo tanto, ya no es ni lo que es, ni lo que fue, ni lo que era susceptible de ser recordado por un sí mismo que ya no es en sí aquello posible de ubicarse en el espacio y el tiempo.


Este ajedrez discursivo se iba adentrando en un bosque espeso.


¿El sí mismo es portador de la conciencia consciente de aquello que porta como conocimiento de sí mismo? ¿Y si acaso, no es consciente de aquello que porta como conocimiento de sí mismo y, arrastra en sí, inconsciente consciencia de sí? ¿No estaría perdido por perdido el conocimiento en tanto no consciente de portar aquello inconsciente que no es conocimiento de una conciencia de sí? ¿Pero qué es ese conocimiento no consciente que no conoce la consciencia como conocimiento de si? Llamar a eso conocimiento sería incurrir en un error, ya que no conocerlo de forma consciente significa no conocerlo y, por tanto, no ser reconocido como conocimiento. A esto mejor llamarlo no-conocimiento, y de forma irreductible, ignorancia que ignora.


Hasta aquí, podemos sintetizar lo siguiente: aquel que pierde la conciencia, está perdiendo el conocimiento que tiene de sí mismo y, que a su vez, contiene como no-conocimiento también aquello que ignora de sí mismo.


Pero ¿Quién es el sí mismo?


Acaso ¿lo contrario del sí mismo no sería el no mismo?

Pero, en tanto no mismo, ya no es lo mismo.

¿Qué es?

Sin duda, sería un otro no sí mismo, sino no mismo, es decir, un otro-no-mismo.
A todo esto, perder el conocimiento, significa ante todas las cosas, que el conocimiento que uno tiene no lo tiene de forma inherente, sino que ante todo, es susceptible de ser perdido, es decir, extraviado y, en tanto, ¿extrañado?


¿Lo extrañado que se extraña que entraña?


¿Qué es, acaso, ese extraño que extraña lo entrañado que entraña?


Tanto lo extraño como lo extranjero entrañan la misma debilidad. Se encuentran expuestos, fuera de algo, expulsados, excomulgados, exonerados, exiliados, exterminados.


Esta otredad que entraña lo extraño que al sí mismo deja dispuesto al extrañamiento es acaso el límite de todo lo seguro que asegura al sí mismo lo mismo que no es expuesto más que como rechazo forjado inherente como lo no mismo, y por tanto, distinto a lo mismo, es decir, extraño.

Aquí, lo uno parece no ser dos, pero lo dos parece ser uno. Una conjunción hasta copulativa.

¿Esta confusión que fusiona la mismidad con la otredad es una conjunción de la diferencia de lo mismo no mismo en el sí mismo?


¿La articulación conceptual de lo-mismo-no-mismo-en-el-sí-mismo es posible en la conciencia que con ciencia fundamenta el conocimiento que cimienta el cimiento de aquello que llamamos conciencia, o sí mismo, o yo, o Rosa o Margarita?


¿Hay alguien ahí? Y si ese alguien susceptible de ser algo con identidad de alguien se preguntara quién es o qué es. ¿No encontraría, acaso, en la suposición del sujeto la proposición predicativa que lo sujetara a ese “soy esto” o “aquello”?


¿La pregunta por la nada, no entraña acaso, la pregunta por la muerte?



Perder el conocimiento, es acaso, perderse en la inmaculada inconsciencia de lo que no se es y, en tanto inadmisible de toda posibilidad de predicación, es el oscuro encuentro con el ser abierto en el silencioso abismo, vacío, de todo predicar.





Café de noche en Arlés (Café de Nuit, Arles) Paul Gauguin, 1888

lunes, 21 de noviembre de 2016

Es tarde

"Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una

mano y encadenar un alma.”

Jorge Luis Borges: Aprendiendo




Es tarde. En este mundo siempre es tarde. Así, veía alejarse el colectivo hacia el horizonte nublado que despuntaba por la mañana. Las voces en la conciencia recurrían con insistencia, machacando deberes, reproches y sentencias. Alumbré mi oscuro deseo, y comencé a mear en un rincón de la esquina adornada de azulejos, en claro signo de protesta y catarsis. Necesidades sublimes que son dejadas de lado a la hora en que el tiempo apremia.




Pero ahora, ahora podía, bajo el irremediable acontecer de las circunstancias, perder el tiempo. La ansiedad comenzaba a socavar la presente espera, y a lo lejos ningún colectivo se acercaba.




 Despertar puede ser un milagro. También puede ser una condena.




Quise recordar todas aquellas fantasías envolventes de mis sueños. Pero fue inútil. El abrupto movimiento del deber ante el terror de quedarme dormido, muerto, había sedimentado a golpes cardíacos cada imagen que ahora, ahora, se diluían como un flujo salpicado de nostalgia y liberación.




Prendí un cigarrillo sin lavarme las manos; la naturaleza dominó mis reflejos. La calle sucia de rocío humanizante, de cemento frío y árido, me recordaba a un cementerio con sus cuevas arquitectónicas, pajareras ciegas de concubinatos forzosos, celdas de contención para la producción de privadas privaciones. Cables ahorcados de tensión colgaban muertos. En tanto y tanto algún viento los mecía, quedando abrazados a diezmados árboles. Alguna suerte de imperecedera tentación de trepar a ellos me detuvo en mis cavilaciones.   




Es tarde. En este mundo siempre es tarde. El cementerio está lleno, repleto de cemento y cuerpos ausentes, vivir es una nostalgia forzosa. ¿Hay algo más rutinario que la nostalgia? La antigüedad imperecedera, el sueño eterno perdido bajo la sombra del olvido. Y el futuro como abismo sepultado entre los huesos nos invita a fallecer.




Cuando fui nacido, un desgarramiento atravesó a mi madre. Ella murió defecada, estremecida. Nací mal parido, arrojado, eyectado. Es el relato que pusieron ante mí, en un oscuro comienzo, ya lejano.




A mi padre lo diezmaron los Sonderkommandos. Le arrancaron los ojos para que solo fuese testigo de su ceguera, para que marcara la prueba de la benevolencia del verdugo. Se suicidó, ahorcado, atado a sus recuerdos con los gritos desesperados de su memoria silenciada.




Ellos se conocieron en Ternópil, Ucrania. Huyendo de lo que llaman Holodomor, huyendo de la política del hambre, de la colectivización de la miseria, del sacro diezmo que pagan los mortales. Su destino estaba signado; tarde, pero seguro.





Es tarde. En este mundo siempre es tarde, y la historia nos cerca.





sábado, 29 de octubre de 2016

Contra el delirio de los partidos políticos

Reflexiones acerca de la escenificación de la tragedia democrática.

En la política moderna como en el discurso público, la construcción como la asociación de los partidos políticos, se presenta como una suerte de elemento o herramienta idónea para prescribir la participación de los individuos en la organización comunal del habitar social y colectivo. Una suerte de garante legítimo en la constitución de los poderes efectivos que han de gobernar la polis, la civitas o el pueblo.

Los partidos son un dispositivo de control poblacional, aún más efectivo e invisible, que aquel ejercido desde las instituciones represivas y doctrinales como lo son el poder Judicial, Militar y, sin duda, también el Cultural.

En el cumulo de individuos dado en cada región, funcionan un sinfín de dispositivos de vinculación y cohesión que gravitan entre el control y la adoración, que se interrelacionan mutuamente en un despliegue dinámico de formas, en apertura y cierre, en un constante movimiento de conflicto que adopta sus expresiones por contigüidad, tradición o herencia. Estas formas se expanden o se contraen como las mareas en el mar. Fluyen o se estancan, mutando algunas y pereciendo otras. Pero siempre dispuestas en una relación natural socialmente mediada.


Son múltiples correlaciones de comportamiento, que se transforman y se transmiten mediante el efecto mimético de la conducta, el andamiaje discursivo de la posibilidad y el deber, los relatos míticos del origen y el saber y, por supuesto, por medio de los objetos de adoración colectivos, rituales vinculantes para la cohesión social. Esos objetos, abstractos en tanto valor de cambio, son los que se inscriben en la cotidiana reafirmación de ritos gregarios que pasan inadvertidos, y componen la imagen especulativa a la que se sujetan las máscaras personales de la identidad individual. 

Ritos, rituales, rutinas sin-sentido se puede decir, pero fundantes del sentido, con una clara función en tanto y cuanto son una constante repetición que marca un camino, un hacer en relación a la significación de ese mismo hacer. Un comportar en relación a lo aceptado o lo rechazado, de lo interno o lo externo, a lo perteneciente o lo extraño. En fin, a la identidad colectiva y las condiciones de convivencia que en ella se desenvuelven y prescriben, es decir, coordenadas de la moral con que se mora.


Todo este despliegue comportamental que se erige como una sábana de arena, tormentosa de suyo, constituye la normatividad interpretativa de los hechos. Es en ella donde se alojan los fundamentos vacuos de la doctrina legislativa comulgante contemporánea. Es decir, que esta gran sabana de arena no tiene más sustrato que la circunscripción de los cuerpos a un cierto número de movimientos. Este despliegue de movimientos en una dimensión clausurada, parcializada, o instituida, es una gran danza fantasmal, delirante, cual baila sobre un límite, un borde, un marco, un horizonte dinámico de tensión que se renueva de forma cotidiana como lo son el atardecer y el amanecer. Este límite no es otro que el ánimo de los congregados. Su disposición anímica, su movimiento, su motivo motivado, emotivo. 


Esta gran máscara griega es funcional a lo que podríamos llamar la escenificación del pacto social. Su telos, es decir su finalidad, no es otra que la de representar el marco de una salvación “legitima”, y por lo tanto no pagana. Se presenta como la única vía admisible a la verdadera salvación de la persona, de esa sujeción que es la máscara. Esa salvación se muestra como la “buena conciencia”, que de forma paradigmática, ella misma prescribe. Ocultando así, los hondos procesos invisibles de sometimiento, aquellos que se componen del par dominación-denominación. Esta máscara de “prudente civilización” encubre la brutal apropiación de los cuerpos que reglamenta a sus fines. Es decir, decreta y exige conformar el inagotable proceso de circulación de mercancías y valores de cambio, uso y abuso; como también de la inagotable creación y distribución de genocidios ecológicos y económicos regionales, fríamente calculados y aplicados a esos costales de sal, a esos costos de carne y sangre que se arrastran por el mundo.


Los partidos políticos son aquella famosa quinta pata que poseen los felinos. Aquélla que no apoyan en tierra, pero es fundamental para mantener un equilibrio esencial, y así poder desplegar lo básico de su movimiento, la vértebra sistemática de su economía de desplazamiento, sea ella Capitalismo, Neoliberalismo o Comunismo. 


La historia, como gran relato de alguna experiencia, nos muestra cómo aquello que llamamos humanidad se convierte en herramienta para su propia aniquilación. Se consume en el altar del sacrificio. Paga en él, su culpa, su deuda prometeica. Pacifica, apacigua a través de la crueldad.

Las representaciones han castigado a este planeta desde que la primera mano pintó en su caverna la mancha de su imaginación, para luego perderse en la gran nebulosa de su abstracción.

Los partidos políticos representan mucho más que la depresión colectiva producida por la autoexplotación acelerada de los individuos en “el infierno de lo igual”. La fermentación patológica en la que se desenvuelven las Naciones conlleva a un embotamiento existencial de carácter narcisista, aplastante y disolvente, mucho más anecdótico e incisivo que el derrame nuclear sobre las tierras de la sangre fértil. 

Las representaciones, en su volverse a presentar instan una huella. Esta es perceptible como costumbre, se presta como un habitar en hábito, en culto. El camino, que estas huellas van plantando, muestra su dirección como lo seguro, lo resguardado por una anterioridad, un hogar de origen, organizado al cuidado, protegido. Un campo allanado por los pasos de un padre que guía los primeros pasos de su hijo, que muestra un saber y guarda, oculta una Ley. Vertiente que se transforma en cauce, desbordando la contingencia de lo inesperado, y que inscribe algo que podríamos llamar “causa”.


La imagen del mundo, que ya ha sido vista por aquella alteridad que antecede, prescribe. Se la ha visto como eidos, aspecto en imagen con nombre de idea, que se imprime a fuego en la retina, que enceguece al hombre en la noche del mundo. Imagen que instaura la fantasía, y se eleva como fantasma en la penumbra de los bosques.

Retomando el tema que nos compete, es decir, volviendo sobre nuestros pasos, nos podemos detener para contemplar aquella alteridad que antecede. Desde el mundo presocrático se ha buscado un principio, y mucho antes también; hablamos de la pregunta por el origen. Y es adrede mencionar el origen, y no un término técnico como puede ser el de “causa primera”; en este caso, el encauce es similar.

La función del origen, es decir, aquello que configura, aquello que forma, aquello que se nos es dado, aquello que se nos es donado, regalado, ese presente que se nos presenta, obsequio anterior a toda meritocracia, se impone y prescribe. Esta función del origen invoca, al menos, un comienzo, un surgir, un nacer; y con ello, una relación conflictiva entre el olvido, la tradición, y la identidad. Un origen que se disfraza constantemente rememorando un relato, que hay que reinventar de forma cotidiana a partir de aquello que en el presente se quiere excluir o rechazar.   


En este marco, que podemos llamar cultural, donde se inscribe el eidos, la imagen del mundo, la herencia semántica, si es que aún queda alguna; en este marco, insisto, de la herencia, de la tradición, de la contigüidad generacional tan relativa a la genealogía de los dioses, tan relativa a esa llama, a esa luz, a esa antorcha que se transmite de mano en mano, de boca en boca, palabra por palabra, fabula en fabula, donde se despliega la multiplicidad de los valores, la concatenación simbólica de los objetos de adoración, de la llamada agalma platónica, de lo sagrado, de aquello en que se sedimenta el control de la disposición anímica de los contribuyentes, de los congregados. Es aquí también donde se fabrica el artificio del rito, de la memoria colectiva, del movimiento de los cuerpos. Donde se instaura la ley, la letra que rige a estos cuerpos, que bien guía a la salvación o al cadalso. 





Orestes y Pílades discuten ante el altar (1614). Pieter Lastman




Los partidos políticos se ostentan con su tribuno orante, con su tribunal mediante, en premisas y prerrogativas arrendan comulgantes. Ellos son los adoradores del ídolo, son funcionarios del culto con cual distribuyen la esperanza y la salvación de la verdadera enseñanza que llaman democracia. Son la continuación mítica de Pandora.

Como castigo por la conquista cultural y la renuncia a los instintos, lo reprimido retorna. Vuelve invocado como la causa de todos los males, pulsión análoga a la naturaleza incesante, que es dominada y domeñada como la materia prima. Sacrificada la madre incestuosa para la conquista de la salvación, para la producción y reproducción de la mercancía, del dinero, y del valor de cambio.


Este culto de riqueza de acumulación de salvación ante la culpa, ante la condena de la deuda, se encuentra hoy en día como otrora, articulado por los sacerdotes del templo, los políticos. Ellos ostentan la ofrenda de los creyentes a quienes fagocitan delirantes de redención. 

jueves, 13 de octubre de 2016

Funámbulo



Porqué el tiempo será
un fiel sonido pronunciado. 



Como el correr de una gota sobre el escaparate de un almacén en la honda noche, cerrado por las inclemencias del peligro, me abría paso, perdido en la masificada lluvia del tiempo, en el agua ardiente del tiempo.



Al subir, el colectivo ya se encontraba repleto. Sentándose en el oportuno asiento del fondo, mi cuerpo comenzó a rodear una áspera certeza entre sus cavilaciones. Una abrumadora desolación recorría su ánimo. ¿Cómo llamar a tan inesperada certeza? Ya no sentía oportunidad alguna en sus movimientos, sus pensamientos estaban llegando al final del recorrido, al borde del camino.


Reconocía las fatigas durmientes despertar lentamente,  con un amargo sabor a desesperación. Era la soledad, que todo lo abarca. Y tras ella, la angustia con sus profundas lagunas vestidas de silencio.  



El sentimiento de estar exiliado en su propio cuerpo, recluido sobre sus movimientos y, atrapado en el monologo de su conciencia, lo atormentaba. Su conciencia, su propiedad, su pena moderno tardía que como un cuchillo de rumor se iba afilando en la comisura de sus músculos, sobre cada hendidura de sus manos.



Este pensamiento tenía un olor familiar, y no por eso menos conocido.  Un desenlace cotidiano para un final común. Un límite del sentido proyectivo. La soledad comenzaba a romper los cascarones del horizonte, de la costumbre, de la mansedumbre.



– ¿Luego qué? –Murmuro.


–Luego nada –se respondió.


Lo real, ese límite contundente, silencioso, angustioso y sombrío; problemático y concluyente, recubierto de un enredo nostálgico, un desamparo, un dolor.



Para sobrevivir a lo insoslayable, se prestó a la especulación. La intriga por el mirar, el punto de fuga cubico, y determinante de las figuras tridimensionales. Su propia mirada ciega de luces, movimientos y perímetros aturdidos. La visión, la videncia y su inocencia. Todo le parecía absurdo, pero no por eso, dejaba de aparecer ante sus ojos. No le hacía falta más que fijar la vista, para observar afectar toda su panorámica mirada por una teoría geométrica.



Recordó una vieja conversación con un amigo, ya muerto. Cómo discurrían por las causas ajenas a lo cotidiano; cómo sopesaban penas y dudas, ante el comité de claridad ideológica. Esa gran metáfora autorizante. Viejos tiempos.



Vuelto sobre sí mismo, y con la memoria plagada de muertos como un cementerio, propuso fin a sus cavilaciones. Se acercó a la puerta para descender.




Nuevamente en el territorio hostil de las calles del conurbado, procedió a encender un cigarrillo. Algún tipo de ansiolítico que amortiguara sus movimientos. La lluvia se presentó, y él comenzó a caminar. 






Seiltänzer [Tightrope Walker] by Paul Klee

martes, 4 de octubre de 2016

Le Petit Prisonnier

Tan bárbara la seguridad como el delito



La puerta se encontraba cerrada. El umbral oscurecido. Recostado a espaldas del ventanal, la luz se alejaba. El ruido se eternizaba con un eco agudo y difuso. La puerta ya estaba cerrada. Me encontré estupefacto, abatido, desecho. No lo comprendí en ese momento. La discusión sobre unos estúpidos vecinos concluía en una sentencia: “No quiero volverte a ver en mi vida”. Decidí remontar mis fantasías de juventud, y reposar el cuerpo hasta que renovara ánimos.



Al día siguiente la puerta se encontraba cerrada. Aun me sentía aturdido por una nostalgia aquietante. Observe a mí alrededor la habitación. Los objetos estaban ahí, sórdidos. La ausencia de motivación alguna me envolvía como un placebo aletargante. Dosificaba la penumbra de mis pensamientos, el silencio se adueñaba de todo. Tan solo conseguí cerrar los ojos.



Volví en sí, en mí, en esto. Sin noción del tiempo transcurrido y, viendo que todo seguía en su lugar, presto a seguir inamovible, comencé a escuchar un rumor creciente y paulatino. El rumor comenzó a señalarme hasta convertirse en una voz ronca que decía:



–Tú estúpido, despabílate idiota. ¿Qué haces arrojado ahí, esperando que esa gran y oscura puerta se abra? ¿Acaso crees que alguien volverá? Te vas pudriendo en la ilusión.



Pasmado con los ojos cerrados inmovilice todos mis movimientos, me encontraba solo en la habitación. La noche era una niebla gris empalidecida por las luces de la calle. ¿Y si por fortuna era dios quien me increpaba? ¿Belcebú, quizás?



-Ya quisieras que fuera tan digno como Belcebú o tan solo una virgen ante ti. Pero deja los ensueños para otro momento. Soy peor que un delirio católico de sotana o un promulgador del evangelio. Aquí vengo y me presento ante ti, estúpido y sordo vivíparo. Soy el que entona todas tus pesadillas, ni más ni menos, el acorde final.






Le Petit Prisonnier - Francisco de Goya